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Dr. Earlham: Juego de médicos

Pequeño catálogo para practicar el viejo y estimulante “Juego de los médicos”

El Dr. Earlham, desarrolla un proyecto de investigación sobre el proceso de estimulación y respuesta (corporal), cuyas pruebas realiza en las doncellas de la casa, algunas pacientes del exclusivo hospital para hipocondríacos que regenta y, en ocasiones, sobre alumnas o enfermeras ansiosas de conocer nuevas sensaciones.

El gabinete de su consulta constaba de una despacho, para recibir y una completa sala de curas, donde había dispuesto un bastidor vertical en una de las paredes, para instalar a las pacientes, y realizar algunas de las pruebas. Para ello contaba con la ayuda de dos auxiliares que facilitaban el movimiento de los cuerpos, además de proporcionar el conveniente grado de entrega en las pacientes. Emplea instrumentos propios de la profesión y otros que diseñaba a la medida de sus necesidades.

Cada caso se iniciaba con la instalación de un delgado cilindro que detectaba temperatura y humedad en sexo de la paciente. Evaluaba las emisiones de flujo y variaciones de temperatura, sirviendo de testigo durante el proceso. La disposición de la paciente y la instalación de los diferentes instrumentos de media eran todo un ritual que daba a cada experiencia un valor diferente.

El ajuste de los valores lo establecía a partir de una estimulante tracción el pezón izquierdo, un simple lazo anudado sobre la aureola y el pezón propiamente dicho lo facilitaba y el cuerpo respondía alcanzando los valores básicos para el inicio de las pruebas propiamente dichas. Ocasionalmente, un estremecimiento o un jadeo, proporcionaban datos añadidos de inestimable valor.

El lazo, para la tracción de los pezones solía sustituirse por otros instrumentos, como las erinas, que por pesadas, conferían elevados niveles de estímulo, pero que había que controlar cuidadosamente, para evitar resultados no deseados.

De esta forma, practicaba sus pruebas y experimentos que, a menudo terminaban en cópula, evitando así dolorosas contenciones y dando lugar a sabrosas experiencias, a menudo compartidas con colegas y ayudantes, a los que les aleccionaba sobre la naturaleza humana. Cada experiencia era diferente, por la amplitud del estudio y las posibilidades que otorgaba.

Susana

No estaba muy satisfecho con los resultados de Susana, una de las doncellas de la casa, sobre la que había experimentado y que no respondía como esperaba a la estimulación de pinzas de los pezones.

La llamó a su despacho y le indicó que se desnudara. Deseaba comprobar las notas obtenidas el día anterior y para ello contaba con la ayuda de su alumno favorito, que en aquel momento estaba pasándolas.

Susana temblaba de expectación y de vergüenza, al estar desnuda ante el Dr. Que además era su Amo y el ayudante de éste, pero se mantuvo firme, con las piernas abiertas, según le habían indicado.

Lo primero que hizo el Dr. fue introducir el aparato de medición en la vagina de la muchacha. Para ello, lo deslizó adelante y atrás, sobre los labios internos, comprobando que estaba seca en el exterior. Haciéndolo constar a su ayudante, que se precipitó a tomar nota de ello. Sin poderse reprimir, pellizcó los labios del sexo, observando un notable aumento de la humedad.

El vientre de Susana estaba tenso, conteniendo cualquier manifestación de las sensaciones que sentía y su boca ya había empezado a secar.

Delicadamente, el Dr. Instaló un arnés sobre el pecho, de modo que los senos quedaran sujetos y expuestos, ajustando la presión hasta que la turgencia los asimiló a fruta apetecible, dispuestos a posteriores tratamientos.

Susana contuvo un gemido. La presión que, al principio resultaba agradable, empezaba a ser dolorosa. Contrajo su rostro en una mueca de dolor, que no pasó desapercibida al Dr.

En cualquier caso, mostraban la mejor cualidad de los pezones de Susana, su tersura y su prominencia sobre la rosada y discreta aureola.

