Archivo de la categoría: Fetish

Relatos eróticos caracterizados por situaciones de fetichismo.

Fetiches

Escalera, medias, tacones

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Piel

Jon estaba inquieto, hacía días que ella no se conectaba y no se atrevía a telefonearla. Su vida se estaba volviendo gris. No respondía a sus correos, sus fantasías habían a empezado a volverse repetitivas …. Ella.

Esa noche la buscó, como siempre …. El notify no pitaba, impaciente, aburrido. Un privado. ¿A él? ¡Cielos! No desea encontrarse con nadie, sólo ella puede saciar su sed.

Ella guiaba sus fantasía. Al principio se hizo el duro. Ella era dulce, entregada y eso le permitía sentirse resguardado. Resguardado de …. de esas cosas que empezaban a surgir en él y que ahora le dolían.

Ese privado,. ¡Era ella! ¡¡¡¡¡¡Por fin!!!!! Sus temores se disolvieron de inmediato. Ella estaba allí y lo demás no importaba nada.

Hablaron al principio deprisa, luego, poco a poco, afloró la calma. A ella se lo impedía su trabajo: Un viaje imprevisto.

Había llegado el momento de hacer aflorar sus sentimientos más secretos, más allá del deseo y la entrega en el chat.

Jon sabía que en esa espera, algo le había ocurrido, algo increíble. Había descubierto cuanto necesitaba encontrarla cada noche, y compartir sueños, y cargarse las pilas para el día siguiente.

Vivían en la misma ciudad. 5 Millones de habitantes que les separaban y les unían y que esta noche dejaron de separarlos. Había demasiadas cosas contenidas que les arrastraron a encontrarse.

Ahora, apenas una mesa les separaba y un camarero de blanco. Sus cuerpos se estremecían. No respondían a las palabras.

Jon alargó su mano y sus dedos apenas rozaron los de ella. Una sacudida les electrizó.

Entre ambos, junto a las tazas de café estaban sus sueños.

Ella agarró la mano de él y dijo -vamos- No era una sugerencia, era una orden era su deseo.

En el ascensor sus manos crispadas, blanqueaban sus nudillos, sólo el conserje podía ser testigo pero ….

La mano le temblaba cuando introdujo la tarjeta.

En la habitación, cara a cara, Jon sintió que al fín podría ser suya. Alargó su brazo, apenas rozó su cabello y sintió como ella se estremecía.

Se miraban de frente, eran dos desconocidos, que se sabían por dentro. Sin hablar – sus ojos se encontraron. Se sostenían el uno al otro para no desfallecer de deseo

Apenas se atrevían a tocarse, cuando sus labios se encontraron. Un roce, un aleteo, respirando el aire cálido y perfumado.

Afloró la pasión entregándose a un abrazo que los fundía. Ahora, los brazos rápidos les desnudaban, necesitaban sentirse, rozarse, que sus pieles se fundieran en un abrazo sin fin.

A sus pies quedaron las ropas arrugadas, mientras se regalaban el uno al otro todas las promesas que se habían hecho en el chat.

Ella había conseguido mantequilla y canela

Jon quedó tumbado sobre la cama, sus ojos cerrados le devolvían ante la pantalla del pc. La oía moverse por la habitación, no se atrevía a mirar y su deseo era evidente.

La cama se movió cuando ella subió. La sintió sobre él, su calor.

Jon sintió una caricia en sus pezones que se contrajeron de inmediato, más oscuros y más duros de como jamás recordara. Sus pezones eran tocados, acariciados y sobados una y otra vez. El olor de la mantequilla le hizo sonreír, no se lo imaginaba, ese juego era nuevo y se preparaba a disfrutarlo, como otras veces.

Ahora, era un dedo el que corría por su vientre, desde el ombligo bajaba hasta su pubis. Apenas pudo reprimir un gemido en la garganta, cuando fue su glande el que sintió acariciar.

