Archivo mensual: abril 2010

Caprichos

El sol de la tarde se reflejaba en su pelo y al volverse, su rostro quedó en la penumbra. Miraba a Angel, fijamente sobre el borde de la copa, aspirando suavemente el aroma del vino, deslizando la mirada por su oscuro pelo, las orejas proporcionadas, los labios finos, el largo cuello, los hombros rectos y las manos grandes. Sin decir nada, sólo mirándole hasta hacerle enrojecer, haciéndole sentir sus ojos sobre la piel, como una caricia, como una promesa. Y  una punzada estalló en sus entrañas.

Fugaces miradas fueron cómplices y leves roces les hicieron sentirse con intensidad.
En el taxi, hombro a hombro, perfilaron un espacio suyo que ya habían empezado  soñar. El silencio los fundía.

Angel cambió el peso de su cuerpo de un pie al otro y deseaba hacer algo, obedecer en algo, quizás hablar, pero no se atrevía. Estaba hechizado, sabía que Ella había descubierto su condición de sumiso y se sentía atrapado en su poder.   No estaba autorizado, sólo podía callar y adorarla.
Retiró la copa de sus labios, apenas húmedos, sentándose en la butaca y le indicó que se desnudara. Apenas un gesto que entendió a la perfección.
Se fue desnudando discretamente, sin estridencias y sin vergüenzas, quizás un leve respingo, pero no temblaba. Deseo y la piel se eriza. Giró para desnudar la ropa interior y al volver exhibía su deseo, poderoso y anhelante.
Su poderoso pecho era irresistible, ardía. Los pezones se prometían duros y sensibles sobre las pequeñas aureolas. Una imperceptible sonrisa y un gesto de la cabeza le indicaron que se acercara a los pies de Clara, donde se postra hasta besar la punta de los elegantes zapatos de salón.
Levantó la cabeza mirándola a los ojos solicitando permiso para tocarlos, que le fue concedido. Sus manos acarician los tobillos sobre las medias negras de cristal y Clara se reclinó sobre el respaldo, disfrutando de su cuerpo postrado y de las caricias en los tobillos, saboreando su beaujolais despacio, sólo perfumándose el aliento.
Clara tomó una rosa de tallo largo y la dejó resbalar por los hombros y el centro de la espalda erizando del postrado todos sus poros, sin que esto influyera en sus caricias.
Un par de toques con la flor le indicaron que cesara en sus caricias y Clara se levantó, ordenando en un susurro:
– Sentado sobre los talones, por favor. Y las manos en las rodillas, con las palmas hacia arriba. -Especificó.-
Angel quedó frente a la ventana, sentado sobre los talones, como le habían ordenado. Su locuacidad la había silenciado en un mudo voto de entrega. Expectante al gesto, al sonido, al movimiento de Clara.
Sintió el roce de la rosa en su cuello, bajo la oreja, deslizándose hasta el hombro, donde encontró un camino por el pecho, los pezones. Allí una espina presionó arrancándole un gemido, que contuvo. Una mano fría resbalaba sus dedos por la línea del pelo tras la oreja, amasaba delicadamente el lóbulo y recorría su cabeza hasta la nuca, para descender una y otra vez. Su polla palpitó enhiesta y la rosa siguió su camino por el pecho y los hombros, descubriendo sensaciones ahí donde había olvidado que tenía piel.
– Gírate y mira. Ordenó con unos golpecitos de la corola.
- Si Ama.
Se alejó un poco y frente a él, retiró el foulard de gasa que tenía sobre los hombros, dejándolo en la butaca. Después, desabrochó la americana, y la falda, que cayeron con un gesto en torno a sus tobillos, quedando vestida con una breve combinación de raso que apenas ocultaba la blonda de las media.
Le miraba sonriendo. Soltó el sujetador de encaje que dejó caer con el resto de su ropa, liberando sus menudos senos. Introdujo sus dedos bajo la combinación y retiró sus bragas con un gesto de las caderas. Ágilmente salió de ellas, mostrando, apenas, los pechos al inclinarse y las acercó a su cara aspirando su aroma. Una breve sonrisa iluminó su rostro en un guiño. Mientras él, inmóvil, y la cabeza levemente ladeada contenía un gemido y su verga palpitaba.
Ella dejó caer la prenda y tomó el foulard de gasa para acercarse a su siervo. Lo rodeó y jugueteó con el pañuelo sobre la piel, antes de vendarle los ojos.