El tratamiento, en esta ocasión, consistió en extender una pequeña cantidad de ungüento refrescante en los pechos y los pezones para, posteriormente, cubrirlos con gotas de cera derretida que actuaron como agujitas clavadas en la piel.

El Dr. no era insensible al resultado de sus experiencias, ni tampoco su ayudante, que luchaba por disimular una erección manifiesta bajo la bata blanca.

La cera cubrió el pecho y los pezones, hasta formar una ligera costra flexible. El control de temperatura y humedad indicó niveles muy elevados, por lo que el Dr. la condujo hasta la mesa, donde sujetó las piernas con unas correas a las patas y la instaló , de forma que resultara asequible para ser penetrada.

En esta postura, arrancó la cera de los pezones, mientras el cuerpo de Susana se balanceaba sin control de deseo, succionando con fuerza el medidor que alojaba en sus entrañas.

El Dr. dictó las observaciones a su ayudante y  sujetó con fuerza el medidor moviéndolo violentamente en el interior de Susana, conduciéndola hasta un crispado orgasmo, antes de retirarlo con los datos observados.

El sexo palpitante de Susana había inundado la estancia con su perfume, y ambos investigadores sucumbían a la llamada del instinto.

Extendió la humedad por el ano para penetrarla lenta y profundamente, estudiando cada movimiento, cada espasmo.

El cuerpo de Susana estaba tenso como arco de violín  y se movía sobre el sexo de su Amo con una cadencia, que pronto resultó difícil de controlar, llevándole a liberar la presión de la investigación en un agradecido impulso que la condujo a otro orgasmo,   mientras su ayudante tomaba notas apuradas, procurando no perder detalle de lo que ocurría sobre la mesa del despacho y sin atreverse a liberar su propio deseo hasta no ser autorizado para ello.

Las piernas le temblaban cuando su Amo se separó de ella y la humedad brillaba en sus muslos.

Ahora era el ayudante quien midió y exploró, valorando las consecuencias de lo anterior. Un termómetro indicaba la situación del ano, predisponiéndolo para una posterior
penetración. La mano izquierda, aprovecha para sopesar, sutilmente aquella carne palpitante, antes de introducir la cánula de estudio. La disposición de la paciente era
la adecuada, sin embargo, el fracaso en experiencias anteriores, invitaban a incrementar los estímulos.

Un enema de agua muy fría que elevara la sensación del punto del placer al del dolor y de ahí a la entrega, disponiéndola para  nuevos experimentos.

La visión del tratamiento resultaba altamente estimulante, las nalgas tersas y la cánula entre ellas llenándolas. Bastaba sostenerla para que el helado líquido penetrara.

Los labios abultados y húmedos reclamaban atención. Unas palmadas en su sexo anhelante y obligarla a retener el líquido helado, antes de permitirla expulsarlo, fue cuanto necesitó el ayudante para introducir su verga ardiente en el ano, aún frío por efecto.

La sensación fue increíble, conduciéndole a un violento orgasmo, mientras ella se movía sin parar.

(continuará)

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En la mazmorra

Se conocieron en uno de esos canales temáticos. El le abrió cientos de privados antes de merecer una atención, más allá de los saludos de rigor. Sin embargo, un día Ella aceptó adiestrarlo. Melómano, inteligente, vivaz y sensual la sedujeron. Un toque de rebeldía encubría un alma de Amo que buscaba conocer  el poder de una Domina.

Iniciaron un un pequeño y estimulante juego que les hizo temblar. Un pálpito que entorpecía sus dedos. Un juego de fantasía y de placer que descubrió sus cuerpos enervando hasta el último pelo.

Imaginaban situaciones donde acariciarse y estimularse hasta es dolor, conociendo ritmos y alternando gestos hasta que sus cuerpos temblaban ante la pantalla que los acercaba. Imaginaron distintas escenas. nuevos contextos, pero sus cuerpos siempre respondían con la misma intensidad a las palabras de la pantalla.

