Archivo de la categoría: Dominación

Relatos eróticos caracterizados por la dominación y la entrega. Relaciones entre dominante y sumisa/o.

Susurros de Clara (Cuento)

Soy una poderosa hechicera que viaja sobre un dragón de viento y tu eres mi esclavo, mi favorito, mi capricho. Con quien juego en las largas horas del atardecer y en quien me apoyo para dormir.

Tu piel suave me relaja y me invita a cuantas perversiones se me ocurren, que recibes con devota excitación. Tu cuerpo precioso me adorna y alegra y tu carácter amable me acoge.

Tengo que marcharme y te dejo, por unos días en el burgo de un feudo. No es un lugar de confianza, pero tampoco es abiertamente hostil, así que te encomiendo al Marqués y parto a mis negocios.

Regreso mucho antes de lo previsto y puedo verte desde el aire. Estás en la picota, sucio, con los pies y las manos presas en el cepo. Has sido castigado como el peor de los maleantes, Marcas de azotes surcan tu espalda, un penacho sucio de sangre y excrementos adorna tu ano. Y la desolación y el dolor visten tu rostro.

El verdugo aún no ha terminado y prepara nuevos suplicios, ante la mirada satisfecha del Señor del lugar y los sacerdotes enemigos.

Arkh, oscurece el sol y todas las caras observan estupefactas su vuelo, cuando hace una pasada rasante por la plaza abriendo un amplio círculo a tu alrededor y chamuscando al verdugo y a cuantos estaban cerca.

Salto al suelo espada en mano, rompiendo, de un solo tajo, el cierre del cepo que te aprisiona. Arranco el penacho y te cubro con mi manto, echándote sobre Arkh, que te recibe con un balanceo.

Apenas puedes moverte, atenazado por el dolor y el miedo. Me miras y la alegría ilumina las lágrimas entre las greñas.

Mis ojos fulguran, los pliegues de la túnica flamean bajo el peto de cuero, cuanto monto sobre Arkh y nos lanzamos sobre el Señor del burgo y su camarilla, que caen arrasados. ¿Cómo se han atrevido a ofenderme así?

Nos dirigimos a nuestro refugio más cercano, una amplia cueva cerca de las cumbres. Allí te sumerges en un cálido baño vivificante.

Poco a poco dejas de temblar y sientes como te empiezas a diluir en el agua, abandonándote. Te acaricio suavemente, lavando tu pelo, recorriendo mis dedos tus cabellos en infinitos caminos, restañando tus heridas, pasando mis manos una y otra vez sobre ti, reconociendo tu piel palmo a palmo. Reconociendo lo que es mío y que ha sido mancillado.

Envuelto en una gruesa toalla, reposas, mientras preparo los ungüentos para curarte. Tumbado boca abajo, extiendo bálsamo sobre la parte más dolorida de tu cuerpo, mitigando el dolor. Tu ano se relaja y recupera su normalidad. El dolor se calma y con él la desazón.

– Te recuperarás. No es grave, lo superarás. -Te digo.- Ahora bebe esto y descansa.

Te arrasan las lágrimas y el llanto convulsiona tu cuerpo. Jamás habías sentido tanto dolor gratuito, nadie te había maltratado por nada, nunca habías visto tanto odio por tu Diosa y eso, eso arrastra tu cuerpo al llanto incontrolado que te impide hablar.

Apoyado sobre mi pecho, tus lágrimas me humedecen y mis manos recorren tu nuca y tu cuerpo, sintiendo poco a poco tu recuperación. Tu aliento me enerva.

Hundo mi nariz en tu cuello y aspiro con fuerza, sintiendo una convulsión en mis entrañas. Has recuperado tu olor de hombre y eso me excita.

Tus ojos vuelven a estar limpios y tu boca entreabierta invita la caricia y los cabellos húmedos resbalan cuando mis dedos toman tus orejas. Apoyo mis labios sobre los tuyos y aspiro tu aliento perfumado de deseo provocando un incendio en mi cuerpo que descubre manantiales.

Siento tu verga contra mi vientre y me aprieto contra ti, prólogo de placeres, mientras mis pechos reposan en tus manos que los recorren reconociéndolos.

Nuestros cuerpos se entrelazan en caricias infinitas. Labios húmedos se buscan y acarician lo que antes hicieran las manos.

Monto sobre ti y te cabalgo, como antes sobre las nubes. Acaricias mis pezones haciéndome gemir de placer sintiéndote en mi.

Tus manos en mis caderas me elevan una y otra vez, mostrándome paraísos de placer, mientras los rizos ocultaban mi rostro, antes de caer por la espalda..

Ahora, tumbada, siento tu aliento en mi sexo y tus labios en mis ingles, acariciando los bordes de mi vulva, haciéndome arquear la espalda y buscar apoyo para ese vértigo que se avecina.

Mi pulso se acelera y el placer me invade cuando tu sabia boca besa los labios, succiona mi clítoris y lo deja resbalar entre los dientes una y otra vez, antes de volver a presionar con la lengua, como un gatito tomando leche.

Estallo en gemidos, y la boca busca aire echando la cabeza hacia atrás. Tiro de ti, hasta hacerte que me cubras y tus brazos me rodean, sujetándome.

Te deslizas dentro de mi carne, cabalgando largo y profundo. Cada embestida, cada impacto entrecorta mi respiración y la tuya.

Tus nalgas se contraen y aumentas la frecuencia, respiramos a la vez, buscando aire que apague este fuego. Tu piel brilla de sudor y tu mirada me clava, mientras mis piernas rodean tu cintura y adelanto mis caderas recibiéndote en el fondo de mi ser.

Mi placer se desborda y mi carne te succiona, te absorve y te obliga a vaciarte, en un espasmo que detiene el tiempo.

Despacio, volvemos a tomar conciencia de los cuerpos. mojados de nuestros flujos que se deslizan por los muslos. Besas suavemente mis mejillas, el cuello y te hundes en ese rincón bajo la oreja. Caricias que nos hacen regresar.

Abrazados, frente a frente, la noche se desliza sin querer. Te invade el sueño y caes un sopor reparador. Estás vengado.

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Dr. Earlham: Juego de médicos

Pequeño catálogo para practicar el viejo y estimulante “Juego de los médicos”

El Dr. Earlham, desarrolla un proyecto de investigación sobre el proceso de estimulación y respuesta (corporal), cuyas pruebas realiza en las doncellas de la casa, algunas pacientes del exclusivo hospital para hipocondríacos que regenta y, en ocasiones, sobre alumnas o enfermeras ansiosas de conocer nuevas sensaciones.

El gabinete de su consulta constaba de una despacho, para recibir y una completa sala de curas, donde había dispuesto un bastidor vertical en una de las paredes, para instalar a las pacientes, y realizar algunas de las pruebas. Para ello contaba con la ayuda de dos auxiliares que facilitaban el movimiento de los cuerpos, además de proporcionar el conveniente grado de entrega en las pacientes. Emplea instrumentos propios de la profesión y otros que diseñaba a la medida de sus necesidades.

Cada caso se iniciaba con la instalación de un delgado cilindro que detectaba temperatura y humedad en sexo de la paciente. Evaluaba las emisiones de flujo y variaciones de temperatura, sirviendo de testigo durante el proceso. La disposición de la paciente y la instalación de los diferentes instrumentos de media eran todo un ritual que daba a cada experiencia un valor diferente.

