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Relatos con bondages (técnica de encordamientos eróticos ejecutados sobre una persona vestida o desnuda: http://es.wikipedia.org/wiki/Bondage)

Clases particulares

Laura caminaba bajo el perfume de las acacias que sombreaban su camino hasta esas clases de matemáticas que, sólo sobrellevaba, por el profesor. Su oscura mirada la encendía y sus manos morenas la embrujaban hasta hacerla olvidar el tema que le explicaba. No podía remediarlo, era el hombre más guapo que había conocido nunca y deseaba sentirse en sus brazos, lo soñaba cada noche. sabía que algún día ocurriría.

Sir Gale había estado al servicio de Su Majestad trazando mapas y mensajes en las colonias y en su retiro, atendía las carencias escolares de las hijas de los burgueses. Alto, atlético y elegante, conservaba el porte militar que la había promovido al retiro que ahora disfrutaba. Sus ojos oscuros y sus manos bien formadas, templaban las cuerdas del violín en las tardes para placer de vecinos y viandantes.

Le abrió la puerta el mayordomo, que la condujo hasta la biblioteca donde recibía sus clases y hacía los deberes. Dejó sus libros sobre la ancha mesa y se dispuso a curiosear por los anaqueles y estanterías repletos de libros lujosamente encuadernados.

Llamó su atención un viejo libro, con las cubiertas de piel que estaba descuidadamente sobre la ordenada línea de los clásicos latinos. Al cogerlo, descubrió que no era un libro, sino un cuaderno de tapas gastadas. Moría de curiosidad pensando en un viejo diario del amor de sus sueños cuando empezó a hojearlo.

Las primeras páginas estaban en blanco, pero las siguientes la dejaron sorprendida. Eran fotografías, dibujos y bocetos de escenas de sexo. Escenas que había imaginado cientos de veces antes de dormir. Mujeres atadas que la excitaba mirar.  No podía levantar los ojos del cuaderno.

Tras las primera impresión sintió una punzada en su vientre y una oleada ardiente recorrió su cuerpo. Verlas la excitaba, imaginando las sensaciones que tendrían al sentir las cuerdas sobre su piel. El tacto de las manos explorando los cuerpos y esa mezcla de temor y deseo que debían sentir.

Cuando Sir Gale entró en la biblioteca, Laura enrojeció al verse sorprendida y poco faltó para que se le cayera el cuaderno. Estaba petrificada viendo como la amable sonrisa de Sir Gale se transformaba en una máscara de piedra y se sintió taladrada por aquellos ojos fulgurantes que otras veces los había sentido acariciarla y que tanto la embrujaban.

Se sobrepuso y dejó el cuaderno sobre la mesa, sin atreverse ni a mirarle, cuando le oyó decir, como si nada hubiera pasado:

– ¿Tienes muchos deberes hoy?

– No, no muchos. Sólo unos problemas que ya habíamos estudiado. -Respondió abriendo el cuaderno-

Se sentía trastornada y confusa. Había sorprendido un secreteo a Sir Gale, pero ya no parecía que le importara demasiado, volvía a ser el hombre amable. Su voz grave, volvía a sonar cálida.

Caminaba por la biblioteca, con la vara que siempre lo acompañaba entre las manos, mientras ella leía los enunciados y planteaba las posibles respuestas.

Sir Gale se sentó, como siempre en la presidencia de la mesa, recostado en el alto sillón de madera oscura y fue corrigiendo los errores de planteamiento y su voz grave, volvió a hechizar a Laura, haciéndola olvidar el tema del que hablaban guiándole en lúbricas ensoñaciones del cuaderno anterior.

Laura. con la mirada perdida, sentía arder sus pezones y sus entrañas emitían oleadas que sonrojaban sus mejillas. Al mirar su blusa, comprobó que era la vara de Sir Gale la que rozaba una y otra vez sus pechos, de pezón a pezón y por los laterales, desde el escote hasta el pezón y volvía a empezar, incansable, como si no se diera cuenta de lo que hacía, mientras explicaba el dichoso principio de Arquímedes y su desplazamiento de fluidos.

Su boca estaba seca, intentando prestar atención a la fórmula, cuando sus ojos quedaron prendidos de los de Sir Gale, que continuaba con su explicación mientras la vara, ahora, hurgaba a través de la abertura de los botones, directamente sobre su piel.  Con un gesto sensual, retiró su pelo del cuello y agitó su melena. Inspiró con lentitud y se sintió dichosa. Él la estaba mirando y a ella le gustaba.

– No estás prestando ninguna atención Laura -la
amonestó-. ¿Sigues pensando en el cuaderno?

– No señor -mintió Laura confundida-.

-Ven aquí, te castigaré por ello.

Las lágrimas asomaron a sus ojos, pero se contuvo. Se puso de pié y se acercó hasta Sir Gale, colocándose frente a él

– Extiende tus manos

Laura extendió sus manos temblorosas y Sir Gale las tomó entre la s suyas, sintiéndolas frías entre sus dedos cálidos.

– No te azotaré en las manos, quiero que escribas
con buena letra y no podrías hacerlo con las manos doloridas.

Laura sintió un hondo agradecimiento que se tornó en sorpresa, cuando las manos de Sir Gale ascendieron por sus muslos, debajo de la falda y sorprendieron la humedad de sus braguitas blancas, que frotaron una y otra vez, hasta que quedaron completamente mojadas.

Estaba asustada y tremendamente avergonzada de que alguien supiera de sus humedades y de sus anhelos. Su cuerpo respondía, como a ella en sus fantasías, ardiendo y produciéndole sensaciones hasta entonces desconocidas.

Sir Gale introdujo su dedo entre la tela y la piel, acariciando delicadamente esa tierna carne ardiente que lo empapó. Sacó su dedo y lo mostró a Laura, en un severo gesto de reproche.

– Vuelve a tu asiento y copiarás un dictado

Laura regresó a su asiento sonrojada y se dispuso a copiar el dictado, mientras Sir Gale se levantaba y camina en torno a la mesa, rodeándola hasta colocarse detrás de ella, mientras dictaba las edificantes sentencias. La vara rozaba su espalda de Laura y, por los costados accedía a sus pechos turgentes. Pronto, Laura dejó de escribir y Sir Gale, cogiéndola firmemente por la muñeca, con gesto ceñudo la levantó de la silla.

-Es que no vas a prestar atención nunca?
-Reprendió- Vas a recibir el castigo que mereces y aprenderás algo que espero que no olvides nunca. ¡desnúdate!

La orden era cortante. Laura, temblando, soltó los botones de su blusa y la cintura de su falda escocesa que cayó a sus pies y dejó caer sus brazos a lo largo del cuerpo.

Con la vara, Sir Gale levantó el sujetador, liberando sus pechos.

– Esto también quiero que te quites, he dicho desnuda ¿Comprendes?

Laura obedeció, conservando sólo los calcetines y los zapatos de hebilla, en el centro de la habitación. Observó cómo, de uno de los cajones, sacaba una cajita que depositó sobre la mesa.

Sir Gale, se volvió hacia ella y comenzó a hablar del cuaderno de fotografías, que abrió ante ella.

– Así que es esto lo que te priva de toda atención ¿verdad?, esas mujeres, esas manos que las tocan, esas cuerdas que las atan.

Mientras hablaba, la vara recorría el cuerpo de Laura una y otra vez. Ora rozaba los sedosos muslos, ora presionaba sobre los pezones. Rozaba el ombligo y recorría su cuello, Conocía su sexo, de donde salía húmeda y pasaba sobre el rostro, inundándole de su propio perfume.

Laura temblaba como una hoja, cuando dos rápidos varazos impactaron certeramente sobre sus pezones que ardieron y se irguieron de inmediato.

Sir Gale abrió la cajita y sacó un hilo de perlé de algodón de color azul. Sujetó con una mano el pezón izquierdo de Laura y enrolló el hilo, anudándolo, de forma que sobresalía llamativamente de la aureola. Repitió la operación con el otro extremo del hilo, que lo anudó al otro pezón y tiró firmemente, comprobando el ajuste.

Laura gimió y sintió una punzada en sus entrañas que la obligó a cruzar las piernas para liberarse de la tensión que sentía en su vientre y en su sexo palpitante, pero fue sorprendida y un golpe seco en sus muslos la obligó a abrirlos.

Sir Gale, tiró del hilo, obligándola a caminar, como si fuera la brida de un caballo. cuando se detuvo, sopesó los pechos, amasándolos y presionándolos, comprobando su textura y resistencia. Al final una caricia de los pulgares sobre los pezones que habían empezado a oscurecer, hicieron que se humedecieran los muslos de Laura.

Al sorprender el brillo, Sir Gale condujo a Laura hasta una banqueta donde se sentó, la acomodó sobre sus rodillas y comenzó a azotar sus nalgas y su sexo, mientras sostenía sus pechos con una mano.

Los golpes eran suaves, cadenciosos y pronto hicieron palpitar el excitado sexo de Laura que jadeaba entre lágrimas, con las manos apoyadas sobre la alfombra y las piernas abiertas.

Sir Gale jadeaba por el esfuerzo y el placer de sentir el cuerpo de Laura, abierto, expuesto y que hurgó sin recato, dilatándolo, ensanchándolo hasta sentir como se cerraba en torno a su dedo y palpitaba desenfrenadamente. Se detuvo para que se recuperase y lo acarició suavemente, extendiendo sus jugos, introduciendo dos dedos, que frotaban el borde una y otra vez, antes de volver a palmearlo y hacerlo arder de nuevo.

La incorporó y la acostó sobre el ancho sofá. Laura esta descontrolada, su cuerpo experimentaba sensaciones infinitamente más fuertes de lo que nunca había soñado en sus juegos previos al sueño y Sir Gale le producía una extraña mezcla de deseo y temor en la que no  podía ni pensar. Sólo la mezcla de placer y dolor ocupaban su mente y sus sentidos.

Sintió el cuerpo de Sir Gale sobre le suyo y una oleada de calor la invadió cuando sus manos acariciaron su pelo, la boca antes de ser besada. Succionaba su labio superior, mientras la lengua recorría, dibujando sus comisuras, produciéndola un hormigueo difícil de explicar. Un beso al que no sabía corresponder y que la empujaba a abandonarse en aquellas manos que despertaban su cuerpo una y otra vez

Las rodillas de Sir Gale separaron las suyas y sintió una ardiente presión en su coño que le cortó la respiración. El ligero vaivén inicial se hizo más largo, más intenso, más profundo. Sus caderas se adelantaron y su sexo empapado resbalaba en torno a la verga que la invadía. Poco a poco se relajó y el dolor cedió al placer.

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El Té

La Hora del Té me sorprendió en el despacho, comprobando las cuentas con Adrián, mi sobrino y joven administrador de la propiedad.

Adrián no es muy alto. Rubio y bien proporcionado. Sus acerados ojos grises, aterran a los campesinos más que sus formas casi nerviosas. Sus finas manos de pasante, son largas y delicadas

Agustina entró empujando el carrito con el servicio del té, que depositó junto a la mesa.

Jugueteé con mi fusta, rozando sus pechos por encima de la blusa, buscando unos pezones que brotaron al leve contacto, duros y erguidos.

Discreta y bien educada, apenas levantó los ojos cuando me presentó la taza humeante, y sólo el temblor de sus manos delataba su estado.

Me situé detrás de ella y de un tirón abrí su blusa, liberando unos pechos desnudos, cuyos pezones oscuros resaltaban en las aureolas contraídas, ante Adrián que levantó la cabeza al escucharlo.

Fue divertido observar su cara ante los pechos redondos y menudos de Agustina que mis manos le ofrecían, sosteniéndolos y acariciándolos con los pulgares. El firme corsé los levantaba,

Solté su pesada falda, que, al caer, dejó ver el liguero del corsé marfil que sujetaba unas espesas medias negras. Tendí mi mano ayudándola a salir de la falda (ropa) y sus tobillos encerrados en los abotonados botines tan brillantes q parecían de charol arrastraron los ojos de Adrián, que no se atrevía a mirar allí donde su deseo le llamaba.

Agustina quedó de pié, ruborizada. La blancura de sus muslos destellaba sobre las medias negras y su sexo rasurado exhibía abultado y provocadores dos jugosos labios incitadores.

