Merienda

Regresé a casa, tras una dura y agotadora jornada de trabajo. Pedro, en el jardín, me preparaba un refrescante cóctel. Sus anchas espaldas, su esplendoroso cuerpo, se recortaban contra el horizonte, mientras agitaba el hielo. Se volvió al escuchar mis pasos por el salón, sonriente ofreciéndome un copa cónica.

– Hola cielo ¿Cómo estás? –Saludé-
– Bien mi AMA, gracias

Le miré intensamente, por encima de la copa. Saboreando el brillo de su piel, la proporción de sus curvas. Su cuerpo. Descalzo, vestía una faldilla de algodón plisado, sujeta con un cinturón de cuero, que apenas ocultaba su erección, a partir de su anillo. Una promesa para los sentidos.

Levanté su faldilla, sonriendo ante sus nalgas sonrosadas. Había sido convenientemente preparado y mi gesto le sonrojó, excitándole a la vez.

Un sorbo a la copa mientras me acercaba y secaba, luego, mis labios en sus hombros. Tan próxima a su cuerpo que sentí su palpitar.

– Hoy tenemos una invitada muy especial a merendar –Informé-
– Si mi Ama –Respondió algo sorprendido-
– Vendrá enseguida, así que será mejor que me acompañes.

Deposité la copa en la barra del bar y entré por el gran ventanal del dormitorio que se abría al jardín, seguida de Pedro. Quería estar preparada para recibir a mi buena amiga Rosa.

Había previsto una tarde muy femenina, pero con ella no valía la pena hacer planes. Seguro que improvisaríamos algo.

Pedro recogió la ropa mientras me duchaba y me esperaba con una gruesa toalla cuando abrí la mampara, envolviéndome cariñosamente.

Sus manos recorrieron mi cuerpo secándolo y acariciándolo discretamente y en sus ojos se leía toda la devoción que podía esperar.

Me senté frente al tocador y dejé caer la toalla en torno a la silla. Pedro tomó un cepillo y comenzó a peinar la cabellera que acababa de soltar.

Su vientre junto a mi cara era una tentación, que no puede resistir. Mis mejillas en su piel cálida y perfumada y deslicé mi mano entre sus muslos, acariciándolos hasta llegar a sus huevos contraídos y su verga vigorosa, apenas separada de mi rostro por la faldilla que vestía. Gimió.

Recogí el pelo en lo alto de la cabeza, dejando algunos rizos sueltos y me puse un cómodo vestido liso. Estaba lista para recibir a mi amiga.

En ese momento sonó el timbre. Ya estaba. Su puntualidad era indiscutible.

– Quítate la ropa –Ordené a Pedro que me miró suplicante-
– Si mi Ama, ahora mismo –Respondió haciéndolo-
– Espera que se te avise –Indiqué pasando un dedo por el anillo que adornaba la base de su verga-
– Si –Asintió, tragando saliva-

Salí a recibir a Rosa que Esteban había acompañado hasta el salón. Elegante, como siempre, sonrió cuando nos abrazamos.

– ¡Clara! –Exclamó- ¡Qué ganas tenía de verte!
– ¡Y yo a ti, compañera! –Respondí besándola en ambas mejillas- ¿Qué tal el viaje?
– Estás preciosa –Comentó alabando el sencillo vestido- ¿Cómo te ha ido esta temporada? Ya te contaré mi viaje.
– Muy bien. Quiero que conozcas a alguien muy especial que me ha ganado.
– ¿Te has enamorado? ¡No fastidies!
– ¡Pero que cosas dices! Sólo he encontrado un juguete nuevo y maravilloso. Encantador y adorable.
– ¿Qué compartirás conmigo? Se te ve entusiasmada
– ¡Claro que lo estoy, mujer! Eres mi mejor amiga. Además –cuchicheé- ya está casi entrenado.
– ¿Lo conoces hace mucho? No demasiado, pero ya había sido adiestrado, así que sólo he tenido que “personalizar” su devoción Ja ja ja
– Eres un demonio. ¡Venga! Estoy impaciente por conocerlo.
– Tranquila, será todo para ti Ja ja ja. Ven, vamos a sentarnos –Invité a Rosa -.

Nos sentamos en un velador del jardín. Esteban, solícito separó la silla, acomodándola ante la mesa ya dispuesta para la merienda.

Bajo el emparrado y rodeadas de bustos y estatuas romanas, el tiempo se detenía en el espeso cesped, arrullado por la cascada de la piscina.

– Esteban, cielo ¡Cuento tiempo sin verte! ¿Cómo te trata Clara? Ya sabes que las puertas de mi casa están siempre abiertas para ti –Bromeó Clara-
– Buenas tardes Doña Rosa –Saludó respetuosamente- Encantado de saludarla, pero me temo que debo declinar su invitación, Gracias.
– La merienda, por favor, Esteban –Indiqué sonriendo-
– Si señora, enseguida.

