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Susurros de Clara (Cuento)

Soy una poderosa hechicera que viaja sobre un dragón de viento y tu eres mi esclavo, mi favorito, mi capricho. Con quien juego en las largas horas del atardecer y en quien me apoyo para dormir.

Tu piel suave me relaja y me invita a cuantas perversiones se me ocurren, que recibes con devota excitación. Tu cuerpo precioso me adorna y alegra y tu carácter amable me acoge.

Tengo que marcharme y te dejo, por unos días en el burgo de un feudo. No es un lugar de confianza, pero tampoco es abiertamente hostil, así que te encomiendo al Marqués y parto a mis negocios.

Regreso mucho antes de lo previsto y puedo verte desde el aire. Estás en la picota, sucio, con los pies y las manos presas en el cepo. Has sido castigado como el peor de los maleantes, Marcas de azotes surcan tu espalda, un penacho sucio de sangre y excrementos adorna tu ano. Y la desolación y el dolor visten tu rostro.

El verdugo aún no ha terminado y prepara nuevos suplicios, ante la mirada satisfecha del Señor del lugar y los sacerdotes enemigos.

Arkh, oscurece el sol y todas las caras observan estupefactas su vuelo, cuando hace una pasada rasante por la plaza abriendo un amplio círculo a tu alrededor y chamuscando al verdugo y a cuantos estaban cerca.

Salto al suelo espada en mano, rompiendo, de un solo tajo, el cierre del cepo que te aprisiona. Arranco el penacho y te cubro con mi manto, echándote sobre Arkh, que te recibe con un balanceo.

Apenas puedes moverte, atenazado por el dolor y el miedo. Me miras y la alegría ilumina las lágrimas entre las greñas.

Mis ojos fulguran, los pliegues de la túnica flamean bajo el peto de cuero, cuanto monto sobre Arkh y nos lanzamos sobre el Señor del burgo y su camarilla, que caen arrasados. ¿Cómo se han atrevido a ofenderme así?

Nos dirigimos a nuestro refugio más cercano, una amplia cueva cerca de las cumbres. Allí te sumerges en un cálido baño vivificante.

Poco a poco dejas de temblar y sientes como te empiezas a diluir en el agua, abandonándote. Te acaricio suavemente, lavando tu pelo, recorriendo mis dedos tus cabellos en infinitos caminos, restañando tus heridas, pasando mis manos una y otra vez sobre ti, reconociendo tu piel palmo a palmo. Reconociendo lo que es mío y que ha sido mancillado.

Envuelto en una gruesa toalla, reposas, mientras preparo los ungüentos para curarte. Tumbado boca abajo, extiendo bálsamo sobre la parte más dolorida de tu cuerpo, mitigando el dolor. Tu ano se relaja y recupera su normalidad. El dolor se calma y con él la desazón.

– Te recuperarás. No es grave, lo superarás. -Te digo.- Ahora bebe esto y descansa.

Te arrasan las lágrimas y el llanto convulsiona tu cuerpo. Jamás habías sentido tanto dolor gratuito, nadie te había maltratado por nada, nunca habías visto tanto odio por tu Diosa y eso, eso arrastra tu cuerpo al llanto incontrolado que te impide hablar.

Apoyado sobre mi pecho, tus lágrimas me humedecen y mis manos recorren tu nuca y tu cuerpo, sintiendo poco a poco tu recuperación. Tu aliento me enerva.

Hundo mi nariz en tu cuello y aspiro con fuerza, sintiendo una convulsión en mis entrañas. Has recuperado tu olor de hombre y eso me excita.

Tus ojos vuelven a estar limpios y tu boca entreabierta invita la caricia y los cabellos húmedos resbalan cuando mis dedos toman tus orejas. Apoyo mis labios sobre los tuyos y aspiro tu aliento perfumado de deseo provocando un incendio en mi cuerpo que descubre manantiales.

Siento tu verga contra mi vientre y me aprieto contra ti, prólogo de placeres, mientras mis pechos reposan en tus manos que los recorren reconociéndolos.

Nuestros cuerpos se entrelazan en caricias infinitas. Labios húmedos se buscan y acarician lo que antes hicieran las manos.