El ajuste de los valores lo establecía a partir de una estimulante tracción el pezón izquierdo, un simple lazo anudado sobre la aureola y el pezón propiamente dicho lo facilitaba y el cuerpo respondía alcanzando los valores básicos para el inicio de las pruebas propiamente dichas. Ocasionalmente, un estremecimiento o un jadeo, proporcionaban datos añadidos de inestimable valor.

El lazo, para la tracción de los pezones solía sustituirse por otros instrumentos, como las erinas, que por pesadas, conferían elevados niveles de estímulo, pero que había que controlar cuidadosamente, para evitar resultados no deseados.

De esta forma, practicaba sus pruebas y experimentos que, a menudo terminaban en cópula, evitando así dolorosas contenciones y dando lugar a sabrosas experiencias, a menudo compartidas con colegas y ayudantes, a los que les aleccionaba sobre la naturaleza humana. Cada experiencia era diferente, por la amplitud del estudio y las posibilidades que otorgaba.

Susana

No estaba muy satisfecho con los resultados de Susana, una de las doncellas de la casa, sobre la que había experimentado y que no respondía como esperaba a la estimulación de pinzas de los pezones.

La llamó a su despacho y le indicó que se desnudara. Deseaba comprobar las notas obtenidas el día anterior y para ello contaba con la ayuda de su alumno favorito, que en aquel momento estaba pasándolas.

Susana temblaba de expectación y de vergüenza, al estar desnuda ante el Dr. Que además era su Amo y el ayudante de éste, pero se mantuvo firme, con las piernas abiertas, según le habían indicado.

Lo primero que hizo el Dr. fue introducir el aparato de medición en la vagina de la muchacha. Para ello, lo deslizó adelante y atrás, sobre los labios internos, comprobando que estaba seca en el exterior. Haciéndolo constar a su ayudante, que se precipitó a tomar nota de ello. Sin poderse reprimir, pellizcó los labios del sexo, observando un notable aumento de la humedad.

El vientre de Susana estaba tenso, conteniendo cualquier manifestación de las sensaciones que sentía y su boca ya había empezado a secar.

Delicadamente, el Dr. Instaló un arnés sobre el pecho, de modo que los senos quedaran sujetos y expuestos, ajustando la presión hasta que la turgencia los asimiló a fruta apetecible, dispuestos a posteriores tratamientos.

Susana contuvo un gemido. La presión que, al principio resultaba agradable, empezaba a ser dolorosa. Contrajo su rostro en una mueca de dolor, que no pasó desapercibida al Dr.

En cualquier caso, mostraban la mejor cualidad de los pezones de Susana, su tersura y su prominencia sobre la rosada y discreta aureola.

El tratamiento, en esta ocasión, consistió en extender una pequeña cantidad de ungüento refrescante en los pechos y los pezones para, posteriormente, cubrirlos con gotas de cera derretida que actuaron como agujitas clavadas en la piel.

El Dr. no era insensible al resultado de sus experiencias, ni tampoco su ayudante, que luchaba por disimular una erección manifiesta bajo la bata blanca.

La cera cubrió el pecho y los pezones, hasta formar una ligera costra flexible. El control de temperatura y humedad indicó niveles muy elevados, por lo que el Dr. la condujo hasta la mesa, donde sujetó las piernas con unas correas a las patas y la instaló , de forma que resultara asequible para ser penetrada.

En esta postura, arrancó la cera de los pezones, mientras el cuerpo de Susana se balanceaba sin control de deseo, succionando con fuerza el medidor que alojaba en sus entrañas.

El Dr. dictó las observaciones a su ayudante y  sujetó con fuerza el medidor moviéndolo violentamente en el interior de Susana, conduciéndola hasta un crispado orgasmo, antes de retirarlo con los datos observados.

El sexo palpitante de Susana había inundado la estancia con su perfume, y ambos investigadores sucumbían a la llamada del instinto.

Extendió la humedad por el ano para penetrarla lenta y profundamente, estudiando cada movimiento, cada espasmo.

El cuerpo de Susana estaba tenso como arco de violín  y se movía sobre el sexo de su Amo con una cadencia, que pronto resultó difícil de controlar, llevándole a liberar la presión de la investigación en un agradecido impulso que la condujo a otro orgasmo,   mientras su ayudante tomaba notas apuradas, procurando no perder detalle de lo que ocurría sobre la mesa del despacho y sin atreverse a liberar su propio deseo hasta no ser autorizado para ello.

Las piernas le temblaban cuando su Amo se separó de ella y la humedad brillaba en sus muslos.

Ahora era el ayudante quien midió y exploró, valorando las consecuencias de lo anterior. Un termómetro indicaba la situación del ano, predisponiéndolo para una posterior
penetración. La mano izquierda, aprovecha para sopesar, sutilmente aquella carne palpitante, antes de introducir la cánula de estudio. La disposición de la paciente era
la adecuada, sin embargo, el fracaso en experiencias anteriores, invitaban a incrementar los estímulos.

Un enema de agua muy fría que elevara la sensación del punto del placer al del dolor y de ahí a la entrega, disponiéndola para  nuevos experimentos.

La visión del tratamiento resultaba altamente estimulante, las nalgas tersas y la cánula entre ellas llenándolas. Bastaba sostenerla para que el helado líquido penetrara.

Los labios abultados y húmedos reclamaban atención. Unas palmadas en su sexo anhelante y obligarla a retener el líquido helado, antes de permitirla expulsarlo, fue cuanto necesitó el ayudante para introducir su verga ardiente en el ano, aún frío por efecto.

La sensación fue increíble, conduciéndole a un violento orgasmo, mientras ella se movía sin parar.

(continuará)

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Clases particulares

Laura caminaba bajo el perfume de las acacias que sombreaban su camino hasta esas clases de matemáticas que, sólo sobrellevaba, por el profesor. Su oscura mirada la encendía y sus manos morenas la embrujaban hasta hacerla olvidar el tema que le explicaba. No podía remediarlo, era el hombre más guapo que había conocido nunca y deseaba sentirse en sus brazos, lo soñaba cada noche. sabía que algún día ocurriría.

Sir Gale había estado al servicio de Su Majestad trazando mapas y mensajes en las colonias y en su retiro, atendía las carencias escolares de las hijas de los burgueses. Alto, atlético y elegante, conservaba el porte militar que la había promovido al retiro que ahora disfrutaba. Sus ojos oscuros y sus manos bien formadas, templaban las cuerdas del violín en las tardes para placer de vecinos y viandantes.

Le abrió la puerta el mayordomo, que la condujo hasta la biblioteca donde recibía sus clases y hacía los deberes. Dejó sus libros sobre la ancha mesa y se dispuso a curiosear por los anaqueles y estanterías repletos de libros lujosamente encuadernados.

Llamó su atención un viejo libro, con las cubiertas de piel que estaba descuidadamente sobre la ordenada línea de los clásicos latinos. Al cogerlo, descubrió que no era un libro, sino un cuaderno de tapas gastadas. Moría de curiosidad pensando en un viejo diario del amor de sus sueños cuando empezó a hojearlo.

Las primeras páginas estaban en blanco, pero las siguientes la dejaron sorprendida. Eran fotografías, dibujos y bocetos de escenas de sexo. Escenas que había imaginado cientos de veces antes de dormir. Mujeres atadas que la excitaba mirar.  No podía levantar los ojos del cuaderno.

Tras las primera impresión sintió una punzada en su vientre y una oleada ardiente recorrió su cuerpo. Verlas la excitaba, imaginando las sensaciones que tendrían al sentir las cuerdas sobre su piel. El tacto de las manos explorando los cuerpos y esa mezcla de temor y deseo que debían sentir.

