Archivo mensual: mayo 2010

Expectación

Expectación (Leer en RAE)

Un par de fotos, metáforas de entrega, en este caso la sumisa es ella, que me gustan por su sensualidad y elegancia.

Expectante: A la espera de su Amo.

Metáfora de sumisión

Expectante y entregada en un gesto.

Metáfora de entrega, caricia atrevida

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Carlos

Me llamo Carlos, tengo 34 años y soy sumiso de Clara. Dicho así parece la presentación en una reunión de desintoxicación. Sin embargo, lo reconozco, estoy enganchado, pero no deseo dejarlo.

Clara es mi Ama, una mujer excepcional. Ejecutiva brillante, atractiva y con un poder irresistible. Jamás conocí a nadie como ella, dulce y perversa, sensual y excitante. Rigurosa hasta la crueldad y exigente hasta le exasperación.

La conocí cuando me compró en Roma. Una subasta exclusiva para socios. La organización había reservado la planta superior del Hotel Plaza. En varias habitaciones comunicadas, había dispuesto los stands de exposición. Otras servían de camerinos y por fin estaban las dedicadas a despachos y negocios. Todo con un aspecto extraordinariamente funcional y operativo. Cualquier curioso hubiera imaginado la presentación de un inocente producto, sin llegar ni siquiera a soñar q el objeto de promoción éramos nosotros.

Habíamos llegado por la mañana, siendo recibidos por empleados que nos facilitaron nuestras acreditaciones y programa de actividades, indicándonos los lugares que debíamos ocupar.

Digo habíamos, porque a mí me llevó Misstres Latina mi entrenadora. Un Ama profesional que durante 6 meses me había iniciado en los secretos de la sumisión. Y, consideraba la subasta como prueba definitiva de capacitación e introducción en los círculos habituales. Habíamos planteado la presencia sólo a efectos de participación y, ni remotamente, plateamos la posibilidad de una transmisión. Ella sabía que no me atrevía a dar el paso, aunque estuviera preparado.

Tras recoger la documentación, Misstres Latina me llevó hasta el camerino, donde nos preparamos para la exposición y presencia en el stand asignado, que era uno de carácter general, un poco apartado de los específicos que ocupaban los profesionales del sector.

En el stand, para unos éramos obras de arte, para otros sólo ganado, vestidos con nuestros collares, frente al terciopelo de las cortinas del fondo. Parecíamos esculturas en un museo.

Algunos de mis compañeros temblaban, otros gemían y… Desfallecían ante el apremio de los entrenadores que se esforzaban por mantener una presencia atractiva.

Nuestros Amos dirigían la coreografía de poses q debíamos adoptar para agradar al público. La ficha de cada uno con características y fotos ilustrativas, expuesta junto a él, era consultada continuamente.

Oía el murmullos de los visitantes, sus comentarios y sus risas cuando se acercaban a cada uno de nosotros. La piel, sus posibilidades, su estructura, características. Algunos tocaban, otros deseaban demostraciones de capacidades.

Yo me sentía… Me resulta difícil describir como me sentía. Por un lado terriblemente avergonzado al ser tratado como un objeto, humillado, perdido. Por otro me sentía bello y hermoso, admirado y orgulloso. Satisfecho del prestigio de mi entrenadora.

Una sumisa, junto a mí, comenzó a gimotear desconsolada, hasta que fue azotada por su entrenador. En ese momento, el júbilo enardecido de un grupo de visitantes la hizo callar. Su irritada piel fue tocada y pellizcada sin piedad por manos y guantes. Sus gemidos se convirtieron en suspiros de deseo.

Entonces la vi. Su llegada causó un pequeño revuelo entre los asistentes, que la saludaban respetuosamente como a una querida y distante amiga. Vestía un impecable traje de chaqueta sobre una blusa de seda. Las manos enguantadas  sostenían el catálogo.

Paseó por los diversos stands, saludando a unos y a otros, hasta que llegó al que yo me encontraba.

