Archivo de la etiqueta: Sumisa

Dr. Earlham: Juego de médicos

Pequeño catálogo para practicar el viejo y estimulante “Juego de los médicos”

El Dr. Earlham, desarrolla un proyecto de investigación sobre el proceso de estimulación y respuesta (corporal), cuyas pruebas realiza en las doncellas de la casa, algunas pacientes del exclusivo hospital para hipocondríacos que regenta y, en ocasiones, sobre alumnas o enfermeras ansiosas de conocer nuevas sensaciones.

El gabinete de su consulta constaba de una despacho, para recibir y una completa sala de curas, donde había dispuesto un bastidor vertical en una de las paredes, para instalar a las pacientes, y realizar algunas de las pruebas. Para ello contaba con la ayuda de dos auxiliares que facilitaban el movimiento de los cuerpos, además de proporcionar el conveniente grado de entrega en las pacientes. Emplea instrumentos propios de la profesión y otros que diseñaba a la medida de sus necesidades.

Cada caso se iniciaba con la instalación de un delgado cilindro que detectaba temperatura y humedad en sexo de la paciente. Evaluaba las emisiones de flujo y variaciones de temperatura, sirviendo de testigo durante el proceso. La disposición de la paciente y la instalación de los diferentes instrumentos de media eran todo un ritual que daba a cada experiencia un valor diferente.

El ajuste de los valores lo establecía a partir de una estimulante tracción el pezón izquierdo, un simple lazo anudado sobre la aureola y el pezón propiamente dicho lo facilitaba y el cuerpo respondía alcanzando los valores básicos para el inicio de las pruebas propiamente dichas. Ocasionalmente, un estremecimiento o un jadeo, proporcionaban datos añadidos de inestimable valor.

El lazo, para la tracción de los pezones solía sustituirse por otros instrumentos, como las erinas, que por pesadas, conferían elevados niveles de estímulo, pero que había que controlar cuidadosamente, para evitar resultados no deseados.

De esta forma, practicaba sus pruebas y experimentos que, a menudo terminaban en cópula, evitando así dolorosas contenciones y dando lugar a sabrosas experiencias, a menudo compartidas con colegas y ayudantes, a los que les aleccionaba sobre la naturaleza humana. Cada experiencia era diferente, por la amplitud del estudio y las posibilidades que otorgaba.

Susana

No estaba muy satisfecho con los resultados de Susana, una de las doncellas de la casa, sobre la que había experimentado y que no respondía como esperaba a la estimulación de pinzas de los pezones.

La llamó a su despacho y le indicó que se desnudara. Deseaba comprobar las notas obtenidas el día anterior y para ello contaba con la ayuda de su alumno favorito, que en aquel momento estaba pasándolas.

Susana temblaba de expectación y de vergüenza, al estar desnuda ante el Dr. Que además era su Amo y el ayudante de éste, pero se mantuvo firme, con las piernas abiertas, según le habían indicado.

Lo primero que hizo el Dr. fue introducir el aparato de medición en la vagina de la muchacha. Para ello, lo deslizó adelante y atrás, sobre los labios internos, comprobando que estaba seca en el exterior. Haciéndolo constar a su ayudante, que se precipitó a tomar nota de ello. Sin poderse reprimir, pellizcó los labios del sexo, observando un notable aumento de la humedad.

El vientre de Susana estaba tenso, conteniendo cualquier manifestación de las sensaciones que sentía y su boca ya había empezado a secar.

Delicadamente, el Dr. Instaló un arnés sobre el pecho, de modo que los senos quedaran sujetos y expuestos, ajustando la presión hasta que la turgencia los asimiló a fruta apetecible, dispuestos a posteriores tratamientos.

Susana contuvo un gemido. La presión que, al principio resultaba agradable, empezaba a ser dolorosa. Contrajo su rostro en una mueca de dolor, que no pasó desapercibida al Dr.

En cualquier caso, mostraban la mejor cualidad de los pezones de Susana, su tersura y su prominencia sobre la rosada y discreta aureola.

El tratamiento, en esta ocasión, consistió en extender una pequeña cantidad de ungüento refrescante en los pechos y los pezones para, posteriormente, cubrirlos con gotas de cera derretida que actuaron como agujitas clavadas en la piel.

El Dr. no era insensible al resultado de sus experiencias, ni tampoco su ayudante, que luchaba por disimular una erección manifiesta bajo la bata blanca.