– Muestra tus encantos a Adrián, querida –Le dije -.

Ella tiubeó dudando, antes de adelantar sus caderas y acercar sus manos a su sexo que abrió, mostrando su sonrosado secreto.

Detrás de Agustina el espectáculo era embriagador. Su nuca ligeramente inclinada y adornada con algunos rizos de su moño. Los hombros rectos iniciaban una espalda perfecta perfilada por el corsé que marcaba sus curvas. Sus nalgas abundantes lucían como una promesa blanca, prietas al tener las caderas adelantadas y las largas piernas semiabiertas. Frente a ella, Adrián, aún sentado en el escritorio, la miraba, acariciándola, deseándola. Indeciso al elegir la parte de su cuerpo en la que perderse.

Dibujé con mi fusta el cuerpo de Agustina, pasándola suavemente por su nuca, los hombros, las nalgas. Arrancando ligeros estremecimientos y erizando su piel.

Adrián se sorprendió al observar la fusta entre las nalgas de Agustina que se balanceaba hasta rozar su sexo, una y otra vez, arrancándola pequeños gemidos.

– Cierra la boca y no pierdas la dignidad –Amonesté a Adrián cuando descubrí que se humedecía los labios con la lengua -.
– Si –Respondió enderezándose en la silla y alisando sus ropas – Si señoría.
– Agustina, inclínate sobre el respaldo de la butaca, por favor.

Ella llegó hasta la butaca, grácil como una pantera y se inclinó sobre el respaldo, mostrando sus nalgas abiertas y el anillo rosado bien visible. Bajo él, su coño brillaba abierto y ofrecido.

– Hazlo Adrián. –Ordené entregándole la fusta.
– Si señoría –Respondió con voz ronca-

La fusta era ligera, con apenas dos correas de cuero blando para no causar daños a la piel, tan sólo estimularla.

Los primero golpes fueron tímidos, irregulares, dejando marcas de diferente intensidad en la pie. Paulatinamente se uniformaron y se extendieron de las nalgas al coño, produciendo un sonido húmedo en cada impacto.

Las cintas de cuero, ahora húmedas, impactaban con más fuerza, dejando marcas más oscuras.

Me acerqué a Agustina, cuya respiración estaba entrecortada por el esfuerzo y tomé sus pechos en mis manos, saboreando su pálpito, su temblor.

– Ya basta – Adrián, indiqué cuando el sudor empezaba a humedecer el cuello de la camisa- Dame la fusta.
– Si señoría – respondió entregándomela-

La tentación era demasiado fuerte como para resistirme así que azoté los pechos turgentes de Agustina. Apenas cinco fustazos en cada unos que la hicieron levantar la cabeza jadeando tentadora.

La erección empezaba a dolerme y ordené a Adrián que se desnudara. Su polla esta púrpura, enhiesta.

– Siéntate en la silla y que Agustina lo haga sobre ti.

Iniciaron una cabalgada lenta, larga y profunda, mientras desnudaba mi espada que surgió poderosa y hambrienta.

Me acerqué a ellos y el ano de Agustina estaba dilatado por el placer, apoyé mi verga y me deslicé con fuerza dentro, sintiendo la polla de Adrián embistiendo y empujando. Conquistando un espacio en Agustina que me pertenecía. Así que adelanté mis caderas, clavando mi rabo en su culo que se cerraba sobre él como una boca ávida.

Me agarré con fuerza a los pechos de Agustina que jadeaba y no cesaba de moverse, repartiendo su espacio entre nosotros, boqueando con los ojos cerrados.

Apenas me movía, las embestidas de Adrián enervaban mi polla y el balanceo de Agustina me sostenía en una cima gloriosa.

Sentía cada impacto, cada golpe de la polla de Adrián que empujaba la mía. Más fuerte, más rápido.

De pronto Adrián se crispó deteniéndose mientras se derramaba dentro de Agustina que se balanceaba, ahora succionándolo. No lo pude resistir más y descargué mi leche en su culo inundándolo, mientras ella, se cerraba alargando una corrida hasta detener el tiempo.

Poco a poco recuperé la respiración, sintiendo la humedad en mi pubis resbalando hacia mis muslos.

Me separé del grupo y llamé al servicio que inmediatamente trajeron unas toallas y agua caliente.

Agustina, arrodillada frente a mí, me aseó, con su delicadeza habitual y se lavó las manos, mientras Adrián se vestía.

Sus muslos brillaban cuando nos servía el té y los bocadillos. Y sus pechos lucían finas líneas rosadas como un encaje primoroso.

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Academia

Rosa

Rosa tenía 40 años y un cuerpo perfecto. Era musa de los sueños de todos los hombres que había conocido y sabía que ocupaba ese lugar en su reposo, al que se llega para refugiarse de la cotidianeidad. Lo sabía y se sentía halagada por ello.

Había experimentado la sumisión como una forma de satisfacción sexual sorprendente, por cuanto significaba dar rienda suelta a emociones en circunstancias en otras situaciones imposibles. Sentirse desposeída, entregada, prestada.

Situaciones irracionales, mudas, que simplemente suceden. Situaciones en donde los sentimientos no cuentan. Donde el poder se ejercía porque sí, porque es poder. Su cuerpo había sido excitado y satisfecho en el olvido.

Había conocido los sentimientos, la entrega y el dolor del silencio, la angustia de la sensación de vacío y de pérdida.

Había conocido la entrega en todo su esplendor.

De pronto empezó a encontrarse con seres que deseaban someterse, que necesitaban salirse de ellos mismos y entregarse, sentirse propiedad de alguien que les redimiese de su aburrimiento, pero que carecían del mínimo conocimiento, de ellos mismos, de sus posibilidades. De sus capacidades y de sus objetivos.

La feminidad asustaba y eso hacia que fuera relegada, usada y humillada a caricaturas y situaciones grotescas, cuando no crueles.

Así que decidió crear “La Academia” Un rincón donde poder enseñar a sentir aquella parte de sí mismo ajena a la racionalidad, que vive en cada ser humano, a ser lo que realmente decidían ser todos aquellos que buscando ser sometidos.

El sueño de su vida, un viejo chalet en la zona residencial más exclusiva de la ciudad, rodeado de un cuidado jardín diseñado con arbustos aromáticos y altos castaños, que aislaba la casa totalmente del exterior. El interior ofrecía todo el confort y calidez que necesitaba para su trabajo de escribir y servía de refugio para sus fantasías.

Sus alumnos eran recomendados, nada al azar. Y, el proceso de aprendizaje variaba, según cada alumno, unos apenas sobrepasaban un par de sesiones, reconociendo que su propia naturaleza les impedía continuar. Sin embargo, había quien, tras, el periodo de aprendizaje se había decantado como excelentes especialistas, compitiendo en los mejores circuitos.

La incapacidad desesperaba a Rosa, que los despedía rigurosamente. El ritual de la presentación, le proporcionaba una información vital de cada candidato, su actitud. Y, la mayor parte de las veces, no necesitaba ni realizar otras pruebas, sabiendo de antemano la naturaleza de cada aspirante.

Su información era valiosa y sólo estaba al alcance de personas capaces de apreciarla y asimilaría.

Eduard

Un día, recibió la visita de Eduard. Alguien muy especial, compañero y confidente habían compartido experiencias y largas botellas de Malta en horas de complicidad. Se sabían de lágrimas y desvelos, de alegrías y fantasías, de amores y desamores. Sus cuerpos se habían poseído con pasión y con ternura y entre ellos existía un vínculo especial, ajeno a las relaciones habituales.

Eduard le habló de Daniel, colega de búsquedas y del que sabia que estaba muy interesado en la sumisión. Daniel era un fotógrafo, con el que había confianza y que compartían su pasión por ejercer el Dominio sobre cuerpos y mentes de sumisas.

Sin embargo, una tarde de bolos y cervezas, Daniel le había confiado su secreto deseo de probar el lado oscuro, el otro lado del espejo. Para eso había investigado en las páginas de los periódicos y estaba desesperado. No soportaba las profesionales, existía demasiado formalismo para que pudiera implicarse. Las Amas reproducían la estética hasta el infinito, sin embargo su actitud era de cartón piedra y no llegaba a emocionarle. Eso, sin contar la sordidez de ciertos lugares, la frialdad, la rutina.

– Y no conocía a nadie que pudiera iniciarle en ese mundo. – Así que le hablé de ti. – Dijo Eduard- Y no me disculpo por el atrevimiento. – Continuó riéndose.-
– Vaya, vaya – respondió Rosa regocijada- menos mal que has tenido la delicadeza de decírmelo al menos, todo un detalle por tu parte, no hay duda.
– Vamos, merece la pena intentarlo, es un buen tipo.
– La verdad es que me pones en un compromiso -sonrió Rosa- sabes que mis alumnos son sumisos, jamás he sometido a ningún Amo.
– Eh!, ¿Te olvidas de mí?
– Tu no cuentas. Tu eres mi amigo y eres muy especial. No tiene nada que ver una cosa con otra.
– ¿Estás segura? Yo creo que tu eres la única persona, que conozco, capaz de mostrar a un Amo los caminos de la sumisión.
– Está bien, – dijo ella, tras sorber un poco de dorado néctar- acepto el reto, pero las condiciones serán las mías y serán las mismas que las del resto de mis alumnos.
– Sabía que podía contar contigo Rosa, eres un encanto. Le diré que te llame.
– De todas formas, antes debo verlo, espero que por lo menos hayas traído una foto suya
– Ja ja ja ja claro -la risa fuerte de Eduard se extendió entre ambos- mira te he traido estas, las hicimos en la bolera ayer.
– Estás en todo ¿eh?, cuando te propones algo, eres cuidadoso -sonrió Rosa-

Un satisfecho rostro moreno, de ojos oscuros miraba desde el papel. En la siguiente estaba lanzando una bola y su rostro concentrado volvió a colarse dentro de Rosa. Era un atractivo varón, que tenía algo que le atraía, sin poderlo describir.

Dejó las fotos sobre la mesa y siguieron hablando de sus cosas, del pasado y del futuro, como siempre, hasta que al salir Eduard sintió sobre sí el manto de los altos árboles del jardín, que amortiguaba los ruidos de la ciudad. Y con él la placentera sensación de reparadora tranquilidad que siempre le invadía tras haber pasado un rato con Rosa. Su Rosa, su confidente, ella.

Al día siguiente: Daniel

Con el sonido de la radio, acudió a su mente la cita de aquella tarde, y con ella, un ligero pellizco de nerviosismo. Al fin conocería el otro lado. Eso esperaba. Eduard le había hablado de Rosa y deseaba conocerla, ansiaba encontrarse con ella. Sabía que no sería fácil, pero lo deseaba tan intensamente. Se levantó tarde, acabó el articulo que tenía entre manos y lo mandó al e-mail. Salió a hacer las compras y comer, tenía que regresar temprano para prepararse para la entrevista. A medida que pasaban las horas, se sentía cada vez más inquieto e impaciente.

Volvió a casa, guardó las compras y se duchó y se afeitó. El cuarto de baño en blanco y negro, mostraba su cuerpo en todos los espejos. Le encantaba mirarse y comprobar que a sus 43 años su cuerpo atlético estaba en plena forma. Un cuerpo que sabia emplear a fondo para satisfacer a sus sumisas. Asomarse al espejo le hacía sonreír de placer al comprobarse tal cual se imaginaba. Pero hoy, había un punto de tensión en su rostro. Sus ojos aparecían preocupados al afeitarse.

Sólo son nervios. –Tranquilo – se dijo a sí mismo.- Te estás comportando como un adolescente en su primera cita. Y una sonrisa iluminó el rostro del espejo.

La elección de la ropa, tampoco fue sencilla, ni demasiado serio, ni demasiado Informal, un toque de distinción. Al final decidió que el toque de distinción lo pondrían la chaqueta Armani y el perfume Loewe, sobre los jeans, la camiseta y los naúticos, todo sobre tonos azules.