Cuando Sir Gale entró en la biblioteca, Laura enrojeció al verse sorprendida y poco faltó para que se le cayera el cuaderno. Estaba petrificada viendo como la amable sonrisa de Sir Gale se transformaba en una máscara de piedra y se sintió taladrada por aquellos ojos fulgurantes que otras veces los había sentido acariciarla y que tanto la embrujaban.

Se sobrepuso y dejó el cuaderno sobre la mesa, sin atreverse ni a mirarle, cuando le oyó decir, como si nada hubiera pasado:

– ¿Tienes muchos deberes hoy?

– No, no muchos. Sólo unos problemas que ya habíamos estudiado. -Respondió abriendo el cuaderno-

Se sentía trastornada y confusa. Había sorprendido un secreteo a Sir Gale, pero ya no parecía que le importara demasiado, volvía a ser el hombre amable. Su voz grave, volvía a sonar cálida.

Caminaba por la biblioteca, con la vara que siempre lo acompañaba entre las manos, mientras ella leía los enunciados y planteaba las posibles respuestas.

Sir Gale se sentó, como siempre en la presidencia de la mesa, recostado en el alto sillón de madera oscura y fue corrigiendo los errores de planteamiento y su voz grave, volvió a hechizar a Laura, haciéndola olvidar el tema del que hablaban guiándole en lúbricas ensoñaciones del cuaderno anterior.

Laura. con la mirada perdida, sentía arder sus pezones y sus entrañas emitían oleadas que sonrojaban sus mejillas. Al mirar su blusa, comprobó que era la vara de Sir Gale la que rozaba una y otra vez sus pechos, de pezón a pezón y por los laterales, desde el escote hasta el pezón y volvía a empezar, incansable, como si no se diera cuenta de lo que hacía, mientras explicaba el dichoso principio de Arquímedes y su desplazamiento de fluidos.

Su boca estaba seca, intentando prestar atención a la fórmula, cuando sus ojos quedaron prendidos de los de Sir Gale, que continuaba con su explicación mientras la vara, ahora, hurgaba a través de la abertura de los botones, directamente sobre su piel.  Con un gesto sensual, retiró su pelo del cuello y agitó su melena. Inspiró con lentitud y se sintió dichosa. Él la estaba mirando y a ella le gustaba.

– No estás prestando ninguna atención Laura -la
amonestó-. ¿Sigues pensando en el cuaderno?

– No señor -mintió Laura confundida-.

-Ven aquí, te castigaré por ello.

Las lágrimas asomaron a sus ojos, pero se contuvo. Se puso de pié y se acercó hasta Sir Gale, colocándose frente a él

– Extiende tus manos

Laura extendió sus manos temblorosas y Sir Gale las tomó entre la s suyas, sintiéndolas frías entre sus dedos cálidos.

– No te azotaré en las manos, quiero que escribas
con buena letra y no podrías hacerlo con las manos doloridas.

Laura sintió un hondo agradecimiento que se tornó en sorpresa, cuando las manos de Sir Gale ascendieron por sus muslos, debajo de la falda y sorprendieron la humedad de sus braguitas blancas, que frotaron una y otra vez, hasta que quedaron completamente mojadas.

Estaba asustada y tremendamente avergonzada de que alguien supiera de sus humedades y de sus anhelos. Su cuerpo respondía, como a ella en sus fantasías, ardiendo y produciéndole sensaciones hasta entonces desconocidas.

Sir Gale introdujo su dedo entre la tela y la piel, acariciando delicadamente esa tierna carne ardiente que lo empapó. Sacó su dedo y lo mostró a Laura, en un severo gesto de reproche.

– Vuelve a tu asiento y copiarás un dictado

Laura regresó a su asiento sonrojada y se dispuso a copiar el dictado, mientras Sir Gale se levantaba y camina en torno a la mesa, rodeándola hasta colocarse detrás de ella, mientras dictaba las edificantes sentencias. La vara rozaba su espalda de Laura y, por los costados accedía a sus pechos turgentes. Pronto, Laura dejó de escribir y Sir Gale, cogiéndola firmemente por la muñeca, con gesto ceñudo la levantó de la silla.

-Es que no vas a prestar atención nunca?
-Reprendió- Vas a recibir el castigo que mereces y aprenderás algo que espero que no olvides nunca. ¡desnúdate!

La orden era cortante. Laura, temblando, soltó los botones de su blusa y la cintura de su falda escocesa que cayó a sus pies y dejó caer sus brazos a lo largo del cuerpo.

Con la vara, Sir Gale levantó el sujetador, liberando sus pechos.

– Esto también quiero que te quites, he dicho desnuda ¿Comprendes?

Laura obedeció, conservando sólo los calcetines y los zapatos de hebilla, en el centro de la habitación. Observó cómo, de uno de los cajones, sacaba una cajita que depositó sobre la mesa.

Sir Gale, se volvió hacia ella y comenzó a hablar del cuaderno de fotografías, que abrió ante ella.

– Así que es esto lo que te priva de toda atención ¿verdad?, esas mujeres, esas manos que las tocan, esas cuerdas que las atan.

Mientras hablaba, la vara recorría el cuerpo de Laura una y otra vez. Ora rozaba los sedosos muslos, ora presionaba sobre los pezones. Rozaba el ombligo y recorría su cuello, Conocía su sexo, de donde salía húmeda y pasaba sobre el rostro, inundándole de su propio perfume.

Laura temblaba como una hoja, cuando dos rápidos varazos impactaron certeramente sobre sus pezones que ardieron y se irguieron de inmediato.

Sir Gale abrió la cajita y sacó un hilo de perlé de algodón de color azul. Sujetó con una mano el pezón izquierdo de Laura y enrolló el hilo, anudándolo, de forma que sobresalía llamativamente de la aureola. Repitió la operación con el otro extremo del hilo, que lo anudó al otro pezón y tiró firmemente, comprobando el ajuste.

Laura gimió y sintió una punzada en sus entrañas que la obligó a cruzar las piernas para liberarse de la tensión que sentía en su vientre y en su sexo palpitante, pero fue sorprendida y un golpe seco en sus muslos la obligó a abrirlos.

Sir Gale, tiró del hilo, obligándola a caminar, como si fuera la brida de un caballo. cuando se detuvo, sopesó los pechos, amasándolos y presionándolos, comprobando su textura y resistencia. Al final una caricia de los pulgares sobre los pezones que habían empezado a oscurecer, hicieron que se humedecieran los muslos de Laura.

Al sorprender el brillo, Sir Gale condujo a Laura hasta una banqueta donde se sentó, la acomodó sobre sus rodillas y comenzó a azotar sus nalgas y su sexo, mientras sostenía sus pechos con una mano.

Los golpes eran suaves, cadenciosos y pronto hicieron palpitar el excitado sexo de Laura que jadeaba entre lágrimas, con las manos apoyadas sobre la alfombra y las piernas abiertas.

Sir Gale jadeaba por el esfuerzo y el placer de sentir el cuerpo de Laura, abierto, expuesto y que hurgó sin recato, dilatándolo, ensanchándolo hasta sentir como se cerraba en torno a su dedo y palpitaba desenfrenadamente. Se detuvo para que se recuperase y lo acarició suavemente, extendiendo sus jugos, introduciendo dos dedos, que frotaban el borde una y otra vez, antes de volver a palmearlo y hacerlo arder de nuevo.