Ella espolvoreó canela en sus pezones, en el vientre, en su pene. Marcando una pista aromática y excitante que le inundaba sus sentidos.

Los dientes de ella tropezaron con el botón más sensible de su pezón izquierdo dejándolo resbalar entre ellos, mientras una lengua juguetona saboreaba la dulce y excitante canela.

Jon se sentía explotar. Explotar de imaginar la ruta que Ella, su adorada Ella había trazado sobre su cuerpo.

Ella acarició los costados de Jon, haciendo que su cuerpo se arqueara, como una guitarra al sentirla.

Ahora, su boca golosa paseó, impúdica por la ruta del vientre.

Sus cuerpos exhalaban un perfume de deseo que los embriagaba

Una gota afloró sobre su glande y Ella la besó, succionándola suavemente.

Jon echó la cabeza hacia atrás buscando un aire que mitigara su deseo. Su cuerpo se contrajo, cuando las manos de ella acariciaron sus huevos, deslizándolos sobre ella, como si fueran esas bolas chinas, una y otra vez

El deseo era incontenible. Se irguió y la abrazó, cayendo ambos sobre la cama.

Ella abrió sus muslos, húmedos, como una certeza y sintió su sexo cálido y poderoso frente al suyo. Adelantó las caderas para recibirle mientras Jon, apenas rozaba la verga sobre su sexo, sin entrar.

Ella apoyó sus pies en la cama, haciéndole resbalar en sus entrañas ¡¡al fin era suyo!! realmente suyo sintiéndole dentro una y otra vez.

Jon bebía en los pechos de Ella, provocando oleadas de placer que la hacían palpitar. Las embestidas largas y profundas de Jon la llevaban en un galope sin rumbo que desvanecían el entorno. Sólo sus propios latidos y el impacto de Jon.

Sus respiraciones eran frenéticas, el compás lo marcaba cada embestida. Ella se contrajo sobre Jon. Su carne en sus entrañas y convulsionó y les inundaron sus flujos.

El tiempo se detuvo y la piel dejó de separarlos.

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Pascual el barbero

En aquella ciudad provinciana y burguesa, los prohombres tenían costumbres fijas. Todas las mañanas iban a la barbería, donde Pascual les cuidaba la cara y Marcelo se ocupaba de sus manos. Y ellos se reunían para comadrear los dimes y diretes de la comunidad.

Una vez arreglados, se iban al casino, donde la prensa y el aperitivo cerraban sus labores matutinas.

Por la tarde, Pascual, el barbero, no tenía demasiado trabajo, hasta la tertulia de las 7 con sus vecinos y gente menos estirada, donde comentaban los toros, el partido y las aventuras y desventuras de la alta sociedad, de las q Pascual daba cuenta.

Pero una tarde, a las 4.30, cuando abrió su barbería, como siempre, se presentó allí uno de sus clientes matinales, habituales. Iba acompañado de una bella mujer, que vestía un elegante traje de chaqueta.

– Buenas tardes. – Saludó el cliente- ¿Está libre?

Ante la mirada de sorpresa de Pascual, le dijo

– Necesito que realice un trabajo especial esta tarde ¿Cree que podrá hacerlo? es su trabajo

Pascual asintió, esperando saber la naturaleza de su encargo

El cliente se volvió a la chica que le acompañaba y le indicó que pasara al fondo de la barbería, donde estaba una camilla que acogía a los clientes, para sus sesiones de masaje.

Ella entró en la sala y el cliente le dijo que se quitara el traje y dejara en la percha siempre dispuesta que dejaba Pascual.

Ahora, el cliente, se volvió hacia Pascual y le dijo que pasara.

Pascual entró y se encontró un elegante y valioso traje colgado de la percha, y tras él, sobre la camilla estaba la mujer que había visto entrar, momento antes.

Ella estaba tumbada, apenas vestida con un sujetador de encaje y un liguero a juego, en delicados tonos grises.