Aparcó su coche frente a la verja. A su alrededor, los altos castaños le cobijaban con un cálido tono cobrizo. Llamó a la puerta y al decir su nombre, escuchó el zumbido de la cancela al abrirse. Caminó por el jardín, sintiendo el perfume de los arbustos, que le Iba aislando, hasta llegar a la pequeña puerta lateral cálidamente iluminada, donde una mujer de mediana edad y porte distinguido le franqueó la puerta.

– Buenas tardes Sr. Escudero, pase por favor, le esperan – Dijo la mujer cortésmente-
– Buenas tardes, gracias – Respondió Daniel, un poco tenso. –

Camile condujo a Daniel por un pasillo donde su taconeo quedaba amortiguado por la gruesa alfombra que cubría la parte central de una brillante tarima, hasta una puerta que abrió, indicándole que pasara.

– Buenas tardes Sr. Daniel Escudero, si no me equivoco – dijo una mujer que se levantaba de su escritorio y se acercaba hacia él tendiéndole la mano.

– Buenas tardes ¿Rosa? – Respondió Daniel-
– SI, soy Rosa. Encantada de conocerle – Sonrió estrechándole la mano- ¿Desea tomar algo?
– Un Bourbon, por favor.

Rosa se dirigió hacia una de las vitrinas emplomadas y sacó dos vasos anchos, de cristal tallado. Depositó una pieza de hielo en uno de los vasos, donde sirvió el Bourbon y ninguna en el vaso donde sirvió un single Malta.

Entregó el vaso con el hielo a Daniel, – que la miró con una mezcla de sorpresa y agradecimiento- a la vez que se sentaba frente a él en el confortable sillón de cuero marrón.

Ella sabía cómo se toma el Bourbon. Ella era alta, delgada en sus pantalones sastre oscuro y la blusa de seda azul realzando su esbeltez, con el único adorno de una gargantilla de perlas blancas y azules. No la imaginaba así, con el cabello recogido y los rizos enmarcando su rostro delicado. Sus ojos dulces y los labios bien dibujados, sin apenas maquillaje. Realmente no sabía cómo imaginarla, pero, desde luego no así.

– Así que Sr. Escudero – Dijo Rosa sonriendo- está Vd. Interesado en conocer el otro lado. – Dijo de sopetón, entrando de lleno en el tema, sin darle vueltas.- ¿Cómo se le ocurrió la idea?
– La verdad, resulta difícil de explicar, – respondió Daniel- Me interesa el tema de la D/s que practico habitualmente, donde mi papel es el de Amo.
– Continúe por favor – Dijo Rosa recostándose sobre el sillón, mientras cruzaba las piernas, permitiendo asomar una delicada cadena de oro en su fino tobillo.-
– Quizás por cansancio, por inquietud de conocer cosas nuevas, pero creo que sobre todo, por saber el sentimiento de mis sumisas, qué sienten, qué piensan qué viven durante la entrega.
– Bien, esa es una curiosidad saludable, pero insuficiente para iniciar este curso, donde se descubren aspectos delicados que requieren una gran fortaleza física y una actitud mental muy equilibrada.

Aquellas palabras prendieron en el cerebro de Daniel, por primera vez las escuchaba en boca de una mujer, de un Ama. Ese era su planteamiento hacia sus sumisas, a las que seleccionaba meticulosamente, despreciando siempre cualquier imperfección, y se dispuso a responder al reto.

– La verdad es que además de sentir curiosidad, creo que hay algo más.
– Sin embargo, su tendencia es la contraria ¿verdad? De Amo. Eso imposibilita que responda adecuadamente a las exigencias del curso.

Bueno -Daniel sentía que se desmoronaba, que la ira prendía en él, estaba punto de renunciar a sus deseos y plantar a esa presuntuosa que se permitía el lujo de despreciarle.

– Supongo que mi deseo es superior a mis tendencias, que lograré controlar, además mi experiencia, me permitirá responder a sus exigencias.
– Ja ja ja ja – Rió Rosa- Me temo que su presunción es aún superior de lo que imaginaba, cuando nuestro amigo común me habló de Vd. Sr. Escudero, como Amo.
– De todos modos, me gustaría conocer la naturaleza del curso, y sus contenidos, estoy seguro de no defraudaría si me admite.
– Eso es seguro, Sr. Escudero, no me defraudará porque no podrá hacerlo. Para realizar el curso hace falta algo más que una curiosidad. Le he recibido por recomendación de nuestro amigo, pero observo que su actitud no es la adecuada en un aspirante así que no le haré perder su valioso tiempo.
– Por favor, por favor, no me eche – Suplicó Daniel, se sentía humillado y atraído por Rosa ¿Qué le estaba pasando?- escúcheme al menos.
– Adelante -La voz de Rosa era ahora fría y distante- le escucho. – Ocasionalmente me ha asaltado la idea de entregarme, – Dijo Daniel suavemente, recogiendo recuerdos- pero jamás encontré persona ni ocasión para ello, por lo que la ausencia de ambos acrecentó mi deseo. Además …
– Continúe, por favor, le escucho ¿Además?
– Además siempre he temido hacerlo, siempre he temido entregarme de verdad, esa es una de las razones por las que asumo el papel de Amo. – dijo en voz baja -.

Daniel se sentía confuso, jugueteando con el hielo, ya casi inexistente de su Bourbon- ¿Cómo podía estar contándole esas cosa a ella? ¿Cómo había conseguido esa altiva mujer ablandarle a él?. Se sentía turbado.

– Eso está mucho mejor Sr. Escudero, aún no es suficiente, pero es un claro avance – Sonrío Rosa- ¿Cree que tiene que decirme alguna otra cosa?

Ahora sintió una gran alegría, había abierto un resquicio en la puerta, se sentía vapuleado, pero las nuevas expectativas le estimulaban y por otro lado se sentía comprendido en sus más secretas inquietudes y temores.

– Creo saber – Titubeó, otra vez resurgieron sus propias barreras- bueno que me entregaré con mis miedos incluidos – sonrió -.
– Entonces Sr. Escudero, ya puedo explicarle la naturaleza del curso, que consiste en una serie de pruebas excluyentes que deberá ir superando.
– Comprendo.
– Por su parte, participará en reuniones donde evaluaremos su situación durante el proceso, cambios que le han podido afectar, etc. No deseamos que tenga ningún problema. – Más adelante, existe una parte de especialización, de la que hablaremos en su momento.
– Y a la que me encantaría llegar – Dijo Daniel sonriendo.
– Entonces, si lo desea, podemos empezar hoy mismo.
– Si – la sonrisa se ensanchó en rostro de Daniel- sería feliz de empezar ahora mismo.

Rosa se levantó, dando por terminada la entrevista, mientras indicaba a Daniel que acompañara a Camile, que ya esperaba, silenciosamente, en la puerta.

– Camile le guiará y le indicará las normas que rigen para los alumnos. – Gracias, si – sonrió Daniel, dejando el vaso sobre la mesita baja que había entre los sofás.-

Camile condujo a Daniel hasta una pequeña habitación, al otro lado de la casa. Un pequeño dormitorio, austeramente amueblado, apenas una celda monacal, decorado en tonos grises, donde una cama y una silla eran sus únicos muebles.

– Desnúdese.
– Si – respondió Daniel confuso.
– Hágalo dignamente, por favor, primero el calzado, luego la camisa y por fin los pantalones y la ropa interior.

Daniel empezaba a sentirse desconcertado, le ordenaban hasta lo más sencillo, su iniciativa quedaba reducida a nada.

– Las normas son las siguientes:
– Si.
– Guardará silencio, a menos que se le pregunte, su mirada estará siempre baja y su erección se valorará positivamente, como deseo y control.

Escuchaba el desgranar de las normas que se afincaban en su mente, neutralizándola. Su deseo le avergonzaba y al oírlo mencionar de forma tan descarnada, se hizo más patente.

– Arrodíllese, ponga las manos detrás de su nuca y sígame.

Daniel asintió con la cabeza y se dispuso a obedecerla, avanzando de rodillas, según lo indicado. La mullida alfombra amortiguaba sus rodillas, pero el roce de la lana, pronto se dejó sentir.

Llegaron hasta el despacho donde había estado. Y Camile le dejó frente a la gran chimenea, sólo, arrodillado. Marchándose sin ruido, como siempre se movía.

Se esforzaba por cumplir cuidadosamente las normas, desconocía la naturaleza de los castigos que podían infligirle, pero de todos, el que más temía era la expulsión. Ahora, arrodillado, veía desde otro ángulo los muebles, la rica decoración de grabados, esculturas y antiguos volúmenes. Sorprendió su reflejo en una de las vitrinas, como en su cuarto de baño, su sexo erguido, deseando y volvió a sonreír satisfecho, lo estaba consiguiendo.

El tiempo se deslizaba y sus ojos se elevaron discretamente, hasta encontrar a Rosa sentada ante su mesa, ocupada revisando unos folios. ¡Está ahí! – pensó Daniel excitado- Su figura se recortaba contra el ventanal que brillaba con las últimas luces de la tarde, que hacían brillar los cabellos sueltos. Su deseó aumentó, parecía frágil en esa postura y tan atractiva que su verga palpitó.

Se perdió en sus ensoñaciones, mirando fijamente a Rosa. Rosa levantó la vista tropezando con la suya y era una mirada dura, insostenible, su rostro se cerró cuando levantó la ceja.

– ¡Dios mío pillado! De repente cayó sobre él el recuerdo de las normas -mirada baja- Lo siento, no debí -farfulló Daniel confundido-
– Segunda norma violada en menos de 15 segundos. Eres rápido.

Rosa lo miraba fijamente, con el rostro muy serio y Daniel estaba confundido, apenas sabía que hacer, rápidamente bajó su vista al suelo y no se movió, aguantando las punzadas que empezaban a darle los músculos, ante la incomodidad de la postura.

– Ven, acércate

Daniel se acercó hasta el ventanal rodeando el escritorio, hasta la butaca donde estaba ella sentada.

Rosa tomó entre sus manos el rostro encendido de Daniel y pasó sus fríos pulgares por las mejillas, observándolo detenidamente. Disfrutando de su temblor y su calor. Era maravilloso sentirlo así. Sintió una punzada de deseo en sus entrañas.

De unos de los cajones, sin volverse, sacó una máscara de cuero que colocó sobre la cara de Daniel, atando, hábilmente los cierres en la nuca.

Daniel sintió el contacto del cuero en su frente y su nariz. El olor al cuero le inundó y las cintas dificultaban su visión.

Rosa volvió a tomar el rostro de Daniel y acercó sus labios entreabierto al orificio de la máscara, en la boca, respirando su aliento y apenas depositó un beso sobre ellos, que estremeció a Daniel, haciendo palpitar su sexo.

– Ponte de pie y camina ante la mesa del despacho, hasta la ventana y vuelve

Se irguió y caminó los 10 pasos que le separaban de la ventana del fondo, giró y regresó, haciendo la primera pasarela de su vida. Al principio turbado, luego, recobrando la confianza, satisfecho. Exhibiéndose.

Rosa estudió el cuerpo detenidamente. Los pies delgados, los músculos de las piernas dibujándose bajo la piel en cada zancada, las nalgas prietas y la espalda bien formada. Los rectos hombros y la orgullosa nuca. El conjunto no desmerecía de la foto que había visto la tarde anterior.

Al girarse, saboreó el suave vaivén de la erección, el vientre liso y el pecho proporcionado. Se detuvo sonriente en el hoyuelo debajo de la nuez, que le provocó una oleada en las entrañas. Merecía la pena intentarlo. – Continúa hasta la pared y apoya tus manos sobre ella.

Daniel avanzó hasta el lugar indicado y apoyó sus manos, quedando a, escaso, un metro de la pared.

Rosa se levantó y se acercó sin ruído.

Él percibió su aroma, adelantando su llegada. El roce de la seda en su espalda. Agachó la cabeza, ofreciendo su nuca, conteniéndose.

Rosa deslizó un dedo, desde las nalgas hasta el cuello y desde ahí, jugueteando, bajó por el brazo hasta el codo. Hundió su nariz en el hueco del hombro de Daniel y espiró su aroma de Loewe y el propio a macho que exhalaba. Sonrió satisfecha.

