Archivo mensual: abril 2011

El Té

La Hora del Té me sorprendió en el despacho, comprobando las cuentas con Adrián, mi sobrino y joven administrador de la propiedad.

Adrián no es muy alto. Rubio y bien proporcionado. Sus acerados ojos grises, aterran a los campesinos más que sus formas casi nerviosas. Sus finas manos de pasante, son largas y delicadas

Agustina entró empujando el carrito con el servicio del té, que depositó junto a la mesa.

Jugueteé con mi fusta, rozando sus pechos por encima de la blusa, buscando unos pezones que brotaron al leve contacto, duros y erguidos.

Discreta y bien educada, apenas levantó los ojos cuando me presentó la taza humeante, y sólo el temblor de sus manos delataba su estado.

Me situé detrás de ella y de un tirón abrí su blusa, liberando unos pechos desnudos, cuyos pezones oscuros resaltaban en las aureolas contraídas, ante Adrián que levantó la cabeza al escucharlo.

Fue divertido observar su cara ante los pechos redondos y menudos de Agustina que mis manos le ofrecían, sosteniéndolos y acariciándolos con los pulgares. El firme corsé los levantaba,

Solté su pesada falda, que, al caer, dejó ver el liguero del corsé marfil que sujetaba unas espesas medias negras. Tendí mi mano ayudándola a salir de la falda (ropa) y sus tobillos encerrados en los abotonados botines tan brillantes q parecían de charol arrastraron los ojos de Adrián, que no se atrevía a mirar allí donde su deseo le llamaba.

Agustina quedó de pié, ruborizada. La blancura de sus muslos destellaba sobre las medias negras y su sexo rasurado exhibía abultado y provocadores dos jugosos labios incitadores.

– Muestra tus encantos a Adrián, querida –Le dije -.

Ella tiubeó dudando, antes de adelantar sus caderas y acercar sus manos a su sexo que abrió, mostrando su sonrosado secreto.

Detrás de Agustina el espectáculo era embriagador. Su nuca ligeramente inclinada y adornada con algunos rizos de su moño. Los hombros rectos iniciaban una espalda perfecta perfilada por el corsé que marcaba sus curvas. Sus nalgas abundantes lucían como una promesa blanca, prietas al tener las caderas adelantadas y las largas piernas semiabiertas. Frente a ella, Adrián, aún sentado en el escritorio, la miraba, acariciándola, deseándola. Indeciso al elegir la parte de su cuerpo en la que perderse.

Dibujé con mi fusta el cuerpo de Agustina, pasándola suavemente por su nuca, los hombros, las nalgas. Arrancando ligeros estremecimientos y erizando su piel.

Adrián se sorprendió al observar la fusta entre las nalgas de Agustina que se balanceaba hasta rozar su sexo, una y otra vez, arrancándola pequeños gemidos.

– Cierra la boca y no pierdas la dignidad –Amonesté a Adrián cuando descubrí que se humedecía los labios con la lengua -.
– Si –Respondió enderezándose en la silla y alisando sus ropas – Si señoría.
– Agustina, inclínate sobre el respaldo de la butaca, por favor.

Ella llegó hasta la butaca, grácil como una pantera y se inclinó sobre el respaldo, mostrando sus nalgas abiertas y el anillo rosado bien visible. Bajo él, su coño brillaba abierto y ofrecido.

– Hazlo Adrián. –Ordené entregándole la fusta.
– Si señoría –Respondió con voz ronca-

La fusta era ligera, con apenas dos correas de cuero blando para no causar daños a la piel, tan sólo estimularla.

Los primero golpes fueron tímidos, irregulares, dejando marcas de diferente intensidad en la pie. Paulatinamente se uniformaron y se extendieron de las nalgas al coño, produciendo un sonido húmedo en cada impacto.

Las cintas de cuero, ahora húmedas, impactaban con más fuerza, dejando marcas más oscuras.

Me acerqué a Agustina, cuya respiración estaba entrecortada por el esfuerzo y tomé sus pechos en mis manos, saboreando su pálpito, su temblor.

– Ya basta – Adrián, indiqué cuando el sudor empezaba a humedecer el cuello de la camisa- Dame la fusta.
– Si señoría – respondió entregándomela-

La tentación era demasiado fuerte como para resistirme así que azoté los pechos turgentes de Agustina. Apenas cinco fustazos en cada unos que la hicieron levantar la cabeza jadeando tentadora.