Esteban sirvió canapés y emparedados, acompañando un perfumado té helado, mientras nos relajábamos. Continuamos bromeando y hablando del viaje de Rosa, sus impresiones, experiencias, nuevos amigos etc

Pedro entró desnudo, adornado con su anillo. Un poco tímido, aunque sin poder precisar si se debía a cortedad o al ritual.

Se me acercó y arrodillándose, tomó mis pies descalzos, los besó devotamente. Para regocijo de Rosa que no le quitaba los ojos de encima, lanzándome miradas de aprobación y sonrisas cómplices.

– Así que ¿Esta es la sorpresa?
– Ya verás, curiosa –sonreí- Baila para nosotras –Ordené a Pedro-.

Sorprendido por la orden, se levantó y se dirigió al equipo, donde empezó a sonar la cálida música caribeña.

Tímidamente inició unos pasos de baile.

– No, así no. Baila merengue –Amonesté.

Sonrojado de vergüenza, Pedro empezó a moverse, ondulando insinuantemente las caderas, hasta que fue arrastrado por ritmo hasta un frenético vaivén.

Su escultural cuerpo moreno se movía sin cesar con la cálida música. Vuelta tras vuelta, su piel canela brillaba a la luz de la tarde, como bronce bruñido, dibujándose bajo ella todos los músculos. Sus largas piernas, el vientre plano, las nalgas menudas y duras que se contraían como una promesa. Su polla dura se balanceaba rítmicamente y los brazos alargándose y recogiéndose era una invitación.

– Sólo sabe bailar? –Preguntó Rosa divertida-
– Observa y verás –Respondí riéndome- Pedro, termina de servir tu la merienda, por favor.
– Si mi Ama –dijo-

Pedro se acercó y su piel brillante de sudor nos inundó con una dulce fragancia almizcleña a macho que arrasaba nuestros sentidos.

Sirvió una copa de helado a Rosa, por su derecha, como un perfecto camarero.

Cuando se volvió para tomar la salsa de chocolate, Rosa se giró y, pícaramente, acercó su nariz a la parte alta de sus nalgas (justo donde ponen las inyecciones) donde olisqueó y resopló suavemente erizando todos los poros de la espalda de Pedro que ahogó un sonido.

Al ofrecer la salsera de chocolate a Rosa, tenía las mejillas arreboladas y una intensa erección, que ponía color púrpura el glande.

Rosa tomó la cucharilla de servir y cogió un poco de helado de su copa. Lanzó una mirada de reojo a Pedro y, sonriendo, depositó suavemente el helado sobre la polla, que palpitó al contacto.

El helado se derritió y resbaló hasta el pubis, dejando un rastro de vainilla. Pedro contuvo gemido.

Ahora, hundió la cucharilla en la salsa de chocolate caliente, que a penas titilaba con el temblor de la mano de Pedro y tomó un poco, que depositó sobre las bolas de helado de su copa. Repitió la operación, decorando ahora el glande de Pedro, cuyo temblor resultaba muy apreciable.

– Adoro el helado con salsa de chocolate –Confesó Rosa sonriendo-
– Lo sé cielo, por eso lo he preparados para merendar –Sonreí-

Rosa, tras esta confesión, tomó delicadamente la polla de Pedro y empezó a lamer, golosamente, el helado con el chocolate, desde el glande hasta el pubis. Disfrutando en cada lamida todas las sensaciones que le producía, hasta que al terminar con el helado, succionó el glande.

Pedro, mirando al fijamente al frente aguantaba la respiración. Apenas movía un músculo en su dulce suplicio y yo me sentía muy satisfecha de su buen comportamiento. Mis entrañas se contraían de placer.

Mi helado permanecía aún sin servir y no estaba dispuesta a perderme el espectáculo, ni a privar a Rosa de su diversión.

Cuando Rosa terminó Pedro, confundido, me miró esperando una orden o señal que le indicara lo que se esperaba de él. Estaba muy excitado.

– Ven, siéntate –Le indiqué, mostrándole una silla entre nosotras-

Se sentó, con las piernas abiertas a la anchura de las caderas, como se le había enseñado y dejando sus manos colgando del reposabrazos. Rosa me lanzó una mirada interrogativa.

– Esteban, el hielo por favor. –Sonreí a Rosa-

Esteban me entregó la hielera, de donde tomé un cubito, con las pinzas, y volviéndome a Pedro, lo apoyé sobre su pezón izquierdo, acariciándolo, hasta que gotas de agua corrieron por su costado y su vientre, por su piel ardiente.

Hice lo mismo con el otro pezón hasta que se contrajo, yendo de un pezón al otro hasta que estuvieron perfectamente contraídos, arrugados y endurecidos, Su polla palpitaba en cada contacto.