Daniel descubrió entonces una mesita auxiliar, en la que no había reparado y, sobre la que reposaban una amplia gama de consoladores, de todas las formas y tamaños. No pudo contener un estremecimiento. Aquello le mostraba un aspecto de Rosa que lo aterrorizó, pero ya no tenía remedio. Se sentía abandonado y su existencia empezaba a perder sentido en el vacío

Rosa tomó uno de ellos y lo deslizó por su espalda, en sentido contrario a la caricia del dedo, deteniéndose en el ano, sobre el que presionó delicadamente. Daniel se arqueó y apenas pudo controlarse, cuando sintió la caricia del dildo entre sus piernas, rozando sus muslos en infinitos trazos ascendentes.

Otra vez la presión en su ano, pero esta vez era insospechadamente firme y sintió abrirse sus entrañas. El miedo al dolor lo paralizó, sin embargo, suaves movimientos giratorios invadieron su cuerpo provocando la ondulación de sus caderas.

El dolor se mezclaba con el placer oscureciendo su mente, apagando sus pensamientos y reactivando una gran erección. La respiración se le entrecortaba con cada avance en su cuerpo, admitiéndolo, disfrutándolo.

Rosa no perdía detalle de los gestos en la cara de Daniel, los ojos cerrados, apretados con la presión y relajados al detenerse, saboreando cada giro, cada vaivén, cada vez más profundo. Estaba valorando las posibilidades de Daniel y estaba muy satisfecha por los resultados.

Acarició delicadamente el pecho, descendiendo hasta el ombligo. Apoyó la palma de su mano en el vientre plano de Daniel, sintiendo su firmeza y las contracciones que estimulaba el consolador. Sus dejos se enredaron en el rizoso pubis y acarició la verga, ya púrpura en su cabeza brillante.

La humedad brotó y la extendió deliciosamente, despertando placeres ignotos. Aspiró fuertemente, llenándose de aromas excitantes y se alejó, dejando a Daniel apoyado sobre la pared, jadeando.

La sintió alejarse y la angustia lo invadió, ¿qué iba a ocurrir entonces? Estaba muy excitado y necesitaba, vivamente vaciarse, pero Ella se había ido y, por primera vez sintió la necesidad de su presencia, que lo mantenía.

Rosa volvió a su mesa de despacho y Camile apareció en el umbral de la puerta.

– Llévalo al baño y que desagüe, no quiero que mañana esté incómodo.

Daniel al oírlo se sintió desfallecer. Su erección se perdió y las lágrimas afloraron a sus ojos. Aquello estaba resultando más duro de lo que había imaginado.

Caminó detrás de Camile hasta un gran cuarto de baño en alabastro rosa.

– Mastúrbese hasta desaguar

La orden, con tal distancia, la frialdad del cuarto de baño, la seca imagen de Camile vigilando y, sobre todo, la ausencia de Rosa evitaban cualquier facilidad lujuriosa. Su erección había desaparecido y el desconcierto progresaba en su corazón. Pero, era una orden y debía cumplirla. Le habían indicado que la erección se valoraría positivamente y ahora era una exigencia a la que no sabía si podría responder.

Empezó a obedecerla despacio, intentando recomponer la imagen de Rosa momentos antes, cuando sentía el roce de la seda en la piel y su aliento húmedo y caliente despertando sus poros. Recordar sus manos recorriéndole el cuerpo, con una dulzura que ya creía olvidada. Su cuerpo reaccionó y consiguió vaciarse. Al contraer las nalgas, recordó la presencia del consolador en su ano y su explosión aumentó en el último instante.

Camile se acercó por detrás y de un tirón retiró el consolador, dejando una terrible sensación de vacío en su cuerpo.

– Dúchese ahora -Ordenó-

Daniel se duchó mecánicamente, tratando de no pensar en nada. Había aceptado y eso era su único punto de apoyo. Su consuelo saber que lo siguiente que haría, sería cumplir una orden de Rosa .

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Roberto

Los sonidos le llegaban amortiguados a través de la máscara. Veía con gran dificultad y la perspectiva se le antojaba vertiginosa. Las patas de los muebles que se alzaban hacia el techo, la colcha de la cama y su figura reflejada en el espejo, irreconocible tras el pvc q lo ocultaba. Un impulso de placer fue detenido por el cruel ingenio que atenazaba su pene.

Se empeñaba en concentrarse en el chapoteo de la ducha, para no sucumbir a sus pensamientos que lo arrastraban en una extraña mezcla, aún no decantada. Ella había entrado en el baño, la había oído alejarse y cerrar la puerta y ahora ….

Empezaba a pesarle la inmovilidad. Agitó los dedos de los pies mientras las ideas se arremolinaban en su cabeza. La había conocido, la había visto cara a cara, más sugestiva, más incitante de lo que nunca había imaginado y a la vez cercana, cotidiana. Le sorprendía ver a la musa de sus sueños tan asequible y tan poderosa. Los gestos más inocentes cobraban un sentido especial, las sonrisas, las miradas, el jugueteo con su pelo que ponía una trama de claroscuros a su cara.

La reconoció al instante. Verla acercarse entre la multitud, le provocó una erección. Alta, delgada hasta la fragilidad, resultaba sensual en su elegante traje de chaqueta. Las finas sandalias de tacón de aguja lo hipnotizaron. Sus ojos dulces y sonrientes le devolvieron a la realidad.

– Hola Roberto ¿Cómo estás?

– Saludó besándole en ambas mejillas –

– Bien, gracias – Respondió, mientras sentía flotar en su perfume

– ¿Y Vd.? ¿Que tal el viaje? ¿Qué desea tomar?

– Perfectamente cielo. Menta helada, por favor. – Dijo encaramándose a la banqueta, balanceando sus pies, ante Roberto que tragó saliva.-

Luego, todo había ocurrido deprisa. La conversación había sido amable y relajada sobre el día a día, el trabajo, los proyectos …. Hasta llegar al hotel, donde sus manos entrelazadas les habían sostenido un instante antes de convertirse en Ama y esclavo.

Cuidadosamente había sacado y ordenado los juguetes que, en las últimas semanas, había ido adquiriendo de mil formas, colocándolos sobre la mesa.

Un gesto de Ella le indicó que se desnudase y lo hizo, postrándose a continuación, temblando de anticipación y deseo. Había sentido sus manos frescas acariciar su piel y, entre caricias, aprisionarle con cada instrumento.     Primero fue el collar, que Ella misma había elaborado con cuero flexible y su nombre grabado, acompañado de un largo y profundo beso. Luego las pinzas de los pezones y sintió los dientes de ella resbalar por el lóbulo de su oreja. Aún sentía la tersura de su piel y el leve roce contra su verga. Luego el anillo de cruelmente sujetaba su polla, impidiendo cualquier erección y sus manos lo torturaron acariciando suavemente sus huevos. Cuando le introdujo el dildo que lo invadía, no pudo evitar sentirse humillado, su deseo palpitó prisionero y empezó a saborear la arrolladora mezcla de dolor y placer. Sólo era el principio.

Ahora, volvía a sentir cada contacto, y había cesado el ruido del agua, apenas distinguía los sonidos. Cada prenda que recibía le hacía sentirse más desnudo, más indefenso, más entregado. Las correas atenazaban sus tobillos y sus muñecas. Surgieron los primeros arrebatos de rebeldía, que sucumbían a la ternura de cada gesto.   La mordaza ahogó un gemido, pero su boca lo llenó de placer, obligándole a  abandonarse, a dejarse hacer, sólo a sentir. Los labios recorrían su rostro, deteniéndose en los párpados, las sienes, mientras los dedos que ajustaban las hebillas, acariciaban su nuca. Tiernamente estaba siendo desposeído. La máscara cubrió su rostro. Sus sentidos se agudizaron y las sensaciones adquirían nueva intensidad y dimensión.

Sintió abrirse una puerta y percibió el sutil y perfumado halo tras la ducha.

-¿Que planes tendría para él?- Confiaba plenamente en ella, habían hablado e imaginado cientos de situaciones excitantes, pero Ella siempre conseguía sorprenderle y ello le fascinaba.

– Espérame gatito – Fue lo último que oyó antes de cerrarse la puerta de la habitación.

La desolación comenzó a invadirle, agudizando su deseo. El tiempo se detuvo y sólo las imágenes de los recuerdos, las voces y las sensaciones lo llenaban. Temía que algún empleado entrase y lo sorprendiese, pero su mayor temor estaba que Ella no volviese. Su erección contenida, se mantenía.

Se concentró en algo que Ella le había dicho y que le hizo sonreír. Debía susurrarle al hablar y el mero hecho de ponerlo en práctica le excitaba.

La puerta se abrió con un chasquido No sabía el tiempo transcurrido, una breve eternidad. Pasos, movimiento a su alrededor que no lograba identificar. Unos dedos ágiles liberaron sus pezones y los masajearon reanimándolos. Al soltar la anilla de su polla, ésta palpitó llenándose de inmediato. Sintió una boca que lo lamía y succionaba, acariciándole hasta hacerle arder. Se contuvo, pero no pudo evitar alzar las caderas, a pesar del la tensión de sus hombros.

¿Su Ama? ¿En manos de quien estaba? A penas encontraba respuesta a sus dudas, pues las sensaciones le llegaban sin interrupción, arrastrándole en un torbellino de placer.

Unos dedos soltaron los cierres de la máscara, liberándole. Abrió los ojos y la vio, desnuda sobre él, sonriente y sonrió reconfortado. Era ella quien lo abrazaba. Nunca la había visto así, sus pechos pequeños de pezones prominentes y oscuros, los huesos dibujándose bajo la piel, la cintura cimbreante y el ombligo sobre su vientre plano. La misma sensación de poder y fragilidad, despertaba sus deseos más profundo. Su polla palpitó y sintió la calidez de las nalgas de ella, aprisionándola.

Liberó sus extremidades y lo ayudó a incorporarse. Se puso detrás de él y lo abrazó, amasando los maltrechos pezones, perfilando los bien dibujados músculos de su pecho, mientras besuqueaba su cuello y susurraba al oído   – Serás mi pony, querido –

Aumentó la presión del dildo al sentarse, pero no se atrevió a moverse, estando entre los brazos de su amazona. Sus gemidos quedaban ahogados por la mordaza y sólo podía expresarse con miradas que captaban la atención de Ella.

A cuatro patas, se miró de reojo en el gran espejo. la mordaza sujetaba las bridas que portaba su Ama. La vio alzar la pierna y al sentarse en su espalda.

– Vamos cielo, ¡Arre! – Ordenó en un susurro, mientras los tacones de sus sandalias aguijoneaban sus nalgas.     Roberto no se pudo contener e inició un suave caminar, con un ondulante contoneo que se transmitía al cuerpo de su Dueña.

La cabeza erguida por la brida sujeta a su mordaza, le otorgaba una dignidad inaudita en un siervo, que satisfacía plenamente a su dueña. a juzgar por la sonrisa que lucía en el reflejo de los espejos que decoraban la habitación.

Se sintió feliz y continuó con el paseo, obedeciendo ciegamente y excitado por ello. Un tirón de las riendas lo hizo detenerse. Ella descendió y lo liberó de la mordaza.

– Te mereces un premio.

Roberto era feliz al oírlo y, cuando fue liberado, abrazó a su Dueña tiernamente, besándola apasionadamente, sintiendo sus menudos pechos apretados contra él, las caderas contra su vientre, acariciando su piel, impregnándose de ese cuerpo ondulante que tanto deseaba y que respondía a sus gestos y caricias acoplándose en cada curva, en cada balanceo con una coordinación sorprendente.

Las manos recorrían la espalda hasta encontrar las nalgas que aprisionaban y atraían contra sí. Su verga acariciada por los muslos, insinuante preludio de oscuras humedades palpitaba deseosa. Las bocas se buscaban sintió su cuerpo abrazado por las piernas de ella que lo ceñían, dirigiendo su polla, desde el vientre al húmedo sexo donde se hundió irremediablemente.

Embistió como si de ello dependiera su vida y respiraban el mismo aire, alientos perfumados de deseo y jadeos. Ella se balanceaba recibiéndole, llenándose e instándole a seguir sin pausa. Ritmo frenético que los arrastraba. Las pieles brillantes y el crescendo los llevó a la entrega mutua, al éxtasis palpitante.