Se oyeron gemir y sus entrañas se contrajeron al sentir como el otro llegaba, junto a su oído, al otro lado del teléfono, entre jadeos y suspiros. Entre los juegos, fueron fraguando una complicidad íntima y poderosa que les alentaba.

Un día concertaron una cita y las horas previas fueron un infierno.   Se habían sentido con fuerza tantas veces que la espera hasta el encuentro fue una tortura. Una cafetería los acogió y al verse quedaron paralizados. El tiempo se detuvo, en un puzzle de recuerdos y sensaciones que se ordenaba con los que entonces se veían, paralizándolos.

Un paso los hizo encontrarse y al besarse en las mejillas una corriente los electrizó, transportándoles un instante a la intimidad de la pantalla.

En la barra del bar, el café les enfrió. ¿Qué decir? ¿Por dónde empezar? El diálogo salía a borbotones y se atascaba otra vez, invadiéndoles el no saber.

Un juego de miradas. Una tensión de silencios. Ella sonríe, lo mira intensamente por encima de la taza y él baja la mirada. Se acaba de producir el milagro que los ha llevado otra vez a sus juegos del chat. El puzzle encaja a la perfección.

Se dirigen a un lugar de ambiente. En el asiento trasero del taxi, sus manos entrelazadas blanquean los nudillos hasta causarles dolor, diciéndose sin palabras, todas las cosas que llevan meses compartiendo.

Al detenerse el taxi, él abona la carrera, mientras ella desciende y sube a la acera. Él baja del taxi y descubre las altas botas de ella, que brillan bajo el abrigo. No puede apartar sus ojos de las botas, que hasta ese momento le habían parecido inocuas, pero ahora lo magnetizan.

Aún siente el aroma de ella que había impregnado el taxi y se siente más embrujado que nunca. Abre la puerta del local, franqueándole el paso.

En la pequeña recepción enmoquetada, Ella le mira a los ojos y pasea su mirada por todo el cuerpo, casi acariciándole. Con un leve gesto de la cabeza, le indica que pase a uno de los camerinos.

Él sabe, sin que nadie se lo diga, que debe desnudarse y esa certeza hace que le de un vuelco sus entrañas. El pequeño camerino, apenas una cabina, acoge sus prendas y su alma, sintiéndose vacío, desposeído y entregado en cada gesto. Es la hora de la verdad, con la que tanto había soñado  y que ahora le aterra. Desnudo detrás de la cortina, apenas se atreve a salir, pero tampoco puede quedarse. Sólo le acompaña el amuleto que discretamente proclama su pertenencia a Ella, un pequeño aro negro en su meñique.

Al fin, hace acopio de valor, toca el negro anillo,  respira hondo y abre la cortina. Ella está frente a él.  Seria, bellísima con su maquillaje de labios rojos y la melena semi recogida. Una falda de cuero abierta en el lateral es todo lo provocador de su atuendo. La larga blusa de gasa negra sobre un top de tirantes, le dan una elegancia distante. Siente como crece su erección cuando ella le sonríe y le indica que la acompañe al interior del local.

El Antro era como se espera uno que sean estos sitios. Un cubo con un pequeño escenario al fondo. A la entrada una barra y al fondo el espacio principal. Cada rincón delimitado por los asientos tiene grilletes sujetos a la pared. Una cadena de parte a parte de las paredes, de donde penden muñequeras de cuero. Las paredes en azul noche, apenas reflejan las luz de los focos en un ambiente, casi metálico de estilo modernista. Aparentemente es un pub de estilo, pero una mirada más detallada ofrece que los cuadros de las paredes no son escenas de la campiña inglesa, sino cuidados daguerrotipos que muestran una amplia suerte de posturas y ornamentos.

Ella se sienta en una de las butacas y él permanece de pie, son atreverse ni a mirar. Sin embargo, descubre, en uno de los rincones un hombre arrodillado, atado y expuesto, como sólo había visto en revistas y películas, pero que nunca había imaginado que aquello existiera.