Monto sobre ti y te cabalgo, como antes sobre las nubes. Acaricias mis pezones haciéndome gemir de placer sintiéndote en mi.

Tus manos en mis caderas me elevan una y otra vez, mostrándome paraísos de placer, mientras los rizos ocultaban mi rostro, antes de caer por la espalda..

Ahora, tumbada, siento tu aliento en mi sexo y tus labios en mis ingles, acariciando los bordes de mi vulva, haciéndome arquear la espalda y buscar apoyo para ese vértigo que se avecina.

Mi pulso se acelera y el placer me invade cuando tu sabia boca besa los labios, succiona mi clítoris y lo deja resbalar entre los dientes una y otra vez, antes de volver a presionar con la lengua, como un gatito tomando leche.

Estallo en gemidos, y la boca busca aire echando la cabeza hacia atrás. Tiro de ti, hasta hacerte que me cubras y tus brazos me rodean, sujetándome.

Te deslizas dentro de mi carne, cabalgando largo y profundo. Cada embestida, cada impacto entrecorta mi respiración y la tuya.

Tus nalgas se contraen y aumentas la frecuencia, respiramos a la vez, buscando aire que apague este fuego. Tu piel brilla de sudor y tu mirada me clava, mientras mis piernas rodean tu cintura y adelanto mis caderas recibiéndote en el fondo de mi ser.

Mi placer se desborda y mi carne te succiona, te absorve y te obliga a vaciarte, en un espasmo que detiene el tiempo.

Despacio, volvemos a tomar conciencia de los cuerpos. mojados de nuestros flujos que se deslizan por los muslos. Besas suavemente mis mejillas, el cuello y te hundes en ese rincón bajo la oreja. Caricias que nos hacen regresar.

Abrazados, frente a frente, la noche se desliza sin querer. Te invade el sueño y caes un sopor reparador. Estás vengado.

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Cazando en un “chat”

Viernes por la tarde. Juan acaba de salir de trabajar y no tiene planes para el fin de semana.

Llega a casa, una ducha, una cerveza y enciende el PC, aún con la toalla anudada a su cintura. Le excita conectarse así y decírselo a sus amigas del chat.

¡Diablos! Nadie en el notify. Debía haberlo imaginado, viernes por la tarde, la gente sale a la calle. Hunter (“cazador” es su nick habitual) rechaza deprimirse.

Hunter entra en los canales habituales y sólo encuentra algunos nicks conocidos, el resto, … El resto adolescentes en los cyber, ¡Cualquiera les aguanta! –Piensa- con sus ganas de probar los nuevos trucos de aspirante a hacker.

Inicia la desoladora práctica de ir saludando a cuanto nick femenino encuentra, con la esperanza de pasar un rato agradable.

H – Toc toc ¿se puede?

Los silencios y los noes resultan descorazonadores, de repente Claudia,  ¡Bonito nick! –sonríe para sí-, responde

