Archivo mensual: abril 2012

Susurros de Clara (Cuento)

Soy una poderosa hechicera que viaja sobre un dragón de viento y tu eres mi esclavo, mi favorito, mi capricho. Con quien juego en las largas horas del atardecer y en quien me apoyo para dormir.

Tu piel suave me relaja y me invita a cuantas perversiones se me ocurren, que recibes con devota excitación. Tu cuerpo precioso me adorna y alegra y tu carácter amable me acoge.

Tengo que marcharme y te dejo, por unos días en el burgo de un feudo. No es un lugar de confianza, pero tampoco es abiertamente hostil, así que te encomiendo al Marqués y parto a mis negocios.

Regreso mucho antes de lo previsto y puedo verte desde el aire. Estás en la picota, sucio, con los pies y las manos presas en el cepo. Has sido castigado como el peor de los maleantes, Marcas de azotes surcan tu espalda, un penacho sucio de sangre y excrementos adorna tu ano. Y la desolación y el dolor visten tu rostro.

El verdugo aún no ha terminado y prepara nuevos suplicios, ante la mirada satisfecha del Señor del lugar y los sacerdotes enemigos.

Arkh, oscurece el sol y todas las caras observan estupefactas su vuelo, cuando hace una pasada rasante por la plaza abriendo un amplio círculo a tu alrededor y chamuscando al verdugo y a cuantos estaban cerca.

Salto al suelo espada en mano, rompiendo, de un solo tajo, el cierre del cepo que te aprisiona. Arranco el penacho y te cubro con mi manto, echándote sobre Arkh, que te recibe con un balanceo.

Apenas puedes moverte, atenazado por el dolor y el miedo. Me miras y la alegría ilumina las lágrimas entre las greñas.

Mis ojos fulguran, los pliegues de la túnica flamean bajo el peto de cuero, cuanto monto sobre Arkh y nos lanzamos sobre el Señor del burgo y su camarilla, que caen arrasados. ¿Cómo se han atrevido a ofenderme así?

Nos dirigimos a nuestro refugio más cercano, una amplia cueva cerca de las cumbres. Allí te sumerges en un cálido baño vivificante.

Poco a poco dejas de temblar y sientes como te empiezas a diluir en el agua, abandonándote. Te acaricio suavemente, lavando tu pelo, recorriendo mis dedos tus cabellos en infinitos caminos, restañando tus heridas, pasando mis manos una y otra vez sobre ti, reconociendo tu piel palmo a palmo. Reconociendo lo que es mío y que ha sido mancillado.

Envuelto en una gruesa toalla, reposas, mientras preparo los ungüentos para curarte. Tumbado boca abajo, extiendo bálsamo sobre la parte más dolorida de tu cuerpo, mitigando el dolor. Tu ano se relaja y recupera su normalidad. El dolor se calma y con él la desazón.

– Te recuperarás. No es grave, lo superarás. -Te digo.- Ahora bebe esto y descansa.

Te arrasan las lágrimas y el llanto convulsiona tu cuerpo. Jamás habías sentido tanto dolor gratuito, nadie te había maltratado por nada, nunca habías visto tanto odio por tu Diosa y eso, eso arrastra tu cuerpo al llanto incontrolado que te impide hablar.

Apoyado sobre mi pecho, tus lágrimas me humedecen y mis manos recorren tu nuca y tu cuerpo, sintiendo poco a poco tu recuperación. Tu aliento me enerva.

Hundo mi nariz en tu cuello y aspiro con fuerza, sintiendo una convulsión en mis entrañas. Has recuperado tu olor de hombre y eso me excita.

Tus ojos vuelven a estar limpios y tu boca entreabierta invita la caricia y los cabellos húmedos resbalan cuando mis dedos toman tus orejas. Apoyo mis labios sobre los tuyos y aspiro tu aliento perfumado de deseo provocando un incendio en mi cuerpo que descubre manantiales.

Siento tu verga contra mi vientre y me aprieto contra ti, prólogo de placeres, mientras mis pechos reposan en tus manos que los recorren reconociéndolos.

Nuestros cuerpos se entrelazan en caricias infinitas. Labios húmedos se buscan y acarician lo que antes hicieran las manos.

Monto sobre ti y te cabalgo, como antes sobre las nubes. Acaricias mis pezones haciéndome gemir de placer sintiéndote en mi.

Tus manos en mis caderas me elevan una y otra vez, mostrándome paraísos de placer, mientras los rizos ocultaban mi rostro, antes de caer por la espalda..

Ahora, tumbada, siento tu aliento en mi sexo y tus labios en mis ingles, acariciando los bordes de mi vulva, haciéndome arquear la espalda y buscar apoyo para ese vértigo que se avecina.

Mi pulso se acelera y el placer me invade cuando tu sabia boca besa los labios, succiona mi clítoris y lo deja resbalar entre los dientes una y otra vez, antes de volver a presionar con la lengua, como un gatito tomando leche.

Estallo en gemidos, y la boca busca aire echando la cabeza hacia atrás. Tiro de ti, hasta hacerte que me cubras y tus brazos me rodean, sujetándome.

Te deslizas dentro de mi carne, cabalgando largo y profundo. Cada embestida, cada impacto entrecorta mi respiración y la tuya.

Tus nalgas se contraen y aumentas la frecuencia, respiramos a la vez, buscando aire que apague este fuego. Tu piel brilla de sudor y tu mirada me clava, mientras mis piernas rodean tu cintura y adelanto mis caderas recibiéndote en el fondo de mi ser.

Mi placer se desborda y mi carne te succiona, te absorve y te obliga a vaciarte, en un espasmo que detiene el tiempo.

Despacio, volvemos a tomar conciencia de los cuerpos. mojados de nuestros flujos que se deslizan por los muslos. Besas suavemente mis mejillas, el cuello y te hundes en ese rincón bajo la oreja. Caricias que nos hacen regresar.

Abrazados, frente a frente, la noche se desliza sin querer. Te invade el sueño y caes un sopor reparador. Estás vengado.

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