Archivo mensual: febrero 2010

Pascual el barbero

En aquella ciudad provinciana y burguesa, los prohombres tenían costumbres fijas. Todas las mañanas iban a la barbería, donde Pascual les cuidaba la cara y Marcelo se ocupaba de sus manos. Y ellos se reunían para comadrear los dimes y diretes de la comunidad.

Una vez arreglados, se iban al casino, donde la prensa y el aperitivo cerraban sus labores matutinas.

Por la tarde, Pascual, el barbero, no tenía demasiado trabajo, hasta la tertulia de las 7 con sus vecinos y gente menos estirada, donde comentaban los toros, el partido y las aventuras y desventuras de la alta sociedad, de las q Pascual daba cuenta.

Pero una tarde, a las 4.30, cuando abrió su barbería, como siempre, se presentó allí uno de sus clientes matinales, habituales. Iba acompañado de una bella mujer, que vestía un elegante traje de chaqueta.

– Buenas tardes. – Saludó el cliente- ¿Está libre?

Ante la mirada de sorpresa de Pascual, le dijo

– Necesito que realice un trabajo especial esta tarde ¿Cree que podrá hacerlo? es su trabajo

Pascual asintió, esperando saber la naturaleza de su encargo

El cliente se volvió a la chica que le acompañaba y le indicó que pasara al fondo de la barbería, donde estaba una camilla que acogía a los clientes, para sus sesiones de masaje.

Ella entró en la sala y el cliente le dijo que se quitara el traje y dejara en la percha siempre dispuesta que dejaba Pascual.

Ahora, el cliente, se volvió hacia Pascual y le dijo que pasara.

Pascual entró y se encontró un elegante y valioso traje colgado de la percha, y tras él, sobre la camilla estaba la mujer que había visto entrar, momento antes.

Ella estaba tumbada, apenas vestida con un sujetador de encaje y un liguero a juego, en delicados tonos grises.

Al entrar, ella no movió ni un sólo músculo. Los pies, apoyados en la camilla, junto a sus nalgas, hacían que sus piernas presentaran la forma de “V” y los brazos extendidos a lo largo del esbelto cuerpo, permitían a sus manos agarrar el borde de la camilla.

El cliente se acercó y con su bastón, rozó la cara interna de los muslos, mostrando a Pascual el sexo rosado que brillaba bajo una abundante y rizosa mata oscura, indicando que debía rasurarla.

Pascual recibió una gran impresión. Enrojeció y su mandil de barbero apenas disimulaba el deseo que había prendido en él.

El cliente, le indicó las partes a rasurar y cuales a cortar, rozando levemente cada una de ellas, lo que hacía que los músculos del vientre de la joven se contrajeran imperceptiblemente. Después, rodeó la camilla golpeó suavemente los pezones, que abultaban bajo el encaje.

-Quiero que decore también sus pechos.

Ella apenas podía controlar el temblor y sus nudillos blanqueaban en el borde de la camilla, mientras ladeaba su cabeza, mirando a su acompañante.

Pascual sentía el sudor correr por su espalda y su respiración se había hecho muy agitada en su boca seca. Sólo el cliente parecía disfrutar plenamente del momento. Estaba satisfecho

Pascual se dispuso a peinar los suaves rizos y a cortarlos a la medida indicada. Tuvo q hacer un esfuerzo, para controlar el temblor de sus manos armadas de la fina tijera.

Una vez cortados, tomó la brocha e impregnó de espuma las ingles, el pubis, los labios exteriores, con delicadeza. Casi con miedo en las primeras pasadas.

Ella jadeaba suavemente y contraía su cuerpo a cada contacto, mientras su sexo se humedecía, por dentro y por fuera.

Pascual cogió la navaja y la pasó pos las ingles, los labios y ¡¡diossssss!!, No podía.

No podía rasurar la parte interna sin tocarla. Miró confuso a su cliente, quien accedió con una leve inclinación de cabeza.

Ahora, los hábiles dedos del barbero sujetaron la tierna carne para su limpieza, demorándose más de lo debido en ello. Tirando y tensando, para facilitar el trabajo de la navaja, que en cortas pasadas remató su labor. Al final quedó al gusto del cliente. Arreglado y perfecto.

Pascual estaba inundado por el perfume de la mujer tumbada, su sexo rosado y brillante era una tentación irresistible.

Tomó una de las toallas y limpió cuidadosamente el escenario de su trabajo, acariciando y rozando. Para dejarlo reposar bajo el paño húmedo y reconfortante.

Ahora el cliente le indicó que decorara los pezones de la chica y para ello, tiró con fuerza hasta hacerlos florecer.