– Dame la mano – Pidió- y tomándolo por la muñeca, lo condujo hasta el cuarto de baño, donde lo guió al interior de la bañera, y apoyó sus manos contra la pared.
Angel oyó el chapoteo del agua y sintió oleadas de calor, antes de que el vivo chorro cayera sobre su cuerpo. Su erección aumentaba con la expectación.
Bajo el agua, percibió el aroma de yerbas. Espliego y romero inundaron sus sentidos, cuando sintió la frescura sobre su piel y el estimulante contacto de sus manos recorriéndole el cuerpo.
Los dedos buscaron cada rincón, desde los hombros a sus costados y de ahí su pecho era un campo de deliciosa exploración. Peinando el vello bajo el agua, pellizcando los pezones hasta endurecerlos, hurgando en el ombligo antes de buscar la pelvis. Corriendo por los muslos y entrando en las partes más secretas de su anatomía, tocaban amasaban y tironeaban provocando sensaciones que les enloquecían. Tras el pañuelo, con los ojos cerrados, las sensaciones se multiplicaban desde el apenas perceptible roce hasta hacerlo estallar.
Bruscamente el agua cesó y, antes de empezar a temblar, sintió una gruesa toalla que lo cubría y las manos que lo guiaban hacia fuera.
En el centro de la habitación, fue arrullado y secado. Su cuerpo reconocido y la Frescura no mejoró su estado cuando la toalla resbaló hasta el suelo.
– No abras lo ojos. -Era una orden mientras le retiraban la venda.- Y coloca tus manos en la nuca.
De pie, con las piernas abiertas y las manos en la nuca, esperaba expectante nuevas órdenes, cuando sintió un aliento en su espalda, el calor de un cuerpo junto al suyo y el roce de los pezones duros. Sus nalgas fueron firmemente abiertas. Su anillo presionado una y otra vez, hasta que las oleadas de sensaciones llenaron su cuerpo y se convirtieron en un vértigo. Mientras, unos labios recorrían su espalda humedeciéndola. Jadeó.
Clara se alejó. La oyó moverse por la habitación, crujido de las ropas, pero no se atrevió a abrir los ojos. Se sentía vacío y procuró no caer en el vértigo.
– Abre los ojos y mira.
Angel parpadeó. Ella estaba sobre la cama, recostada en amplios almohadones, desnuda y acariciando su sexo rasurado bajo la rizada mata, rosado y brillante.
– Acaríciate – No era un sugerencia, era una orden, que se apresuró a cumplir- Hasta que estés a punto de llegar, nada más.
Angel se masturbó intensamente, su cuerpo temblaba de deseo y aquel sexo abierto que era un manantial para saciar su sed  le estaba vedado, lo que le volvía loco.
Cuando estaba a punto de explotar se lo anunció, entonces ella, alargó su mano y haciendo una anillo con los dedos índice y  pulgar, presionó firmemente bajo el glande, hasta que la erección bajó un poco. Entonces, sin soltar, se le acercó y lamió golosa la humedad que había florecido, hurgando levemente en la hendidura central y besando el glande dulcemente, humedeciéndolo una y otra vez. Le obligó a arrodillarse y lo condujo hasta su coño ardiente haciéndolo resbalar dentro.
-Muévete, muévete y no te pares hasta vaciarte.- Ordenó balanceando las caderas, haciendo que se hundiera más en ella.
Angel se clavó y embistió con fuerza, deseando besar esos hombros de terciopelo y esos labios entreabiertos húmedos, pero sus manos seguían en su nuca y sólo podía mover sus caderas.
Ella rodeó con sus piernas la cintura y apoyó los talones en las nalgas, marcando el ritmo cada vez más frenético que los conducía a sensaciones increíbles. Una firme presión de los talones le obligó a detenerse en lo más profundo de la penetración y su verga fue absorbida por el sexo palpitante succionándole con fuerza, hasta hacerle estallar y derramarse entre gemidos. Deteniéndose el tiempo en un instante eterno.
Sus jugos empezaron a humedecer sus muslos y el aliento volvió a sus pechos, recobrando poco a poco el ritmo.
– Levántate. – Ordeno.-
- Si Ama. – Respondió,  y retrocediendo de rodillas, salió de la cálida cueva.-
Ella se levantó de la cama, con movimientos felinos y de un cajón sacó un largo pañuelo, a cuya vista Angel tembló de emoción -Aquello no había terminado- sonrió para sí y el deseo volvía a prender en él.