Sentí su mirada firme y penetrante, que inmediatamente hizo que bajara la mía, confundido y aterrado por el error cometido. Su mirada había sido distante, calculadora. Me subyugó de inmediato. Ahora mi piel ardía. Misstres Latina no había sido ajena al cruce de miradas y me ordenó que ejecutase una serie de posturas de exhibición, mostrando mi cuerpo y mi entrenamiento. Me concentré en el ejercicio, tratando de olvidar aquellos ojos y de hacerlo perfecto, para redimir, en lo que pudiera mi terrible falta.

Misstres Latina me ordenó que colocara las manos en la nuca y que girara sobre mí, con la cabeza ligeramente ladeada, mientras dibujaba mis músculos con su fusta.

Ahora, de espaldas al público, hizo que flexionara mi cintura, mostrando mi ano y mis genitales depilados, que sin ningún decoro presionó para mi vergüenza ante todo el público que se regocijó cuando probó la flexibilidad de mi ano con su fusta y yo di un respingo que fue rápidamente castigado con dos fustazos

El grupo de visitantes se concentró en otro esclavo que estaba amordazado y colgado por las muñecas de una cruz de San Andrés, muy aguda, con los arneses de cuero tachonado.

Al ver desplazarse al grupo, me sentía aliviado, sin embargo, la sensación de bienestar pronto fue sustituida por la de soledad y angustia, ante el examen.

Fuimos llamados para la subasta y nuestros entrenadores pasaron a sentarse entre el público, en los espacios que tenían reservados. Nos hicieron formar dos filas. Erguidos y con las manos en la nuca, marchábamos hacia la pasarela, donde ya estaba el presentador saludando al público, que acogió con entusiasmo nuestra llegada.

Estaba abrumado por las dudas. Habíamos quedado, en retirarnos tras la exposición, sin embargo, cuando llamaron para la subasta, mi entrenadora me ordenó que continuara. No entendía nada, pero no podía sino obedecerla. La angustia de agobiaba.

Entonces las vi, estaban sentadas en una de las mesas redondas del fondo Misstres Latina y la desconocida cuya mirada me había subyugado.

El normal desarrollo de la subasta iba asignando cada esclavo o lote de ellos a su nuevo poseedor. En la palestra volvían a ser mostrados y exhibidos, mientras el subastador contaba sus características, durante la puja. Se había creado un clima de excitación general que en nosotros era muy evidente.

Algunos esclavos, recién adquiridos eran revisados allí mismo, para su humillación, tanto por su propietario como por los invitados que lo desearan. La asequibilidad resultaba emocionante.

Cuando llegó mi turno, mi corazón se aceleró y mis rodillas temblaron. Tuve que hacer un gran esfuerzo. Todas las miradas se clavaron en mí y mi cuerpo reaccionó excitado, mostrando una buena erección.

La puja empezó entre un caballero de sienes plateadas y … ¿Quien competía con él? No lograba descubrirlo. Fuí adjudicado al socio nº 5734 como lote único, por una elevada cantidad.

Al descender del estrado, me llevaron hasta una de los despachos, donde se encontraba la mujer que me había entrenado, sentada en una mesa redonda, sobre la que descansaba el contrato que en su día firmamos. Parecía satisfecha y me miró sonriente.

¡Bravo!, Lo has conseguido – Me felicitó sonriéndome a la vez que aplaudía quedamente. –
– Señora, el mérito ha sido todo suyo – Respondí -.
– Claro que lo ha sido – Contestó ampliando su sonrisa – Son los frutos de tu aplicación. Acabas de ser adquirido por una propietaria particular.

Ante mi mirada de profundo asombro continuó:

-Te cuento todo esto porque aquí finaliza ti contrato de entrenamiento y no estás obligado a aceptar la transmisión, dado que no consta en dicho contrato.
-Me encontraba desconcertado y gratamente sorprendido. Aquello iba más allá de lo que nunca imaginé, poder ser adquirido en una subasta.

