En París

La Rue de Castiglione era un hervidero de camionetas, repartiendo todos los productos, caprichosos e imprescindibles, en estas fechas de Navidad, de taxis y de motocicletas enloquecidas. Al fondo, la Plaza de Vêndome resultaba acogedora con sus ordenados edificios, decorada con el exquisito gusto de la exclusividad que rodeaba el obelisco de bronce.
Clara, caminaba ligera impregnándose de la mañana parisina. Acababa de llegar desde Orly y había elegido el Amadeus, frente al Sena, más discreto que el Ritz, pero con detalles amables. Demasiado postergado este viaje a París y ahora su agenda estaba repleta. La cita con Françoise Curbet, su asesor financiero de la Societé General, hacia donde se encaminaba paseando para disfrutar del ambiente matutino de su ciudad favorita. Luego estaba  Gérard, el dueño de Or Lignée su lencería. Sonrió al pensar en ello, porque liberaba sus dos pasiones secretas, la lencería y los zapatos que sólo podía conseguir en Parías, el resto sólo eran imitaciones.
Y Pierre, ballet de la Opera. Sumiso, delicado, dulce. Un cuerpo flexible y un sentido del espacio tan artístico y sugestivo que verlo moverse es un placer. Joven, vehemente y apasionado. El pelo largo en la parte superior y muy corto en la nuca,  resalta su cuello largo y sus rasgos casi de adolescente. Los huesos finos, la mandíbula afilada bajo unos  pómulos marcados, enmarcaban una boca alargada y bien dibujada bajo unos ojos fácilmente sorprendentes.
Le conoció una noche en la ópera, cuando acaba de ingresar. Poco le costó preguntar por el último bailarín del coro a su amigo Gérard, él se encargó de identificarlo y, aún se sonreía al recordarlo, enviarle centro de flores, con una discreta tarjeta invitándole a visitar la galería de arte, entonces dedicada a un estudio de coreografía.
Cuando, al día siguiente lo vio emocionado ante los cuadros, dejó que llegara hasta el final antes de abordarle con una flor similar a las del bouquette, que le hizo sonrojarse al verla.
-Bonjour messieur.-Saludó.- Permítame felicitarle por su prodigiosa actuación de ayer. Le ruego acepte esta flor.
-Bonjour madame, respondió Pierre un poco confuso. -Había relacionado rápidamente ambas flores y, ahora, miraba a Clara con una mezcla de sorpresa y timidez.
Hablaron sobre arte, secuencias y estilos. Las sorprendió la hora de almorzar y lo hicieron juntos, en la terraza acristalada de un restaurante próximo que les mostraba la abigarrada mezcla de gentes que llenaba las calles.
Pierre, tenía un aire felino. Ante su ensalada, muy relajado, reía y bromeaba con un fino sentido del humor, no distante de la sutil ironía. La conversación se hizo personal y, poco a poco, puso sobre la mesa sus sueños y proyectos. Estaba encantado con su ingreso en el ballet, era muy duro y sólo el principio, con más aprendizaje que exhibición, pero el mero hecho del ingreso le llenaba de satisfacción.
Sorprendió la mirada de Clara y sintió que hablaba desde lo más profundo de su ser. Aquellos ojos parecía que exploraban su alma y se sintió desnudo y deseado. Algo palpitó en él. A partir de ese momento, no pudo sustraerse al embrujo, y empezó a darse cuenta de la magia que irradiaba en cada gesto: al dejar la tarjeta sobre la mesa, al apartarse un rizo de la cara, al levantarse para abandonar el local. Tenía una vitalidad contagiosa.
En el hotel, dejaron sus abrigos en el recibidor de la habitación y se acomodaron en al amplio sofá. Clara le ofreció un poco de Té helado y continuaron hablando. Bastó un gesto para que se desnudara con rapidez Era como si Ella ordenara lo que él deseaba intensamente. Giselle comenzó a sonar.
-Baila para mi -Solicitó Clara.-
Pierre comenzó con unos pasos, que pronto ganaron en precisión y armonía, animado por su imagen en los espejos y, sobre todo, por la música que lo invadía, lo llenaba y lo empujaba sin pausa.
Los músculos se dibujaban bajo la piel. Improvisaba pasos y gestos como le pedía su corazón, mientras ella lo miraba sonriente.
Clara se descalzó y Pierre, condujo su baile hasta arrodillarse ante ellos y besarlos devotamente. La música cobraba significados insospechados, cuando sus manos acariciaban las largar piernas, en busca de secretos. Ella se levantó y comenzó a desnudarse, ofreciendo cada prenda a Pierre, que las introducía en una sensual coreografía salpicada de caricias, de roces apenas perfilados.
Su verga había ido creciendo y ahora se mostraba dura y palpitante cuando se detuvo en pose con los brazos en alto. Clara se acercó deslizó sus dedos por su cuerpo, desde los codos hasta la cintura.
Pierre se volvió y la besó apasionadamente en la música que los envolvía. La urgencia era perdonada por la intensidad y la impericia por la entrega.
Deslizarse en aquel cuerpo maduro y sabio, lo había subyugado. En aquel cuerpo que dirigía sus instintos, controlándolos como él sólo lo hacía con sus músculos.  Cabalgar, ondular y vaciarse entre gemidos, sólo había aumentado el ansia de continuar explorando el Paraíso.
Ella le descubrió su cuerpo, sus gustos, y placeres. Supo de su inclinación por la entrega, por las sensaciones fuertes y por saberse propiedad de, así que ello supuso una nueva vida para él.