Se sorprendió más al descubrir, que, algunos clientes, al pasar junto al expuesto, lo palmeaban o pellizcaban. Incluso algunos introducían con fuerza en el ano los consoladores que había dispuestos sobre la  mesa. Y le invadió una mezcla de horror y piedad por ese cuerpo expuesto de aquella manera.

Junto a otra de las mesas, estaba atada una joven, cuya actitud le emocionó, tal mansedumbre, tal entrega, tal abandono … Y la exquisitez de sus miembros, haciéndola frágil y deseable. Su verga palpitó con la curva de las nalgas que asomaban bajo el corsé.

Estaba en esas meditaciones cuando descubrió que Ella estaba hablando con un camarero, y poco después se acerca otro camarero con unas pulseras de cuero que le instala en las muñecas.

Enrojeció hasta las cejas al sentir el calor del cuerpo desnudo del camarero en el suyo y una oleada de calor templó su piel. Su boca se secó, cuando sus pies apenas tocan el suelo al abrirle las piernas unas manos de las que no identificó a su propietario.

Cierra los ojos y su mente explota en dudas. El arrepentimiento gana terreno en sus pensamientos. Sabe que es una sorpresa que le ha preparado Ella, pero jamás se había imaginado nada parecido. Está inmovilizado y puede sentir el cabello de Ella casi rozándole el vientre, cuando mueve la cabeza para llamar al servicio.

Ella, displicentemente, acerca su mejilla hasta rozar su polla que sufre un espasmo. El gesto ha secado sus dudas. Vuelve a desearla y a confiar el ella.

De pronto, es consciente de que puede ser visto por cualquiera  y siente pánico. Le tranquiliza saber que está de espaldas y sólo ella sabe quien es … pero… Un camarero presenta una caja de donde ella saca una capucha de cuero negro
y se la coloca. Su identidad está a salvo, pero su visión apenas una rendija, le crea más confusión y la sensación de asfixia lo aprisiona. ¡Deja de pensar! se dice a si mismo, intentando no caer en el pánico.

Unas manos guían su cuerpo haciéndolo girar y, de pronto, una boca ardiente y húmeda besa su polla, lamiéndola y acariciándola a todo lo largo del tronco y succionando suavemente en la punta. La lengua extiende la humedad por toda la polla y hurga en la base, jugueteando con los rizos. La boca es muy profunda y succiona sabiamente, escamoteando los dientes o dejándolos resbalar sobre la piel hasta erizarle todos los poros.

Siente un roce en su espalda y unas manos acarician su cuerpo, del pecho a las caderas y otra vez al pecho, pellizcando firmemente de los pezones o exponiendo sus nalgas.

Un pequeño dildo penetra en su cuerpo llenándole de confusión. Su polla palpita con fuerza entre las caricias y las nuevas sensaciones difíciles de controlar.

De pronto, cuando las caricias eran más intensas, siente en su cuello otros labios y un perfume inconfundible lo inunda cuando giran su cabeza y esos labios se apoyan en la abertura de su máscara. Es un beso largo, cálido y sensual, que lo empuja a derramarse, sobre una boca que lame ansiosa cada emisión y su ano se cierra palpitante.

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Equitación

Laura había aceptado aquel empleo estival, para escribir las memorias de Lord Teller, lo que le permitiría realizar su viaje soñado a Oriente Medio. Y, de paso, conocer la famosa campiña inglesa, sobre la que tanto había leído.

Lord Teller era un atlético caballero, heredero de un título secular del que se enorgullecía y que le permitía vivir holgadamente. Maduro, mimado y caprichoso, con un innegable encanto y experto en galantería y seducción, le hacían irresistible.

Sus memorias resultaban tan ociosas como su vida, así que se imponían rigurosos ejercicios de estilo.