La incorporó y la acostó sobre el ancho sofá. Laura esta descontrolada, su cuerpo experimentaba sensaciones infinitamente más fuertes de lo que nunca había soñado en sus juegos previos al sueño y Sir Gale le producía una extraña mezcla de deseo y temor en la que no  podía ni pensar. Sólo la mezcla de placer y dolor ocupaban su mente y sus sentidos.

Sintió el cuerpo de Sir Gale sobre le suyo y una oleada de calor la invadió cuando sus manos acariciaron su pelo, la boca antes de ser besada. Succionaba su labio superior, mientras la lengua recorría, dibujando sus comisuras, produciéndola un hormigueo difícil de explicar. Un beso al que no sabía corresponder y que la empujaba a abandonarse en aquellas manos que despertaban su cuerpo una y otra vez

Las rodillas de Sir Gale separaron las suyas y sintió una ardiente presión en su coño que le cortó la respiración. El ligero vaivén inicial se hizo más largo, más intenso, más profundo. Sus caderas se adelantaron y su sexo empapado resbalaba en torno a la verga que la invadía. Poco a poco se relajó y el dolor cedió al placer.

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El Té

La Hora del Té me sorprendió en el despacho, comprobando las cuentas con Adrián, mi sobrino y joven administrador de la propiedad.

Adrián no es muy alto. Rubio y bien proporcionado. Sus acerados ojos grises, aterran a los campesinos más que sus formas casi nerviosas. Sus finas manos de pasante, son largas y delicadas

Agustina entró empujando el carrito con el servicio del té, que depositó junto a la mesa.

Jugueteé con mi fusta, rozando sus pechos por encima de la blusa, buscando unos pezones que brotaron al leve contacto, duros y erguidos.

Discreta y bien educada, apenas levantó los ojos cuando me presentó la taza humeante, y sólo el temblor de sus manos delataba su estado.

Me situé detrás de ella y de un tirón abrí su blusa, liberando unos pechos desnudos, cuyos pezones oscuros resaltaban en las aureolas contraídas, ante Adrián que levantó la cabeza al escucharlo.

Fue divertido observar su cara ante los pechos redondos y menudos de Agustina que mis manos le ofrecían, sosteniéndolos y acariciándolos con los pulgares. El firme corsé los levantaba,

Solté su pesada falda, que, al caer, dejó ver el liguero del corsé marfil que sujetaba unas espesas medias negras. Tendí mi mano ayudándola a salir de la falda (ropa) y sus tobillos encerrados en los abotonados botines tan brillantes q parecían de charol arrastraron los ojos de Adrián, que no se atrevía a mirar allí donde su deseo le llamaba.

Agustina quedó de pié, ruborizada. La blancura de sus muslos destellaba sobre las medias negras y su sexo rasurado exhibía abultado y provocadores dos jugosos labios incitadores.

– Muestra tus encantos a Adrián, querida –Le dije -.

Ella tiubeó dudando, antes de adelantar sus caderas y acercar sus manos a su sexo que abrió, mostrando su sonrosado secreto.

Detrás de Agustina el espectáculo era embriagador. Su nuca ligeramente inclinada y adornada con algunos rizos de su moño. Los hombros rectos iniciaban una espalda perfecta perfilada por el corsé que marcaba sus curvas. Sus nalgas abundantes lucían como una promesa blanca, prietas al tener las caderas adelantadas y las largas piernas semiabiertas. Frente a ella, Adrián, aún sentado en el escritorio, la miraba, acariciándola, deseándola. Indeciso al elegir la parte de su cuerpo en la que perderse.

Dibujé con mi fusta el cuerpo de Agustina, pasándola suavemente por su nuca, los hombros, las nalgas. Arrancando ligeros estremecimientos y erizando su piel.

Adrián se sorprendió al observar la fusta entre las nalgas de Agustina que se balanceaba hasta rozar su sexo, una y otra vez, arrancándola pequeños gemidos.

– Cierra la boca y no pierdas la dignidad –Amonesté a Adrián cuando descubrí que se humedecía los labios con la lengua -.
– Si –Respondió enderezándose en la silla y alisando sus ropas – Si señoría.
– Agustina, inclínate sobre el respaldo de la butaca, por favor.

Ella llegó hasta la butaca, grácil como una pantera y se inclinó sobre el respaldo, mostrando sus nalgas abiertas y el anillo rosado bien visible. Bajo él, su coño brillaba abierto y ofrecido.

– Hazlo Adrián. –Ordené entregándole la fusta.
– Si señoría –Respondió con voz ronca-

La fusta era ligera, con apenas dos correas de cuero blando para no causar daños a la piel, tan sólo estimularla.

Los primero golpes fueron tímidos, irregulares, dejando marcas de diferente intensidad en la pie. Paulatinamente se uniformaron y se extendieron de las nalgas al coño, produciendo un sonido húmedo en cada impacto.

Las cintas de cuero, ahora húmedas, impactaban con más fuerza, dejando marcas más oscuras.

Me acerqué a Agustina, cuya respiración estaba entrecortada por el esfuerzo y tomé sus pechos en mis manos, saboreando su pálpito, su temblor.

– Ya basta – Adrián, indiqué cuando el sudor empezaba a humedecer el cuello de la camisa- Dame la fusta.
– Si señoría – respondió entregándomela-

La tentación era demasiado fuerte como para resistirme así que azoté los pechos turgentes de Agustina. Apenas cinco fustazos en cada unos que la hicieron levantar la cabeza jadeando tentadora.

La erección empezaba a dolerme y ordené a Adrián que se desnudara. Su polla esta púrpura, enhiesta.

– Siéntate en la silla y que Agustina lo haga sobre ti.

Iniciaron una cabalgada lenta, larga y profunda, mientras desnudaba mi espada que surgió poderosa y hambrienta.

Me acerqué a ellos y el ano de Agustina estaba dilatado por el placer, apoyé mi verga y me deslicé con fuerza dentro, sintiendo la polla de Adrián embistiendo y empujando. Conquistando un espacio en Agustina que me pertenecía. Así que adelanté mis caderas, clavando mi rabo en su culo que se cerraba sobre él como una boca ávida.

Me agarré con fuerza a los pechos de Agustina que jadeaba y no cesaba de moverse, repartiendo su espacio entre nosotros, boqueando con los ojos cerrados.

Apenas me movía, las embestidas de Adrián enervaban mi polla y el balanceo de Agustina me sostenía en una cima gloriosa.

Sentía cada impacto, cada golpe de la polla de Adrián que empujaba la mía. Más fuerte, más rápido.

De pronto Adrián se crispó deteniéndose mientras se derramaba dentro de Agustina que se balanceaba, ahora succionándolo. No lo pude resistir más y descargué mi leche en su culo inundándolo, mientras ella, se cerraba alargando una corrida hasta detener el tiempo.

Poco a poco recuperé la respiración, sintiendo la humedad en mi pubis resbalando hacia mis muslos.

Me separé del grupo y llamé al servicio que inmediatamente trajeron unas toallas y agua caliente.

Agustina, arrodillada frente a mí, me aseó, con su delicadeza habitual y se lavó las manos, mientras Adrián se vestía.

Sus muslos brillaban cuando nos servía el té y los bocadillos. Y sus pechos lucían finas líneas rosadas como un encaje primoroso.

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Roberto

Los sonidos le llegaban amortiguados a través de la máscara. Veía con gran dificultad y la perspectiva se le antojaba vertiginosa. Las patas de los muebles que se alzaban hacia el techo, la colcha de la cama y su figura reflejada en el espejo, irreconocible tras el pvc q lo ocultaba. Un impulso de placer fue detenido por el cruel ingenio que atenazaba su pene.