C – Hola Hunter ¿Cómo estás?
H – Encantado de que respondas, no es habitual.
C – Yo respondo siempre
H – Pues me alegro. Creo que es la primera vez que te veo por aquí.
C – Si, no entro mucho, pero esta tarde estaba un poco aburrida.
H – ¿Aburrida un viernes por la tarde? ¿No sales?
C – Hoy estoy cuidando niños, y con lo que llueve, los tengo en casa viendo un vídeo.
H – ¡Vaya! ¿Dónde estás que llueve tanto?
C – ¿Tu no sales? Estoy en casa de mi ex Le hago de canguro hasta que vuelva esta noche.
H – Pues yo acabo de salir del curro, me he duchado y, … aquí estoy. Jajajaja aquí no llueve.
C – J
H – Me presentaré Juan, técnico, 40 años Oviedo.
C – Ahora lo haré yo J Pilar, psicóloga, Santander, pero ahora estoy en Gijón.
H – ¿Estás sola ahora?
C – Claro, ya te he dicho que mis hijos están viendo una peli y aún les queda al menos una hora.
H – ¿Te apetece jugar un poco?
C – Mmmmm ¿Es una proposición?
H – Sólo si te apetece
C – Claro que me apetece J
H – Dime cielo ¿Qué llevas puesto ahora?
C – Una blusa y un pantalón ¡hehehe! ¿y Tu?
H – Yo una toalla en la cintura J
C – ¿Sólo?
H – Sólo, se está muy fresquito así 😉
C – Y muy cómodo, imagino.
H – ¿Sabes lo que me gustaría ahora?
C – Dime
H – Estar detrás de ti, mirando la pantalla y soltar los botones de la blusa, para ver asomar tus pechos en tu lencería.
C – ¡Buuff! ¿Sabes? Y mi que estuvieras aquí, detrás de mi. Sentir tus ojos en mi piel y ese calorcillo.
H – ¡Hummmmm! Que bien suena eso
C – Sentirme deseada y que tu mano, me acariciara suavemente.
H – ¡Si! Mi mano rozaría la seda, sintiendo la curva de tus pechos en el dorso de los dedos
C – Inclinaría mi cabeza hacia atrás, ronroneando. Mis pezones se endurecen sólo de pensarlo.
H – ¿Sabes lo que me haría? Poco a poco, iría acercándome a tus pezones, hasta acariciarlos por encima de la tela y sentirlo duros y provocadores.
C – Apoyaría mi cabeza en tu vientre y sentiría como te vas endureciendo para mi.
H – Mis manos ya no aguantan más y liberan tus pechos del sujetador, acariciando los pezones ardientes con los pulgares.
C – ¡Diosssss! Cómo me estás poniendo cielo.
H – Los acariciaría una y otra vez, deslizando mi mano cada vez más abajo, buscando, …
C – Me dejaría hacer, y me movería un poco para facilitarte el camino.
H – Entonces, te tomaría por los codos y te ayudaría a levantarte, para poder acariciarte entera.
C – Me levantaría y seguirías acariciándome por detrás.
H – Si J Apoya tus manos en la pared, quiero poder disfrutar de tu cuerpo divino
* Claudia apoya sus manos en la pared y arquea su cuerpo, sintiendo a Hunter a lo largo de su espalda.
H – Así cielo, ahora apoyaría una mano en las tuyas y te besaría el cuello, mientras con la otra acaricio tu pecho, suelto el botón y la cremallera de tu pantalón
C – ¡Diossss! Cómo me estás poniendo sólo de imaginarlo.
H – Claro cielo, te mereces eso y más, corazón.
C – Yo me liberaría y me daría la vuelta para abrazarte, besarte despacio y sentir tu piel en la mía, mientras mis manos recorren tu espalda y mis pechos empujan los tuyos.
H – ¡Hummmm! Te llevaría hasta el sofá donde te abrazaría y e quitaría la camisa.
C – Y yo me inclinaría sobre aquello que tu toalla ya casi no tapa, lo tomaría entre mis manos y lo apretaría suavemente, hasta sentirlo palpitar y besarlo palpitante y caliente.
H – Me dejaría hacer J ¿sabes? Realmente me estoy excitando mucho, eres una mujer increible.
C – Pues no eres el único 😉 creo que tendré que tomar una ducha dentro de poco. Jajajajaja
H – Me gustaría oír tu voz, sería maravilloso.
C – A mí también me gustaría escuchar la tuya.
H – ¿Quieres que te llame?
C – De acuerdo … … …

Esta mujer es fantástica, que forma tan sensual de entregarse –pensó Juan mientras marcaba en su móvil el número indicado.