Por un lado lamentaba perder a mi entrenadora, que había llegado a conocerme casi mejor que yo mismo y que me había abierto un mundo infinitamente más sugerente que el de las relaciones esporádicas. Me había mostrado la puerta de la Entrega como acceso a un nuevo placer muy superior a cuanto había conocido hasta entonces

Por otro me ofrecía la posibilidad de aceptar la adquisición realizada por el socio nº 5734. Alguien desconocido con quien debía firmar un contrato temporal, inicialmente y luego, revisable.

-Me gustaría saber algo de mi nuevo propietario, sexo, edad … -Respondí bastante confuso -.
-Sabes, que eso no es posible, querido – Ronroneó mi entrenadora – Tu condición de esclavo no te permite seleccionar a tus Amos.
-¡Oh! Si, lo sé. – En ese momento me di cuenta de quien era, de mi desnudez y sentí un escalofrío, un vértigo y un terrible vacío en mi- Lo siento. Por favor, perdone mi torpeza.
-Tranquilízate, estás a tiempo de no aceptar, dado la irregularidad en la que hemos caído al presentarte a una subasta, sólo bajo un contrato de entrenamiento.
-Entiendo y Acepto la transmisión.

En ese momento se diluyeron todas mis dudas, me sentí propiedad de un desconocido y una gran felicidad brotaba de mi. No lo podía creer, pero había aceptado.

Aquí me despido Carlos. Ha sido una placer haberte entrenado. Diciendo esto abandonó la sala y quedé sólo y desnudo. Me sentí perdido, pero la angustia no volvió a invadirme.

Entró uno de los empleados de la organización empujando un carrito en el que había una bandeja con refrescos y algunos canapés y en la parte baja estaban mis ropas de calle, que depositó sobre la mesa. Sin hablar retiró mi collar y mis muñequeras, indicándome con un gesto la ropa para que me vistiera. Cuando me hube vestido salió, llevándose las correas y me invitó a servirme de la bandeja.

Al quedarme solo, me senté y morsdisqueé uno de los canapés. Sentía la ropa sobre mi piel como una carga, después de todo el día desnudo. Descubrí lo hambriento que estaba a medida que reponía mis fuerzas. Regresó el empleado que retiró el carrito y volví a quedarme solo.

La puerta se abrió y entró Ella, aquella cuya mirada me había subyugado. Me levanté para recibirla y acerqué una silla para que se sentara.

-Buenas Tardes – Saludó depositando el Acta de adquisición sobre la mesa-. Soy tu nueva propietaria.
Buenas tardes ¿Ama? ¿Señora? Disculpe mi torpeza, más cómo debería dirigirme a Vd.?
-No debes hacerlo. Te informaré de las condiciones básicas del contrato – continuó fríamente – Tiene carácter temporal, al final del cual lo estudiaremos de nuevo.

Ella seguía hablando pero mi devoción por ella había prendido con tanta fuerza que podría decirme que fuera al mismísimo infierno para traerle unos tizones, que lo haría sin dudar. Sus palabras resbalaban en mis oídos que no podía hacer otra cosa que sentir levemente con la cabeza mientras mi mente soñaba con ella ¿internado? ¿De que está hablando?

-Entonces quedas informado, ¿Aceptas?.

¡Dios mío! -Pensé- no me he enterado de anda, absolutamente de nada de lo que me ha dicho, ¡estoy perdido!

-Acepto -Respondió mi voz sin ninguna duda-

Aquello iba más rápido y más lejos de lo que quisiera. Las dudas me asaltaban pero se quedaban ahí, frenéticas ante el deseo que las apartaba.

-Entonces vámonos -Dijo levantándose, antes de que pudiera retirar su silla y saliendo por la puerta.

No respondí, me limité a seguirla hasta la puerta del Hotel, allí la suave brisa me despejó un poco. El empleado estacionó un coche ante nosotros y dudó a quien entregaba las llaves, que mi nueva Ama retiró de sus dedos.

Antes de que pudiera darme cuenta, me abrió la puerta del acompañante, indicándome con un gesto que montara. Cerró y entró por la otra puerta decididamente, arrancó el motor y salió a gran velocidad del allí.