Se empeñaba en concentrarse en el chapoteo de la ducha, para no sucumbir a sus pensamientos que lo arrastraban en una extraña mezcla, aún no decantada. Ella había entrado en el baño, la había oído alejarse y cerrar la puerta y ahora ….

Empezaba a pesarle la inmovilidad. Agitó los dedos de los pies mientras las ideas se arremolinaban en su cabeza. La había conocido, la había visto cara a cara, más sugestiva, más incitante de lo que nunca había imaginado y a la vez cercana, cotidiana. Le sorprendía ver a la musa de sus sueños tan asequible y tan poderosa. Los gestos más inocentes cobraban un sentido especial, las sonrisas, las miradas, el jugueteo con su pelo que ponía una trama de claroscuros a su cara.

La reconoció al instante. Verla acercarse entre la multitud, le provocó una erección. Alta, delgada hasta la fragilidad, resultaba sensual en su elegante traje de chaqueta. Las finas sandalias de tacón de aguja lo hipnotizaron. Sus ojos dulces y sonrientes le devolvieron a la realidad.

– Hola Roberto ¿Cómo estás?

– Saludó besándole en ambas mejillas –

– Bien, gracias – Respondió, mientras sentía flotar en su perfume

– ¿Y Vd.? ¿Que tal el viaje? ¿Qué desea tomar?

– Perfectamente cielo. Menta helada, por favor. – Dijo encaramándose a la banqueta, balanceando sus pies, ante Roberto que tragó saliva.-

Luego, todo había ocurrido deprisa. La conversación había sido amable y relajada sobre el día a día, el trabajo, los proyectos …. Hasta llegar al hotel, donde sus manos entrelazadas les habían sostenido un instante antes de convertirse en Ama y esclavo.

Cuidadosamente había sacado y ordenado los juguetes que, en las últimas semanas, había ido adquiriendo de mil formas, colocándolos sobre la mesa.

Un gesto de Ella le indicó que se desnudase y lo hizo, postrándose a continuación, temblando de anticipación y deseo. Había sentido sus manos frescas acariciar su piel y, entre caricias, aprisionarle con cada instrumento.     Primero fue el collar, que Ella misma había elaborado con cuero flexible y su nombre grabado, acompañado de un largo y profundo beso. Luego las pinzas de los pezones y sintió los dientes de ella resbalar por el lóbulo de su oreja. Aún sentía la tersura de su piel y el leve roce contra su verga. Luego el anillo de cruelmente sujetaba su polla, impidiendo cualquier erección y sus manos lo torturaron acariciando suavemente sus huevos. Cuando le introdujo el dildo que lo invadía, no pudo evitar sentirse humillado, su deseo palpitó prisionero y empezó a saborear la arrolladora mezcla de dolor y placer. Sólo era el principio.

Ahora, volvía a sentir cada contacto, y había cesado el ruido del agua, apenas distinguía los sonidos. Cada prenda que recibía le hacía sentirse más desnudo, más indefenso, más entregado. Las correas atenazaban sus tobillos y sus muñecas. Surgieron los primeros arrebatos de rebeldía, que sucumbían a la ternura de cada gesto.   La mordaza ahogó un gemido, pero su boca lo llenó de placer, obligándole a  abandonarse, a dejarse hacer, sólo a sentir. Los labios recorrían su rostro, deteniéndose en los párpados, las sienes, mientras los dedos que ajustaban las hebillas, acariciaban su nuca. Tiernamente estaba siendo desposeído. La máscara cubrió su rostro. Sus sentidos se agudizaron y las sensaciones adquirían nueva intensidad y dimensión.

Sintió abrirse una puerta y percibió el sutil y perfumado halo tras la ducha.

-¿Que planes tendría para él?- Confiaba plenamente en ella, habían hablado e imaginado cientos de situaciones excitantes, pero Ella siempre conseguía sorprenderle y ello le fascinaba.

– Espérame gatito – Fue lo último que oyó antes de cerrarse la puerta de la habitación.

La desolación comenzó a invadirle, agudizando su deseo. El tiempo se detuvo y sólo las imágenes de los recuerdos, las voces y las sensaciones lo llenaban. Temía que algún empleado entrase y lo sorprendiese, pero su mayor temor estaba que Ella no volviese. Su erección contenida, se mantenía.

Se concentró en algo que Ella le había dicho y que le hizo sonreír. Debía susurrarle al hablar y el mero hecho de ponerlo en práctica le excitaba.

La puerta se abrió con un chasquido No sabía el tiempo transcurrido, una breve eternidad. Pasos, movimiento a su alrededor que no lograba identificar. Unos dedos ágiles liberaron sus pezones y los masajearon reanimándolos. Al soltar la anilla de su polla, ésta palpitó llenándose de inmediato. Sintió una boca que lo lamía y succionaba, acariciándole hasta hacerle arder. Se contuvo, pero no pudo evitar alzar las caderas, a pesar del la tensión de sus hombros.

¿Su Ama? ¿En manos de quien estaba? A penas encontraba respuesta a sus dudas, pues las sensaciones le llegaban sin interrupción, arrastrándole en un torbellino de placer.

Unos dedos soltaron los cierres de la máscara, liberándole. Abrió los ojos y la vio, desnuda sobre él, sonriente y sonrió reconfortado. Era ella quien lo abrazaba. Nunca la había visto así, sus pechos pequeños de pezones prominentes y oscuros, los huesos dibujándose bajo la piel, la cintura cimbreante y el ombligo sobre su vientre plano. La misma sensación de poder y fragilidad, despertaba sus deseos más profundo. Su polla palpitó y sintió la calidez de las nalgas de ella, aprisionándola.

Liberó sus extremidades y lo ayudó a incorporarse. Se puso detrás de él y lo abrazó, amasando los maltrechos pezones, perfilando los bien dibujados músculos de su pecho, mientras besuqueaba su cuello y susurraba al oído   – Serás mi pony, querido –

Aumentó la presión del dildo al sentarse, pero no se atrevió a moverse, estando entre los brazos de su amazona. Sus gemidos quedaban ahogados por la mordaza y sólo podía expresarse con miradas que captaban la atención de Ella.

A cuatro patas, se miró de reojo en el gran espejo. la mordaza sujetaba las bridas que portaba su Ama. La vio alzar la pierna y al sentarse en su espalda.

– Vamos cielo, ¡Arre! – Ordenó en un susurro, mientras los tacones de sus sandalias aguijoneaban sus nalgas.     Roberto no se pudo contener e inició un suave caminar, con un ondulante contoneo que se transmitía al cuerpo de su Dueña.

La cabeza erguida por la brida sujeta a su mordaza, le otorgaba una dignidad inaudita en un siervo, que satisfacía plenamente a su dueña. a juzgar por la sonrisa que lucía en el reflejo de los espejos que decoraban la habitación.

Se sintió feliz y continuó con el paseo, obedeciendo ciegamente y excitado por ello. Un tirón de las riendas lo hizo detenerse. Ella descendió y lo liberó de la mordaza.

– Te mereces un premio.

Roberto era feliz al oírlo y, cuando fue liberado, abrazó a su Dueña tiernamente, besándola apasionadamente, sintiendo sus menudos pechos apretados contra él, las caderas contra su vientre, acariciando su piel, impregnándose de ese cuerpo ondulante que tanto deseaba y que respondía a sus gestos y caricias acoplándose en cada curva, en cada balanceo con una coordinación sorprendente.