La erección empezaba a dolerme y ordené a Adrián que se desnudara. Su polla esta púrpura, enhiesta.

– Siéntate en la silla y que Agustina lo haga sobre ti.

Iniciaron una cabalgada lenta, larga y profunda, mientras desnudaba mi espada que surgió poderosa y hambrienta.

Me acerqué a ellos y el ano de Agustina estaba dilatado por el placer, apoyé mi verga y me deslicé con fuerza dentro, sintiendo la polla de Adrián embistiendo y empujando. Conquistando un espacio en Agustina que me pertenecía. Así que adelanté mis caderas, clavando mi rabo en su culo que se cerraba sobre él como una boca ávida.

Me agarré con fuerza a los pechos de Agustina que jadeaba y no cesaba de moverse, repartiendo su espacio entre nosotros, boqueando con los ojos cerrados.

Apenas me movía, las embestidas de Adrián enervaban mi polla y el balanceo de Agustina me sostenía en una cima gloriosa.

Sentía cada impacto, cada golpe de la polla de Adrián que empujaba la mía. Más fuerte, más rápido.

De pronto Adrián se crispó deteniéndose mientras se derramaba dentro de Agustina que se balanceaba, ahora succionándolo. No lo pude resistir más y descargué mi leche en su culo inundándolo, mientras ella, se cerraba alargando una corrida hasta detener el tiempo.

Poco a poco recuperé la respiración, sintiendo la humedad en mi pubis resbalando hacia mis muslos.

Me separé del grupo y llamé al servicio que inmediatamente trajeron unas toallas y agua caliente.

Agustina, arrodillada frente a mí, me aseó, con su delicadeza habitual y se lavó las manos, mientras Adrián se vestía.

Sus muslos brillaban cuando nos servía el té y los bocadillos. Y sus pechos lucían finas líneas rosadas como un encaje primoroso.

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Academia

Rosa

Rosa tenía 40 años y un cuerpo perfecto. Era musa de los sueños de todos los hombres que había conocido y sabía que ocupaba ese lugar en su reposo, al que se llega para refugiarse de la cotidianeidad. Lo sabía y se sentía halagada por ello.

Había experimentado la sumisión como una forma de satisfacción sexual sorprendente, por cuanto significaba dar rienda suelta a emociones en circunstancias en otras situaciones imposibles. Sentirse desposeída, entregada, prestada.

Situaciones irracionales, mudas, que simplemente suceden. Situaciones en donde los sentimientos no cuentan. Donde el poder se ejercía porque sí, porque es poder. Su cuerpo había sido excitado y satisfecho en el olvido.

Había conocido los sentimientos, la entrega y el dolor del silencio, la angustia de la sensación de vacío y de pérdida.

Había conocido la entrega en todo su esplendor.

De pronto empezó a encontrarse con seres que deseaban someterse, que necesitaban salirse de ellos mismos y entregarse, sentirse propiedad de alguien que les redimiese de su aburrimiento, pero que carecían del mínimo conocimiento, de ellos mismos, de sus posibilidades. De sus capacidades y de sus objetivos.

La feminidad asustaba y eso hacia que fuera relegada, usada y humillada a caricaturas y situaciones grotescas, cuando no crueles.

Así que decidió crear “La Academia” Un rincón donde poder enseñar a sentir aquella parte de sí mismo ajena a la racionalidad, que vive en cada ser humano, a ser lo que realmente decidían ser todos aquellos que buscando ser sometidos.

El sueño de su vida, un viejo chalet en la zona residencial más exclusiva de la ciudad, rodeado de un cuidado jardín diseñado con arbustos aromáticos y altos castaños, que aislaba la casa totalmente del exterior. El interior ofrecía todo el confort y calidez que necesitaba para su trabajo de escribir y servía de refugio para sus fantasías.

Sus alumnos eran recomendados, nada al azar. Y, el proceso de aprendizaje variaba, según cada alumno, unos apenas sobrepasaban un par de sesiones, reconociendo que su propia naturaleza les impedía continuar. Sin embargo, había quien, tras, el periodo de aprendizaje se había decantado como excelentes especialistas, compitiendo en los mejores circuitos.

