Pascual el barbero

En aquella ciudad provinciana y burguesa, los prohombres tenían costumbres fijas. Todas las mañanas iban a la barbería, donde Pascual les cuidaba la cara y Marcelo se ocupaba de sus manos. Y ellos se reunían para comadrear los dimes y diretes de la comunidad.

Una vez arreglados, se iban al casino, donde la prensa y el aperitivo cerraban sus labores matutinas.

Por la tarde, Pascual, el barbero, no tenía demasiado trabajo, hasta la tertulia de las 7 con sus vecinos y gente menos estirada, donde comentaban los toros, el partido y las aventuras y desventuras de la alta sociedad, de las q Pascual daba cuenta.

Pero una tarde, a las 4.30, cuando abrió su barbería, como siempre, se presentó allí uno de sus clientes matinales, habituales. Iba acompañado de una bella mujer, que vestía un elegante traje de chaqueta.

– Buenas tardes. – Saludó el cliente- ¿Está libre?

Ante la mirada de sorpresa de Pascual, le dijo

– Necesito que realice un trabajo especial esta tarde ¿Cree que podrá hacerlo? es su trabajo

Pascual asintió, esperando saber la naturaleza de su encargo

El cliente se volvió a la chica que le acompañaba y le indicó que pasara al fondo de la barbería, donde estaba una camilla que acogía a los clientes, para sus sesiones de masaje.

Ella entró en la sala y el cliente le dijo que se quitara el traje y dejara en la percha siempre dispuesta que dejaba Pascual.

Ahora, el cliente, se volvió hacia Pascual y le dijo que pasara.

Pascual entró y se encontró un elegante y valioso traje colgado de la percha, y tras él, sobre la camilla estaba la mujer que había visto entrar, momento antes.

Ella estaba tumbada, apenas vestida con un sujetador de encaje y un liguero a juego, en delicados tonos grises.

Al entrar, ella no movió ni un sólo músculo. Los pies, apoyados en la camilla, junto a sus nalgas, hacían que sus piernas presentaran la forma de “V” y los brazos extendidos a lo largo del esbelto cuerpo, permitían a sus manos agarrar el borde de la camilla.

El cliente se acercó y con su bastón, rozó la cara interna de los muslos, mostrando a Pascual el sexo rosado que brillaba bajo una abundante y rizosa mata oscura, indicando que debía rasurarla.

Pascual recibió una gran impresión. Enrojeció y su mandil de barbero apenas disimulaba el deseo que había prendido en él.

El cliente, le indicó las partes a rasurar y cuales a cortar, rozando levemente cada una de ellas, lo que hacía que los músculos del vientre de la joven se contrajeran imperceptiblemente. Después, rodeó la camilla golpeó suavemente los pezones, que abultaban bajo el encaje.

-Quiero que decore también sus pechos.

Ella apenas podía controlar el temblor y sus nudillos blanqueaban en el borde de la camilla, mientras ladeaba su cabeza, mirando a su acompañante.

Pascual sentía el sudor correr por su espalda y su respiración se había hecho muy agitada en su boca seca. Sólo el cliente parecía disfrutar plenamente del momento. Estaba satisfecho

Pascual se dispuso a peinar los suaves rizos y a cortarlos a la medida indicada. Tuvo q hacer un esfuerzo, para controlar el temblor de sus manos armadas de la fina tijera.

Una vez cortados, tomó la brocha e impregnó de espuma las ingles, el pubis, los labios exteriores, con delicadeza. Casi con miedo en las primeras pasadas.

Ella jadeaba suavemente y contraía su cuerpo a cada contacto, mientras su sexo se humedecía, por dentro y por fuera.

Pascual cogió la navaja y la pasó pos las ingles, los labios y ¡¡diossssss!!, No podía.

No podía rasurar la parte interna sin tocarla. Miró confuso a su cliente, quien accedió con una leve inclinación de cabeza.

Ahora, los hábiles dedos del barbero sujetaron la tierna carne para su limpieza, demorándose más de lo debido en ello. Tirando y tensando, para facilitar el trabajo de la navaja, que en cortas pasadas remató su labor. Al final quedó al gusto del cliente. Arreglado y perfecto.

Pascual estaba inundado por el perfume de la mujer tumbada, su sexo rosado y brillante era una tentación irresistible.

Tomó una de las toallas y limpió cuidadosamente el escenario de su trabajo, acariciando y rozando. Para dejarlo reposar bajo el paño húmedo y reconfortante.

Ahora el cliente le indicó que decorara los pezones de la chica y para ello, tiró con fuerza hasta hacerlos florecer.

Ella estaba a punto de perder el control, y Pascual también, sin embargo, los pezones pudieron ser pintados con el carmín que estaba en el bolso de la mujer. Una cajita con pinceles, brochas y carmín lo hicieron posible.

Pascual pintó de rosa las aureolas, que se contrajeron al contacto de la brocha y de vivo carmín la parte central, pasada tras pasada, respondía al contacto endureciéndose y alzándose excitado.

Una breve rociada de spray, fijó si la pintura, arrancando una exclamación en la chica, que hizo fruncir el cejo a su cliente. Ella tembló de anticipación. Sabía lo sucedería.

El cliente, satisfecho, sonrió y agradeció a Pascual el meticuloso trabajo que había realizado, a su entera satisfacción.

Pascual, al quedarse sólo, se masturbó con la fiereza que empleaba en su adolescencia y que había ya olvidado. Luego, … meditando … pensaba

-¡No es posible!, ¡No me lo puedo creer!. ¡Jamás imaginé!….

Al día siguiente, recibió la visita de otro cliente, que   también estaba acompañado y solicitaban un trabajo similar. Uno tras otro, sus clientes matinales fueron haciéndose clientes de dos sesiones.

Así que Pascual, decidió actualizar su negocio, y, por la mañana era una barbería masculina, y, por la tarde ….

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