Las manos recorrían la espalda hasta encontrar las nalgas que aprisionaban y atraían contra sí. Su verga acariciada por los muslos, insinuante preludio de oscuras humedades palpitaba deseosa. Las bocas se buscaban sintió su cuerpo abrazado por las piernas de ella que lo ceñían, dirigiendo su polla, desde el vientre al húmedo sexo donde se hundió irremediablemente.

Embistió como si de ello dependiera su vida y respiraban el mismo aire, alientos perfumados de deseo y jadeos. Ella se balanceaba recibiéndole, llenándose e instándole a seguir sin pausa. Ritmo frenético que los arrastraba. Las pieles brillantes y el crescendo los llevó a la entrega mutua, al éxtasis palpitante.

Recuperaron el aliento y la consciencia despacio, sin osar separarse, entre gemidos hasta que pudieron verse los ojos y sonreír.

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En Barcelona

 

Cara de mujer pensativa

Justo antes de empezar

Ultimaba los preparativos para la fiesta a la que había sido invitada. Un grupo selecto de amigos, tras la cena de rigor, se retirarían a un local cerrado en exclusiva para ellos.

 

Disfrutaba de la pequeña provocación que suponían esas reuniones, cuando los veían vestidos de riguroso negro y espiaban las chocantes actitudes en situaciones cotidianas. Era una etiqueta diferente, apenas distinguible en la discreta elegancia de los practicantes, sugestiva para los no iniciados y con claves propias. Resultaba divertido y muy estimulante ese doble lenguaje, en apariencia normal y cargado de sentidos, donde las personas seguían siendo personas y todas sus pasiones estaban presentes.

El escotado vestido negro sobre la cama, quizás algo llamativo, sería compensado por el austero abrigo de gasa negra que aportaría veladas transparencias. el pañuelo de encaje, también negro, dispuesto para ser anudado en su muñeca izquierda indicaría su condición en la D/s. Sonrió pensando en las dudas que provocaría y y las miradas de complicidad que atraería.

La ropa interior, las medias de cristal, rematadas en blonda. Sólo el calzado sugería dudas ¿Las altas botas de fino cuero negro con tacón de aguja y pulsera en el tobillo o los elegantes botines terminados en fino pelo negro? Las botas, sin duda eran más sugestivas y causarían estragos entre los eternos enamorados de sus pies, sin embargo los botines, además de más cómodos eran tan originales que causarían impresión.

Se decidió por los botines. Sólo quedaba elegir el perfume y estaría lista para prepararse y esperar a su esclavo. Sería su presentación oficial. Había ideado algo y deseaba que fuera todo un éxito. Deseaba impresionar y estaba segura de conseguirlo. Su afición al gimnasio y su dulzura despertarían afectos en cuantos lo viesen; perfectamente educado y con un cuerpo tan atractivo que los enloquecería

Un par de golpecitos en la puerta le indicaron q Roberto estaba allí. Se le veía tenso. Un brillo en los ojos demostraba su deseo y su sonrisa era tan resplandeciente como siempre.

– Hola cielo ¿Cómo estás? – Saludó besándole muy cerca de la boca.
– Bien, gracias. – Respondió abrazándola –
– ¿Preocupado?
– Un Poco.
– Tranquilo, ven – Dijo Pilar deslizando su brazo por la cintura – Te reservo una sorpresa.

Roberto se dejó hacer. sentía la seda de la bata de Pilar, que lo envolvía y se perdía sonriente en los ojos de su Ama. Saber que sería presentado, le llenaba de inquietud y esperaba impaciente la sorpresa que le reservaba.

Vio la ropa extendida sobre la cama y su verga palpitó excitada. Pilar lo abrazó con fuerza y pudo sentirla, desnuda bajo la bata. Se besaron deseoso y sintió la mano fresca deslizarse por su vientre, hasta acariciar su polla endurecida. Sus huevos se contrajeron y un firme tirón de su pezón le aguijoneó.

Empujado sobre el otro lado de la cama, cayó de espaldas y fue cubierto por Pilar que lo arrastró en un torbellino de deseo cabalgando frenética sobre él. Entre besos, ella le susurraba dulces palabras al oído que le extasiaban, disolvían sus dudas y le embrujaban sin remedio, respondiendo apasionadamente.

Saciados, entre besos, recuperaron los alientos.

– Ahora gatito, vamos a la ducha, que aún no has visto la sorpresa -Informó Pilar con un guiño malicioso-

En la ducha, acariciar el cuerpo de su Dueña y sentir mimado el suyo volvió a excitarle. Los abundantes chorros de agua caliente y el suave perfume del jabón les aislaban en un paraíso de húmedas caricias donde vaciarse palpitando otra vez.

Satisfechos, terminaron los higiénicos enjuagues, listos para prepararse y afrontar la estimulante prueba de la fiesta de presentación.

Desnudo, ayudó a vestir a su Dueña, controlando el temblor de manos que amenazaba su eficacia en las situaciones mas delicadas. La blonda de las medias era un auténtico suplicio, pues se resistía a enderezarse, mientras sus sentidos se llenaban de los secretos aroma de Pilar. Ya le estaba vedado cualquier placer fuera del servicio y ello le excitaba.

Elegante, austera, con el cabello recogido y algunos mechones sueltos enmarcando su rostro, le miró sonriente.

– Ahora te toca a ti cielo.

La puerta del armario ocultaba una camisa negra, pantalón del mismo color, zapatos y un largo abrigo. En lugar de ropa interior, había un complejo cinturón de castidad, que evitaba la erección porque ceñía la verga y tenía un dildo que penetraría su ano. La cincha de cuero que ceñía la verga, disponía de una argolla superior.  Un fino collar de cuero negro, con una chapa grabada con su nombre y una argolla, así como dos cadenas completaban el ajuar. Echó de menos los calcetines.

Pilar dispuso las prendas en su cuerpo, ajustando delicadamente las hebillas, sonriendo. El dildo, convenientemente lubricado, se deslizó en su interior sin dolor, provocando una extraña sensación de placer y humillación. La erección fue abortada por el cinturón y se sintió muy desnudo. Luego, ella tomó una de las cadenas y ajustó los mosquetones a las argollas del cinturón y del collar. Roberto se estremeció al sentir la frialdad del metal

– Termina de vestirte, cielo -Ordenó Pilar.-

Roberto obedeció. Sentía el roce de la ropa sobre su piel. Estaba irresistible cuando, ya vestido, sostuvo el largo abrigo negro en el que se introdujo Pilar con un revuelo de perfume y gasa que le devolvió a la normalidad.

Descaradamente, Pilar se guardó la otra cadena en el bolsillo y miró maliciosamente a Roberto, que sonrió compungido y excitado.

Salieron del hotel y el viento hacía volar los largos abrigos. Largas zancadas los acercaron al borde de la acera, donde Roberto paró un taxi que los condujo al restaurante.

Muchos invitados ya habían llegado y era la hora de las presentaciones. Nadie conocía a Roberto y estaban ansiosos de hacerlo. Las presentaciones cordiales, sostenían agudos juegos de miradas escrutadoras, valorativas. Secretos retos sin declarar, bajo sonrisas y agudos comentarios incluso cercanos a las mordacidad.

