En la mazmorra

Se conocieron en uno de esos canales temáticos. El le abrió cientos de privados antes de merecer una atención, más allá de los saludos de rigor. Sin embargo, un día Ella aceptó adiestrarlo. Melómano, inteligente, vivaz y sensual la sedujeron. Un toque de rebeldía encubría un alma de Amo que buscaba conocer  el poder de una Domina.

Iniciaron un un pequeño y estimulante juego que les hizo temblar. Un pálpito que entorpecía sus dedos. Un juego de fantasía y de placer que descubrió sus cuerpos enervando hasta el último pelo.

Imaginaban situaciones donde acariciarse y estimularse hasta es dolor, conociendo ritmos y alternando gestos hasta que sus cuerpos temblaban ante la pantalla que los acercaba. Imaginaron distintas escenas. nuevos contextos, pero sus cuerpos siempre respondían con la misma intensidad a las palabras de la pantalla.

Se oyeron gemir y sus entrañas se contrajeron al sentir como el otro llegaba, junto a su oído, al otro lado del teléfono, entre jadeos y suspiros. Entre los juegos, fueron fraguando una complicidad íntima y poderosa que les alentaba.

Un día concertaron una cita y las horas previas fueron un infierno.   Se habían sentido con fuerza tantas veces que la espera hasta el encuentro fue una tortura. Una cafetería los acogió y al verse quedaron paralizados. El tiempo se detuvo, en un puzzle de recuerdos y sensaciones que se ordenaba con los que entonces se veían, paralizándolos.

Un paso los hizo encontrarse y al besarse en las mejillas una corriente los electrizó, transportándoles un instante a la intimidad de la pantalla.

En la barra del bar, el café les enfrió. ¿Qué decir? ¿Por dónde empezar? El diálogo salía a borbotones y se atascaba otra vez, invadiéndoles el no saber.

Un juego de miradas. Una tensión de silencios. Ella sonríe, lo mira intensamente por encima de la taza y él baja la mirada. Se acaba de producir el milagro que los ha llevado otra vez a sus juegos del chat. El puzzle encaja a la perfección.

Se dirigen a un lugar de ambiente. En el asiento trasero del taxi, sus manos entrelazadas blanquean los nudillos hasta causarles dolor, diciéndose sin palabras, todas las cosas que llevan meses compartiendo.

Al detenerse el taxi, él abona la carrera, mientras ella desciende y sube a la acera. Él baja del taxi y descubre las altas botas de ella, que brillan bajo el abrigo. No puede apartar sus ojos de las botas, que hasta ese momento le habían parecido inocuas, pero ahora lo magnetizan.

Aún siente el aroma de ella que había impregnado el taxi y se siente más embrujado que nunca. Abre la puerta del local, franqueándole el paso.

En la pequeña recepción enmoquetada, Ella le mira a los ojos y pasea su mirada por todo el cuerpo, casi acariciándole. Con un leve gesto de la cabeza, le indica que pase a uno de los camerinos.

Él sabe, sin que nadie se lo diga, que debe desnudarse y esa certeza hace que le de un vuelco sus entrañas. El pequeño camerino, apenas una cabina, acoge sus prendas y su alma, sintiéndose vacío, desposeído y entregado en cada gesto. Es la hora de la verdad, con la que tanto había soñado  y que ahora le aterra. Desnudo detrás de la cortina, apenas se atreve a salir, pero tampoco puede quedarse. Sólo le acompaña el amuleto que discretamente proclama su pertenencia a Ella, un pequeño aro negro en su meñique.

Al fin, hace acopio de valor, toca el negro anillo,  respira hondo y abre la cortina. Ella está frente a él.  Seria, bellísima con su maquillaje de labios rojos y la melena semi recogida. Una falda de cuero abierta en el lateral es todo lo provocador de su atuendo. La larga blusa de gasa negra sobre un top de tirantes, le dan una elegancia distante. Siente como crece su erección cuando ella le sonríe y le indica que la acompañe al interior del local.