La cera cubrió el pecho y los pezones, hasta formar una ligera costra flexible. El control de temperatura y humedad indicó niveles muy elevados, por lo que el Dr. la condujo hasta la mesa, donde sujetó las piernas con unas correas a las patas y la instaló , de forma que resultara asequible para ser penetrada.

En esta postura, arrancó la cera de los pezones, mientras el cuerpo de Susana se balanceaba sin control de deseo, succionando con fuerza el medidor que alojaba en sus entrañas.

El Dr. dictó las observaciones a su ayudante y  sujetó con fuerza el medidor moviéndolo violentamente en el interior de Susana, conduciéndola hasta un crispado orgasmo, antes de retirarlo con los datos observados.

El sexo palpitante de Susana había inundado la estancia con su perfume, y ambos investigadores sucumbían a la llamada del instinto.

Extendió la humedad por el ano para penetrarla lenta y profundamente, estudiando cada movimiento, cada espasmo.

El cuerpo de Susana estaba tenso como arco de violín  y se movía sobre el sexo de su Amo con una cadencia, que pronto resultó difícil de controlar, llevándole a liberar la presión de la investigación en un agradecido impulso que la condujo a otro orgasmo,   mientras su ayudante tomaba notas apuradas, procurando no perder detalle de lo que ocurría sobre la mesa del despacho y sin atreverse a liberar su propio deseo hasta no ser autorizado para ello.

Las piernas le temblaban cuando su Amo se separó de ella y la humedad brillaba en sus muslos.

Ahora era el ayudante quien midió y exploró, valorando las consecuencias de lo anterior. Un termómetro indicaba la situación del ano, predisponiéndolo para una posterior
penetración. La mano izquierda, aprovecha para sopesar, sutilmente aquella carne palpitante, antes de introducir la cánula de estudio. La disposición de la paciente era
la adecuada, sin embargo, el fracaso en experiencias anteriores, invitaban a incrementar los estímulos.

Un enema de agua muy fría que elevara la sensación del punto del placer al del dolor y de ahí a la entrega, disponiéndola para  nuevos experimentos.

La visión del tratamiento resultaba altamente estimulante, las nalgas tersas y la cánula entre ellas llenándolas. Bastaba sostenerla para que el helado líquido penetrara.

Los labios abultados y húmedos reclamaban atención. Unas palmadas en su sexo anhelante y obligarla a retener el líquido helado, antes de permitirla expulsarlo, fue cuanto necesitó el ayudante para introducir su verga ardiente en el ano, aún frío por efecto.

La sensación fue increíble, conduciéndole a un violento orgasmo, mientras ella se movía sin parar.

(continuará)

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Dominación, Perverso

El Té

La Hora del Té me sorprendió en el despacho, comprobando las cuentas con Adrián, mi sobrino y joven administrador de la propiedad.

Adrián no es muy alto. Rubio y bien proporcionado. Sus acerados ojos grises, aterran a los campesinos más que sus formas casi nerviosas. Sus finas manos de pasante, son largas y delicadas

Agustina entró empujando el carrito con el servicio del té, que depositó junto a la mesa.

Jugueteé con mi fusta, rozando sus pechos por encima de la blusa, buscando unos pezones que brotaron al leve contacto, duros y erguidos.

Discreta y bien educada, apenas levantó los ojos cuando me presentó la taza humeante, y sólo el temblor de sus manos delataba su estado.

Me situé detrás de ella y de un tirón abrí su blusa, liberando unos pechos desnudos, cuyos pezones oscuros resaltaban en las aureolas contraídas, ante Adrián que levantó la cabeza al escucharlo.

Fue divertido observar su cara ante los pechos redondos y menudos de Agustina que mis manos le ofrecían, sosteniéndolos y acariciándolos con los pulgares. El firme corsé los levantaba,

Solté su pesada falda, que, al caer, dejó ver el liguero del corsé marfil que sujetaba unas espesas medias negras. Tendí mi mano ayudándola a salir de la falda (ropa) y sus tobillos encerrados en los abotonados botines tan brillantes q parecían de charol arrastraron los ojos de Adrián, que no se atrevía a mirar allí donde su deseo le llamaba.

Agustina quedó de pié, ruborizada. La blancura de sus muslos destellaba sobre las medias negras y su sexo rasurado exhibía abultado y provocadores dos jugosos labios incitadores.

– Muestra tus encantos a Adrián, querida –Le dije -.

Ella tiubeó dudando, antes de adelantar sus caderas y acercar sus manos a su sexo que abrió, mostrando su sonrosado secreto.

