Cena y sorpresa

Ella aprendió a lavarse las manos muy niña, por afán de hacer burbujas, pompas de jabón que soplar y mantener en el aire hasta que estallaran, Unía sus deditos y soplaba sobre la tenue película hasta formar una pompa, luego los cerraba y la tocaba manteniéndola en el aire hasta que se fragmentaba, se tornasolaba y estallaba. Burbujas hasta que un adulto venía y terminaba con el juego.

Esa mañana jugaba con sus deseos y con su sueños, como de niña con las burbujas. Las creaba y las suspendía hasta q estallaban. Deseaba un encuentro fortuito. Una sorpresa. Verle por la calle y que la reconociera. Que sus miradas quedasen enganchadas y sus palabras suspendidas, porque la situación no permitía el reconocimiento. Luego, ya se encontrarían, pero deseaba ese reencuentro. Su vientre ardía y su cuerpo se llenaba de sensaciones chispeantes.

Tenía una cena con las compañeras de trabajo. Cena de “marujis”. Fue divertida, comentarios, bromas y chistes la pusieron de buen humor. Después fueron a bailar y a tomar una copa. La conversación derivó hacia temas aburridos, y sobre todo el silencio bajo la música atronadora, agarrada a un vaso.

Las mismas caras, el tedio y volvía a jugar con las pompas de su deseo, él no estaba y le veía en cada nuca, un perfil… lo buscaba sabiendo de su ausencia.

Se acercó Jesús. Lo conocía del gimnasio y le encantaba, la agarró de la mano y la sacó a bailar. Ante las miradas de sus compañeras.

Colocó su mano la cintura y tomó la otra con la suya. La música unió sus cuerpos y el balanceo de sus caderas se acomodó al ritmo.

Las primeras vueltas les mostraron lo que podían hacer y al volver a abrazarse lo hicieron intensamente, haciendo el baile más íntimo, unidos desde las rodillas a las mejillas. Sintiéndose.

Era divertido y sensual. Ella se olvidó de la nostalgia abandonándose en ese cuerpo que la acariciaba y en esas manos que la guiaban, ora empujando su cadera en una vuelta, ora atrayéndola hasta que se abandonaba sin remedio.

El ritmo suave la apoyó contra Jesús. Recuperando el aliento, su aroma la inundaba y sentía en el cuerpo la presión de su deseo que despertaba el suyo, cuando las manos se deslizaron hasta las nalgas acariciándolas suavemente.

El aliento en su oído, apenas un murmulla bajo la música la hicieron levantar la vista hasta mirarle a los ojos. Era una invitación que aceptó sonriente.

Ya no la dejaba. Se acercó hasta el grupo de compañeras, cogió su abrigo y se despidió con un guiño.

En la calle hacía frío y Jesús abrazó su temblor con un beso, intenso y profundo que la empujó a explorar ese cuerpo delicioso y acogedor.

– ¿Donde vamos? -Preguntó ella-
– ¿Vamos a tomar algo o … ?
– Tengo ahí el coche, nos montamos y lo decidimos, q me estoy quedando helada.

Montaron y arrancó. En el primer semáforo concertaron ir al piso de él. No estaba muy lejos y vivía solo.

Al bajar del coche, él la abrazó por detrás, besando su cuello, mientras sus manos presionaban el vientre y ella se echaba hacia atrás, sintiendo la verga dura contra sus nalgas.

Abrió la puerta y se besaron en el umbral. Rodeó con sus piernas el cuerpo de él cuando alzándola, la llevó en sus brazos, entre besos hasta la cama, donde la depositó suavemente.

Entre besos, se abrió la camisa, y la estrecha falda de cuero, mostrando un conjunto de liguero a juego con las medias.

Ella se incorporó y liberó el cuerpo de Jesús de la camisa, que cayó al suelo junto con la chaqueta, mientras descubría esa verga que había sentido antes sobre su cuerpo.

La tomó entre sus manos y comenzó a besarla, lamiéndola y acariciándola, desde su base hasta el glande, presionando y succionando despacio hasta que sintió los ahogados jadeos de Jesús.

Entonces, la alzó y comenzó a lamer el escroto, chupeteando la piel y tironeando de ella con los labios, tensándola, mientras continuaba acariciando el tronco entre sus manos, hasta introducir cada testículo en su boca, que acariciaba con la lengua. Era una sensación deliciosa. La piel conservaba aún su aroma a jabón, apenas cubierto por el perfume del deseo que hablaba directamente a sus sentidos.

Volvió a besar el glande, introduciéndoselo en la boca y continuó su ascenso por el vientre, los pezones, donde se detuvo mordisqueándolos, mientras era abrazada.

Al llegar a la boca, se besaron apasionadamente, dando suelta a un deseo que los embargaba. Explorando y acariciando los labios, dibujándolos con la lengua y haciéndolos resbalar entre los dientes y los labios, mientras sus sexos se buscaban.

Sintió la verga entre sus pierna y la acomodó presionando sobre su vulva, cabalgándola hasta convulsionar sobre ella una y otra vez, contrayendo todos los músculos de su cuerpo.

Él apoyó sus manos sobre las nalgas, abriéndolas y deslizándose dentro, clavándose profundamente, mientras ella gemía de placer.

La alzó y sintió sus piernas en torno a la cintura, aprisionándolo en cálida y celestial cueva, que conquistaba en cada embestida.

La espalda contra la pared, se arqueaba, ajustando el cuerpo con más precisión al otro en una lucha sin cuartel, donde el enemigo sólo era el deseo por satisfacer.

Crispados, cayeron sobre la cama jadeantes, recuperándose poco a poco, entre caricias, mientras cada movimiento los volvía a encender de nuevo. cada gesto re conocimiento, cada caricia, arrancaba una cascada de sensaciones y deseos. Un hambre de besos que pugnaban por saciar.

Los besos eran caricia y maltrato de pasión, los dientes resbalaban sobre la piel encendiéndola, el aliento compartido cada vez más perfumado y las salivas tan dulces como el mejor manjar se hacían tan irresistibles que los unían obligándolos a hundirse sin remedio.

Ella, tumbada boca abajo, abrazando la almohada, curada de la nostalgia, sólo sentía aquel cuerpo largo y fuerte junto al suyo. Ronroneaba cuando los besos se abrieron camino desde su nuca, deslizándose sin prisa por su espalda.

Las manos la exploraban y ella se acomodaba a cada caricia, abandonándose a sentir cómo se abrían sus fuentes. Cuando notó la verga entre sus nalgas y el aliento le ardía en la piel, sólo pudo arquearse y hacerla resbalar en su seno.

Cruzó las piernas aumentando la presión y comenzó a balancear sus caderas en ascendente cadencia hasta convulsionar sobre la verga aún húmeda de espumas anteriores.

Sus pechos prisioneros, la empujaban mas y más en su placer hasta quedar floja y sin aliento.

Entonces, Jesús, apoyó sus manos en las caderas, alzando su grupa y embistió con firmeza una y otra vez, deteniendo el tiempo en cada impacto, marcando un ritmo de alientos frenético hasta crisparse y vaciarse lenta y profundamente, agotado.

El sueño los encontró abrazados sin palabras y la mañana los sorprendió sonrientes.

– Compartimos una ducha?

No era una propuesta, era una promesa antes de desayunar.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Blanco

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s