Entonces tomé una de las velas que decoraban la mesa y Rosa, al ver el gesto, tomó la otra.

Dejamos caer cera derretida sobre los duros pezones, hasta cubrirlos completamente con una gruesa capa que lo dejó azules.

Deposité la vela sobre la mesa y con un par de suaves golpecitos comprobé que el grado de enfriamiento de la cera era el adecuado.

Introduje una uña entre la costra de cera y la piel, ahuecándola hasta despegarla por completo. Retiré un molde perfecto del pezón izquierdo, que deposité sobre una bandeja de plata.

Repetí la operación con el pezón derecho y le entregué la bandeja con ambos moldes a Rosa, que la aceptó alborozada. Ella conocía el significado de este ritual. Ahora, Pedro sería suyo, sería el regalo hospitalario de la anfitriona a su huésped.

Yo me había excitado mucho con la merienda, así que recogí la falda sobre mis muslos y comencé a masturbarme lentamente, mostrando mi sexo rosado y brillante.

Rosa se levantó y se me acercó, depositando un cálido beso en mis labios, un aleteo de aliento encendido que saboreé gustosa.

Tomó del brazo a Pedro, haciendo que se levantara y apoyara sus brazos sobre la mesa, frente a mí.

Con un golpecito de sus sandalias le indicó que abriera las piernas. Tomó una fusta que adornaba el emparrado y comenzó a azotar sus nalgas.

Su cara estaba tan cerca de mi sexo, que casi sentía en él sus jadeos a cada impacto y mis pezones florecieron de placer.

Esteban se situó detrás de mí. Tomé su mano que guié hasta mis pechos, los cuales empezó a acariciar y tironear sabiamente, conduciéndome a la cumbre del placer una y otra vez.

Los pechos de Rosa bailaban bajo la blusa con cada impacto, y algunos rizos colgaban sueltos de su recogido, enmarcando su arrebolado rostro. Sus ojos brillaban.

Cuando rosa se detuvo, indicó a Pedro que se arrodillara ante ella, que se había sentado, con las piernas entreabiertas.

Empujó la cabeza de Pedro hasta su bien arreglado coño, indicando que se lo lamiera, en un solo gesto.

La eficacia de Pedro no quedó en entredicho, al alcanzar Rosa el primero de varios orgasmos

Rosa se incorporó y apoyó sus manos en los hombros de Pedro, empujando hasta hacerlo caer sobre el mullido césped, donde quedó tumbado boca arriba, siendo montado por Rosa, de inmediato, que lo cabalgó lenta y profundamente.

Yo estiré mis brazos, buscando liberar el sexo de mi fiel Esteban, que ya estaba dispuesto.

Me volví y le miré sonriendo. Sus ojos brillaron ocultando una delatora sonrisa, cuando le solté el pantalón que cayó con apenas un crujido.

Tomé su verga entre mis manos y lamí ávidamente su glande, empapándolo y jugueteando con el frenillo, mientras sus manos continuaban acariciando suavemente mis pezones.

Me levanté y me dirigí hacia una de las cómodas tumbonas, donde me dejé caer entre sus brazos amorosos.

Su polla presionó sobre mi coño, sin llegar a entrar, moviéndose y extendiendo mis jugos. Haciendo que la ansiedad me hiciera elevar mis caderas y hacerlo resbalar en la profunda sima.

Mi boca en su cuello y la suya en mi pelo nos enervaba en un incontrolable vaivén, frenético por momentos.

Busqué sus labios para saciar mi ardor y me hundí en su boca, cuando sus dientes resbalaban sobre mis labios.

Su pericia llevaba mi cuerpo de clímax en clímax, disminuyendo el ritmo y aumentándolo para hacer infinito el placer.

La respiración al unísono, acompasada por cada golpe se hizo más rápida.

Sus nalgas se endurecieron, penetrándome profundamente y manteniendo la presión hasta que mi cuerpo se desbordó sobre su carne, presionando y succionando. Palpitando y absorbiendo ansioso su licor, como la tierra el agua.

Se apartó despacito, abrazándome y acariciando mi piel con gestos delicados. Cientos de besos mientras nos recuperábamos.

Sus ojos eran pozos sin fondo en los que perderse cuando me ayudó a incorporarme

Lo besé brevemente y me dirigí hacia Rosa, que saboreaba satisfecha una nueva copa de helado, de la que me ofreció una cuhcarada que paladeé encantada.

– Maravilloso –Sonrió- Simplemente delicioso. Es un placer venir a esta casa.
– No exageres –Respondí encantada sentándome a su lado para saborear el helado.-

Retomamos la conversación del viaje, las experiencias y los recuerdos, mientras la tarde caía sobre la ciudad. Un jardín colgante, en un ático, tiene muchas ventajas, decidimos entre carcajadas.

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