Recuperaron el aliento y la consciencia despacio, sin osar separarse, entre gemidos hasta que pudieron verse los ojos y sonreír.

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Carlos

Me llamo Carlos, tengo 34 años y soy sumiso de Clara. Dicho así parece la presentación en una reunión de desintoxicación. Sin embargo, lo reconozco, estoy enganchado, pero no deseo dejarlo.

Clara es mi Ama, una mujer excepcional. Ejecutiva brillante, atractiva y con un poder irresistible. Jamás conocí a nadie como ella, dulce y perversa, sensual y excitante. Rigurosa hasta la crueldad y exigente hasta le exasperación.

La conocí cuando me compró en Roma. Una subasta exclusiva para socios. La organización había reservado la planta superior del Hotel Plaza. En varias habitaciones comunicadas, había dispuesto los stands de exposición. Otras servían de camerinos y por fin estaban las dedicadas a despachos y negocios. Todo con un aspecto extraordinariamente funcional y operativo. Cualquier curioso hubiera imaginado la presentación de un inocente producto, sin llegar ni siquiera a soñar q el objeto de promoción éramos nosotros.

Habíamos llegado por la mañana, siendo recibidos por empleados que nos facilitaron nuestras acreditaciones y programa de actividades, indicándonos los lugares que debíamos ocupar.

Digo habíamos, porque a mí me llevó Misstres Latina mi entrenadora. Un Ama profesional que durante 6 meses me había iniciado en los secretos de la sumisión. Y, consideraba la subasta como prueba definitiva de capacitación e introducción en los círculos habituales. Habíamos planteado la presencia sólo a efectos de participación y, ni remotamente, plateamos la posibilidad de una transmisión. Ella sabía que no me atrevía a dar el paso, aunque estuviera preparado.

Tras recoger la documentación, Misstres Latina me llevó hasta el camerino, donde nos preparamos para la exposición y presencia en el stand asignado, que era uno de carácter general, un poco apartado de los específicos que ocupaban los profesionales del sector.

En el stand, para unos éramos obras de arte, para otros sólo ganado, vestidos con nuestros collares, frente al terciopelo de las cortinas del fondo. Parecíamos esculturas en un museo.

Algunos de mis compañeros temblaban, otros gemían y… Desfallecían ante el apremio de los entrenadores que se esforzaban por mantener una presencia atractiva.

Nuestros Amos dirigían la coreografía de poses q debíamos adoptar para agradar al público. La ficha de cada uno con características y fotos ilustrativas, expuesta junto a él, era consultada continuamente.

Oía el murmullos de los visitantes, sus comentarios y sus risas cuando se acercaban a cada uno de nosotros. La piel, sus posibilidades, su estructura, características. Algunos tocaban, otros deseaban demostraciones de capacidades.

Yo me sentía… Me resulta difícil describir como me sentía. Por un lado terriblemente avergonzado al ser tratado como un objeto, humillado, perdido. Por otro me sentía bello y hermoso, admirado y orgulloso. Satisfecho del prestigio de mi entrenadora.

Una sumisa, junto a mí, comenzó a gimotear desconsolada, hasta que fue azotada por su entrenador. En ese momento, el júbilo enardecido de un grupo de visitantes la hizo callar. Su irritada piel fue tocada y pellizcada sin piedad por manos y guantes. Sus gemidos se convirtieron en suspiros de deseo.

Entonces la vi. Su llegada causó un pequeño revuelo entre los asistentes, que la saludaban respetuosamente como a una querida y distante amiga. Vestía un impecable traje de chaqueta sobre una blusa de seda. Las manos enguantadas  sostenían el catálogo.

Paseó por los diversos stands, saludando a unos y a otros, hasta que llegó al que yo me encontraba.

Sentí su mirada firme y penetrante, que inmediatamente hizo que bajara la mía, confundido y aterrado por el error cometido. Su mirada había sido distante, calculadora. Me subyugó de inmediato. Ahora mi piel ardía. Misstres Latina no había sido ajena al cruce de miradas y me ordenó que ejecutase una serie de posturas de exhibición, mostrando mi cuerpo y mi entrenamiento. Me concentré en el ejercicio, tratando de olvidar aquellos ojos y de hacerlo perfecto, para redimir, en lo que pudiera mi terrible falta.

Misstres Latina me ordenó que colocara las manos en la nuca y que girara sobre mí, con la cabeza ligeramente ladeada, mientras dibujaba mis músculos con su fusta.

Ahora, de espaldas al público, hizo que flexionara mi cintura, mostrando mi ano y mis genitales depilados, que sin ningún decoro presionó para mi vergüenza ante todo el público que se regocijó cuando probó la flexibilidad de mi ano con su fusta y yo di un respingo que fue rápidamente castigado con dos fustazos

El grupo de visitantes se concentró en otro esclavo que estaba amordazado y colgado por las muñecas de una cruz de San Andrés, muy aguda, con los arneses de cuero tachonado.

Al ver desplazarse al grupo, me sentía aliviado, sin embargo, la sensación de bienestar pronto fue sustituida por la de soledad y angustia, ante el examen.

Fuimos llamados para la subasta y nuestros entrenadores pasaron a sentarse entre el público, en los espacios que tenían reservados. Nos hicieron formar dos filas. Erguidos y con las manos en la nuca, marchábamos hacia la pasarela, donde ya estaba el presentador saludando al público, que acogió con entusiasmo nuestra llegada.

Estaba abrumado por las dudas. Habíamos quedado, en retirarnos tras la exposición, sin embargo, cuando llamaron para la subasta, mi entrenadora me ordenó que continuara. No entendía nada, pero no podía sino obedecerla. La angustia de agobiaba.

Entonces las vi, estaban sentadas en una de las mesas redondas del fondo Misstres Latina y la desconocida cuya mirada me había subyugado.

El normal desarrollo de la subasta iba asignando cada esclavo o lote de ellos a su nuevo poseedor. En la palestra volvían a ser mostrados y exhibidos, mientras el subastador contaba sus características, durante la puja. Se había creado un clima de excitación general que en nosotros era muy evidente.

Algunos esclavos, recién adquiridos eran revisados allí mismo, para su humillación, tanto por su propietario como por los invitados que lo desearan. La asequibilidad resultaba emocionante.

Cuando llegó mi turno, mi corazón se aceleró y mis rodillas temblaron. Tuve que hacer un gran esfuerzo. Todas las miradas se clavaron en mí y mi cuerpo reaccionó excitado, mostrando una buena erección.

La puja empezó entre un caballero de sienes plateadas y … ¿Quien competía con él? No lograba descubrirlo. Fuí adjudicado al socio nº 5734 como lote único, por una elevada cantidad.

Al descender del estrado, me llevaron hasta una de los despachos, donde se encontraba la mujer que me había entrenado, sentada en una mesa redonda, sobre la que descansaba el contrato que en su día firmamos. Parecía satisfecha y me miró sonriente.

¡Bravo!, Lo has conseguido – Me felicitó sonriéndome a la vez que aplaudía quedamente. –
– Señora, el mérito ha sido todo suyo – Respondí -.
– Claro que lo ha sido – Contestó ampliando su sonrisa – Son los frutos de tu aplicación. Acabas de ser adquirido por una propietaria particular.

Ante mi mirada de profundo asombro continuó:

-Te cuento todo esto porque aquí finaliza ti contrato de entrenamiento y no estás obligado a aceptar la transmisión, dado que no consta en dicho contrato.
-Me encontraba desconcertado y gratamente sorprendido. Aquello iba más allá de lo que nunca imaginé, poder ser adquirido en una subasta.

Por un lado lamentaba perder a mi entrenadora, que había llegado a conocerme casi mejor que yo mismo y que me había abierto un mundo infinitamente más sugerente que el de las relaciones esporádicas. Me había mostrado la puerta de la Entrega como acceso a un nuevo placer muy superior a cuanto había conocido hasta entonces

Por otro me ofrecía la posibilidad de aceptar la adquisición realizada por el socio nº 5734. Alguien desconocido con quien debía firmar un contrato temporal, inicialmente y luego, revisable.

-Me gustaría saber algo de mi nuevo propietario, sexo, edad … -Respondí bastante confuso -.
-Sabes, que eso no es posible, querido – Ronroneó mi entrenadora – Tu condición de esclavo no te permite seleccionar a tus Amos.
-¡Oh! Si, lo sé. – En ese momento me di cuenta de quien era, de mi desnudez y sentí un escalofrío, un vértigo y un terrible vacío en mi- Lo siento. Por favor, perdone mi torpeza.
-Tranquilízate, estás a tiempo de no aceptar, dado la irregularidad en la que hemos caído al presentarte a una subasta, sólo bajo un contrato de entrenamiento.
-Entiendo y Acepto la transmisión.

En ese momento se diluyeron todas mis dudas, me sentí propiedad de un desconocido y una gran felicidad brotaba de mi. No lo podía creer, pero había aceptado.

Aquí me despido Carlos. Ha sido una placer haberte entrenado. Diciendo esto abandonó la sala y quedé sólo y desnudo. Me sentí perdido, pero la angustia no volvió a invadirme.

Entró uno de los empleados de la organización empujando un carrito en el que había una bandeja con refrescos y algunos canapés y en la parte baja estaban mis ropas de calle, que depositó sobre la mesa. Sin hablar retiró mi collar y mis muñequeras, indicándome con un gesto la ropa para que me vistiera. Cuando me hube vestido salió, llevándose las correas y me invitó a servirme de la bandeja.

Al quedarme solo, me senté y morsdisqueé uno de los canapés. Sentía la ropa sobre mi piel como una carga, después de todo el día desnudo. Descubrí lo hambriento que estaba a medida que reponía mis fuerzas. Regresó el empleado que retiró el carrito y volví a quedarme solo.

La puerta se abrió y entró Ella, aquella cuya mirada me había subyugado. Me levanté para recibirla y acerqué una silla para que se sentara.

-Buenas Tardes – Saludó depositando el Acta de adquisición sobre la mesa-. Soy tu nueva propietaria.
Buenas tardes ¿Ama? ¿Señora? Disculpe mi torpeza, más cómo debería dirigirme a Vd.?
-No debes hacerlo. Te informaré de las condiciones básicas del contrato – continuó fríamente – Tiene carácter temporal, al final del cual lo estudiaremos de nuevo.

Ella seguía hablando pero mi devoción por ella había prendido con tanta fuerza que podría decirme que fuera al mismísimo infierno para traerle unos tizones, que lo haría sin dudar. Sus palabras resbalaban en mis oídos que no podía hacer otra cosa que sentir levemente con la cabeza mientras mi mente soñaba con ella ¿internado? ¿De que está hablando?

-Entonces quedas informado, ¿Aceptas?.

¡Dios mío! -Pensé- no me he enterado de anda, absolutamente de nada de lo que me ha dicho, ¡estoy perdido!

-Acepto -Respondió mi voz sin ninguna duda-

Aquello iba más rápido y más lejos de lo que quisiera. Las dudas me asaltaban pero se quedaban ahí, frenéticas ante el deseo que las apartaba.

-Entonces vámonos -Dijo levantándose, antes de que pudiera retirar su silla y saliendo por la puerta.

No respondí, me limité a seguirla hasta la puerta del Hotel, allí la suave brisa me despejó un poco. El empleado estacionó un coche ante nosotros y dudó a quien entregaba las llaves, que mi nueva Ama retiró de sus dedos.

Antes de que pudiera darme cuenta, me abrió la puerta del acompañante, indicándome con un gesto que montara. Cerró y entró por la otra puerta decididamente, arrancó el motor y salió a gran velocidad del allí.

No hablaba. Y yo no me atrevía a hacerlo, así que condujo hasta un céntrico edificio, donde paró el coche y entregó las llaves al empleado que le abrió la puerta. Su nuca erguida y el taconeo de sus zapatos me guiaban. La seguí hasta el ascensor, donde el ascensorista pulsó al ático, sin formular pregunta alguna.

Abrió la puerta un hombre maduro, de sienes plateadas, vestido con levita negra que nos franqueó la entrada, con una leve reverencia.

-Esteban, este es mi esclavo carlos. Prepáralo para la cena.Si Señora. -Respondió el aludido- Por aquí, por favor. -Me indicó señalándome un largo pasillo de servicio, me pareció -.