Rodeó con el pañuelo su cuerpo y tiró de él, conduciéndolo a la cama, donde le hizo tumbarse con un gesto. Allí, ató las muñecas al cabecero de la cama y con sendos pañuelos inmovilizó los tobillos. Angel había vuelto a reanimarse y su erección era una promesa incipiente.
Clara encendió las velas de un candelabro que colocó sobre la mesilla. Una cálida luz los envolvía cuando gateó sobre la cama y deslizó sus labios sobre la piel de su siervo. Aumentó su pulso.
Su sexo humedeció la piel de Angel, dejando su marca, su señal de hembra en el ombligo, en el pecho. Avanzó hasta el rostro y se apoyó sobre la barbilla, la nariz, antes de retirarse y besarlas suavemente aspirando su aroma, comprobando las marcas.
Apoyó sus manos sobre los hombros y retrocedió la cadera, hasta sentarse sobre el vientre, dejando que el vello acariciara sus nalgas, sintiendo entre ellas los movimientos de la verga. Acercándose a aquella boca de labios finos y gesto entregado que era un pozo de los deseos.
Abrió un bote de bálsamo y extendió una buena capa sobre los pezones, hurgando, frotando y pellizcando, dejándolos resbalar entre sus dedos, hasta que la polla dio señales de vida entre sus nalgas, que movió en encantada respuesta. Puso un poco más de bálsamo aromático y sugestivo en el pecho y tomó una de las velas del candelabro.
Se la mostró a Angel que tembló de placer y anticipación y comenzó a dejarla gotear sobre los pezones, lentamente, gota a gota. Cada una era un impacto de mil agujitas que se clavaban. A penas un instante de dolor, sucedido de una oleada de placer. Una y otra vez, hasta que los pezones quedaron cubiertos y otras gotas trazaron un camino en el pecho desde la garganta  hasta el ombligo.
Un espasmo y un jadeo con cada gota, hasta que el placer despertaba en lo más profundo de la piel y los sentidos. La vela volvió al candelabro y Clara introdujo el dedo bajo cada costra, ahuecándola hasta retirarla con facilidad. El rostro de Angel reflejaba tranquilidad después de la crispación anterior.
Le dolían los brazos de la tensión, pero no se atrevía a pedir ser liberado. Lo consideraba un fracaso, no ser capaz de soportar los juegos de aquella mujer embrujadora. Ser su juguete mientras ella lo deseara. Deseaba ser suyo.
Cuando Clara se levantó, sintió la fresca humedad que había quedado sobre su vientre, y,  cuando de la cubitera tomó un hielo, Tembló imaginando donde lo colocaría, o qué haría con ello. Aún mantenía el espasmo cuando Clara se sentó sobre él, pero ahora lo había hecho sobre su verga dura.
Ella colocó el cubito de hielo sobre los calientes pezones y lo paseó por cada marca sonrosada de la cera. Las gotitas de agua resbalaban hacia sus costados y cada pálpito de su polla estallaba contra la cálidas paredes de su prisión, haciéndola estremecer.
Tomó los pezones entre los dedos y tirando de ellos, comenzó a cabalgar al dulce potro, cuyo mayor deseo era abrazar con sus poderosos brazos a la amazona, pero estaba atado y se conformaba  con un beso, con hundirse en aquella boca sensual que lo enloquecía.
Deseaba morder esos labios bien dibujados y dejarlos resbalar entre sus dientes, explorando aquella caverna perfumada, respirar su aliento y detener el tiempo. Aquella boca sólo sonreía en la altura y se insinuaba en leves aleteos que lo encendían aún más.
La cabalgada se hizo más rápida, más larga y más profunda. Angel levantaba las caderas aumentando la penetración y el galope les condujo a ese instante en el que se abren las fuentes y se derraman por los cuerpos.
Clara se tumbó sobre Angel y lo abrazó, hundiendo su nariz en el cuello, recuperando el aliento, alargó las manos para liberarlo y sus brazos la rodearon. Quedaron quietos, hasta que sus cuerpos recordaron su independencia.
Se miraron a los ojos y descubrieron la fortuna de haberse encontrado. Compartieron la ducha y ahora Angel empezó a arrullarla, como a una valiosa joya, a adorarla.

