Caprichos

El sol de la tarde se reflejaba en su pelo y al volverse, su rostro quedó en la penumbra. Miraba a Angel, fijamente sobre el borde de la copa, aspirando suavemente el aroma del vino, deslizando la mirada por su oscuro pelo, las orejas proporcionadas, los labios finos, el largo cuello, los hombros rectos y las manos grandes. Sin decir nada, sólo mirándole hasta hacerle enrojecer, haciéndole sentir sus ojos sobre la piel, como una caricia, como una promesa. Y  una punzada estalló en sus entrañas.

Fugaces miradas fueron cómplices y leves roces les hicieron sentirse con intensidad.
En el taxi, hombro a hombro, perfilaron un espacio suyo que ya habían empezado  soñar. El silencio los fundía.

Angel cambió el peso de su cuerpo de un pie al otro y deseaba hacer algo, obedecer en algo, quizás hablar, pero no se atrevía. Estaba hechizado, sabía que Ella había descubierto su condición de sumiso y se sentía atrapado en su poder.   No estaba autorizado, sólo podía callar y adorarla.
Retiró la copa de sus labios, apenas húmedos, sentándose en la butaca y le indicó que se desnudara. Apenas un gesto que entendió a la perfección.
Se fue desnudando discretamente, sin estridencias y sin vergüenzas, quizás un leve respingo, pero no temblaba. Deseo y la piel se eriza. Giró para desnudar la ropa interior y al volver exhibía su deseo, poderoso y anhelante.
Su poderoso pecho era irresistible, ardía. Los pezones se prometían duros y sensibles sobre las pequeñas aureolas. Una imperceptible sonrisa y un gesto de la cabeza le indicaron que se acercara a los pies de Clara, donde se postra hasta besar la punta de los elegantes zapatos de salón.
Levantó la cabeza mirándola a los ojos solicitando permiso para tocarlos, que le fue concedido. Sus manos acarician los tobillos sobre las medias negras de cristal y Clara se reclinó sobre el respaldo, disfrutando de su cuerpo postrado y de las caricias en los tobillos, saboreando su beaujolais despacio, sólo perfumándose el aliento.
Clara tomó una rosa de tallo largo y la dejó resbalar por los hombros y el centro de la espalda erizando del postrado todos sus poros, sin que esto influyera en sus caricias.
Un par de toques con la flor le indicaron que cesara en sus caricias y Clara se levantó, ordenando en un susurro:
– Sentado sobre los talones, por favor. Y las manos en las rodillas, con las palmas hacia arriba. -Especificó.-
Angel quedó frente a la ventana, sentado sobre los talones, como le habían ordenado. Su locuacidad la había silenciado en un mudo voto de entrega. Expectante al gesto, al sonido, al movimiento de Clara.
Sintió el roce de la rosa en su cuello, bajo la oreja, deslizándose hasta el hombro, donde encontró un camino por el pecho, los pezones. Allí una espina presionó arrancándole un gemido, que contuvo. Una mano fría resbalaba sus dedos por la línea del pelo tras la oreja, amasaba delicadamente el lóbulo y recorría su cabeza hasta la nuca, para descender una y otra vez. Su polla palpitó enhiesta y la rosa siguió su camino por el pecho y los hombros, descubriendo sensaciones ahí donde había olvidado que tenía piel.
– Gírate y mira. Ordenó con unos golpecitos de la corola.
- Si Ama.
Se alejó un poco y frente a él, retiró el foulard de gasa que tenía sobre los hombros, dejándolo en la butaca. Después, desabrochó la americana, y la falda, que cayeron con un gesto en torno a sus tobillos, quedando vestida con una breve combinación de raso que apenas ocultaba la blonda de las media.
Le miraba sonriendo. Soltó el sujetador de encaje que dejó caer con el resto de su ropa, liberando sus menudos senos. Introdujo sus dedos bajo la combinación y retiró sus bragas con un gesto de las caderas. Ágilmente salió de ellas, mostrando, apenas, los pechos al inclinarse y las acercó a su cara aspirando su aroma. Una breve sonrisa iluminó su rostro en un guiño. Mientras él, inmóvil, y la cabeza levemente ladeada contenía un gemido y su verga palpitaba.
Ella dejó caer la prenda y tomó el foulard de gasa para acercarse a su siervo. Lo rodeó y jugueteó con el pañuelo sobre la piel, antes de vendarle los ojos.