La pasión por los caballos era una constante, desde la infancia, en todos los episodios de su vida, lo que no dejaba de darle un toque divertido y extravagante. Como cuando se presentó en la fiesta que su hermana celebraba en el parque, montando a caballo entre las mesas de canapés y los invitados, con las consecuencias esperadas.

Aquella mañana, como de costumbre, tras el desayuno Laura fue al despacho para corregir el último episodio, antes de empezar a tomar notas.

Lord Teller entro en la estancia con sus inevitables botas altas y el traje de montar. Regresaba de su cabalgada, dispuesto a seducirla, como de costumbre.

Laura sonrió para sí. No esperaría más. Ocurriría lo que tenía que ocurrir y que llevaban deseando desde el primer día.

En muchas ocasiones, Lord Teller había insinuado sus conocimientos en campos poco frecuentes. Hoy estaba dispuesta a comprobarlo, así que cuando aludió a ellos al iniciar su relato, le preguntó si haría una demostración práctica para facilitar la comprensión.

– Si ello facilitara la comprensión del rico arte de la monta, haría un esfuerzo.
– Entonces, cuando quiera podemos empezar. Estoy lista. –Dijo Laura-

La miró largamente y sus ojos se perdieron, sin prisa, en los pechos de Laura, calibrándolos, disfrutándolos. Una mirada que humedeció sus bragas.

– Miss Laura, si está lista, empezaremos ahora mismo. Venga conmigo a las caballerizas. –Dijo mirándola a los ojos.-

Cruzaron el jardín trasero y el patio de caballerizas, en torno al cual se abrían las portezuelas por las que asomaban las cabezas los animales.

Le seguió hasta el pabellón de doma, donde Lord Teller fue mostrando los diversos accesorios, indicando sus nombres y aplicación, que Laura anotaba mentalmente.

El aroma a heno fresco y a cuero, hería sus sentidos excitándola, tanto como la suave cadencia de palabras de Lord Teller, sus miradas intensas y la insinuante forma de jugar con las correas, fustas y hebillas.

– Miss Laura ¿Desea avanzar en este campo? –Preguntó susurrante-
– Si –Respondió sonrojándose-

El rubor hacía que le ardieran las orejas y la boca seca hacía su voz un poco ronca. ¡Desnúdese por favor! –Ordenó cogiendo un arnés que colgaba de la pared. –

Sorprendida, desabrochó la blusa que dejó sobre unos de los caballetes, así como la falda, quedando en ropa interior.

Lord Teller se volvió y sonrió paciente He dicho que se desnudara Miss Laura ¿Lo hará?

Un relámpago recorrió su espalda y erizó el vello. Soltó el sujetador que deslizó hasta dejarlo con el resto de la ropa, haciendo lo mismo con las bragas, ya húmedas en su centro.

No podía dejar de mirarle. Dejar de observar hipnotizada cómo jugaba con un arnés de cuero, despreocupadamente, cómo sus ojos se detenían descaradamente en su anatomía, provocándole una intensa vergüenza y excitación a la vez.

Lord Teller, se situó tras Laura y colocó el arnés en su cuerpo. Dos aros de cuero, sobre una correa, rodeaban los pechos, haciéndolos sobresalir, abrochado con una fina hebilla en la espalda.

Delicadamente, apoyó sus dedos sobre los pechos, tensándolos en cada aro. Laura jadeó cuando terminó la operación con sendos tironcitos en los pezones..

Le temblaban las rodillas cuando Lord Teller cogió un cinturón que colocó alrededor de sus caderas.

Completó el arreo ajustando una correa entre los pectorales, descendiendo hasta el aro central del cinturón, donde se abría en dos correas un poco más finas que entraban en el pubis separando los labios, a ambos lados del clítoris y la vagina hasta ajustarse con una hebilla en el cinturón, en la espalda. El sexo quedaba abierto, exhibido.

Lord Teller se arrodilló ante Laura y, tomando delicadamente de los gruesos labios externos, los separó. Luego tomó el labio interno y lo hizo pasar por el ojal de la correa. Repitió la operación con los otros labios de forma que se mostraran sometidos y plenamente abiertos, evitando cualquier protección de su sexo.