La incapacidad desesperaba a Rosa, que los despedía rigurosamente. El ritual de la presentación, le proporcionaba una información vital de cada candidato, su actitud. Y, la mayor parte de las veces, no necesitaba ni realizar otras pruebas, sabiendo de antemano la naturaleza de cada aspirante.

Su información era valiosa y sólo estaba al alcance de personas capaces de apreciarla y asimilaría.

Eduard

Un día, recibió la visita de Eduard. Alguien muy especial, compañero y confidente habían compartido experiencias y largas botellas de Malta en horas de complicidad. Se sabían de lágrimas y desvelos, de alegrías y fantasías, de amores y desamores. Sus cuerpos se habían poseído con pasión y con ternura y entre ellos existía un vínculo especial, ajeno a las relaciones habituales.

Eduard le habló de Daniel, colega de búsquedas y del que sabia que estaba muy interesado en la sumisión. Daniel era un fotógrafo, con el que había confianza y que compartían su pasión por ejercer el Dominio sobre cuerpos y mentes de sumisas.

Sin embargo, una tarde de bolos y cervezas, Daniel le había confiado su secreto deseo de probar el lado oscuro, el otro lado del espejo. Para eso había investigado en las páginas de los periódicos y estaba desesperado. No soportaba las profesionales, existía demasiado formalismo para que pudiera implicarse. Las Amas reproducían la estética hasta el infinito, sin embargo su actitud era de cartón piedra y no llegaba a emocionarle. Eso, sin contar la sordidez de ciertos lugares, la frialdad, la rutina.

– Y no conocía a nadie que pudiera iniciarle en ese mundo. – Así que le hablé de ti. – Dijo Eduard- Y no me disculpo por el atrevimiento. – Continuó riéndose.-
– Vaya, vaya – respondió Rosa regocijada- menos mal que has tenido la delicadeza de decírmelo al menos, todo un detalle por tu parte, no hay duda.
– Vamos, merece la pena intentarlo, es un buen tipo.
– La verdad es que me pones en un compromiso -sonrió Rosa- sabes que mis alumnos son sumisos, jamás he sometido a ningún Amo.
– Eh!, ¿Te olvidas de mí?
– Tu no cuentas. Tu eres mi amigo y eres muy especial. No tiene nada que ver una cosa con otra.
– ¿Estás segura? Yo creo que tu eres la única persona, que conozco, capaz de mostrar a un Amo los caminos de la sumisión.
– Está bien, – dijo ella, tras sorber un poco de dorado néctar- acepto el reto, pero las condiciones serán las mías y serán las mismas que las del resto de mis alumnos.
– Sabía que podía contar contigo Rosa, eres un encanto. Le diré que te llame.
– De todas formas, antes debo verlo, espero que por lo menos hayas traído una foto suya
– Ja ja ja ja claro -la risa fuerte de Eduard se extendió entre ambos- mira te he traido estas, las hicimos en la bolera ayer.
– Estás en todo ¿eh?, cuando te propones algo, eres cuidadoso -sonrió Rosa-

Un satisfecho rostro moreno, de ojos oscuros miraba desde el papel. En la siguiente estaba lanzando una bola y su rostro concentrado volvió a colarse dentro de Rosa. Era un atractivo varón, que tenía algo que le atraía, sin poderlo describir.

Dejó las fotos sobre la mesa y siguieron hablando de sus cosas, del pasado y del futuro, como siempre, hasta que al salir Eduard sintió sobre sí el manto de los altos árboles del jardín, que amortiguaba los ruidos de la ciudad. Y con él la placentera sensación de reparadora tranquilidad que siempre le invadía tras haber pasado un rato con Rosa. Su Rosa, su confidente, ella.

Al día siguiente: Daniel

Con el sonido de la radio, acudió a su mente la cita de aquella tarde, y con ella, un ligero pellizco de nerviosismo. Al fin conocería el otro lado. Eso esperaba. Eduard le había hablado de Rosa y deseaba conocerla, ansiaba encontrarse con ella. Sabía que no sería fácil, pero lo deseaba tan intensamente. Se levantó tarde, acabó el articulo que tenía entre manos y lo mandó al e-mail. Salió a hacer las compras y comer, tenía que regresar temprano para prepararse para la entrevista. A medida que pasaban las horas, se sentía cada vez más inquieto e impaciente.