– Dame la mano – Pidió- y tomándolo por la muñeca, lo condujo hasta el cuarto de baño, donde lo guió al interior de la bañera, y apoyó sus manos contra la pared.
Angel oyó el chapoteo del agua y sintió oleadas de calor, antes de que el vivo chorro cayera sobre su cuerpo. Su erección aumentaba con la expectación.
Bajo el agua, percibió el aroma de yerbas. Espliego y romero inundaron sus sentidos, cuando sintió la frescura sobre su piel y el estimulante contacto de sus manos recorriéndole el cuerpo.
Los dedos buscaron cada rincón, desde los hombros a sus costados y de ahí su pecho era un campo de deliciosa exploración. Peinando el vello bajo el agua, pellizcando los pezones hasta endurecerlos, hurgando en el ombligo antes de buscar la pelvis. Corriendo por los muslos y entrando en las partes más secretas de su anatomía, tocaban amasaban y tironeaban provocando sensaciones que les enloquecían. Tras el pañuelo, con los ojos cerrados, las sensaciones se multiplicaban desde el apenas perceptible roce hasta hacerlo estallar.
Bruscamente el agua cesó y, antes de empezar a temblar, sintió una gruesa toalla que lo cubría y las manos que lo guiaban hacia fuera.
En el centro de la habitación, fue arrullado y secado. Su cuerpo reconocido y la Frescura no mejoró su estado cuando la toalla resbaló hasta el suelo.
– No abras lo ojos. -Era una orden mientras le retiraban la venda.- Y coloca tus manos en la nuca.
De pie, con las piernas abiertas y las manos en la nuca, esperaba expectante nuevas órdenes, cuando sintió un aliento en su espalda, el calor de un cuerpo junto al suyo y el roce de los pezones duros. Sus nalgas fueron firmemente abiertas. Su anillo presionado una y otra vez, hasta que las oleadas de sensaciones llenaron su cuerpo y se convirtieron en un vértigo. Mientras, unos labios recorrían su espalda humedeciéndola. Jadeó.
Clara se alejó. La oyó moverse por la habitación, crujido de las ropas, pero no se atrevió a abrir los ojos. Se sentía vacío y procuró no caer en el vértigo.
– Abre los ojos y mira.
Angel parpadeó. Ella estaba sobre la cama, recostada en amplios almohadones, desnuda y acariciando su sexo rasurado bajo la rizada mata, rosado y brillante.
– Acaríciate – No era un sugerencia, era una orden, que se apresuró a cumplir- Hasta que estés a punto de llegar, nada más.
Angel se masturbó intensamente, su cuerpo temblaba de deseo y aquel sexo abierto que era un manantial para saciar su sed  le estaba vedado, lo que le volvía loco.
Cuando estaba a punto de explotar se lo anunció, entonces ella, alargó su mano y haciendo una anillo con los dedos índice y  pulgar, presionó firmemente bajo el glande, hasta que la erección bajó un poco. Entonces, sin soltar, se le acercó y lamió golosa la humedad que había florecido, hurgando levemente en la hendidura central y besando el glande dulcemente, humedeciéndolo una y otra vez. Le obligó a arrodillarse y lo condujo hasta su coño ardiente haciéndolo resbalar dentro.
-Muévete, muévete y no te pares hasta vaciarte.- Ordenó balanceando las caderas, haciendo que se hundiera más en ella.
Angel se clavó y embistió con fuerza, deseando besar esos hombros de terciopelo y esos labios entreabiertos húmedos, pero sus manos seguían en su nuca y sólo podía mover sus caderas.
Ella rodeó con sus piernas la cintura y apoyó los talones en las nalgas, marcando el ritmo cada vez más frenético que los conducía a sensaciones increíbles. Una firme presión de los talones le obligó a detenerse en lo más profundo de la penetración y su verga fue absorbida por el sexo palpitante succionándole con fuerza, hasta hacerle estallar y derramarse entre gemidos. Deteniéndose el tiempo en un instante eterno.
Sus jugos empezaron a humedecer sus muslos y el aliento volvió a sus pechos, recobrando poco a poco el ritmo.
– Levántate. – Ordeno.-
- Si Ama. – Respondió,  y retrocediendo de rodillas, salió de la cálida cueva.-
Ella se levantó de la cama, con movimientos felinos y de un cajón sacó un largo pañuelo, a cuya vista Angel tembló de emoción -Aquello no había terminado- sonrió para sí y el deseo volvía a prender en él.