Al entrar, ella no movió ni un sólo músculo. Los pies, apoyados en la camilla, junto a sus nalgas, hacían que sus piernas presentaran la forma de “V” y los brazos extendidos a lo largo del esbelto cuerpo, permitían a sus manos agarrar el borde de la camilla.

El cliente se acercó y con su bastón, rozó la cara interna de los muslos, mostrando a Pascual el sexo rosado que brillaba bajo una abundante y rizosa mata oscura, indicando que debía rasurarla.

Pascual recibió una gran impresión. Enrojeció y su mandil de barbero apenas disimulaba el deseo que había prendido en él.

El cliente, le indicó las partes a rasurar y cuales a cortar, rozando levemente cada una de ellas, lo que hacía que los músculos del vientre de la joven se contrajeran imperceptiblemente. Después, rodeó la camilla golpeó suavemente los pezones, que abultaban bajo el encaje.

-Quiero que decore también sus pechos.

Ella apenas podía controlar el temblor y sus nudillos blanqueaban en el borde de la camilla, mientras ladeaba su cabeza, mirando a su acompañante.

Pascual sentía el sudor correr por su espalda y su respiración se había hecho muy agitada en su boca seca. Sólo el cliente parecía disfrutar plenamente del momento. Estaba satisfecho

Pascual se dispuso a peinar los suaves rizos y a cortarlos a la medida indicada. Tuvo q hacer un esfuerzo, para controlar el temblor de sus manos armadas de la fina tijera.

Una vez cortados, tomó la brocha e impregnó de espuma las ingles, el pubis, los labios exteriores, con delicadeza. Casi con miedo en las primeras pasadas.

Ella jadeaba suavemente y contraía su cuerpo a cada contacto, mientras su sexo se humedecía, por dentro y por fuera.

Pascual cogió la navaja y la pasó pos las ingles, los labios y ¡¡diossssss!!, No podía.

No podía rasurar la parte interna sin tocarla. Miró confuso a su cliente, quien accedió con una leve inclinación de cabeza.

Ahora, los hábiles dedos del barbero sujetaron la tierna carne para su limpieza, demorándose más de lo debido en ello. Tirando y tensando, para facilitar el trabajo de la navaja, que en cortas pasadas remató su labor. Al final quedó al gusto del cliente. Arreglado y perfecto.

Pascual estaba inundado por el perfume de la mujer tumbada, su sexo rosado y brillante era una tentación irresistible.

Tomó una de las toallas y limpió cuidadosamente el escenario de su trabajo, acariciando y rozando. Para dejarlo reposar bajo el paño húmedo y reconfortante.

Ahora el cliente le indicó que decorara los pezones de la chica y para ello, tiró con fuerza hasta hacerlos florecer.

Ella estaba a punto de perder el control, y Pascual también, sin embargo, los pezones pudieron ser pintados con el carmín que estaba en el bolso de la mujer. Una cajita con pinceles, brochas y carmín lo hicieron posible.

Pascual pintó de rosa las aureolas, que se contrajeron al contacto de la brocha y de vivo carmín la parte central, pasada tras pasada, respondía al contacto endureciéndose y alzándose excitado.

Una breve rociada de spray, fijó si la pintura, arrancando una exclamación en la chica, que hizo fruncir el cejo a su cliente. Ella tembló de anticipación. Sabía lo sucedería.

El cliente, satisfecho, sonrió y agradeció a Pascual el meticuloso trabajo que había realizado, a su entera satisfacción.

Pascual, al quedarse sólo, se masturbó con la fiereza que empleaba en su adolescencia y que había ya olvidado. Luego, … meditando … pensaba

-¡No es posible!, ¡No me lo puedo creer!. ¡Jamás imaginé!….

Al día siguiente, recibió la visita de otro cliente, que   también estaba acompañado y solicitaban un trabajo similar. Uno tras otro, sus clientes matinales fueron haciéndose clientes de dos sesiones.

Así que Pascual, decidió actualizar su negocio, y, por la mañana era una barbería masculina, y, por la tarde ….