Volvió a casa, guardó las compras y se duchó y se afeitó. El cuarto de baño en blanco y negro, mostraba su cuerpo en todos los espejos. Le encantaba mirarse y comprobar que a sus 43 años su cuerpo atlético estaba en plena forma. Un cuerpo que sabia emplear a fondo para satisfacer a sus sumisas. Asomarse al espejo le hacía sonreír de placer al comprobarse tal cual se imaginaba. Pero hoy, había un punto de tensión en su rostro. Sus ojos aparecían preocupados al afeitarse.

Sólo son nervios. –Tranquilo – se dijo a sí mismo.- Te estás comportando como un adolescente en su primera cita. Y una sonrisa iluminó el rostro del espejo.

La elección de la ropa, tampoco fue sencilla, ni demasiado serio, ni demasiado Informal, un toque de distinción. Al final decidió que el toque de distinción lo pondrían la chaqueta Armani y el perfume Loewe, sobre los jeans, la camiseta y los naúticos, todo sobre tonos azules.

Aparcó su coche frente a la verja. A su alrededor, los altos castaños le cobijaban con un cálido tono cobrizo. Llamó a la puerta y al decir su nombre, escuchó el zumbido de la cancela al abrirse. Caminó por el jardín, sintiendo el perfume de los arbustos, que le Iba aislando, hasta llegar a la pequeña puerta lateral cálidamente iluminada, donde una mujer de mediana edad y porte distinguido le franqueó la puerta.

– Buenas tardes Sr. Escudero, pase por favor, le esperan – Dijo la mujer cortésmente-
– Buenas tardes, gracias – Respondió Daniel, un poco tenso. –

Camile condujo a Daniel por un pasillo donde su taconeo quedaba amortiguado por la gruesa alfombra que cubría la parte central de una brillante tarima, hasta una puerta que abrió, indicándole que pasara.

– Buenas tardes Sr. Daniel Escudero, si no me equivoco – dijo una mujer que se levantaba de su escritorio y se acercaba hacia él tendiéndole la mano.

– Buenas tardes ¿Rosa? – Respondió Daniel-
– SI, soy Rosa. Encantada de conocerle – Sonrió estrechándole la mano- ¿Desea tomar algo?
– Un Bourbon, por favor.

Rosa se dirigió hacia una de las vitrinas emplomadas y sacó dos vasos anchos, de cristal tallado. Depositó una pieza de hielo en uno de los vasos, donde sirvió el Bourbon y ninguna en el vaso donde sirvió un single Malta.

Entregó el vaso con el hielo a Daniel, – que la miró con una mezcla de sorpresa y agradecimiento- a la vez que se sentaba frente a él en el confortable sillón de cuero marrón.

Ella sabía cómo se toma el Bourbon. Ella era alta, delgada en sus pantalones sastre oscuro y la blusa de seda azul realzando su esbeltez, con el único adorno de una gargantilla de perlas blancas y azules. No la imaginaba así, con el cabello recogido y los rizos enmarcando su rostro delicado. Sus ojos dulces y los labios bien dibujados, sin apenas maquillaje. Realmente no sabía cómo imaginarla, pero, desde luego no así.

– Así que Sr. Escudero – Dijo Rosa sonriendo- está Vd. Interesado en conocer el otro lado. – Dijo de sopetón, entrando de lleno en el tema, sin darle vueltas.- ¿Cómo se le ocurrió la idea?
– La verdad, resulta difícil de explicar, – respondió Daniel- Me interesa el tema de la D/s que practico habitualmente, donde mi papel es el de Amo.
– Continúe por favor – Dijo Rosa recostándose sobre el sillón, mientras cruzaba las piernas, permitiendo asomar una delicada cadena de oro en su fino tobillo.-
– Quizás por cansancio, por inquietud de conocer cosas nuevas, pero creo que sobre todo, por saber el sentimiento de mis sumisas, qué sienten, qué piensan qué viven durante la entrega.
– Bien, esa es una curiosidad saludable, pero insuficiente para iniciar este curso, donde se descubren aspectos delicados que requieren una gran fortaleza física y una actitud mental muy equilibrada.

Aquellas palabras prendieron en el cerebro de Daniel, por primera vez las escuchaba en boca de una mujer, de un Ama. Ese era su planteamiento hacia sus sumisas, a las que seleccionaba meticulosamente, despreciando siempre cualquier imperfección, y se dispuso a responder al reto.