El Antro era como se espera uno que sean estos sitios. Un cubo con un pequeño escenario al fondo. A la entrada una barra y al fondo el espacio principal. Cada rincón delimitado por los asientos tiene grilletes sujetos a la pared. Una cadena de parte a parte de las paredes, de donde penden muñequeras de cuero. Las paredes en azul noche, apenas reflejan las luz de los focos en un ambiente, casi metálico de estilo modernista. Aparentemente es un pub de estilo, pero una mirada más detallada ofrece que los cuadros de las paredes no son escenas de la campiña inglesa, sino cuidados daguerrotipos que muestran una amplia suerte de posturas y ornamentos.

Ella se sienta en una de las butacas y él permanece de pie, son atreverse ni a mirar. Sin embargo, descubre, en uno de los rincones un hombre arrodillado, atado y expuesto, como sólo había visto en revistas y películas, pero que nunca había imaginado que aquello existiera.

Se sorprendió más al descubrir, que, algunos clientes, al pasar junto al expuesto, lo palmeaban o pellizcaban. Incluso algunos introducían con fuerza en el ano los consoladores que había dispuestos sobre la  mesa. Y le invadió una mezcla de horror y piedad por ese cuerpo expuesto de aquella manera.

Junto a otra de las mesas, estaba atada una joven, cuya actitud le emocionó, tal mansedumbre, tal entrega, tal abandono … Y la exquisitez de sus miembros, haciéndola frágil y deseable. Su verga palpitó con la curva de las nalgas que asomaban bajo el corsé.

Estaba en esas meditaciones cuando descubrió que Ella estaba hablando con un camarero, y poco después se acerca otro camarero con unas pulseras de cuero que le instala en las muñecas.

Enrojeció hasta las cejas al sentir el calor del cuerpo desnudo del camarero en el suyo y una oleada de calor templó su piel. Su boca se secó, cuando sus pies apenas tocan el suelo al abrirle las piernas unas manos de las que no identificó a su propietario.

Cierra los ojos y su mente explota en dudas. El arrepentimiento gana terreno en sus pensamientos. Sabe que es una sorpresa que le ha preparado Ella, pero jamás se había imaginado nada parecido. Está inmovilizado y puede sentir el cabello de Ella casi rozándole el vientre, cuando mueve la cabeza para llamar al servicio.

Ella, displicentemente, acerca su mejilla hasta rozar su polla que sufre un espasmo. El gesto ha secado sus dudas. Vuelve a desearla y a confiar el ella.

De pronto, es consciente de que puede ser visto por cualquiera  y siente pánico. Le tranquiliza saber que está de espaldas y sólo ella sabe quien es … pero… Un camarero presenta una caja de donde ella saca una capucha de cuero negro
y se la coloca. Su identidad está a salvo, pero su visión apenas una rendija, le crea más confusión y la sensación de asfixia lo aprisiona. ¡Deja de pensar! se dice a si mismo, intentando no caer en el pánico.

Unas manos guían su cuerpo haciéndolo girar y, de pronto, una boca ardiente y húmeda besa su polla, lamiéndola y acariciándola a todo lo largo del tronco y succionando suavemente en la punta. La lengua extiende la humedad por toda la polla y hurga en la base, jugueteando con los rizos. La boca es muy profunda y succiona sabiamente, escamoteando los dientes o dejándolos resbalar sobre la piel hasta erizarle todos los poros.

Siente un roce en su espalda y unas manos acarician su cuerpo, del pecho a las caderas y otra vez al pecho, pellizcando firmemente de los pezones o exponiendo sus nalgas.

Un pequeño dildo penetra en su cuerpo llenándole de confusión. Su polla palpita con fuerza entre las caricias y las nuevas sensaciones difíciles de controlar.

De pronto, cuando las caricias eran más intensas, siente en su cuello otros labios y un perfume inconfundible lo inunda cuando giran su cabeza y esos labios se apoyan en la abertura de su máscara. Es un beso largo, cálido y sensual, que lo empuja a derramarse, sobre una boca que lame ansiosa cada emisión y su ano se cierra palpitante.

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Archivado bajo BDSM, Dominación, Femdom

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