Roberto se desenvolvía con naturalidad y su espontánea amabilidad y carácter abierto lo convirtió en el centro de atención. Sus ojos verdes, brillaban en el rostro moreno, enmarcado por por rubios mechones que le daban un aire aniñado y dulce.  No perdía detalle del seductor despliegue que, en torno a él, sutilmente se tramaba. Su atractivo era innegable y se esforzaba por compaginar la devoción por su Dueña y agradar a los asistentes.

La cena se desarrolló con tranquilidad entre conversaciones y chistes, referidos tanto a los comensales, como a alguno de los camareros que se prestó seducido por las insinuaciones de alguna de ellos. La argolla de su verga le recordaba constantemente su situación y era un dulce suplicio al q no se resistía.

La despedida de los no asistentes a la fiesta fue breve y, cuando abordaron el taxi que los condujo al local de la fiesta, una íntima complicidad le unió a su Dueña.

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Merienda

Regresé a casa, tras una dura y agotadora jornada de trabajo. Pedro, en el jardín, me preparaba un refrescante cóctel. Sus anchas espaldas, su esplendoroso cuerpo, se recortaban contra el horizonte, mientras agitaba el hielo. Se volvió al escuchar mis pasos por el salón, sonriente ofreciéndome un copa cónica.

– Hola cielo ¿Cómo estás? –Saludé-
– Bien mi AMA, gracias

Le miré intensamente, por encima de la copa. Saboreando el brillo de su piel, la proporción de sus curvas. Su cuerpo. Descalzo, vestía una faldilla de algodón plisado, sujeta con un cinturón de cuero, que apenas ocultaba su erección, a partir de su anillo. Una promesa para los sentidos.

Levanté su faldilla, sonriendo ante sus nalgas sonrosadas. Había sido convenientemente preparado y mi gesto le sonrojó, excitándole a la vez.

Un sorbo a la copa mientras me acercaba y secaba, luego, mis labios en sus hombros. Tan próxima a su cuerpo que sentí su palpitar.

– Hoy tenemos una invitada muy especial a merendar –Informé-
– Si mi Ama –Respondió algo sorprendido-
– Vendrá enseguida, así que será mejor que me acompañes.

Deposité la copa en la barra del bar y entré por el gran ventanal del dormitorio que se abría al jardín, seguida de Pedro. Quería estar preparada para recibir a mi buena amiga Rosa.

Había previsto una tarde muy femenina, pero con ella no valía la pena hacer planes. Seguro que improvisaríamos algo.

Pedro recogió la ropa mientras me duchaba y me esperaba con una gruesa toalla cuando abrí la mampara, envolviéndome cariñosamente.

Sus manos recorrieron mi cuerpo secándolo y acariciándolo discretamente y en sus ojos se leía toda la devoción que podía esperar.

Me senté frente al tocador y dejé caer la toalla en torno a la silla. Pedro tomó un cepillo y comenzó a peinar la cabellera que acababa de soltar.

Su vientre junto a mi cara era una tentación, que no puede resistir. Mis mejillas en su piel cálida y perfumada y deslicé mi mano entre sus muslos, acariciándolos hasta llegar a sus huevos contraídos y su verga vigorosa, apenas separada de mi rostro por la faldilla que vestía. Gimió.

Recogí el pelo en lo alto de la cabeza, dejando algunos rizos sueltos y me puse un cómodo vestido liso. Estaba lista para recibir a mi amiga.

En ese momento sonó el timbre. Ya estaba. Su puntualidad era indiscutible.

– Quítate la ropa –Ordené a Pedro que me miró suplicante-
– Si mi Ama, ahora mismo –Respondió haciéndolo-
– Espera que se te avise –Indiqué pasando un dedo por el anillo que adornaba la base de su verga-
– Si –Asintió, tragando saliva-

Salí a recibir a Rosa que Esteban había acompañado hasta el salón. Elegante, como siempre, sonrió cuando nos abrazamos.

– ¡Clara! –Exclamó- ¡Qué ganas tenía de verte!
– ¡Y yo a ti, compañera! –Respondí besándola en ambas mejillas- ¿Qué tal el viaje?
– Estás preciosa –Comentó alabando el sencillo vestido- ¿Cómo te ha ido esta temporada? Ya te contaré mi viaje.
– Muy bien. Quiero que conozcas a alguien muy especial que me ha ganado.
– ¿Te has enamorado? ¡No fastidies!
– ¡Pero que cosas dices! Sólo he encontrado un juguete nuevo y maravilloso. Encantador y adorable.
– ¿Qué compartirás conmigo? Se te ve entusiasmada
– ¡Claro que lo estoy, mujer! Eres mi mejor amiga. Además –cuchicheé- ya está casi entrenado.
– ¿Lo conoces hace mucho? No demasiado, pero ya había sido adiestrado, así que sólo he tenido que “personalizar” su devoción Ja ja ja
– Eres un demonio. ¡Venga! Estoy impaciente por conocerlo.
– Tranquila, será todo para ti Ja ja ja. Ven, vamos a sentarnos –Invité a Rosa -.

Nos sentamos en un velador del jardín. Esteban, solícito separó la silla, acomodándola ante la mesa ya dispuesta para la merienda.

Bajo el emparrado y rodeadas de bustos y estatuas romanas, el tiempo se detenía en el espeso cesped, arrullado por la cascada de la piscina.

– Esteban, cielo ¡Cuento tiempo sin verte! ¿Cómo te trata Clara? Ya sabes que las puertas de mi casa están siempre abiertas para ti –Bromeó Clara-
– Buenas tardes Doña Rosa –Saludó respetuosamente- Encantado de saludarla, pero me temo que debo declinar su invitación, Gracias.
– La merienda, por favor, Esteban –Indiqué sonriendo-
– Si señora, enseguida.

Esteban sirvió canapés y emparedados, acompañando un perfumado té helado, mientras nos relajábamos. Continuamos bromeando y hablando del viaje de Rosa, sus impresiones, experiencias, nuevos amigos etc

Pedro entró desnudo, adornado con su anillo. Un poco tímido, aunque sin poder precisar si se debía a cortedad o al ritual.

Se me acercó y arrodillándose, tomó mis pies descalzos, los besó devotamente. Para regocijo de Rosa que no le quitaba los ojos de encima, lanzándome miradas de aprobación y sonrisas cómplices.

– Así que ¿Esta es la sorpresa?
– Ya verás, curiosa –sonreí- Baila para nosotras –Ordené a Pedro-.

Sorprendido por la orden, se levantó y se dirigió al equipo, donde empezó a sonar la cálida música caribeña.

Tímidamente inició unos pasos de baile.

– No, así no. Baila merengue –Amonesté.

Sonrojado de vergüenza, Pedro empezó a moverse, ondulando insinuantemente las caderas, hasta que fue arrastrado por ritmo hasta un frenético vaivén.

Su escultural cuerpo moreno se movía sin cesar con la cálida música. Vuelta tras vuelta, su piel canela brillaba a la luz de la tarde, como bronce bruñido, dibujándose bajo ella todos los músculos. Sus largas piernas, el vientre plano, las nalgas menudas y duras que se contraían como una promesa. Su polla dura se balanceaba rítmicamente y los brazos alargándose y recogiéndose era una invitación.

– Sólo sabe bailar? –Preguntó Rosa divertida-
– Observa y verás –Respondí riéndome- Pedro, termina de servir tu la merienda, por favor.
– Si mi Ama –dijo-

Pedro se acercó y su piel brillante de sudor nos inundó con una dulce fragancia almizcleña a macho que arrasaba nuestros sentidos.

Sirvió una copa de helado a Rosa, por su derecha, como un perfecto camarero.