– La verdad es que además de sentir curiosidad, creo que hay algo más.
– Sin embargo, su tendencia es la contraria ¿verdad? De Amo. Eso imposibilita que responda adecuadamente a las exigencias del curso.

Bueno -Daniel sentía que se desmoronaba, que la ira prendía en él, estaba punto de renunciar a sus deseos y plantar a esa presuntuosa que se permitía el lujo de despreciarle.

– Supongo que mi deseo es superior a mis tendencias, que lograré controlar, además mi experiencia, me permitirá responder a sus exigencias.
– Ja ja ja ja – Rió Rosa- Me temo que su presunción es aún superior de lo que imaginaba, cuando nuestro amigo común me habló de Vd. Sr. Escudero, como Amo.
– De todos modos, me gustaría conocer la naturaleza del curso, y sus contenidos, estoy seguro de no defraudaría si me admite.
– Eso es seguro, Sr. Escudero, no me defraudará porque no podrá hacerlo. Para realizar el curso hace falta algo más que una curiosidad. Le he recibido por recomendación de nuestro amigo, pero observo que su actitud no es la adecuada en un aspirante así que no le haré perder su valioso tiempo.
– Por favor, por favor, no me eche – Suplicó Daniel, se sentía humillado y atraído por Rosa ¿Qué le estaba pasando?- escúcheme al menos.
– Adelante -La voz de Rosa era ahora fría y distante- le escucho. – Ocasionalmente me ha asaltado la idea de entregarme, – Dijo Daniel suavemente, recogiendo recuerdos- pero jamás encontré persona ni ocasión para ello, por lo que la ausencia de ambos acrecentó mi deseo. Además …
– Continúe, por favor, le escucho ¿Además?
– Además siempre he temido hacerlo, siempre he temido entregarme de verdad, esa es una de las razones por las que asumo el papel de Amo. – dijo en voz baja -.

Daniel se sentía confuso, jugueteando con el hielo, ya casi inexistente de su Bourbon- ¿Cómo podía estar contándole esas cosa a ella? ¿Cómo había conseguido esa altiva mujer ablandarle a él?. Se sentía turbado.

– Eso está mucho mejor Sr. Escudero, aún no es suficiente, pero es un claro avance – Sonrío Rosa- ¿Cree que tiene que decirme alguna otra cosa?

Ahora sintió una gran alegría, había abierto un resquicio en la puerta, se sentía vapuleado, pero las nuevas expectativas le estimulaban y por otro lado se sentía comprendido en sus más secretas inquietudes y temores.

– Creo saber – Titubeó, otra vez resurgieron sus propias barreras- bueno que me entregaré con mis miedos incluidos – sonrió -.
– Entonces Sr. Escudero, ya puedo explicarle la naturaleza del curso, que consiste en una serie de pruebas excluyentes que deberá ir superando.
– Comprendo.
– Por su parte, participará en reuniones donde evaluaremos su situación durante el proceso, cambios que le han podido afectar, etc. No deseamos que tenga ningún problema. – Más adelante, existe una parte de especialización, de la que hablaremos en su momento.
– Y a la que me encantaría llegar – Dijo Daniel sonriendo.
– Entonces, si lo desea, podemos empezar hoy mismo.
– Si – la sonrisa se ensanchó en rostro de Daniel- sería feliz de empezar ahora mismo.

Rosa se levantó, dando por terminada la entrevista, mientras indicaba a Daniel que acompañara a Camile, que ya esperaba, silenciosamente, en la puerta.

– Camile le guiará y le indicará las normas que rigen para los alumnos. – Gracias, si – sonrió Daniel, dejando el vaso sobre la mesita baja que había entre los sofás.-

Camile condujo a Daniel hasta una pequeña habitación, al otro lado de la casa. Un pequeño dormitorio, austeramente amueblado, apenas una celda monacal, decorado en tonos grises, donde una cama y una silla eran sus únicos muebles.

– Desnúdese.
– Si – respondió Daniel confuso.
– Hágalo dignamente, por favor, primero el calzado, luego la camisa y por fin los pantalones y la ropa interior.

Daniel empezaba a sentirse desconcertado, le ordenaban hasta lo más sencillo, su iniciativa quedaba reducida a nada.

– Las normas son las siguientes:
– Si.
– Guardará silencio, a menos que se le pregunte, su mirada estará siempre baja y su erección se valorará positivamente, como deseo y control.