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En París

La Rue de Castiglione era un hervidero de camionetas, repartiendo todos los productos, caprichosos e imprescindibles, en estas fechas de Navidad, de taxis y de motocicletas enloquecidas. Al fondo, la Plaza de Vêndome resultaba acogedora con sus ordenados edificios, decorada con el exquisito gusto de la exclusividad que rodeaba el obelisco de bronce.
Clara, caminaba ligera impregnándose de la mañana parisina. Acababa de llegar desde Orly y había elegido el Amadeus, frente al Sena, más discreto que el Ritz, pero con detalles amables. Demasiado postergado este viaje a París y ahora su agenda estaba repleta. La cita con Françoise Curbet, su asesor financiero de la Societé General, hacia donde se encaminaba paseando para disfrutar del ambiente matutino de su ciudad favorita. Luego estaba  Gérard, el dueño de Or Lignée su lencería. Sonrió al pensar en ello, porque liberaba sus dos pasiones secretas, la lencería y los zapatos que sólo podía conseguir en Parías, el resto sólo eran imitaciones.
Y Pierre, ballet de la Opera. Sumiso, delicado, dulce. Un cuerpo flexible y un sentido del espacio tan artístico y sugestivo que verlo moverse es un placer. Joven, vehemente y apasionado. El pelo largo en la parte superior y muy corto en la nuca,  resalta su cuello largo y sus rasgos casi de adolescente. Los huesos finos, la mandíbula afilada bajo unos  pómulos marcados, enmarcaban una boca alargada y bien dibujada bajo unos ojos fácilmente sorprendentes.
Le conoció una noche en la ópera, cuando acaba de ingresar. Poco le costó preguntar por el último bailarín del coro a su amigo Gérard, él se encargó de identificarlo y, aún se sonreía al recordarlo, enviarle centro de flores, con una discreta tarjeta invitándole a visitar la galería de arte, entonces dedicada a un estudio de coreografía.
Cuando, al día siguiente lo vio emocionado ante los cuadros, dejó que llegara hasta el final antes de abordarle con una flor similar a las del bouquette, que le hizo sonrojarse al verla.
-Bonjour messieur.-Saludó.- Permítame felicitarle por su prodigiosa actuación de ayer. Le ruego acepte esta flor.
-Bonjour madame, respondió Pierre un poco confuso. -Había relacionado rápidamente ambas flores y, ahora, miraba a Clara con una mezcla de sorpresa y timidez.
Hablaron sobre arte, secuencias y estilos. Las sorprendió la hora de almorzar y lo hicieron juntos, en la terraza acristalada de un restaurante próximo que les mostraba la abigarrada mezcla de gentes que llenaba las calles.
Pierre, tenía un aire felino. Ante su ensalada, muy relajado, reía y bromeaba con un fino sentido del humor, no distante de la sutil ironía. La conversación se hizo personal y, poco a poco, puso sobre la mesa sus sueños y proyectos. Estaba encantado con su ingreso en el ballet, era muy duro y sólo el principio, con más aprendizaje que exhibición, pero el mero hecho del ingreso le llenaba de satisfacción.
Sorprendió la mirada de Clara y sintió que hablaba desde lo más profundo de su ser. Aquellos ojos parecía que exploraban su alma y se sintió desnudo y deseado. Algo palpitó en él. A partir de ese momento, no pudo sustraerse al embrujo, y empezó a darse cuenta de la magia que irradiaba en cada gesto: al dejar la tarjeta sobre la mesa, al apartarse un rizo de la cara, al levantarse para abandonar el local. Tenía una vitalidad contagiosa.
En el hotel, dejaron sus abrigos en el recibidor de la habitación y se acomodaron en al amplio sofá. Clara le ofreció un poco de Té helado y continuaron hablando. Bastó un gesto para que se desnudara con rapidez Era como si Ella ordenara lo que él deseaba intensamente. Giselle comenzó a sonar.
-Baila para mi -Solicitó Clara.-
Pierre comenzó con unos pasos, que pronto ganaron en precisión y armonía, animado por su imagen en los espejos y, sobre todo, por la música que lo invadía, lo llenaba y lo empujaba sin pausa.
Los músculos se dibujaban bajo la piel. Improvisaba pasos y gestos como le pedía su corazón, mientras ella lo miraba sonriente.