No hablaba. Y yo no me atrevía a hacerlo, así que condujo hasta un céntrico edificio, donde paró el coche y entregó las llaves al empleado que le abrió la puerta. Su nuca erguida y el taconeo de sus zapatos me guiaban. La seguí hasta el ascensor, donde el ascensorista pulsó al ático, sin formular pregunta alguna.

Abrió la puerta un hombre maduro, de sienes plateadas, vestido con levita negra que nos franqueó la entrada, con una leve reverencia.

-Esteban, este es mi esclavo carlos. Prepáralo para la cena.Si Señora. -Respondió el aludido- Por aquí, por favor. -Me indicó señalándome un largo pasillo de servicio, me pareció -.

Tuve que hacer un esfuerzo conteniendo la risa, por un momento me había sentido como el plato fuerte de una cena caníbal. Bajé los ojos a suelo y caminé detrás de Esteban, hasta un amplio baño, decorado en mármol blanco.

-Vaya desnudándose esclavo carlos -Me ordenó suave pero firmemente –
-Si señor. -Las palabras acudían a mi boca con facilidad, sin pensar, salían solas.-

Esteban salió del baño y yo me desnudé espiando mi cuerpo en los espejos. Me gustaba verme desnudo, me sentía bien, atractivo. No podía remediarlo. El clima de la casa me excitaba, me sentía en un sueño de verano. Había tomado unos días de vacaciones para asistir a la subasta, con la esperanza de pasar unos días fuera de mi ciudad, pero no imaginaba que la primera noche sería fuera de mi hotel.

Entraron en el baño dos criados, una mujer y un hombre, vestían delantales de goma hasta los pies y botas también de goma. Me alarmó bastante su forma de entrar, La resolución con la que me colocaron en el centro de la ducha y comenzaron a enjabonarme y a frotarme, sin mucho miramiento.

Hablaban entre ellos ajenos a mi existencia y no atrevía a hablarles, hasta que me dijeron que me arrodillara y apoyara mi cara en el suelo reluciente de la ducha.

Lo hice, quedando completamente a su merced.

En ese momento, una cánula se deslizó dentro de mi ano y, tras ella, 2 litros de agua templada que me llenó completamente. Sentía entrar el agua en mi cuerpo, lenta e inexorablemente. Me iba invadiendo despacio, moviéndome las entrañas. La vergüenza y la impotencia hicieron que se me llenaran los ojos de lágrimas. Apreté los dientes y aguanté. Ella lo deseaba así. Si no, no estaría siendo sometido a este suplicio por dos desconocidos.

Me incorporaron y me indicaron que aguantara, mientras se dedicaban a asearme los dedos de las manos y de los pies, minuciosamente. Con un cepillo los frotaban y los pulían, retirando las cutículas, dejándolos suaves y agradables. Mis entrañas me apretaban y apenas podía respirar cómodamente.

Cuando ya no podía aguantar más se lo indiqué, cosa que les hizo mucha gracia. Pero no se apuraron por ello. Me sentía humillado y maltratado, como jamás lo había estado. Poseído como nunca lo había sido. Ahora quieren higienizarme por dentro y .. No puedo aguantar más y no deseo vaciarme ante nadie, era algo demasiado personal.

Pero ellos me llevaron hasta el centro de la ducha y abrieron la tapa del desagüe redondo, donde me obligaron a abrir las piernas y a doblar levemente las rodillas.

Mi esfínter no pudo más y liberó toda la retención que cayó, mezclada con los fuertes chorros de la ducha a la que estaban sometiéndome.

Las lágrimas asomaban a mis ojos, estaba vacío, desnudo, no era nada, mi ser se diluía entre el perfume del jabón que ahora me estaban aplicando y los fuertes chorros de agua.

Delicadamente me asearon y perfumaron. Me envolvieron en una gruesa toalla y me afeitaron, la cara, las ingles y los huevos.