Escuchaba el desgranar de las normas que se afincaban en su mente, neutralizándola. Su deseo le avergonzaba y al oírlo mencionar de forma tan descarnada, se hizo más patente.

– Arrodíllese, ponga las manos detrás de su nuca y sígame.

Daniel asintió con la cabeza y se dispuso a obedecerla, avanzando de rodillas, según lo indicado. La mullida alfombra amortiguaba sus rodillas, pero el roce de la lana, pronto se dejó sentir.

Llegaron hasta el despacho donde había estado. Y Camile le dejó frente a la gran chimenea, sólo, arrodillado. Marchándose sin ruido, como siempre se movía.

Se esforzaba por cumplir cuidadosamente las normas, desconocía la naturaleza de los castigos que podían infligirle, pero de todos, el que más temía era la expulsión. Ahora, arrodillado, veía desde otro ángulo los muebles, la rica decoración de grabados, esculturas y antiguos volúmenes. Sorprendió su reflejo en una de las vitrinas, como en su cuarto de baño, su sexo erguido, deseando y volvió a sonreír satisfecho, lo estaba consiguiendo.

El tiempo se deslizaba y sus ojos se elevaron discretamente, hasta encontrar a Rosa sentada ante su mesa, ocupada revisando unos folios. ¡Está ahí! – pensó Daniel excitado- Su figura se recortaba contra el ventanal que brillaba con las últimas luces de la tarde, que hacían brillar los cabellos sueltos. Su deseó aumentó, parecía frágil en esa postura y tan atractiva que su verga palpitó.

Se perdió en sus ensoñaciones, mirando fijamente a Rosa. Rosa levantó la vista tropezando con la suya y era una mirada dura, insostenible, su rostro se cerró cuando levantó la ceja.

– ¡Dios mío pillado! De repente cayó sobre él el recuerdo de las normas -mirada baja- Lo siento, no debí -farfulló Daniel confundido-
– Segunda norma violada en menos de 15 segundos. Eres rápido.

Rosa lo miraba fijamente, con el rostro muy serio y Daniel estaba confundido, apenas sabía que hacer, rápidamente bajó su vista al suelo y no se movió, aguantando las punzadas que empezaban a darle los músculos, ante la incomodidad de la postura.

– Ven, acércate

Daniel se acercó hasta el ventanal rodeando el escritorio, hasta la butaca donde estaba ella sentada.

Rosa tomó entre sus manos el rostro encendido de Daniel y pasó sus fríos pulgares por las mejillas, observándolo detenidamente. Disfrutando de su temblor y su calor. Era maravilloso sentirlo así. Sintió una punzada de deseo en sus entrañas.

De unos de los cajones, sin volverse, sacó una máscara de cuero que colocó sobre la cara de Daniel, atando, hábilmente los cierres en la nuca.

Daniel sintió el contacto del cuero en su frente y su nariz. El olor al cuero le inundó y las cintas dificultaban su visión.

Rosa volvió a tomar el rostro de Daniel y acercó sus labios entreabierto al orificio de la máscara, en la boca, respirando su aliento y apenas depositó un beso sobre ellos, que estremeció a Daniel, haciendo palpitar su sexo.

– Ponte de pie y camina ante la mesa del despacho, hasta la ventana y vuelve

Se irguió y caminó los 10 pasos que le separaban de la ventana del fondo, giró y regresó, haciendo la primera pasarela de su vida. Al principio turbado, luego, recobrando la confianza, satisfecho. Exhibiéndose.

Rosa estudió el cuerpo detenidamente. Los pies delgados, los músculos de las piernas dibujándose bajo la piel en cada zancada, las nalgas prietas y la espalda bien formada. Los rectos hombros y la orgullosa nuca. El conjunto no desmerecía de la foto que había visto la tarde anterior.

Al girarse, saboreó el suave vaivén de la erección, el vientre liso y el pecho proporcionado. Se detuvo sonriente en el hoyuelo debajo de la nuez, que le provocó una oleada en las entrañas. Merecía la pena intentarlo. – Continúa hasta la pared y apoya tus manos sobre ella.

Daniel avanzó hasta el lugar indicado y apoyó sus manos, quedando a, escaso, un metro de la pared.

Rosa se levantó y se acercó sin ruído.