Clara se descalzó y Pierre, condujo su baile hasta arrodillarse ante ellos y besarlos devotamente. La música cobraba significados insospechados, cuando sus manos acariciaban las largar piernas, en busca de secretos. Ella se levantó y comenzó a desnudarse, ofreciendo cada prenda a Pierre, que las introducía en una sensual coreografía salpicada de caricias, de roces apenas perfilados.
Su verga había ido creciendo y ahora se mostraba dura y palpitante cuando se detuvo en pose con los brazos en alto. Clara se acercó deslizó sus dedos por su cuerpo, desde los codos hasta la cintura.
Pierre se volvió y la besó apasionadamente en la música que los envolvía. La urgencia era perdonada por la intensidad y la impericia por la entrega.
Deslizarse en aquel cuerpo maduro y sabio, lo había subyugado. En aquel cuerpo que dirigía sus instintos, controlándolos como él sólo lo hacía con sus músculos.  Cabalgar, ondular y vaciarse entre gemidos, sólo había aumentado el ansia de continuar explorando el Paraíso.
Ella le descubrió su cuerpo, sus gustos, y placeres. Supo de su inclinación por la entrega, por las sensaciones fuertes y por saberse propiedad de, así que ello supuso una nueva vida para él.

Ahora, un reencuentro, la llenaba de dulces expectativas, sin embargo, tenía que concentrarse en sus negocios. Al menos por ahora.
Subió por la Rue de la Paix hasta la Ópera Garnier antes de entrar en al Societé General. El suntuoso vestíbulo de mármol blanco y negro, la acogió con una bocanada de calor en la fría mañana, que la obligó a desabrocharse el abrigo. Subió los desgastados escalones hasta el corazón del banco. Indicó a un empleado que comunicara su presencia a Françoise y se dispuso a disfrutar de la ambarina luz de miles de cristales que coronaban la cúpula modernista del edificio, y que proyectaban tonos dorados sobre el mosaico, de sus ricos muebles en maderas nobles y de la antigua disposición circular, que había sido respetada.
Françoise la saludó resplandeciente y bello, como siempre:
-Clara Ma cheriée ¿Cómo estás? ¡Hacía tanto tiempo que no te veía! ¡Vaya sorpresa! -Dijo con una leve inclinación, a la vez que tomaba sus mano y acercaba a sus labios.-
-Bonjour ma petite cómme ça va? -Respondió Clara sonriendo.-
La condujo a un rico despacho, donde, tras cerrar la puerta con llave, se arrodilló y besó los pies. Clara, acarició los arreglados cabellos que se ensortijaban en la nuca y le indicó que se levantara.
-Vamos a arreglar los negocios -luego, sonrió- Luego jugamos.
Despacharon las cuentas, con la eficacia habitual -Era un placer trabajar con François, su habilidad y su eficiencia eran reconocidas, pero su afecto hacia Clara, las multiplicaba.
Entre los papeles, sus manos se encontraron y los roces estallaron haciéndoles arder, hasta que trabaron los dedos y las cuidadas uñas de Clara, blanquearon la piel de las manos, bajo el costoso reloj.
Como si se hubiera tratado de una señal muda, François se levantó y comenzó a desnudarse, siguiendo el rito tantas veces soñado, hasta ofrecerse, en el centro del despacho.
Clara cogió su bolígrafo Cartier, lacado en rojo y comenzó a deslizarlo sobre la piel, de su pendiente al pecho y de ahí a su nuca, ante François, que permanecía de pie. Los labios levemente abiertos, en gestos cada vez más largos, abriendo el escote y encendiendo su propia piel del deseo por la de él, mientras se desnudaba.
La erección la llamó y se acercó, deslizando ahora el bolígrafo, por donde deseaba deslizar sus dedos, anticipando y alargando un deseo que crecía por momentos.
Sonrió divertida, cuando se dirigió a la mesa y tomó una cadena clips trabados y dos trozos de adhesivo trasparente. Se volvió hasta Françoise y acarició con sus dedos los pezones endureciéndolos antes de sujetar los extremos de la improvisada cadena con el adhesivo.
La afición de François a trabar los clips formando largas cadenas, cuando se concentraba, iba a serles muy útil esa mañana, sonrió para si Clara, tomando otra cena la colocó anillando el escroto y trabándola en la del pecho.