– Hola ¿Qué tal?
– Hola. Muy bien –Era una voz grave, susurrante, la que respondía a Juan-
– ¿Sabes? Estoy muy excitado, realmente me encantaría poder jugar contigo, me vas a volver loco.
– Jajajajaja –Una carcajada desenfadada y tranquila le respondió- Pues imagíname tomando una ducha en la – casa de mi ex. A ver como lo explico.
– Bueno, supongo que no tienen por qué pillarte.
– Tranquilo, me ducharé esta noche en el hotel, sólo estoy de paso. He venido a visitar a los niños y me ha pedido si me los quedaba esta tarde, mientras acudía a su cita. Mañana es cuando me toca realmente cuidar niños.
– ¿Entonces es verdad que estás separada?
– Claro ¡Ya te lo dije!
– Si, pero imaginé que podría ser un farol, de los muchos que se dicen por aquí.
– Pues nada de eso.
– ¿Sabes? Me encantaría conocerte 😉 y poder estar más tranquilos.
– Y a mí también.
– Pues si te parece, podemos quedar para mañana sábado.
– Suena muy bien eso de encontrarnos mañana por la noche.
– Me apetece mucho cielo.
– Ahora tengo que dejarte, se está terminando la película y los niños tienen que cenar.
– Entonces cielo quedamos para el sábado. ¿De acuerdo?
– Llámame mañana por la tarde. Podemos quedar para cenar.
– Perfecto cielo. Te llamaré. Hasta mañana. Un Beso.
– Un beso cielo. Hasta mañana.

Juan no se lo podía creer. De pronto, un fin de semana que amenazaba con ser aburrido y gris estaba a punto de arreglarse, gracias a Pilar. Deseaba conocerla, verla, oír su voz sensual.

Su mente vagabundeaba haciendo planes para el día siguiente, mientras se tomaba un tentenpie en la cocina. Mañana –pensaba- ¿Y por qué no hoy?

En ese momento sonó su móvil. Miró la pantalla y ¡Era ella!

-Hola ¿Me recuerdas? Soy Pilar, alias Claudia, jajajajajaja.

Su risa sonaba, inolvidable

-Claro que te recuerdo cielo ¿Cómo olvidarte?
-Mira he pensado ¿Por qué no hoy?

¡Diosss! Eso mismo estaba dando vueltas y vueltas en su cabeza hasta hacía apenas un momento. ¡Que casualidad! –pensó Juan-

– ¿Sabes? Estaba pensando precisamente en eso ¿Por qué no hoy?
– Entonces no se hable más, vente a Gijón y cenamos juntos.
– Perfecto, me preparo y estoy allí en una hora.
– Entonces te espero en el hotel La Casona de Jovellanos ¿Conoces?, Preguntas por mí en recepción y bajo. – Así me da tiempo a prepararme un poco.
– Allí estaré cielo. Un beso.
– Un beso. Hasta luego.

Juan se vistió de prisa. La Casona de Jovellanos, era un lugar precioso, cerca de la playa. Lo conocía de sobra, así que no le costó mucho esfuerzo llegar.

En recepción se dio cuenta de que no sabía el apellido de Pilar y preguntar por ella le resultaba muy violento, así que se acercó al mostrador, sin saber por dónde empezar, cuando la vió.

Pilar estaba sentada en una de las butacas, vestía un elegante abrigo beige, sobre una blusa de semitransparente negra que contrastaba con sus ojos claros y sonrientes, que no dejaban de mirarle.

Cambió la dirección y se dirigió hacia ella

– Perdona ¿Eres Pilar?
– Si Juan, soy Pilar –dijo sonriendo y levantándose para saludarle-
– Menos mal que estás aquí, no sabía cómo iba a preguntar por ti en recepción.
– Jajajajaja –Otra vez esa risa que lo cautivaba- De pronto recordé que no te había dicho mi apellido, así que decidí esperarte abajo.
– Eres un cielo, estás en todo –sonrió Juan-
– ¿Y esa cena? Estoy hambrienta

Salieron del hotel buscando un lugar donde hacerse confidencias y conocerse ante una buena cena, que encontraron sin dificultad frente a la Playa de San Lorenzo. La noche estaba resultando perfecta y el vino les iba animando aún más.

Sus manos se buscaban sobre la mesa y tras los postres, decidieron regresar al hotel paseando por la Playa. Juan llevaba a Pilar por la cintura y sentía su cuerpo pegado al suyo. El pelo le rozaba la mejilla y su cabeza apoyada en el hombro le hacía el más feliz de los mortales.

Cada pocos pasos se detenían para abrazarse y podía recorrer su cuerpo bajo el abrigo, descubriendo formas y gestos irresistibles.

Sin pasar por recepción, subieron directamente a la habitación de Pilar, donde dejaron los abrigos en el suelo, para caer en los brazos.