Ahora, un reencuentro, la llenaba de dulces expectativas, sin embargo, tenía que concentrarse en sus negocios. Al menos por ahora.
Subió por la Rue de la Paix hasta la Ópera Garnier antes de entrar en al Societé General. El suntuoso vestíbulo de mármol blanco y negro, la acogió con una bocanada de calor en la fría mañana, que la obligó a desabrocharse el abrigo. Subió los desgastados escalones hasta el corazón del banco. Indicó a un empleado que comunicara su presencia a Françoise y se dispuso a disfrutar de la ambarina luz de miles de cristales que coronaban la cúpula modernista del edificio, y que proyectaban tonos dorados sobre el mosaico, de sus ricos muebles en maderas nobles y de la antigua disposición circular, que había sido respetada.
Françoise la saludó resplandeciente y bello, como siempre:
-Clara Ma cheriée ¿Cómo estás? ¡Hacía tanto tiempo que no te veía! ¡Vaya sorpresa! -Dijo con una leve inclinación, a la vez que tomaba sus mano y acercaba a sus labios.-
-Bonjour ma petite cómme ça va? -Respondió Clara sonriendo.-
La condujo a un rico despacho, donde, tras cerrar la puerta con llave, se arrodilló y besó los pies. Clara, acarició los arreglados cabellos que se ensortijaban en la nuca y le indicó que se levantara.
-Vamos a arreglar los negocios -luego, sonrió- Luego jugamos.
Despacharon las cuentas, con la eficacia habitual -Era un placer trabajar con François, su habilidad y su eficiencia eran reconocidas, pero su afecto hacia Clara, las multiplicaba.
Entre los papeles, sus manos se encontraron y los roces estallaron haciéndoles arder, hasta que trabaron los dedos y las cuidadas uñas de Clara, blanquearon la piel de las manos, bajo el costoso reloj.
Como si se hubiera tratado de una señal muda, François se levantó y comenzó a desnudarse, siguiendo el rito tantas veces soñado, hasta ofrecerse, en el centro del despacho.
Clara cogió su bolígrafo Cartier, lacado en rojo y comenzó a deslizarlo sobre la piel, de su pendiente al pecho y de ahí a su nuca, ante François, que permanecía de pie. Los labios levemente abiertos, en gestos cada vez más largos, abriendo el escote y encendiendo su propia piel del deseo por la de él, mientras se desnudaba.
La erección la llamó y se acercó, deslizando ahora el bolígrafo, por donde deseaba deslizar sus dedos, anticipando y alargando un deseo que crecía por momentos.
Sonrió divertida, cuando se dirigió a la mesa y tomó una cadena clips trabados y dos trozos de adhesivo trasparente. Se volvió hasta Françoise y acarició con sus dedos los pezones endureciéndolos antes de sujetar los extremos de la improvisada cadena con el adhesivo.
La afición de François a trabar los clips formando largas cadenas, cuando se concentraba, iba a serles muy útil esa mañana, sonrió para si Clara, tomando otra cena la colocó anillando el escroto y trabándola en la del pecho.
El frágil arnés, lo inmovilizaba, no tanto por la fuerza, como por si propio deseo. Ella recorrió su piel allí donde …
El sutil juego de caricias, acababa de empezar. El cuerpo de François se crispaba en cada gesto.