El frágil arnés, lo inmovilizaba, no tanto por la fuerza, como por si propio deseo. Ella recorrió su piel allí donde …
El sutil juego de caricias, acababa de empezar. El cuerpo de François se crispaba en cada gesto.

Regresó cruzando la Rue Daunuo, antes de rebasar las selectas boutiques. La discreta fachada en mármol crema y verde, estaba ahora cubierta de hojas de abeto negro, hilos de luces y ramas plateadas. A su lado, Cartier, no desmerecía en la decoración navideña y sus sugestivos productos apenas se veían en los escaparates.
Entró y recibió la cálida bienvenida de Gérard, que la tomó por ambas manos y besó sus mejillas, antes de acompañarla al saloncito donde la invitó al mejor chocolate que París, cuya receta secreta se negaba a publicar, ni tan siquiera a hacer negocio con ella, a pesar de las bromas y tentaciones constantes a que era sometido por sus amigos y clientes.
La conversación se centró en los cotilleos de rigor sobre los viejos conocidos, los planes y, por fin, de las tendencias de la lencería. Su secreto vicio, en el que derrochaba auténticas fortunas.
Gérard, se volvió y dio un par de palmadas, con su gesto amanerado más característico. Una joven morena, de aspecto asiático entró en el saloncito y escuchó atentamente las rápidas instrucciones.
-Es Lio-Chi, mi última adquisición. -Dijo volviéndose.- Sus dientes resplandecieron en su rostro oscuro y sus grandes ojos guiñaron en un gesto de entendimiento.
Gérard, hijo de una magnate del petróleo y de una conocida cantante negra, era un próspero comérciente que mantenía su comercio más por placer que por beneficio. Era su capricho y lo disfrutaba.
Poco después, comenzaron a desfilar ante ellos jóvenes modelos con toda la lencería de la que habían hablado. Las camisolas y coulottes de raso con grandes flores estampadas sobre fondos lisos o haciendo aguas, que daban un aspecto informal eran ideales para estar cómoda.
Luego vinieron las transparencias. Lisas y con bordados que mostraban todos los secretos de unos cuerpos perfectos. Gérard acariciaba las prendas y mostraba su textura con una sensualidad contagiosa. Los tonos burdeos, aceros y berenjenas brillaban bajo los focos y el discreto perfume a lavanda mecidos por la suave música ambiente los hacían embrujadores.
Clara eligió varios modelos un combinado de tanga y sujetador en transparencia negra con bordados en gris plata que coronaban una medias negras era ideal para una noche especial. Cuando descubrió un tanga de blonda que apenas adornaba las nalgas redondas como manzanas de la modelo, con un sujetador sin tirantes a juego, casi se le corta la respiración. Gérard, siempre atento, hizo acercarse a la modelo para que apreciara los detalles del conjunto.
Había llegado la hora de los juguetes y fue Lio-Chi la encargada de ello. Apareció con una bandeja sobre la que brillaban anillos y cadenas de ámbar, pinzas y prensores de joyas con un estilo antiguo, sensual y delicado, que dilataron las pupilas de Clara.
Gérar sonrió complacido ante el efecto.- Veo que te gustan, dijo.-
-Cielo, son preciosos, firmes y delicados. -Respondió Clara tomando uno de los prensores, rematado en una cadena de ámbar, mirándola al trasluz.
-Sabes que puedes probarlos, -si lo deseas- además …
-¿Además?
-Tengo una pequeña sorpresa para ti .-Sonrió con picardía.-
-Me tienes sobre ascuas ¿Qué es?
-Mira, -sonrió Gérard.-
Pierre entró en el salón, apenas vestido con un lienzo del hombro a la cintura, como en las figuras clásicas, ondeando, sin apenas cubrir en hermoso cuerpo. Descalzo, sus andares felinos le hacían flotar. Al ver a Clara sonrió y le ofreció su bandeja de juguetes.
-Gracias Gérard -Dijo Clara, encantada- esta si que es una magnífica sorpresa.
Se volvió a Pierre y lo besó con delicadeza, sintiendo en sus labios toda la tensión contenida con la que éste siempre la regalaba.
Curioseó en la bandeja y descubrió dildos delicadamente tallados, esposas de cuero con repujados de plata, ventosas dentadas -Toda una novedad- y un surtido de hilos de pedrería que, bien instalados, harían brillar a cualquier siervo.
Una leve inclinación de cabeza de Gérard, fue cuanto necesitó para iniciar su juego.

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