Él percibió su aroma, adelantando su llegada. El roce de la seda en su espalda. Agachó la cabeza, ofreciendo su nuca, conteniéndose.

Rosa deslizó un dedo, desde las nalgas hasta el cuello y desde ahí, jugueteando, bajó por el brazo hasta el codo. Hundió su nariz en el hueco del hombro de Daniel y espiró su aroma de Loewe y el propio a macho que exhalaba. Sonrió satisfecha.

Daniel descubrió entonces una mesita auxiliar, en la que no había reparado y, sobre la que reposaban una amplia gama de consoladores, de todas las formas y tamaños. No pudo contener un estremecimiento. Aquello le mostraba un aspecto de Rosa que lo aterrorizó, pero ya no tenía remedio. Se sentía abandonado y su existencia empezaba a perder sentido en el vacío

Rosa tomó uno de ellos y lo deslizó por su espalda, en sentido contrario a la caricia del dedo, deteniéndose en el ano, sobre el que presionó delicadamente. Daniel se arqueó y apenas pudo controlarse, cuando sintió la caricia del dildo entre sus piernas, rozando sus muslos en infinitos trazos ascendentes.

Otra vez la presión en su ano, pero esta vez era insospechadamente firme y sintió abrirse sus entrañas. El miedo al dolor lo paralizó, sin embargo, suaves movimientos giratorios invadieron su cuerpo provocando la ondulación de sus caderas.

El dolor se mezclaba con el placer oscureciendo su mente, apagando sus pensamientos y reactivando una gran erección. La respiración se le entrecortaba con cada avance en su cuerpo, admitiéndolo, disfrutándolo.

Rosa no perdía detalle de los gestos en la cara de Daniel, los ojos cerrados, apretados con la presión y relajados al detenerse, saboreando cada giro, cada vaivén, cada vez más profundo. Estaba valorando las posibilidades de Daniel y estaba muy satisfecha por los resultados.

Acarició delicadamente el pecho, descendiendo hasta el ombligo. Apoyó la palma de su mano en el vientre plano de Daniel, sintiendo su firmeza y las contracciones que estimulaba el consolador. Sus dejos se enredaron en el rizoso pubis y acarició la verga, ya púrpura en su cabeza brillante.

La humedad brotó y la extendió deliciosamente, despertando placeres ignotos. Aspiró fuertemente, llenándose de aromas excitantes y se alejó, dejando a Daniel apoyado sobre la pared, jadeando.

La sintió alejarse y la angustia lo invadió, ¿qué iba a ocurrir entonces? Estaba muy excitado y necesitaba, vivamente vaciarse, pero Ella se había ido y, por primera vez sintió la necesidad de su presencia, que lo mantenía.

Rosa volvió a su mesa de despacho y Camile apareció en el umbral de la puerta.

– Llévalo al baño y que desagüe, no quiero que mañana esté incómodo.

Daniel al oírlo se sintió desfallecer. Su erección se perdió y las lágrimas afloraron a sus ojos. Aquello estaba resultando más duro de lo que había imaginado.

Caminó detrás de Camile hasta un gran cuarto de baño en alabastro rosa.

– Mastúrbese hasta desaguar

La orden, con tal distancia, la frialdad del cuarto de baño, la seca imagen de Camile vigilando y, sobre todo, la ausencia de Rosa evitaban cualquier facilidad lujuriosa. Su erección había desaparecido y el desconcierto progresaba en su corazón. Pero, era una orden y debía cumplirla. Le habían indicado que la erección se valoraría positivamente y ahora era una exigencia a la que no sabía si podría responder.

Empezó a obedecerla despacio, intentando recomponer la imagen de Rosa momentos antes, cuando sentía el roce de la seda en la piel y su aliento húmedo y caliente despertando sus poros. Recordar sus manos recorriéndole el cuerpo, con una dulzura que ya creía olvidada. Su cuerpo reaccionó y consiguió vaciarse. Al contraer las nalgas, recordó la presencia del consolador en su ano y su explosión aumentó en el último instante.

Camile se acercó por detrás y de un tirón retiró el consolador, dejando una terrible sensación de vacío en su cuerpo.

– Dúchese ahora -Ordenó-

Daniel se duchó mecánicamente, tratando de no pensar en nada. Había aceptado y eso era su único punto de apoyo. Su consuelo saber que lo siguiente que haría, sería cumplir una orden de Rosa .

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