Regresó cruzando la Rue Daunuo, antes de rebasar las selectas boutiques. La discreta fachada en mármol crema y verde, estaba ahora cubierta de hojas de abeto negro, hilos de luces y ramas plateadas. A su lado, Cartier, no desmerecía en la decoración navideña y sus sugestivos productos apenas se veían en los escaparates.
Entró y recibió la cálida bienvenida de Gérard, que la tomó por ambas manos y besó sus mejillas, antes de acompañarla al saloncito donde la invitó al mejor chocolate que París, cuya receta secreta se negaba a publicar, ni tan siquiera a hacer negocio con ella, a pesar de las bromas y tentaciones constantes a que era sometido por sus amigos y clientes.
La conversación se centró en los cotilleos de rigor sobre los viejos conocidos, los planes y, por fin, de las tendencias de la lencería. Su secreto vicio, en el que derrochaba auténticas fortunas.
Gérard, se volvió y dio un par de palmadas, con su gesto amanerado más característico. Una joven morena, de aspecto asiático entró en el saloncito y escuchó atentamente las rápidas instrucciones.
-Es Lio-Chi, mi última adquisición. -Dijo volviéndose.- Sus dientes resplandecieron en su rostro oscuro y sus grandes ojos guiñaron en un gesto de entendimiento.
Gérard, hijo de una magnate del petróleo y de una conocida cantante negra, era un próspero comérciente que mantenía su comercio más por placer que por beneficio. Era su capricho y lo disfrutaba.
Poco después, comenzaron a desfilar ante ellos jóvenes modelos con toda la lencería de la que habían hablado. Las camisolas y coulottes de raso con grandes flores estampadas sobre fondos lisos o haciendo aguas, que daban un aspecto informal eran ideales para estar cómoda.
Luego vinieron las transparencias. Lisas y con bordados que mostraban todos los secretos de unos cuerpos perfectos. Gérard acariciaba las prendas y mostraba su textura con una sensualidad contagiosa. Los tonos burdeos, aceros y berenjenas brillaban bajo los focos y el discreto perfume a lavanda mecidos por la suave música ambiente los hacían embrujadores.
Clara eligió varios modelos un combinado de tanga y sujetador en transparencia negra con bordados en gris plata que coronaban una medias negras era ideal para una noche especial. Cuando descubrió un tanga de blonda que apenas adornaba las nalgas redondas como manzanas de la modelo, con un sujetador sin tirantes a juego, casi se le corta la respiración. Gérard, siempre atento, hizo acercarse a la modelo para que apreciara los detalles del conjunto.
Había llegado la hora de los juguetes y fue Lio-Chi la encargada de ello. Apareció con una bandeja sobre la que brillaban anillos y cadenas de ámbar, pinzas y prensores de joyas con un estilo antiguo, sensual y delicado, que dilataron las pupilas de Clara.
Gérar sonrió complacido ante el efecto.- Veo que te gustan, dijo.-
-Cielo, son preciosos, firmes y delicados. -Respondió Clara tomando uno de los prensores, rematado en una cadena de ámbar, mirándola al trasluz.
-Sabes que puedes probarlos, -si lo deseas- además …
-¿Además?
-Tengo una pequeña sorpresa para ti .-Sonrió con picardía.-
-Me tienes sobre ascuas ¿Qué es?
-Mira, -sonrió Gérard.-
Pierre entró en el salón, apenas vestido con un lienzo del hombro a la cintura, como en las figuras clásicas, ondeando, sin apenas cubrir en hermoso cuerpo. Descalzo, sus andares felinos le hacían flotar. Al ver a Clara sonrió y le ofreció su bandeja de juguetes.
-Gracias Gérard -Dijo Clara, encantada- esta si que es una magnífica sorpresa.
Se volvió a Pierre y lo besó con delicadeza, sintiendo en sus labios toda la tensión contenida con la que éste siempre la regalaba.
Curioseó en la bandeja y descubrió dildos delicadamente tallados, esposas de cuero con repujados de plata, ventosas dentadas -Toda una novedad- y un surtido de hilos de pedrería que, bien instalados, harían brillar a cualquier siervo.
Una leve inclinación de cabeza de Gérard, fue cuanto necesitó para iniciar su juego.

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Archivado bajo BDSM, Dominación, Femdom

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