Cuando se volvió para tomar la salsa de chocolate, Rosa se giró y, pícaramente, acercó su nariz a la parte alta de sus nalgas (justo donde ponen las inyecciones) donde olisqueó y resopló suavemente erizando todos los poros de la espalda de Pedro que ahogó un sonido.

Al ofrecer la salsera de chocolate a Rosa, tenía las mejillas arreboladas y una intensa erección, que ponía color púrpura el glande.

Rosa tomó la cucharilla de servir y cogió un poco de helado de su copa. Lanzó una mirada de reojo a Pedro y, sonriendo, depositó suavemente el helado sobre la polla, que palpitó al contacto.

El helado se derritió y resbaló hasta el pubis, dejando un rastro de vainilla. Pedro contuvo gemido.

Ahora, hundió la cucharilla en la salsa de chocolate caliente, que a penas titilaba con el temblor de la mano de Pedro y tomó un poco, que depositó sobre las bolas de helado de su copa. Repitió la operación, decorando ahora el glande de Pedro, cuyo temblor resultaba muy apreciable.

– Adoro el helado con salsa de chocolate –Confesó Rosa sonriendo-
– Lo sé cielo, por eso lo he preparados para merendar –Sonreí-

Rosa, tras esta confesión, tomó delicadamente la polla de Pedro y empezó a lamer, golosamente, el helado con el chocolate, desde el glande hasta el pubis. Disfrutando en cada lamida todas las sensaciones que le producía, hasta que al terminar con el helado, succionó el glande.

Pedro, mirando al fijamente al frente aguantaba la respiración. Apenas movía un músculo en su dulce suplicio y yo me sentía muy satisfecha de su buen comportamiento. Mis entrañas se contraían de placer.

Mi helado permanecía aún sin servir y no estaba dispuesta a perderme el espectáculo, ni a privar a Rosa de su diversión.

Cuando Rosa terminó Pedro, confundido, me miró esperando una orden o señal que le indicara lo que se esperaba de él. Estaba muy excitado.

– Ven, siéntate –Le indiqué, mostrándole una silla entre nosotras-

Se sentó, con las piernas abiertas a la anchura de las caderas, como se le había enseñado y dejando sus manos colgando del reposabrazos. Rosa me lanzó una mirada interrogativa.

– Esteban, el hielo por favor. –Sonreí a Rosa-

Esteban me entregó la hielera, de donde tomé un cubito, con las pinzas, y volviéndome a Pedro, lo apoyé sobre su pezón izquierdo, acariciándolo, hasta que gotas de agua corrieron por su costado y su vientre, por su piel ardiente.

Hice lo mismo con el otro pezón hasta que se contrajo, yendo de un pezón al otro hasta que estuvieron perfectamente contraídos, arrugados y endurecidos, Su polla palpitaba en cada contacto.

Entonces tomé una de las velas que decoraban la mesa y Rosa, al ver el gesto, tomó la otra.

Dejamos caer cera derretida sobre los duros pezones, hasta cubrirlos completamente con una gruesa capa que lo dejó azules.

Deposité la vela sobre la mesa y con un par de suaves golpecitos comprobé que el grado de enfriamiento de la cera era el adecuado.

Introduje una uña entre la costra de cera y la piel, ahuecándola hasta despegarla por completo. Retiré un molde perfecto del pezón izquierdo, que deposité sobre una bandeja de plata.

Repetí la operación con el pezón derecho y le entregué la bandeja con ambos moldes a Rosa, que la aceptó alborozada. Ella conocía el significado de este ritual. Ahora, Pedro sería suyo, sería el regalo hospitalario de la anfitriona a su huésped.

Yo me había excitado mucho con la merienda, así que recogí la falda sobre mis muslos y comencé a masturbarme lentamente, mostrando mi sexo rosado y brillante.

Rosa se levantó y se me acercó, depositando un cálido beso en mis labios, un aleteo de aliento encendido que saboreé gustosa.

Tomó del brazo a Pedro, haciendo que se levantara y apoyara sus brazos sobre la mesa, frente a mí.

Con un golpecito de sus sandalias le indicó que abriera las piernas. Tomó una fusta que adornaba el emparrado y comenzó a azotar sus nalgas.

Su cara estaba tan cerca de mi sexo, que casi sentía en él sus jadeos a cada impacto y mis pezones florecieron de placer.

Esteban se situó detrás de mí. Tomé su mano que guié hasta mis pechos, los cuales empezó a acariciar y tironear sabiamente, conduciéndome a la cumbre del placer una y otra vez.

Los pechos de Rosa bailaban bajo la blusa con cada impacto, y algunos rizos colgaban sueltos de su recogido, enmarcando su arrebolado rostro. Sus ojos brillaban.

Cuando rosa se detuvo, indicó a Pedro que se arrodillara ante ella, que se había sentado, con las piernas entreabiertas.

Empujó la cabeza de Pedro hasta su bien arreglado coño, indicando que se lo lamiera, en un solo gesto.

La eficacia de Pedro no quedó en entredicho, al alcanzar Rosa el primero de varios orgasmos

Rosa se incorporó y apoyó sus manos en los hombros de Pedro, empujando hasta hacerlo caer sobre el mullido césped, donde quedó tumbado boca arriba, siendo montado por Rosa, de inmediato, que lo cabalgó lenta y profundamente.

Yo estiré mis brazos, buscando liberar el sexo de mi fiel Esteban, que ya estaba dispuesto.

Me volví y le miré sonriendo. Sus ojos brillaron ocultando una delatora sonrisa, cuando le solté el pantalón que cayó con apenas un crujido.

Tomé su verga entre mis manos y lamí ávidamente su glande, empapándolo y jugueteando con el frenillo, mientras sus manos continuaban acariciando suavemente mis pezones.

Me levanté y me dirigí hacia una de las cómodas tumbonas, donde me dejé caer entre sus brazos amorosos.

Su polla presionó sobre mi coño, sin llegar a entrar, moviéndose y extendiendo mis jugos. Haciendo que la ansiedad me hiciera elevar mis caderas y hacerlo resbalar en la profunda sima.

Mi boca en su cuello y la suya en mi pelo nos enervaba en un incontrolable vaivén, frenético por momentos.

Busqué sus labios para saciar mi ardor y me hundí en su boca, cuando sus dientes resbalaban sobre mis labios.

Su pericia llevaba mi cuerpo de clímax en clímax, disminuyendo el ritmo y aumentándolo para hacer infinito el placer.

La respiración al unísono, acompasada por cada golpe se hizo más rápida.

Sus nalgas se endurecieron, penetrándome profundamente y manteniendo la presión hasta que mi cuerpo se desbordó sobre su carne, presionando y succionando. Palpitando y absorbiendo ansioso su licor, como la tierra el agua.

Se apartó despacito, abrazándome y acariciando mi piel con gestos delicados. Cientos de besos mientras nos recuperábamos.

Sus ojos eran pozos sin fondo en los que perderse cuando me ayudó a incorporarme

Lo besé brevemente y me dirigí hacia Rosa, que saboreaba satisfecha una nueva copa de helado, de la que me ofreció una cuhcarada que paladeé encantada.

– Maravilloso –Sonrió- Simplemente delicioso. Es un placer venir a esta casa.
– No exageres –Respondí encantada sentándome a su lado para saborear el helado.-

Retomamos la conversación del viaje, las experiencias y los recuerdos, mientras la tarde caía sobre la ciudad. Un jardín colgante, en un ático, tiene muchas ventajas, decidimos entre carcajadas.

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