El ano tampoco quedó cerrado, ya que Lord Teller instaló un anillo separador que ajustó entre ambas correas.

Cada roce, cada tirón, habían arrancado gemidos a Laura que se esforzaba por ahogar, provocando la humedad en su sexo ahora abierto.

– Ahora vistes como una amazona –Dijo Lord Teller- y aprenderás a montar como las amazonas.

Dicho esto, soltó sus pantalones, dejándolos caer hasta las altas botas de montar, ofreciendo una hermosa erección y se sentó sobre un fardo de paja, cubierto por una gruesa manta, frente a ella.

– Ven a montar –Sonrió seductor.-

Dócilmente se acercó hasta quedarse frente a él, esperando instrucciones.

– Separa las piernas y siéntate sobre mi –Indicó Lord Teller-

Laura lo hizo, hicándose en la espada del noble. Éste, tomó firmemente los pezones entre sus dedos, tirando con fuerza hacia abajo, lo que hizo q Laura se ensartara profundamente en la verga.

Lord Taller estaba recostado sobre otro fardo y sus manos en los pezones, ensayaban gestos, tirones y caricias dirigiendo cada movimiento de Laura.

– Estas son las bridas en la cabalgada, Sta. Laura –Dijo estrujando los pezones con los dedos.
– Sí Sr. –Jadeó Laura-
– Yo conduzco el movimiento, la intensidad y el modo con ellas.

Tiraba de los pezones hacia arriba y el cuerpo de Laura los seguía, hasta que el glande salía y rozaba el borde de su coño.

Ahí, mantenía la presión y los retorcía a un lado y a otro, hasta q conseguía que Laura balanceara sus caderas, sobre la verga, en la dirección indicada, cada vez.

Luego, un tirón seco hacia abajo, hacía que Laura se clavara en la polla, cortándole la respiración.

Agarraba las tetas con toda la mano, amasándolas, permitiendo descansar los pezones y el coño hambriento succionaba la carne ardiente.

Cada vez que Laura se detenía, sus pezones recibían un severo castigo, lo que la obligaba a seguir los tirones con todo su cuerpo, arriba y abajo, adelante y atrás. Una yegua bien domada, obedeciendo la mano firme en la brida.

Lord Teller alcanzó una fusta que reposaba sobre la manta y Laura tembló, imaginando lo que pudiera hacer con ella.

Un firme tirón de los pezones, hicieron que Laura se acercara al pecho de Lord Teller, deslizándose la verga hasta que apenas rozaran los labios el glande.

Mantuvo la presión en los pezones y, con la otra mano, fustigó suavemente las nalgas, el coño y su propia polla, lo que empujó a Laura a un frenético movimiento, liberándose de las manos de Lord Teller, que los condujo a un violento orgasmo.

Lord Teller cerró sol ojos cuando se vació dentro de Laura. Bien, Sta. Laura, es Vd. Rápida aprendiendo a montar. Veamos cómo sabe llevar las riendas

Dicho esto, acarició delicadamente sus pechos y levantándole las nalgas, la obligó a separarse de él.

– Quítame las botas –Ordenó levantando la pierna izquierda.- ¿Sabrás hacerlo?
– Laura permanecía inmóvil ante él. Sonrió
– Date la vuelta y ponte de espaldas a mí. Abre las piernas a ambos lados de las mías. Ahora inclínate sin doblar las rodillas y coge la bota apoyando tus manos una en la puntera y la otra en el tacón.

Obedecío, avergonzada por la postura que adoptaba, ya que el arnés que lucía la abría completamente, para disfrute del Lord.

Lord Teller apoyó su bota en el culo de Laura y empujó con fuerza, descalzándose de la bota, que quedó sobre las manos de Laura, entre carcajadas.

Repitieron a operación con la otra bota y Lord Teller se desnudó rápidamente, dejando su ropa junto a la de Laura.