Tuve que hacer un esfuerzo conteniendo la risa, por un momento me había sentido como el plato fuerte de una cena caníbal. Bajé los ojos a suelo y caminé detrás de Esteban, hasta un amplio baño, decorado en mármol blanco.

-Vaya desnudándose esclavo carlos -Me ordenó suave pero firmemente –
-Si señor. -Las palabras acudían a mi boca con facilidad, sin pensar, salían solas.-

Esteban salió del baño y yo me desnudé espiando mi cuerpo en los espejos. Me gustaba verme desnudo, me sentía bien, atractivo. No podía remediarlo. El clima de la casa me excitaba, me sentía en un sueño de verano. Había tomado unos días de vacaciones para asistir a la subasta, con la esperanza de pasar unos días fuera de mi ciudad, pero no imaginaba que la primera noche sería fuera de mi hotel.

Entraron en el baño dos criados, una mujer y un hombre, vestían delantales de goma hasta los pies y botas también de goma. Me alarmó bastante su forma de entrar, La resolución con la que me colocaron en el centro de la ducha y comenzaron a enjabonarme y a frotarme, sin mucho miramiento.

Hablaban entre ellos ajenos a mi existencia y no atrevía a hablarles, hasta que me dijeron que me arrodillara y apoyara mi cara en el suelo reluciente de la ducha.

Lo hice, quedando completamente a su merced.

En ese momento, una cánula se deslizó dentro de mi ano y, tras ella, 2 litros de agua templada que me llenó completamente. Sentía entrar el agua en mi cuerpo, lenta e inexorablemente. Me iba invadiendo despacio, moviéndome las entrañas. La vergüenza y la impotencia hicieron que se me llenaran los ojos de lágrimas. Apreté los dientes y aguanté. Ella lo deseaba así. Si no, no estaría siendo sometido a este suplicio por dos desconocidos.

Me incorporaron y me indicaron que aguantara, mientras se dedicaban a asearme los dedos de las manos y de los pies, minuciosamente. Con un cepillo los frotaban y los pulían, retirando las cutículas, dejándolos suaves y agradables. Mis entrañas me apretaban y apenas podía respirar cómodamente.

Cuando ya no podía aguantar más se lo indiqué, cosa que les hizo mucha gracia. Pero no se apuraron por ello. Me sentía humillado y maltratado, como jamás lo había estado. Poseído como nunca lo había sido. Ahora quieren higienizarme por dentro y .. No puedo aguantar más y no deseo vaciarme ante nadie, era algo demasiado personal.

Pero ellos me llevaron hasta el centro de la ducha y abrieron la tapa del desagüe redondo, donde me obligaron a abrir las piernas y a doblar levemente las rodillas.

Mi esfínter no pudo más y liberó toda la retención que cayó, mezclada con los fuertes chorros de la ducha a la que estaban sometiéndome.

Las lágrimas asomaban a mis ojos, estaba vacío, desnudo, no era nada, mi ser se diluía entre el perfume del jabón que ahora me estaban aplicando y los fuertes chorros de agua.

Delicadamente me asearon y perfumaron. Me envolvieron en una gruesa toalla y me afeitaron, la cara, las ingles y los huevos.

Yo sólo podía dejarles hacer. Mi cuerpo ya no me pertenecía y nada podía hacer sino obedecer. Ese pensamiento me provocó una fuerte erección, por la que me felicitaron al observarla.

Quedé desnudo en el cuarto de baño, cuando marcharon los criados y sólo tuve fuerzas para esperar. Ni tan siquiera podía pensar, mi cuerpo estaba tembloroso de cansancio y excitación y, habían conseguido, limpiamente, rebasar un límite que ni siquiera sabia que tenía. Me sentía propiedad de alguien, de Ella la desconocida. Entregado y sabiéndome suyo, mucho más de cómo lo había sido en mis entrenamientos.

Esteban abrió la puerta, sacándome de mis pensamientos.

-Venga conmigo, por favor
-Si señor – respondí, iniciando la marcha detrás de él.

Me guió hasta un espacioso dormitorio, con una austera decoración japonesa en tonos blancos y negros, salvo la tarima del suelo en color caramelo.

-La señora vendrá enseguida.

Le obedecí sin rechistar, desconocía las normas de esta casa y no me atrevía a preguntarlas, así que me dispuse a esperar la llegada de mi nueva Ama.

Estaba sentado sobre los talones, con las manos en las rodillas, como me había dejado Esteban. Cabeceaba de puro agotamiento.

El enema me había producido un extraño efecto estimulante, que impedía que me durmiera y que hacía que mi verga estuviera dura, a pesar del cansancio.

La puerta se abrió y entró Ella

Un diminuto camisón de seda bordada, bajo una larga bata transparente, hacía juego con la cinta gris que sujetaba su melena y con las altas chinelas gris acero. Las uñas de sus pies brillaban como joyas

Al verla mi excitación aumentó. Vestida estaba muy bien, pero así … era irresistible

Se acercó y tomó mi cara entre sus manos, acariciándome suavemente, mientras sus ojos me inspeccionaban. Apenas podía sostener su firme mirada, así bajé la mía aturdido, mientras me invadía un hondo bienestar al abandonarme a sus caricias.

Cada gesto, cada roce de sus dedos, era una descarga que recorría mi piel, arrastrándome al abandono. – ¡Diossss mio!, mi voluntad se evaporaba en cada caricia –

Sus dedos dibujaron la línea de mi pelo. Peinaban mis cabellos hasta la nuca y sobaban suavemente mis orejas. Me transportaba a … ¿la infancia? ¿al vacío? ¿al paraíso?.

Su vientre, a la altura de mi cara me estaba volviendo loco y sólo deseaba ser suyo, entregarme.

Ató una pequeña correa a la argolla del collar y dijo:

– Ven – Acompañándolo de un pequeño tirón que me obligó a avanzar a 4 patas junto a su rodilla. Mi mirada estaba fija en sus chinelas. Me condujo hasta una pequeña mesita, donde me dijo: sube.

Las uñas pintadas de rojo-negro guiaban mis ojos, y el sonido del taconeo retumbaba en mi cerebro, marcando el ritmo de mis latidos.

Subí a la mesita y colgó la correa de una percha. Allí quedé amarrado y arrodillado sobre la mesa. Sentía una terrible vergüenza por mi miembro expuesto, Mientras Ella recorría mi cuerpo con la vista y con las manos, haciéndome arder

Palpó mi espalda. Sentía una humillación difícil de expresar. Recorrió mis brazos, presionando sobre mis músculos y tironeando suavemente de la piel. Me levantó una mano y acarició mis dedos, desde las uñas hasta los nudillos.

Giró mi mano acercándola hasta su rostro de piel elástica y perfumada.

La olió largamente, besándola en la palma. ¡Su aliento! Me sentía como un animal, como un ser inferior, sin embargo, me sentía valioso.

Sus manos recorrieron mis brazos y me alegré de las horas de gimnasio que los habían moldeado

La excitación aumentaba al contacto de sus dedos.

Sentí su aliento en mi sobaco y sus manos palparon mis pectorales haciéndome gemir.

El suplicio no había hecho más que empezar. Su exploración despertaba sensaciones contradictorias. Jamás nadie me había mirado, olido ni tratado así.

La vergüenza y la excitación pugnaban por dominarme y sólo el saber que Ella estaba ahí me mantenía

Mi deseo se hizo irreprimible cuando tomó mis pezones y los retorció con fuerza, tironeando, luego suavemente de ellos. Gotas de sudor perlaban mi frente y sentí un disparo de dolor.

Grité por unos segundos. Sabia que gritar era inútil, nadie podía socorrerme, estaba a su merced. Ni en sueños había imaginado nada parecido.

-El silencio es una virtud. – Amonestó ella, susurrándome al oído-

El aire caliente enervó todos los pelos de mi cabeza. Sentí el desagrado del Ama por mi grito y me juré a mí mismo que jamás volvería a ocurrir.

Cada vez sentía un mayor vértigo y sólo su voluntad me mantenía. Mis rodillas temblaban de temor y placer.

La oí alejarse de mí y que caminaba rodeando la mesa. De pronto, su aliento entre mis nalgas y sus manos recorrieron mi vientre, de cadera a cadera, del ombligo al pubis, jugando con mi vello, avivaron mi deseo aumentando mi suplicio

Ella no decía nada. Sólo el suave susurro cuando olfateaba mi piel alteraba el silencio, que no me atrevía a romper con mis gemidos.

Se acercó a mi cabeza, que acarició suavemente, mientras me susurraba al oído.

-Está bien, pero sólo es el principio.

Saboreando a continuación el lóbulo de mi oreja, lo que hizo que estallaran todos los poros de mi piel en una descarga eléctrica.

Ella se separó de mi, no pudiendo verla. La oí moverse por la habitación y regresar, Sentándose ante mi.

No podía dejar de mirarla, saboreando su cuerpo hermoso y perfumado bajo las transparencias.

Al instante se abrió la puerta, entrando Esteban empujando un carrito del que sacó dos escudillas que depositó delante de mí.

Una de las escudillas contenía agua fresca y la otras unas galletas en forma de bolitas fuertemente aromatizadas.

-Come y Bebe. – Ordenó mi Ama – Debes reponer tus fuerzas.

Me incliné sobre el agua y bebí despacio, largamente, refrescando la boca seca del deseo. Luego me incliné sobre la escudilla de galletas y quedé muy sorprendido. Eran bolitas de almendras y piñones, condimentadas con miel, canela y nuez moscada. Mi boca ardía al masticarlas, pero eran tan dulces que resultaban muy excitantes y sentaban bien al cuerpo.

Estaba tan entusiasmado con las galletas, que no la oí acercarse hasta que sentí su mano en mi cabello, tirando suavemente hacia atrás, a la vez que me acercaba una copa de vino dulce a los labios

-Bebe un poco

El vino dulce y perfumado vivificó mi cuerpo, dolorido por la larga jornada y la tensión del riguroso examen al que estaba siendo sometido. Me sentí reconfortado con este refrigerio que calentaba mis venas.

Clara, sentada frente a mí, en la butaca de alto respaldo de mimbre, no dejaba de mirarme. Ningún acto de privacidad me estaba permitido, y empezaba a comprenderlo. Era suyo.

Esteban entró en el dormitorio y retiró el servicio donde había tomado la cena.

-Esteban, conduce a carlos a su dormitorio, mañana dispondré las órdenes para él
-Si señora –Respondió con una leve inclinación-.

Apartó el carrito de servicio y tomó la correa y me guió hasta un pequeño dormitorio, con la cama de sábanas recién planchadas abierta.

-Que descanse esclavo carlos –Se despidió el austero Esteban tras soltar la cuerda de mi collar,
-Gracias –Respondí-

Me acosté y el cansancio invadió mi cuerpo, descubriendo lo agotado que estaba, las sensaciones tan contradictorias y estimulantes que me embargaban.

Era feliz y me esperaban muchos días así.

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Caprichos

El sol de la tarde se reflejaba en su pelo y al volverse, su rostro quedó en la penumbra. Miraba a Angel, fijamente sobre el borde de la copa, aspirando suavemente el aroma del vino, deslizando la mirada por su oscuro pelo, las orejas proporcionadas, los labios finos, el largo cuello, los hombros rectos y las manos grandes. Sin decir nada, sólo mirándole hasta hacerle enrojecer, haciéndole sentir sus ojos sobre la piel, como una caricia, como una promesa. Y  una punzada estalló en sus entrañas.

Fugaces miradas fueron cómplices y leves roces les hicieron sentirse con intensidad.
En el taxi, hombro a hombro, perfilaron un espacio suyo que ya habían empezado  soñar. El silencio los fundía.