Rodeó con el pañuelo su cuerpo y tiró de él, conduciéndolo a la cama, donde le hizo tumbarse con un gesto. Allí, ató las muñecas al cabecero de la cama y con sendos pañuelos inmovilizó los tobillos. Angel había vuelto a reanimarse y su erección era una promesa incipiente.
Clara encendió las velas de un candelabro que colocó sobre la mesilla. Una cálida luz los envolvía cuando gateó sobre la cama y deslizó sus labios sobre la piel de su siervo. Aumentó su pulso.
Su sexo humedeció la piel de Angel, dejando su marca, su señal de hembra en el ombligo, en el pecho. Avanzó hasta el rostro y se apoyó sobre la barbilla, la nariz, antes de retirarse y besarlas suavemente aspirando su aroma, comprobando las marcas.
Apoyó sus manos sobre los hombros y retrocedió la cadera, hasta sentarse sobre el vientre, dejando que el vello acariciara sus nalgas, sintiendo entre ellas los movimientos de la verga. Acercándose a aquella boca de labios finos y gesto entregado que era un pozo de los deseos.
Abrió un bote de bálsamo y extendió una buena capa sobre los pezones, hurgando, frotando y pellizcando, dejándolos resbalar entre sus dedos, hasta que la polla dio señales de vida entre sus nalgas, que movió en encantada respuesta. Puso un poco más de bálsamo aromático y sugestivo en el pecho y tomó una de las velas del candelabro.
Se la mostró a Angel que tembló de placer y anticipación y comenzó a dejarla gotear sobre los pezones, lentamente, gota a gota. Cada una era un impacto de mil agujitas que se clavaban. A penas un instante de dolor, sucedido de una oleada de placer. Una y otra vez, hasta que los pezones quedaron cubiertos y otras gotas trazaron un camino en el pecho desde la garganta  hasta el ombligo.
Un espasmo y un jadeo con cada gota, hasta que el placer despertaba en lo más profundo de la piel y los sentidos. La vela volvió al candelabro y Clara introdujo el dedo bajo cada costra, ahuecándola hasta retirarla con facilidad. El rostro de Angel reflejaba tranquilidad después de la crispación anterior.
Le dolían los brazos de la tensión, pero no se atrevía a pedir ser liberado. Lo consideraba un fracaso, no ser capaz de soportar los juegos de aquella mujer embrujadora. Ser su juguete mientras ella lo deseara. Deseaba ser suyo.
Cuando Clara se levantó, sintió la fresca humedad que había quedado sobre su vientre, y,  cuando de la cubitera tomó un hielo, Tembló imaginando donde lo colocaría, o qué haría con ello. Aún mantenía el espasmo cuando Clara se sentó sobre él, pero ahora lo había hecho sobre su verga dura.
Ella colocó el cubito de hielo sobre los calientes pezones y lo paseó por cada marca sonrosada de la cera. Las gotitas de agua resbalaban hacia sus costados y cada pálpito de su polla estallaba contra la cálidas paredes de su prisión, haciéndola estremecer.
Tomó los pezones entre los dedos y tirando de ellos, comenzó a cabalgar al dulce potro, cuyo mayor deseo era abrazar con sus poderosos brazos a la amazona, pero estaba atado y se conformaba  con un beso, con hundirse en aquella boca sensual que lo enloquecía.
Deseaba morder esos labios bien dibujados y dejarlos resbalar entre sus dientes, explorando aquella caverna perfumada, respirar su aliento y detener el tiempo. Aquella boca sólo sonreía en la altura y se insinuaba en leves aleteos que lo encendían aún más.
La cabalgada se hizo más rápida, más larga y más profunda. Angel levantaba las caderas aumentando la penetración y el galope les condujo a ese instante en el que se abren las fuentes y se derraman por los cuerpos.
Clara se tumbó sobre Angel y lo abrazó, hundiendo su nariz en el cuello, recuperando el aliento, alargó las manos para liberarlo y sus brazos la rodearon. Quedaron quietos, hasta que sus cuerpos recordaron su independencia.
Se miraron a los ojos y descubrieron la fortuna de haberse encontrado. Compartieron la ducha y ahora Angel empezó a arrullarla, como a una valiosa joya, a adorarla.

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Archivado bajo BDSM, Dominación, Femdom

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