Cogió de la pared un juego de correas que se la ofreció a Laura, sonriendo maliciosamente.

Eran dos correas que se cerraban en sendas anillas, algo más pequeñas que las de los pectorales.

– Toma. Colócalas donde te imaginas –Dijo ofreciéndoselas.-

Laura cogió las correas y las manos de Lord Teller, se apoyaron en sus hombros, presionando hasta que se arrodilló ante él. Soltó las hebillas para ajustar las cinchas en el escroto, separando los huevos que tensaban la piel brillante y rasurada.

Su vientre se contrajo y aguantaba la respiración, cada vez que Laura manipulaba su polla, ahora relajada.

Lord Teller ofreció un collar de cuero, que le fue ajustado al cuello y un cinturón, que Laura colocó sobre sus finas caderas.

Luego, colocó dos correas que, desde la argolla central del collar, cruzaban su pecho, resaltando sus pectorales y el vientre plano de Lord Teller, para ajustarse a las hebillas laterales del cinturón.

El arreo se completaba con dos finas correas, como las de Laura, que desde la cincha del escroto, sostenían el anillo que desnudaba el ano y se ataban en la parte trasera del cinturón.

Una vez así dispuesto, Lord Teller sonrió. Tomó entre sus manos las de Laura y besando los nudillos, se arrodilló.

– Sta. Laura, es su turno. Ahora debe demostrar el aprovechamiento de mis clases.
– Creo que sí- Respondió sonriendo Laura y perdiéndose en sus ojos.

Laura cogió la fusta que descansaba sobre la manta, ladeó la cabeza y la miró despacio, haciéndola rodar entre sus dedos.

Decidió que no era adecuada y se paseó por el pabellón, estudiando detenidamente los instrumentos que ornaban las paredes, mientras su cuerpo espléndido era espiado por Lord Teller.

Eligió un látigo, largo y delgado, de los empleados por los cocheros de calesas. También encontró un rollo de cuerda. Decidiendo que lo mejor sería empezar por una sesión de doma clásica con él.

Lord Teller, arrodillado en el centro de la estancia, no perdía de vista a Laura, saboreando anticipadamente nuevos placeres.

Laura se calzó las altas botas de Lord Teller y las cargó un par de pequeñas espuelas de plata, como complemento adecuado, por si fueran necesarias.

Así preparada, se acercó al arrodillado y anudó el extremo de la soga, bajo la garganta, al collar. Desenrolló tres o cuatro metros, alejándose y levantó el látigo, chasqueando apenas sin rozar las nalgas, indicando que se levantara.

Una ondulación de la soga le hizo empezar a caminar en círculo, dirigido por el látigo que manejaba con la otra mano, como había visto hacer en la doma de potros.

Sonrió satisfecha y el extremó del látigo golpeó las nalgas, obligándolo a iniciar un trote corto, con las rodillas bien levantadas.

Su verga se había endurecido. Presentaba una prometedora erección que se balanceaba con el trote.

Un tirón de la cuerda detuvo el trote y Laura se acercó a Lord Teller. Pasó los dedos por su nuca y acarició la espalda, palmeándolo como un pura sangre. Jadeaba sudoroso.

Deslizó un dedo por los pezones, el pecho, el vientre y lo enredó en el rizado pubis, para pasarlo luego por los huevos, brillantes en las cinchas y volver a acariciar sus ingles y su vientre.

La recompensa fue una palpitante erección y el florecer de una gota de humedad en el glande púrpura.

Dos rápidos fustazos en la verga, desanimaron cualquier tentación de placer. Lord Teller ahogó un gemido.

Un rápido tirón hacia debajo de la cuerda hizo q se arrodillara y, al tirar hacia delante, apoyó sus manos en el suelo, dispuesto para ser montado.

Laura dio una vuelta a su alrededor, pasando muy cerca de su cara y disfrutando de su aliento en las rodillas.