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Piel

Jon estaba inquieto, hacía días que ella no se conectaba y no se atrevía a telefonearla. Su vida se estaba volviendo gris. No respondía a sus correos, sus fantasías habían a empezado a volverse repetitivas …. Ella.

Esa noche la buscó, como siempre …. El notify no pitaba, impaciente, aburrido. Un privado. ¿A él? ¡Cielos! No desea encontrarse con nadie, sólo ella puede saciar su sed.

Ella guiaba sus fantasía. Al principio se hizo el duro. Ella era dulce, entregada y eso le permitía sentirse resguardado. Resguardado de …. de esas cosas que empezaban a surgir en él y que ahora le dolían.

Ese privado,. ¡Era ella! ¡¡¡¡¡¡Por fin!!!!! Sus temores se disolvieron de inmediato. Ella estaba allí y lo demás no importaba nada.

Hablaron al principio deprisa, luego, poco a poco, afloró la calma. A ella se lo impedía su trabajo: Un viaje imprevisto.

Había llegado el momento de hacer aflorar sus sentimientos más secretos, más allá del deseo y la entrega en el chat.

Jon sabía que en esa espera, algo le había ocurrido, algo increíble. Había descubierto cuanto necesitaba encontrarla cada noche, y compartir sueños, y cargarse las pilas para el día siguiente.

Vivían en la misma ciudad. 5 Millones de habitantes que les separaban y les unían y que esta noche dejaron de separarlos. Había demasiadas cosas contenidas que les arrastraron a encontrarse.

Ahora, apenas una mesa les separaba y un camarero de blanco. Sus cuerpos se estremecían. No respondían a las palabras.

Jon alargó su mano y sus dedos apenas rozaron los de ella. Una sacudida les electrizó.

Entre ambos, junto a las tazas de café estaban sus sueños.

Ella agarró la mano de él y dijo -vamos- No era una sugerencia, era una orden era su deseo.

En el ascensor sus manos crispadas, blanqueaban sus nudillos, sólo el conserje podía ser testigo pero ….

La mano le temblaba cuando introdujo la tarjeta.

En la habitación, cara a cara, Jon sintió que al fín podría ser suya. Alargó su brazo, apenas rozó su cabello y sintió como ella se estremecía.

Se miraban de frente, eran dos desconocidos, que se sabían por dentro. Sin hablar – sus ojos se encontraron. Se sostenían el uno al otro para no desfallecer de deseo

Apenas se atrevían a tocarse, cuando sus labios se encontraron. Un roce, un aleteo, respirando el aire cálido y perfumado.

Afloró la pasión entregándose a un abrazo que los fundía. Ahora, los brazos rápidos les desnudaban, necesitaban sentirse, rozarse, que sus pieles se fundieran en un abrazo sin fin.

A sus pies quedaron las ropas arrugadas, mientras se regalaban el uno al otro todas las promesas que se habían hecho en el chat.

Ella había conseguido mantequilla y canela

Jon quedó tumbado sobre la cama, sus ojos cerrados le devolvían ante la pantalla del pc. La oía moverse por la habitación, no se atrevía a mirar y su deseo era evidente.

La cama se movió cuando ella subió. La sintió sobre él, su calor.

Jon sintió una caricia en sus pezones que se contrajeron de inmediato, más oscuros y más duros de como jamás recordara. Sus pezones eran tocados, acariciados y sobados una y otra vez. El olor de la mantequilla le hizo sonreír, no se lo imaginaba, ese juego era nuevo y se preparaba a disfrutarlo, como otras veces.

Ahora, era un dedo el que corría por su vientre, desde el ombligo bajaba hasta su pubis. Apenas pudo reprimir un gemido en la garganta, cuando fue su glande el que sintió acariciar.

Ella espolvoreó canela en sus pezones, en el vientre, en su pene. Marcando una pista aromática y excitante que le inundaba sus sentidos.

Los dientes de ella tropezaron con el botón más sensible de su pezón izquierdo dejándolo resbalar entre ellos, mientras una lengua juguetona saboreaba la dulce y excitante canela.

Jon se sentía explotar. Explotar de imaginar la ruta que Ella, su adorada Ella había trazado sobre su cuerpo.