Yo sólo podía dejarles hacer. Mi cuerpo ya no me pertenecía y nada podía hacer sino obedecer. Ese pensamiento me provocó una fuerte erección, por la que me felicitaron al observarla.

Quedé desnudo en el cuarto de baño, cuando marcharon los criados y sólo tuve fuerzas para esperar. Ni tan siquiera podía pensar, mi cuerpo estaba tembloroso de cansancio y excitación y, habían conseguido, limpiamente, rebasar un límite que ni siquiera sabia que tenía. Me sentía propiedad de alguien, de Ella la desconocida. Entregado y sabiéndome suyo, mucho más de cómo lo había sido en mis entrenamientos.

Esteban abrió la puerta, sacándome de mis pensamientos.

-Venga conmigo, por favor
-Si señor – respondí, iniciando la marcha detrás de él.

Me guió hasta un espacioso dormitorio, con una austera decoración japonesa en tonos blancos y negros, salvo la tarima del suelo en color caramelo.

-La señora vendrá enseguida.

Le obedecí sin rechistar, desconocía las normas de esta casa y no me atrevía a preguntarlas, así que me dispuse a esperar la llegada de mi nueva Ama.

Estaba sentado sobre los talones, con las manos en las rodillas, como me había dejado Esteban. Cabeceaba de puro agotamiento.

El enema me había producido un extraño efecto estimulante, que impedía que me durmiera y que hacía que mi verga estuviera dura, a pesar del cansancio.

La puerta se abrió y entró Ella

Un diminuto camisón de seda bordada, bajo una larga bata transparente, hacía juego con la cinta gris que sujetaba su melena y con las altas chinelas gris acero. Las uñas de sus pies brillaban como joyas

Al verla mi excitación aumentó. Vestida estaba muy bien, pero así … era irresistible

Se acercó y tomó mi cara entre sus manos, acariciándome suavemente, mientras sus ojos me inspeccionaban. Apenas podía sostener su firme mirada, así bajé la mía aturdido, mientras me invadía un hondo bienestar al abandonarme a sus caricias.

Cada gesto, cada roce de sus dedos, era una descarga que recorría mi piel, arrastrándome al abandono. – ¡Diossss mio!, mi voluntad se evaporaba en cada caricia –

Sus dedos dibujaron la línea de mi pelo. Peinaban mis cabellos hasta la nuca y sobaban suavemente mis orejas. Me transportaba a … ¿la infancia? ¿al vacío? ¿al paraíso?.

Su vientre, a la altura de mi cara me estaba volviendo loco y sólo deseaba ser suyo, entregarme.

Ató una pequeña correa a la argolla del collar y dijo:

– Ven – Acompañándolo de un pequeño tirón que me obligó a avanzar a 4 patas junto a su rodilla. Mi mirada estaba fija en sus chinelas. Me condujo hasta una pequeña mesita, donde me dijo: sube.

Las uñas pintadas de rojo-negro guiaban mis ojos, y el sonido del taconeo retumbaba en mi cerebro, marcando el ritmo de mis latidos.

Subí a la mesita y colgó la correa de una percha. Allí quedé amarrado y arrodillado sobre la mesa. Sentía una terrible vergüenza por mi miembro expuesto, Mientras Ella recorría mi cuerpo con la vista y con las manos, haciéndome arder

Palpó mi espalda. Sentía una humillación difícil de expresar. Recorrió mis brazos, presionando sobre mis músculos y tironeando suavemente de la piel. Me levantó una mano y acarició mis dedos, desde las uñas hasta los nudillos.

Giró mi mano acercándola hasta su rostro de piel elástica y perfumada.

La olió largamente, besándola en la palma. ¡Su aliento! Me sentía como un animal, como un ser inferior, sin embargo, me sentía valioso.

Sus manos recorrieron mis brazos y me alegré de las horas de gimnasio que los habían moldeado

La excitación aumentaba al contacto de sus dedos.

Sentí su aliento en mi sobaco y sus manos palparon mis pectorales haciéndome gemir.