Montó sobre Lord Teller al estilo amazona y azotó, con la fusta pequeña sus nalgas, indicándole que iniciara su avance.

Sentía moverse el cuerpo bajo el suyo, el suave ondular de la columna bajo los muslos, comunicándole un excitante vaivén. El sudor de la espalda humedecía su piel.

Una leve flexión de las rodillas hizo que Lord Teller sintiera las espuelas en su vientre, muy cerca de su sexo. A penas un roce en la piel, justo para estremecerse por el agudo metal, animándole a avanzar más deprisa.

En cada vuelta, la entrega se evidenciaba. El corcel parecía cansarse y ser felíz de serlo. Cada músculo se tensaba y se dibujaba bajo la piel.

Un suave tirón detuvo el avance. Laura cambió la postura de amazona por la de jinete, abriendo sus piernas sobre la espalda del corcel y sintiendo en su sexo abierto la húmeda espalda de éste, mezclando fluidos.

Con un gesto de las caderas, Laura reinició la marcha y se acomodó para que el movimiento afectara directamente a su clítoris y prosiguió la marcha por la zona de doma.

Era infinitamente más divertido y excitante de lo que jamás hubiera imaginado. La obediencia absoluta a cada orden por parte del corcel indicaba su impecable disposición, sin restricciones. Aquello estimuló la imaginación de Laura.

Laura miró en torno suyo y descubrió, al fondo del salón, un caballete y un perchero, como un árbol, del que colgaban gran variedad de dildos, anillas, bolas y correas más pequeñas que los adornos de las paredes.

Hacia allí encaminó su corcel y, no necesitó espolearlo para que avivara el paso.

Al llegar, descabalgó y pasó amorosamente su mano por la nuca de su montura, acariciándolo, dejando resbalar suavemente las orejas entre sus dedos.

Tiró del ronzal para que se levantara y le mostró el caballete. Sus ojos la miraron suplicantes, pero la delatora erección demostraba su deseo y su curiosidad.

Laura guió a Lord Teller hasta tumbarlo sobre el caballete, con las piernas abiertas y pasando el índice por su espalda, se situó junto a sus nalgas, abiertas y expuesto su rosado anillo.

Tomó un delgado consolador terminado en una argolla y lo introdujo en al ano palpitante. Lenta y firmemente, hasta sujetarlo con el arnés que separaba sus nalgas, de forma que se introducía más con cada movimiento.

Lord Teller se arqueaba y boqueaba, sintiéndose lleno en cada embestida. Su cuerpo era una constante fuente de placeres y sensaciones que encendían cada poro de su piel.

Así dispuesto, incitaba al castigo. Cuatro fustazos en cada nalga les hicieron jadear. Laura sentía sus flujos resbalar por los muslos y deseaba intensamente aquel bello cuerpo entregado y dispuesto.

Avanzó hasta la cabeza y le indicó que se levantara. Lord Teller de pie y Laura se acercó hasta que sus pezones enhiestos rozaron su pecho. Sentía el cálido aliento sobre sí, provocándola. Contuvo la respiración mientras sus dedos recorrían los brazos, los hombros, el cuello, para deslizarlo luego por la espalda y juguetear con la argolla del dildo, en gesto infinito. Reteniendo el deseo de abrazarlo y unir sus pieles.

Empujó la argolla, atrayéndolo hacia si, en un abrazo que los dejó caer sobre un hato de mantas dobladas, que los acogió sin ruido.

Laura se movió entre los brazos de Lord Teller que la abrazaban, y guió su verga en su cuerpo, que la recibió ansioso.

Las manos sobre la argolla, guiaron la cabalgada, cada vez más frenética, insostenible, acompasando sus alientos, hasta un poderoso éxtasis.

Desde aquella mañana, las clases de equitación se sucedieron día tras día y las memorias del Lord Teller quedaron sin escribir.

Hoy, Laura es Lady Teller, y reparte su ocio cuidando rosales y escribiendo las memorias de su esposo, en el tiempo que les deja su pasión por las equitación.

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