Clara se divierte (cont.)

– ¡Toy!
– Hola. -Saludó sonriendo .-
– ¿Cómo estás cielo? ¿Que tal la semana?
– ¡Uff! Por fin termina, he trabajado como un esclavo.-
– ¿Si? – Sonrió Clara maliciosamente –
– Ya, -Sonrió- otro tipo de esclavitud, rió suavemente.
– Pues ya puedes recuperarte rápido, te reservo una sorpresa -Dijo Clara mientras arrancaba y se sumergía en el espeso tráfico de la mañana-.
– Ya casi estoy listo .- Alardeó sacando pecho. La sombra de sus pezones bajo la camisa no pasó desapercibida para su dueña-.

Clara detuvo el coche ante un semáforo y se volvió hacia Toy, inclinándose para abrir la guantera del salpicadero. Sacó una cadenilla, rematada en pequeños mosquetones y la exhibió sonriendo. Toy se estremeció de placer.

– Ábrete la camisa. – Ordenó –

Toy obedeció sin dudar y contrajo todos sus músculos al sentir la leve tracción sobre sus anillas y el frío de la cadena, en su piel.

El semáforo se puso en verde y la vibración del motor la sentía en sus pezones, provocándole una erección. El rubor cubrió sus mejillas hasta su cuello, sin remedio.

Pronto salieron a la autopista que los sacó del tumulto, acercándolos hacia la tranquila residencia de Clara.El silencio estallaba en sus oídos, tras la música.

Entró en la finca y detuvo el coche frente al porche. La brisa jugó con su falda y se enredó en el pelo cuando bajó del coche. El perfume salado la hizo sonreír.

– Te espero en el gimnasio.

El gimnasio era una gran habitación, una de cuyas paredes era totalmente de cristal y se asomaba sobre el acantilado. La luz entraba a raudales y se reflejaba en los grandes espejos. Toy entrecerró los ojos y se acercó al ventanal, que le reflejó la erección que se había producido al desnudarse. El contacto de la cadena en su pecho y la cinta le producían un excitante vértigo. La presencia de su Ama.

La butaca de mimbre, con su alto respaldo redondo como la cola de un pavo real la acogía mientras humeaba un aromático cigarrillo y apuraba un refresco.

Toy cayó de rodillas y gateó hasta su Ama besando y lamiendo aquellos pies que adoraba. Delicadamente, dedo a dedo, sintiendo la suave textura del esmalte que enrojecía como rubíes engarzados en los dedos.

La fusta resbaló por su espalda erizándola. Clara sonreía ante los rosados pezones que se alargaban por la cadena. Apoyó la fusta en ella y presionó hacia abajo, provocando un gemido.

– ¡Hmmm! ¿Te duele? -Preguntó en un susurro-.
– No mi Dueña – Respondió roncamente, estallando una oleada de placer en su cuerpo.-
– Me alegro cielo, tengo muchas ganas de jugar contigo.
– Si Ama.

Clara se puso de pie y tiró de la correa, trabada con la fusta, haciendo que gateara tras de ella. Lo condujo hasta el bastidor en forma de cruz de aspa que ocupaba el centro de la habitación.

Apoyando la fusta en el pecho le indicó que se levantara y le mostró el aspa. Tomó un cordel de algodón. Cogió la muñeca de Toy y la ató a una de las aspas, mientras besaba casi sin tocar el rostro del siervo que no osaba moverse, sólo su polla palpitaba contra en vientre de Clara y el calor los invadía, encendiéndoles las entrañas.

Se arrodilló ante Toy para asegurar los tobillos y alzó de pronto su cabeza, enfrentando sus labios a la verga erguida, soplando quedamente, antes de acariciarla un poco.

Toy temblaba incontroladamente, apoyándose en el bastidor para sostenerse. Cerró los ojos cuando ella se alejó, recuperando el aliento. Su verga estaba a punto de explotar, pero no podía hacerlo.

Clara se acercó empujando un carrito que contenía una vela encendía y un pote con crema. Tomó un poco de crema con una mano y el sexo de Toy en la otra, masajeandolo y cubriéndolo con crema hasta hacerle enloquecer. Todos los músculos contraídos y la respiración contenida.

Pronto dejó de torturar la verga con sus caricias y cogiendo la vela, dejó caer gotas de cera, hasta cubrir completamente el glande. Toy sentía el calor instantáneo de cada gota como cientos de agujas que lo taladraban y que desaparecían de inmediato. Su glande quedó completamente cubierto y palpitante.

Sus ojos se perdían en su deseada Ama a la que se abandonaba. Ella colocó un antifaz de cuero negro sobre sus ojos y acarició con su dedo los labios de su excitante juguete.

– Espera aquí cielo – Dijo besando levemente los labios, antes de darse la vuelta y salir.-

Clara se acercó empujando un carrito que contenía una vela encendía y un pote con crema. Tomó un poco de crema con una mano y el sexo de Toy en la otra, masajeandolo y cubriéndolo con crema hasta hacerle enloquecer. Todos los músculos contraídos y la respiración contenida.

Pronto dejó de torturar la verga con sus caricias y cogiendo la vela, dejó caer gotas de cera, hasta cubrir completamente el glande. Toy sentía el calor instantáneo de cada gota como cientos de agujas que lo taladraban y que desaparecían de inmediato. Su glande quedó completamente cubierto y palpitante.

Sus ojos se perdían en su deseada Ama a la que se abandonaba. Ella colocó un antifaz de cuero negro sobre sus ojos y acarició con su dedo los labios de su excitante juguete.

– Espera aquí cielo – Dijo besando levemente los labios, antes de darse la vuelta y salir.-

Verla cruzar la puerta lo llenó de vacío. Ya había recobrado su erección tras la cera y ahora, al verla salir se sintió abandonado. Perdió su mirada en el reflejo del mar en los espejos y dejó de pensar, invadido por las imágenes y las sensaciones. Sólo podía esperar.

Sam acudió aquella tarde a su cita, con la misma expectación con la que se dirigía a todas. Ya no estaba nervioso, como en otras ocasiones, pero sentía la sensación de presión en sus entrañas que ya le resultaba familiar.

Como de costumbre, la agradable charla en la biblioteca le tranquilizó. Evaluar sus progresos en la entrega, comentar algunas técnicas y sus efectos, eran una forma de asumir más profundamente su condición de siervo en proceso de adiestramiento.

En esta ocasión, Ella no le anticipó nada de lo que le esperaba en el gimnasio. Lo que había preparado era una auténtica sorpresa y eso le producía una pequeña y agradable desazón.

El minúsculo dormitorio donde se desnudó ocultó el respingo que siemrpe sentía al ajustarse el collar al cuello. Casi sentía la tibieza de su cuerpo cuando ella se lo ajustó por primera vez, el aroma de su perfume y de su piel de hembra y en sus entrañas, volvió a sentir un extraño pellizco que le hizo palpitar.

Avanzó descalzo por el pasillo, deseando no ser visto hasta encontrarse frente a Ella. Su sóla presencia le sostenía y le hacía sentirse fuerte.

En la puerta del gimnasio estaba Marc, completamente desnudo tras la bandeja que la que había algo negro.

– Ella ha dicho que se lo ponga .-Informó Marc ofreciendo la bandeja-.

Sin responder, Sam cogió el pañuelo de espesa seda negra que se le ofrecía y miró dubitativo.

– Es un antifaz .

Sam dejó la bandeja sobre la mesita y se dispuso a ajustárselo, de forma que sólo la boca y los ojos resultaban visibles.

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