Detrás de Agustina el espectáculo era embriagador. Su nuca ligeramente inclinada y adornada con algunos rizos de su moño. Los hombros rectos iniciaban una espalda perfecta perfilada por el corsé que marcaba sus curvas. Sus nalgas abundantes lucían como una promesa blanca, prietas al tener las caderas adelantadas y las largas piernas semiabiertas. Frente a ella, Adrián, aún sentado en el escritorio, la miraba, acariciándola, deseándola. Indeciso al elegir la parte de su cuerpo en la que perderse.

Dibujé con mi fusta el cuerpo de Agustina, pasándola suavemente por su nuca, los hombros, las nalgas. Arrancando ligeros estremecimientos y erizando su piel.

Adrián se sorprendió al observar la fusta entre las nalgas de Agustina que se balanceaba hasta rozar su sexo, una y otra vez, arrancándola pequeños gemidos.

– Cierra la boca y no pierdas la dignidad –Amonesté a Adrián cuando descubrí que se humedecía los labios con la lengua -.
– Si –Respondió enderezándose en la silla y alisando sus ropas – Si señoría.
– Agustina, inclínate sobre el respaldo de la butaca, por favor.

Ella llegó hasta la butaca, grácil como una pantera y se inclinó sobre el respaldo, mostrando sus nalgas abiertas y el anillo rosado bien visible. Bajo él, su coño brillaba abierto y ofrecido.

– Hazlo Adrián. –Ordené entregándole la fusta.
– Si señoría –Respondió con voz ronca-

La fusta era ligera, con apenas dos correas de cuero blando para no causar daños a la piel, tan sólo estimularla.

Los primero golpes fueron tímidos, irregulares, dejando marcas de diferente intensidad en la pie. Paulatinamente se uniformaron y se extendieron de las nalgas al coño, produciendo un sonido húmedo en cada impacto.

Las cintas de cuero, ahora húmedas, impactaban con más fuerza, dejando marcas más oscuras.

Me acerqué a Agustina, cuya respiración estaba entrecortada por el esfuerzo y tomé sus pechos en mis manos, saboreando su pálpito, su temblor.

– Ya basta – Adrián, indiqué cuando el sudor empezaba a humedecer el cuello de la camisa- Dame la fusta.
– Si señoría – respondió entregándomela-

La tentación era demasiado fuerte como para resistirme así que azoté los pechos turgentes de Agustina. Apenas cinco fustazos en cada unos que la hicieron levantar la cabeza jadeando tentadora.

La erección empezaba a dolerme y ordené a Adrián que se desnudara. Su polla esta púrpura, enhiesta.

– Siéntate en la silla y que Agustina lo haga sobre ti.

Iniciaron una cabalgada lenta, larga y profunda, mientras desnudaba mi espada que surgió poderosa y hambrienta.

Me acerqué a ellos y el ano de Agustina estaba dilatado por el placer, apoyé mi verga y me deslicé con fuerza dentro, sintiendo la polla de Adrián embistiendo y empujando. Conquistando un espacio en Agustina que me pertenecía. Así que adelanté mis caderas, clavando mi rabo en su culo que se cerraba sobre él como una boca ávida.

Me agarré con fuerza a los pechos de Agustina que jadeaba y no cesaba de moverse, repartiendo su espacio entre nosotros, boqueando con los ojos cerrados.

Apenas me movía, las embestidas de Adrián enervaban mi polla y el balanceo de Agustina me sostenía en una cima gloriosa.

Sentía cada impacto, cada golpe de la polla de Adrián que empujaba la mía. Más fuerte, más rápido.

De pronto Adrián se crispó deteniéndose mientras se derramaba dentro de Agustina que se balanceaba, ahora succionándolo. No lo pude resistir más y descargué mi leche en su culo inundándolo, mientras ella, se cerraba alargando una corrida hasta detener el tiempo.

Poco a poco recuperé la respiración, sintiendo la humedad en mi pubis resbalando hacia mis muslos.

Me separé del grupo y llamé al servicio que inmediatamente trajeron unas toallas y agua caliente.

Agustina, arrodillada frente a mí, me aseó, con su delicadeza habitual y se lavó las manos, mientras Adrián se vestía.

Sus muslos brillaban cuando nos servía el té y los bocadillos. Y sus pechos lucían finas líneas rosadas como un encaje primoroso.

Deja un comentario

Archivado bajo BDSM, Dominación