Ella acarició los costados de Jon, haciendo que su cuerpo se arqueara, como una guitarra al sentirla.

Ahora, su boca golosa paseó, impúdica por la ruta del vientre.

Sus cuerpos exhalaban un perfume de deseo que los embriagaba

Una gota afloró sobre su glande y Ella la besó, succionándola suavemente.

Jon echó la cabeza hacia atrás buscando un aire que mitigara su deseo. Su cuerpo se contrajo, cuando las manos de ella acariciaron sus huevos, deslizándolos sobre ella, como si fueran esas bolas chinas, una y otra vez

El deseo era incontenible. Se irguió y la abrazó, cayendo ambos sobre la cama.

Ella abrió sus muslos, húmedos, como una certeza y sintió su sexo cálido y poderoso frente al suyo. Adelantó las caderas para recibirle mientras Jon, apenas rozaba la verga sobre su sexo, sin entrar.

Ella apoyó sus pies en la cama, haciéndole resbalar en sus entrañas ¡¡al fin era suyo!! realmente suyo sintiéndole dentro una y otra vez.

Jon bebía en los pechos de Ella, provocando oleadas de placer que la hacían palpitar. Las embestidas largas y profundas de Jon la llevaban en un galope sin rumbo que desvanecían el entorno. Sólo sus propios latidos y el impacto de Jon.

Sus respiraciones eran frenéticas, el compás lo marcaba cada embestida. Ella se contrajo sobre Jon. Su carne en sus entrañas y convulsionó y les inundaron sus flujos.

El tiempo se detuvo y la piel dejó de separarlos.

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Media hora, larga.

Martes 20:38

Una dura jornada, extraordinaria, de tensión y cálculos urgentes, al fin acaba. Recoge los documentos, apaga los equipos y da las últimas instrucciones.

Marca un número de teléfono y la voz sonriente le saluda. Nota que está cansado, trepidante y que la adrenalina corre por sus venas.

Una avalancha de noticias se desploma entre risas y comentarios. La conversación salta de tema a tema.

– Un momento, suena el otro teléfono, -Indica él.-
– Ok , sin problemas. -Responde Ella-
– .. ¿Qué alguien trae un confidencial urgente para el técnico de guardia? ..

El vigilante, solicita instrucciones al respecto.

– Si señor, le indico el despacho.

No dejaba de oír la suave risa de ella al otro lado del auricular y ello le producía una indescriptible irritación.

– Un momento cielo, -Habló al auricular de las risas-. Ahora estoy contigo princesa.
– No lo sabes tu bien corazón. -respondió la voz, desconcertando a su interlocutor el cambio de registro-

El miraba hacia la puerta, esperando la aparición del mensajero, cuando descubrió que el vigilante estaba acompañado de una elegante mujer, vestida con un discreto traje chaqueta en tonos grises, que portaba un maletín en una mano y en la otra sostenía el móvil con el que hablaba.

Agradeció al vigilante su atención, despidiéndolo, antes de dirigirse hacia aquella mujer, vagamente familiar, que hacía saltar todas sus alarmas y sus sospechas, despertando sus ilusiones.

Ella sonrió y colgó elocuentemente, el teléfono móvil

– Creo que será mejor que cuelgues tu también. Roberto -Dijo.-
– ¡Pero qué haces Aquí! ¿?
– ¿Crees que podrán pasar sin ti 30minutos? – Le preguntó. –

Las preguntas le estallaban en el cerebro, cómo, cuando, porqué, era una sorpresa, él no sabía nada.

– ¡Esto es una locura! – Exclamó él, sintiendo un agradable calor en su entrepierna, prometedor. – De todos modos, rió él,- yo terminaba ahora.
– Entonces, quizás siga libre ese despacho de la otra planta que me mostraste en ‘la bañera’. -Respondió ella con una sonrisa y un guiño aludiendo a viejos secretos y cerciorándose de que estaban completamente solos.-
– Vamos, -dijo cerrando el portafolios. Una oleada de emociones recorrió su cuerpo al recordarlo sonriente-

Se dirigieron hacia los ascensores, sintiendo un trepidante ardor en sus venas. No se atrevían ni a mirarse, pero no podían evitar espiar cada movimiento de ese ser tan excitante.