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Penitencia

Ella entra en la capilla, no hay casi nadie. Aprovechará para confesarse. Se acerca al confesionario, donde se arrodilla y empieza a confesarse.

El cura la va dirigiendo hacia los temas de sexo, que realmente le interesa, haciéndole preguntas cada vez más escabrosas.

El cura, silenciosamente, abre la rejilla y, sacando su mano, empieza a manosear el pecho de ella

Ella jadea, conteniéndose. Intentando mantener la compostura.

El cura continuaba tocando y manoseando por encima de la blusa de verano su escote

Soltó un botón y accedió a sus pechos, haciendo que se contrajeran sus pezones

Cada vez que ella callaba o erraba en una respuesta, él pellizcaba firmemente un pezón y ella gemía, por lo que volvía a pellizcárselo con más fuerza, indicándola silencio.

El cura continuaba hablando, como si en realidad no estuviera manoseándola. Hablaba de los pecados y de la penitencia, así que cuando llegó el momento de la penitencia le dijo que no iba a ser algo habitual, que ella merecía otra cosa y le indicó que fuera a la sacristía, que se arrodillara en el reclinatorio y se quitara las bragas.

Ella, se levantó confusa y aturdida, asustada y excitada ¡Sus bragas estaban empapadas!

Entró en la sacristía, se quitó avergonzada sus bragas, y se arrodilló, en el reclinatorio, como le habían indicado. Y estuvo así, desnuda por dentro, sintiendo cómo aumentaba su humedad y resbalaba por sus muslos, a pesar del frío que hacía y del olor a moho que impregnaba la estancia durante una eternidad

Oyó el chirrido de la puerta cuando empezaban a dolerle las rodillas. Alguien levantó su falda, mostrando sus nalgas

Tembló

Unas manos elevaron sus caderas, obligándola a apoyarse sobre los pies, mientras permanecía inclinada, de forma que su sexo esta abierto y accesible. Brillaba sonrosado bajo las nalgas, con las piernas abiertas

Empezó a recibir azotes en sus nalgas que estallaban en su cerebro en una extraña mezcla de dolor y placer. Había sido azotada y estaba excitada

Unas manos acariciaron sus nalgas enrojecidas provocándole un gemido. Ahora sintió como le manoseaban su sexo, tirando de sus labios mojados y retorciéndoselos, yendo adelante y atrás. Tropezando con su vulva y dejándola.

Ella, perdía el control de su cuerpo y balanceaba sus caderas, sin querer, buscando el contacto.

Unos dedos hurgaron en sus entrañas, donde se movieron con fuerza

Ella sintió un vació y la necesidad de juntar sus piernas, apretar y liberar la tensión que tenía su cuerpo, pero la mano que la controlaba se endureció, sin permitírselo

Ahora otra mano tocaba sus pechos con fuerza, casi le dolía, – pero estaba demasiado excitada para ello.

De pronto su sexo quedó vacío y palpitante

Una verga dura y poderosa ocupó el lugar de la mano, embistiendo con fuerza una y otra vez, mientras las manos tironeaban de los maltratados pechos, alternando con agarrones y palmadas en las enrojecidas nalgas

Su respiración era una serie de gemidos, acompasados a las embestidas, una y otra vez; cada vez más profundos; cada vez más firmes; cada vez más largos y más rápidos.

Ella cruzó las piernas, sintiendo con más fuerza la carne en su interior. Se paralizó un instante, justo antes de convulsionar sobre el sexo que tenía dentro.

Su sexo palpitó y sus caderas se balancearon con suave cadencia

Él sintió la explosión en su verga y fue succionado por las entrañas de la penitente que palpitaban en un violento orgasmo.

Sintió como era absorbido y se dejó llevar, explotando en su interior, vaciándose completamente

– Ahora, vete y no peques más le dijo y no vuelvas la cabeza o te pesará

Ella, se incorporó y salió de la sacristía. Allí quedaron sus bragas, aún húmedas.

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