Angel cambió el peso de su cuerpo de un pie al otro y deseaba hacer algo, obedecer en algo, quizás hablar, pero no se atrevía. Estaba hechizado, sabía que Ella había descubierto su condición de sumiso y se sentía atrapado en su poder.   No estaba autorizado, sólo podía callar y adorarla.
Retiró la copa de sus labios, apenas húmedos, sentándose en la butaca y le indicó que se desnudara. Apenas un gesto que entendió a la perfección.
Se fue desnudando discretamente, sin estridencias y sin vergüenzas, quizás un leve respingo, pero no temblaba. Deseo y la piel se eriza. Giró para desnudar la ropa interior y al volver exhibía su deseo, poderoso y anhelante.
Su poderoso pecho era irresistible, ardía. Los pezones se prometían duros y sensibles sobre las pequeñas aureolas. Una imperceptible sonrisa y un gesto de la cabeza le indicaron que se acercara a los pies de Clara, donde se postra hasta besar la punta de los elegantes zapatos de salón.
Levantó la cabeza mirándola a los ojos solicitando permiso para tocarlos, que le fue concedido. Sus manos acarician los tobillos sobre las medias negras de cristal y Clara se reclinó sobre el respaldo, disfrutando de su cuerpo postrado y de las caricias en los tobillos, saboreando su beaujolais despacio, sólo perfumándose el aliento.
Clara tomó una rosa de tallo largo y la dejó resbalar por los hombros y el centro de la espalda erizando del postrado todos sus poros, sin que esto influyera en sus caricias.
Un par de toques con la flor le indicaron que cesara en sus caricias y Clara se levantó, ordenando en un susurro:
– Sentado sobre los talones, por favor. Y las manos en las rodillas, con las palmas hacia arriba. -Especificó.-
Angel quedó frente a la ventana, sentado sobre los talones, como le habían ordenado. Su locuacidad la había silenciado en un mudo voto de entrega. Expectante al gesto, al sonido, al movimiento de Clara.
Sintió el roce de la rosa en su cuello, bajo la oreja, deslizándose hasta el hombro, donde encontró un camino por el pecho, los pezones. Allí una espina presionó arrancándole un gemido, que contuvo. Una mano fría resbalaba sus dedos por la línea del pelo tras la oreja, amasaba delicadamente el lóbulo y recorría su cabeza hasta la nuca, para descender una y otra vez. Su polla palpitó enhiesta y la rosa siguió su camino por el pecho y los hombros, descubriendo sensaciones ahí donde había olvidado que tenía piel.
– Gírate y mira. Ordenó con unos golpecitos de la corola.
- Si Ama.
Se alejó un poco y frente a él, retiró el foulard de gasa que tenía sobre los hombros, dejándolo en la butaca. Después, desabrochó la americana, y la falda, que cayeron con un gesto en torno a sus tobillos, quedando vestida con una breve combinación de raso que apenas ocultaba la blonda de las media.
Le miraba sonriendo. Soltó el sujetador de encaje que dejó caer con el resto de su ropa, liberando sus menudos senos. Introdujo sus dedos bajo la combinación y retiró sus bragas con un gesto de las caderas. Ágilmente salió de ellas, mostrando, apenas, los pechos al inclinarse y las acercó a su cara aspirando su aroma. Una breve sonrisa iluminó su rostro en un guiño. Mientras él, inmóvil, y la cabeza levemente ladeada contenía un gemido y su verga palpitaba.
Ella dejó caer la prenda y tomó el foulard de gasa para acercarse a su siervo. Lo rodeó y jugueteó con el pañuelo sobre la piel, antes de vendarle los ojos.
– Dame la mano – Pidió- y tomándolo por la muñeca, lo condujo hasta el cuarto de baño, donde lo guió al interior de la bañera, y apoyó sus manos contra la pared.
Angel oyó el chapoteo del agua y sintió oleadas de calor, antes de que el vivo chorro cayera sobre su cuerpo. Su erección aumentaba con la expectación.
Bajo el agua, percibió el aroma de yerbas. Espliego y romero inundaron sus sentidos, cuando sintió la frescura sobre su piel y el estimulante contacto de sus manos recorriéndole el cuerpo.
Los dedos buscaron cada rincón, desde los hombros a sus costados y de ahí su pecho era un campo de deliciosa exploración. Peinando el vello bajo el agua, pellizcando los pezones hasta endurecerlos, hurgando en el ombligo antes de buscar la pelvis. Corriendo por los muslos y entrando en las partes más secretas de su anatomía, tocaban amasaban y tironeaban provocando sensaciones que les enloquecían. Tras el pañuelo, con los ojos cerrados, las sensaciones se multiplicaban desde el apenas perceptible roce hasta hacerlo estallar.
Bruscamente el agua cesó y, antes de empezar a temblar, sintió una gruesa toalla que lo cubría y las manos que lo guiaban hacia fuera.
En el centro de la habitación, fue arrullado y secado. Su cuerpo reconocido y la Frescura no mejoró su estado cuando la toalla resbaló hasta el suelo.
– No abras lo ojos. -Era una orden mientras le retiraban la venda.- Y coloca tus manos en la nuca.
De pie, con las piernas abiertas y las manos en la nuca, esperaba expectante nuevas órdenes, cuando sintió un aliento en su espalda, el calor de un cuerpo junto al suyo y el roce de los pezones duros. Sus nalgas fueron firmemente abiertas. Su anillo presionado una y otra vez, hasta que las oleadas de sensaciones llenaron su cuerpo y se convirtieron en un vértigo. Mientras, unos labios recorrían su espalda humedeciéndola. Jadeó.
Clara se alejó. La oyó moverse por la habitación, crujido de las ropas, pero no se atrevió a abrir los ojos. Se sentía vacío y procuró no caer en el vértigo.
– Abre los ojos y mira.
Angel parpadeó. Ella estaba sobre la cama, recostada en amplios almohadones, desnuda y acariciando su sexo rasurado bajo la rizada mata, rosado y brillante.
– Acaríciate – No era un sugerencia, era una orden, que se apresuró a cumplir- Hasta que estés a punto de llegar, nada más.
Angel se masturbó intensamente, su cuerpo temblaba de deseo y aquel sexo abierto que era un manantial para saciar su sed  le estaba vedado, lo que le volvía loco.
Cuando estaba a punto de explotar se lo anunció, entonces ella, alargó su mano y haciendo una anillo con los dedos índice y  pulgar, presionó firmemente bajo el glande, hasta que la erección bajó un poco. Entonces, sin soltar, se le acercó y lamió golosa la humedad que había florecido, hurgando levemente en la hendidura central y besando el glande dulcemente, humedeciéndolo una y otra vez. Le obligó a arrodillarse y lo condujo hasta su coño ardiente haciéndolo resbalar dentro.
-Muévete, muévete y no te pares hasta vaciarte.- Ordenó balanceando las caderas, haciendo que se hundiera más en ella.
Angel se clavó y embistió con fuerza, deseando besar esos hombros de terciopelo y esos labios entreabiertos húmedos, pero sus manos seguían en su nuca y sólo podía mover sus caderas.
Ella rodeó con sus piernas la cintura y apoyó los talones en las nalgas, marcando el ritmo cada vez más frenético que los conducía a sensaciones increíbles. Una firme presión de los talones le obligó a detenerse en lo más profundo de la penetración y su verga fue absorbida por el sexo palpitante succionándole con fuerza, hasta hacerle estallar y derramarse entre gemidos. Deteniéndose el tiempo en un instante eterno.
Sus jugos empezaron a humedecer sus muslos y el aliento volvió a sus pechos, recobrando poco a poco el ritmo.
– Levántate. – Ordeno.-
- Si Ama. – Respondió,  y retrocediendo de rodillas, salió de la cálida cueva.-
Ella se levantó de la cama, con movimientos felinos y de un cajón sacó un largo pañuelo, a cuya vista Angel tembló de emoción -Aquello no había terminado- sonrió para sí y el deseo volvía a prender en él.
Rodeó con el pañuelo su cuerpo y tiró de él, conduciéndolo a la cama, donde le hizo tumbarse con un gesto. Allí, ató las muñecas al cabecero de la cama y con sendos pañuelos inmovilizó los tobillos. Angel había vuelto a reanimarse y su erección era una promesa incipiente.
Clara encendió las velas de un candelabro que colocó sobre la mesilla. Una cálida luz los envolvía cuando gateó sobre la cama y deslizó sus labios sobre la piel de su siervo. Aumentó su pulso.
Su sexo humedeció la piel de Angel, dejando su marca, su señal de hembra en el ombligo, en el pecho. Avanzó hasta el rostro y se apoyó sobre la barbilla, la nariz, antes de retirarse y besarlas suavemente aspirando su aroma, comprobando las marcas.
Apoyó sus manos sobre los hombros y retrocedió la cadera, hasta sentarse sobre el vientre, dejando que el vello acariciara sus nalgas, sintiendo entre ellas los movimientos de la verga. Acercándose a aquella boca de labios finos y gesto entregado que era un pozo de los deseos.
Abrió un bote de bálsamo y extendió una buena capa sobre los pezones, hurgando, frotando y pellizcando, dejándolos resbalar entre sus dedos, hasta que la polla dio señales de vida entre sus nalgas, que movió en encantada respuesta. Puso un poco más de bálsamo aromático y sugestivo en el pecho y tomó una de las velas del candelabro.
Se la mostró a Angel que tembló de placer y anticipación y comenzó a dejarla gotear sobre los pezones, lentamente, gota a gota. Cada una era un impacto de mil agujitas que se clavaban. A penas un instante de dolor, sucedido de una oleada de placer. Una y otra vez, hasta que los pezones quedaron cubiertos y otras gotas trazaron un camino en el pecho desde la garganta  hasta el ombligo.
Un espasmo y un jadeo con cada gota, hasta que el placer despertaba en lo más profundo de la piel y los sentidos. La vela volvió al candelabro y Clara introdujo el dedo bajo cada costra, ahuecándola hasta retirarla con facilidad. El rostro de Angel reflejaba tranquilidad después de la crispación anterior.
Le dolían los brazos de la tensión, pero no se atrevía a pedir ser liberado. Lo consideraba un fracaso, no ser capaz de soportar los juegos de aquella mujer embrujadora. Ser su juguete mientras ella lo deseara. Deseaba ser suyo.
Cuando Clara se levantó, sintió la fresca humedad que había quedado sobre su vientre, y,  cuando de la cubitera tomó un hielo, Tembló imaginando donde lo colocaría, o qué haría con ello. Aún mantenía el espasmo cuando Clara se sentó sobre él, pero ahora lo había hecho sobre su verga dura.
Ella colocó el cubito de hielo sobre los calientes pezones y lo paseó por cada marca sonrosada de la cera. Las gotitas de agua resbalaban hacia sus costados y cada pálpito de su polla estallaba contra la cálidas paredes de su prisión, haciéndola estremecer.
Tomó los pezones entre los dedos y tirando de ellos, comenzó a cabalgar al dulce potro, cuyo mayor deseo era abrazar con sus poderosos brazos a la amazona, pero estaba atado y se conformaba  con un beso, con hundirse en aquella boca sensual que lo enloquecía.
Deseaba morder esos labios bien dibujados y dejarlos resbalar entre sus dientes, explorando aquella caverna perfumada, respirar su aliento y detener el tiempo. Aquella boca sólo sonreía en la altura y se insinuaba en leves aleteos que lo encendían aún más.
La cabalgada se hizo más rápida, más larga y más profunda. Angel levantaba las caderas aumentando la penetración y el galope les condujo a ese instante en el que se abren las fuentes y se derraman por los cuerpos.
Clara se tumbó sobre Angel y lo abrazó, hundiendo su nariz en el cuello, recuperando el aliento, alargó las manos para liberarlo y sus brazos la rodearon. Quedaron quietos, hasta que sus cuerpos recordaron su independencia.
Se miraron a los ojos y descubrieron la fortuna de haberse encontrado. Compartieron la ducha y ahora Angel empezó a arrullarla, como a una valiosa joya, a adorarla.