El suplicio no había hecho más que empezar. Su exploración despertaba sensaciones contradictorias. Jamás nadie me había mirado, olido ni tratado así.

La vergüenza y la excitación pugnaban por dominarme y sólo el saber que Ella estaba ahí me mantenía

Mi deseo se hizo irreprimible cuando tomó mis pezones y los retorció con fuerza, tironeando, luego suavemente de ellos. Gotas de sudor perlaban mi frente y sentí un disparo de dolor.

Grité por unos segundos. Sabia que gritar era inútil, nadie podía socorrerme, estaba a su merced. Ni en sueños había imaginado nada parecido.

-El silencio es una virtud. – Amonestó ella, susurrándome al oído-

El aire caliente enervó todos los pelos de mi cabeza. Sentí el desagrado del Ama por mi grito y me juré a mí mismo que jamás volvería a ocurrir.

Cada vez sentía un mayor vértigo y sólo su voluntad me mantenía. Mis rodillas temblaban de temor y placer.

La oí alejarse de mí y que caminaba rodeando la mesa. De pronto, su aliento entre mis nalgas y sus manos recorrieron mi vientre, de cadera a cadera, del ombligo al pubis, jugando con mi vello, avivaron mi deseo aumentando mi suplicio

Ella no decía nada. Sólo el suave susurro cuando olfateaba mi piel alteraba el silencio, que no me atrevía a romper con mis gemidos.

Se acercó a mi cabeza, que acarició suavemente, mientras me susurraba al oído.

-Está bien, pero sólo es el principio.

Saboreando a continuación el lóbulo de mi oreja, lo que hizo que estallaran todos los poros de mi piel en una descarga eléctrica.

Ella se separó de mi, no pudiendo verla. La oí moverse por la habitación y regresar, Sentándose ante mi.

No podía dejar de mirarla, saboreando su cuerpo hermoso y perfumado bajo las transparencias.

Al instante se abrió la puerta, entrando Esteban empujando un carrito del que sacó dos escudillas que depositó delante de mí.

Una de las escudillas contenía agua fresca y la otras unas galletas en forma de bolitas fuertemente aromatizadas.

-Come y Bebe. – Ordenó mi Ama – Debes reponer tus fuerzas.

Me incliné sobre el agua y bebí despacio, largamente, refrescando la boca seca del deseo. Luego me incliné sobre la escudilla de galletas y quedé muy sorprendido. Eran bolitas de almendras y piñones, condimentadas con miel, canela y nuez moscada. Mi boca ardía al masticarlas, pero eran tan dulces que resultaban muy excitantes y sentaban bien al cuerpo.

Estaba tan entusiasmado con las galletas, que no la oí acercarse hasta que sentí su mano en mi cabello, tirando suavemente hacia atrás, a la vez que me acercaba una copa de vino dulce a los labios

-Bebe un poco

El vino dulce y perfumado vivificó mi cuerpo, dolorido por la larga jornada y la tensión del riguroso examen al que estaba siendo sometido. Me sentí reconfortado con este refrigerio que calentaba mis venas.

Clara, sentada frente a mí, en la butaca de alto respaldo de mimbre, no dejaba de mirarme. Ningún acto de privacidad me estaba permitido, y empezaba a comprenderlo. Era suyo.

Esteban entró en el dormitorio y retiró el servicio donde había tomado la cena.

-Esteban, conduce a carlos a su dormitorio, mañana dispondré las órdenes para él
-Si señora –Respondió con una leve inclinación-.

Apartó el carrito de servicio y tomó la correa y me guió hasta un pequeño dormitorio, con la cama de sábanas recién planchadas abierta.

-Que descanse esclavo carlos –Se despidió el austero Esteban tras soltar la cuerda de mi collar,
-Gracias –Respondí-

Me acosté y el cansancio invadió mi cuerpo, descubriendo lo agotado que estaba, las sensaciones tan contradictorias y estimulantes que me embargaban.

Era feliz y me esperaban muchos días así.

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