El despacho estaba oscuro, y el gran ventanal asomaba las luces de la calle.

– Mi Ama. -Dijo él cayendo a sus pies.-

Ella desabrochó la chaqueta y la falda, que cayeron sobre la cabeza de su siervo, inundándolo de su aroma de hembra y de su perfume exclusivo.

Salió de la ropa, mientras él hundía en ella sus sentidos, agudizando su deseo y su necesidad de entregarse a su Ama que lo enloquecía.

Quedó de pié, erguida y provocadora, saboreando de antemano el placer.

– Ahora te toca a ti cielo -oyó que decía susurrante.-

Recogió la ropa, depositándola sobre una de las butacas y comenzó a desabrocharse la camisa, despacio, mostrando su pecho desnudo.

Sus manos juguetearon con la cintura del vaquero antes de soltar el botón. Ambos conocían el secreto y eso les estimulaba.

Apenas había soltado la bragueta, cuando su miembro afloró potente.

La boca entreabierta, casi temblando, ella lo rodeó, empujándolo sobre una de las sillas del despacho.

Sentado, no perdía detalle de los movimientos felinos de su Ama: Como abría su portafolios, sacando una mordaza de bola y una fusta, que le mostró sonriente.

Tembló, las sensaciones explotaban en su interior, los recuerdos del día y la clandestinidad del encuentro, todo ello potenciaba su deseo.

Sintió la fusta recorrer su pecho, suavemente, apenas un roce, antes de que la depositara sobre sus muslos.

La mordaza en su boca entró casi sin darse cuenta y sintió el calor de sus pechos en la cara, cuando se la ajustó.

Se perdía en aquellos senos pequeños y turgentes bajo la blonda bordada del sujetador, que los mostraba, adornándolos.

La húmeda caricia en su oreja y la obligación de silencio, era más de lo que podía soportar. Sólo el dolor de las uñas en su pecho le mantenía en el mundo real.

Atado, con su propia camisa, no intentó ni moverse, cuando los labios comenzaron a besar lentamente su verga, ya púrpura, cuando la lengua lamió su glande empapándolo y cuando una boca lo rodeó succionando. Sólo se abandonó al placer.

Las caricias avanzaron, por su vientre y su pecho, hasta que los labios se apoyaron en los suyos y sintió sobre su piel el roce ardiente de otra.

Ella, continuó su avance sobre el cuerpo de su siervo, dejando un rastro de humedad y de su aroma sobre él, hasta que la boca estuvo a la altura de su vientre.

Introdujo sus dedos bajo el tanga, liberando su sexo, que mostró, rasurado y jugoso bajo la mata esponjosa y rizada.

Balanceó sus caderas, sintiendo el aliento cálido y ansioso del amordazado, que pugnaba por saciar su sed en aquellas fuentes.

Retiró la mordaza y acercó su sexo, que fue acariciado hasta que las rodillas comenzaron a temblar.

Entonces se sentó, sintiendo como entraba profundamente aquella verga que la llenaba. La acomodó en sus entrañas e inició una larga cabalgada sobre ese potro hermoso, fuerte y caprichoso, que les llevó a desbordarse sin remedio entre jadeos.

Apoyó su cabeza en el hombro moreno, resoplando mientras recuperaban el aliento y el pulso. El la abrazaba, sin dejar de acariciar la suave piel de la espalda, mientras la besaba dulcemente.

– ¡¡Dios mio!!

Se separaron casi dolorosamente y asearon sus humedades.

Casi no podían hablar de tanto como deseaban decirse.

– No, no digas nada, -sonrió ella- Ambos tenemos muchas cosas que hacer.
– Hasta pronto princesa.

Se besaron apasionadamente, y sus cuerpo se entregaron olvidando el tiempo, palmo a palmo, hasta dolerles la piel de deseo, contenido por volver a empezar.

Salieron del edificio, tensos y deseos de robar otro instante al tiempo. Eran las 21:15 cuando ella se perdió entre la multitud que paseaba el anochecer de la ciudad.

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