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En París

La Rue de Castiglione era un hervidero de camionetas, repartiendo todos los productos, caprichosos e imprescindibles, en estas fechas de Navidad, de taxis y de motocicletas enloquecidas. Al fondo, la Plaza de Vêndome resultaba acogedora con sus ordenados edificios, decorada con el exquisito gusto de la exclusividad que rodeaba el obelisco de bronce.
Clara, caminaba ligera impregnándose de la mañana parisina. Acababa de llegar desde Orly y había elegido el Amadeus, frente al Sena, más discreto que el Ritz, pero con detalles amables. Demasiado postergado este viaje a París y ahora su agenda estaba repleta. La cita con Françoise Curbet, su asesor financiero de la Societé General, hacia donde se encaminaba paseando para disfrutar del ambiente matutino de su ciudad favorita. Luego estaba  Gérard, el dueño de Or Lignée su lencería. Sonrió al pensar en ello, porque liberaba sus dos pasiones secretas, la lencería y los zapatos que sólo podía conseguir en Parías, el resto sólo eran imitaciones.
Y Pierre, ballet de la Opera. Sumiso, delicado, dulce. Un cuerpo flexible y un sentido del espacio tan artístico y sugestivo que verlo moverse es un placer. Joven, vehemente y apasionado. El pelo largo en la parte superior y muy corto en la nuca,  resalta su cuello largo y sus rasgos casi de adolescente. Los huesos finos, la mandíbula afilada bajo unos  pómulos marcados, enmarcaban una boca alargada y bien dibujada bajo unos ojos fácilmente sorprendentes.
Le conoció una noche en la ópera, cuando acaba de ingresar. Poco le costó preguntar por el último bailarín del coro a su amigo Gérard, él se encargó de identificarlo y, aún se sonreía al recordarlo, enviarle centro de flores, con una discreta tarjeta invitándole a visitar la galería de arte, entonces dedicada a un estudio de coreografía.
Cuando, al día siguiente lo vio emocionado ante los cuadros, dejó que llegara hasta el final antes de abordarle con una flor similar a las del bouquette, que le hizo sonrojarse al verla.
-Bonjour messieur.-Saludó.- Permítame felicitarle por su prodigiosa actuación de ayer. Le ruego acepte esta flor.
-Bonjour madame, respondió Pierre un poco confuso. -Había relacionado rápidamente ambas flores y, ahora, miraba a Clara con una mezcla de sorpresa y timidez.
Hablaron sobre arte, secuencias y estilos. Las sorprendió la hora de almorzar y lo hicieron juntos, en la terraza acristalada de un restaurante próximo que les mostraba la abigarrada mezcla de gentes que llenaba las calles.
Pierre, tenía un aire felino. Ante su ensalada, muy relajado, reía y bromeaba con un fino sentido del humor, no distante de la sutil ironía. La conversación se hizo personal y, poco a poco, puso sobre la mesa sus sueños y proyectos. Estaba encantado con su ingreso en el ballet, era muy duro y sólo el principio, con más aprendizaje que exhibición, pero el mero hecho del ingreso le llenaba de satisfacción.
Sorprendió la mirada de Clara y sintió que hablaba desde lo más profundo de su ser. Aquellos ojos parecía que exploraban su alma y se sintió desnudo y deseado. Algo palpitó en él. A partir de ese momento, no pudo sustraerse al embrujo, y empezó a darse cuenta de la magia que irradiaba en cada gesto: al dejar la tarjeta sobre la mesa, al apartarse un rizo de la cara, al levantarse para abandonar el local. Tenía una vitalidad contagiosa.
En el hotel, dejaron sus abrigos en el recibidor de la habitación y se acomodaron en al amplio sofá. Clara le ofreció un poco de Té helado y continuaron hablando. Bastó un gesto para que se desnudara con rapidez Era como si Ella ordenara lo que él deseaba intensamente. Giselle comenzó a sonar.
-Baila para mi -Solicitó Clara.-
Pierre comenzó con unos pasos, que pronto ganaron en precisión y armonía, animado por su imagen en los espejos y, sobre todo, por la música que lo invadía, lo llenaba y lo empujaba sin pausa.
Los músculos se dibujaban bajo la piel. Improvisaba pasos y gestos como le pedía su corazón, mientras ella lo miraba sonriente.
Clara se descalzó y Pierre, condujo su baile hasta arrodillarse ante ellos y besarlos devotamente. La música cobraba significados insospechados, cuando sus manos acariciaban las largar piernas, en busca de secretos. Ella se levantó y comenzó a desnudarse, ofreciendo cada prenda a Pierre, que las introducía en una sensual coreografía salpicada de caricias, de roces apenas perfilados.
Su verga había ido creciendo y ahora se mostraba dura y palpitante cuando se detuvo en pose con los brazos en alto. Clara se acercó deslizó sus dedos por su cuerpo, desde los codos hasta la cintura.
Pierre se volvió y la besó apasionadamente en la música que los envolvía. La urgencia era perdonada por la intensidad y la impericia por la entrega.
Deslizarse en aquel cuerpo maduro y sabio, lo había subyugado. En aquel cuerpo que dirigía sus instintos, controlándolos como él sólo lo hacía con sus músculos.  Cabalgar, ondular y vaciarse entre gemidos, sólo había aumentado el ansia de continuar explorando el Paraíso.
Ella le descubrió su cuerpo, sus gustos, y placeres. Supo de su inclinación por la entrega, por las sensaciones fuertes y por saberse propiedad de, así que ello supuso una nueva vida para él.

Ahora, un reencuentro, la llenaba de dulces expectativas, sin embargo, tenía que concentrarse en sus negocios. Al menos por ahora.
Subió por la Rue de la Paix hasta la Ópera Garnier antes de entrar en al Societé General. El suntuoso vestíbulo de mármol blanco y negro, la acogió con una bocanada de calor en la fría mañana, que la obligó a desabrocharse el abrigo. Subió los desgastados escalones hasta el corazón del banco. Indicó a un empleado que comunicara su presencia a Françoise y se dispuso a disfrutar de la ambarina luz de miles de cristales que coronaban la cúpula modernista del edificio, y que proyectaban tonos dorados sobre el mosaico, de sus ricos muebles en maderas nobles y de la antigua disposición circular, que había sido respetada.
Françoise la saludó resplandeciente y bello, como siempre:
-Clara Ma cheriée ¿Cómo estás? ¡Hacía tanto tiempo que no te veía! ¡Vaya sorpresa! -Dijo con una leve inclinación, a la vez que tomaba sus mano y acercaba a sus labios.-
-Bonjour ma petite cómme ça va? -Respondió Clara sonriendo.-
La condujo a un rico despacho, donde, tras cerrar la puerta con llave, se arrodilló y besó los pies. Clara, acarició los arreglados cabellos que se ensortijaban en la nuca y le indicó que se levantara.
-Vamos a arreglar los negocios -luego, sonrió- Luego jugamos.
Despacharon las cuentas, con la eficacia habitual -Era un placer trabajar con François, su habilidad y su eficiencia eran reconocidas, pero su afecto hacia Clara, las multiplicaba.
Entre los papeles, sus manos se encontraron y los roces estallaron haciéndoles arder, hasta que trabaron los dedos y las cuidadas uñas de Clara, blanquearon la piel de las manos, bajo el costoso reloj.
Como si se hubiera tratado de una señal muda, François se levantó y comenzó a desnudarse, siguiendo el rito tantas veces soñado, hasta ofrecerse, en el centro del despacho.
Clara cogió su bolígrafo Cartier, lacado en rojo y comenzó a deslizarlo sobre la piel, de su pendiente al pecho y de ahí a su nuca, ante François, que permanecía de pie. Los labios levemente abiertos, en gestos cada vez más largos, abriendo el escote y encendiendo su propia piel del deseo por la de él, mientras se desnudaba.
La erección la llamó y se acercó, deslizando ahora el bolígrafo, por donde deseaba deslizar sus dedos, anticipando y alargando un deseo que crecía por momentos.
Sonrió divertida, cuando se dirigió a la mesa y tomó una cadena clips trabados y dos trozos de adhesivo trasparente. Se volvió hasta Françoise y acarició con sus dedos los pezones endureciéndolos antes de sujetar los extremos de la improvisada cadena con el adhesivo.
La afición de François a trabar los clips formando largas cadenas, cuando se concentraba, iba a serles muy útil esa mañana, sonrió para si Clara, tomando otra cena la colocó anillando el escroto y trabándola en la del pecho.
El frágil arnés, lo inmovilizaba, no tanto por la fuerza, como por si propio deseo. Ella recorrió su piel allí donde …
El sutil juego de caricias, acababa de empezar. El cuerpo de François se crispaba en cada gesto.

Regresó cruzando la Rue Daunuo, antes de rebasar las selectas boutiques. La discreta fachada en mármol crema y verde, estaba ahora cubierta de hojas de abeto negro, hilos de luces y ramas plateadas. A su lado, Cartier, no desmerecía en la decoración navideña y sus sugestivos productos apenas se veían en los escaparates.
Entró y recibió la cálida bienvenida de Gérard, que la tomó por ambas manos y besó sus mejillas, antes de acompañarla al saloncito donde la invitó al mejor chocolate que París, cuya receta secreta se negaba a publicar, ni tan siquiera a hacer negocio con ella, a pesar de las bromas y tentaciones constantes a que era sometido por sus amigos y clientes.
La conversación se centró en los cotilleos de rigor sobre los viejos conocidos, los planes y, por fin, de las tendencias de la lencería. Su secreto vicio, en el que derrochaba auténticas fortunas.
Gérard, se volvió y dio un par de palmadas, con su gesto amanerado más característico. Una joven morena, de aspecto asiático entró en el saloncito y escuchó atentamente las rápidas instrucciones.
-Es Lio-Chi, mi última adquisición. -Dijo volviéndose.- Sus dientes resplandecieron en su rostro oscuro y sus grandes ojos guiñaron en un gesto de entendimiento.
Gérard, hijo de una magnate del petróleo y de una conocida cantante negra, era un próspero comérciente que mantenía su comercio más por placer que por beneficio. Era su capricho y lo disfrutaba.
Poco después, comenzaron a desfilar ante ellos jóvenes modelos con toda la lencería de la que habían hablado. Las camisolas y coulottes de raso con grandes flores estampadas sobre fondos lisos o haciendo aguas, que daban un aspecto informal eran ideales para estar cómoda.
Luego vinieron las transparencias. Lisas y con bordados que mostraban todos los secretos de unos cuerpos perfectos. Gérard acariciaba las prendas y mostraba su textura con una sensualidad contagiosa. Los tonos burdeos, aceros y berenjenas brillaban bajo los focos y el discreto perfume a lavanda mecidos por la suave música ambiente los hacían embrujadores.
Clara eligió varios modelos un combinado de tanga y sujetador en transparencia negra con bordados en gris plata que coronaban una medias negras era ideal para una noche especial. Cuando descubrió un tanga de blonda que apenas adornaba las nalgas redondas como manzanas de la modelo, con un sujetador sin tirantes a juego, casi se le corta la respiración. Gérard, siempre atento, hizo acercarse a la modelo para que apreciara los detalles del conjunto.
Había llegado la hora de los juguetes y fue Lio-Chi la encargada de ello. Apareció con una bandeja sobre la que brillaban anillos y cadenas de ámbar, pinzas y prensores de joyas con un estilo antiguo, sensual y delicado, que dilataron las pupilas de Clara.
Gérar sonrió complacido ante el efecto.- Veo que te gustan, dijo.-
-Cielo, son preciosos, firmes y delicados. -Respondió Clara tomando uno de los prensores, rematado en una cadena de ámbar, mirándola al trasluz.
-Sabes que puedes probarlos, -si lo deseas- además …
-¿Además?
-Tengo una pequeña sorpresa para ti .-Sonrió con picardía.-
-Me tienes sobre ascuas ¿Qué es?
-Mira, -sonrió Gérard.-
Pierre entró en el salón, apenas vestido con un lienzo del hombro a la cintura, como en las figuras clásicas, ondeando, sin apenas cubrir en hermoso cuerpo. Descalzo, sus andares felinos le hacían flotar. Al ver a Clara sonrió y le ofreció su bandeja de juguetes.
-Gracias Gérard -Dijo Clara, encantada- esta si que es una magnífica sorpresa.
Se volvió a Pierre y lo besó con delicadeza, sintiendo en sus labios toda la tensión contenida con la que éste siempre la regalaba.
Curioseó en la bandeja y descubrió dildos delicadamente tallados, esposas de cuero con repujados de plata, ventosas dentadas -Toda una novedad- y un surtido de hilos de pedrería que, bien instalados, harían brillar a cualquier siervo.
Una leve inclinación de cabeza de Gérard, fue cuanto necesitó para iniciar su juego.

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