Ella estaba a punto de perder el control, y Pascual también, sin embargo, los pezones pudieron ser pintados con el carmín que estaba en el bolso de la mujer. Una cajita con pinceles, brochas y carmín lo hicieron posible.

Pascual pintó de rosa las aureolas, que se contrajeron al contacto de la brocha y de vivo carmín la parte central, pasada tras pasada, respondía al contacto endureciéndose y alzándose excitado.

Una breve rociada de spray, fijó si la pintura, arrancando una exclamación en la chica, que hizo fruncir el cejo a su cliente. Ella tembló de anticipación. Sabía lo sucedería.

El cliente, satisfecho, sonrió y agradeció a Pascual el meticuloso trabajo que había realizado, a su entera satisfacción.

Pascual, al quedarse sólo, se masturbó con la fiereza que empleaba en su adolescencia y que había ya olvidado. Luego, … meditando … pensaba

-¡No es posible!, ¡No me lo puedo creer!. ¡Jamás imaginé!….

Al día siguiente, recibió la visita de otro cliente, que   también estaba acompañado y solicitaban un trabajo similar. Uno tras otro, sus clientes matinales fueron haciéndose clientes de dos sesiones.

Así que Pascual, decidió actualizar su negocio, y, por la mañana era una barbería masculina, y, por la tarde ….

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Equitación

Laura había aceptado aquel empleo estival, para escribir las memorias de Lord Teller, lo que le permitiría realizar su viaje soñado a Oriente Medio. Y, de paso, conocer la famosa campiña inglesa, sobre la que tanto había leído.

Lord Teller era un atlético caballero, heredero de un título secular del que se enorgullecía y que le permitía vivir holgadamente. Maduro, mimado y caprichoso, con un innegable encanto y experto en galantería y seducción, le hacían irresistible.

Sus memorias resultaban tan ociosas como su vida, así que se imponían rigurosos ejercicios de estilo.

La pasión por los caballos era una constante, desde la infancia, en todos los episodios de su vida, lo que no dejaba de darle un toque divertido y extravagante. Como cuando se presentó en la fiesta que su hermana celebraba en el parque, montando a caballo entre las mesas de canapés y los invitados, con las consecuencias esperadas.

Aquella mañana, como de costumbre, tras el desayuno Laura fue al despacho para corregir el último episodio, antes de empezar a tomar notas.

Lord Teller entro en la estancia con sus inevitables botas altas y el traje de montar. Regresaba de su cabalgada, dispuesto a seducirla, como de costumbre.

Laura sonrió para sí. No esperaría más. Ocurriría lo que tenía que ocurrir y que llevaban deseando desde el primer día.

En muchas ocasiones, Lord Teller había insinuado sus conocimientos en campos poco frecuentes. Hoy estaba dispuesta a comprobarlo, así que cuando aludió a ellos al iniciar su relato, le preguntó si haría una demostración práctica para facilitar la comprensión.

– Si ello facilitara la comprensión del rico arte de la monta, haría un esfuerzo.
– Entonces, cuando quiera podemos empezar. Estoy lista. –Dijo Laura-

La miró largamente y sus ojos se perdieron, sin prisa, en los pechos de Laura, calibrándolos, disfrutándolos. Una mirada que humedeció sus bragas.

– Miss Laura, si está lista, empezaremos ahora mismo. Venga conmigo a las caballerizas. –Dijo mirándola a los ojos.-

Cruzaron el jardín trasero y el patio de caballerizas, en torno al cual se abrían las portezuelas por las que asomaban las cabezas los animales.

Le seguió hasta el pabellón de doma, donde Lord Teller fue mostrando los diversos accesorios, indicando sus nombres y aplicación, que Laura anotaba mentalmente.

El aroma a heno fresco y a cuero, hería sus sentidos excitándola, tanto como la suave cadencia de palabras de Lord Teller, sus miradas intensas y la insinuante forma de jugar con las correas, fustas y hebillas.

– Miss Laura ¿Desea avanzar en este campo? –Preguntó susurrante-
– Si –Respondió sonrojándose-

El rubor hacía que le ardieran las orejas y la boca seca hacía su voz un poco ronca. ¡Desnúdese por favor! –Ordenó cogiendo un arnés que colgaba de la pared. –

Sorprendida, desabrochó la blusa que dejó sobre unos de los caballetes, así como la falda, quedando en ropa interior.

Lord Teller se volvió y sonrió paciente He dicho que se desnudara Miss Laura ¿Lo hará?

Un relámpago recorrió su espalda y erizó el vello. Soltó el sujetador que deslizó hasta dejarlo con el resto de la ropa, haciendo lo mismo con las bragas, ya húmedas en su centro.

No podía dejar de mirarle. Dejar de observar hipnotizada cómo jugaba con un arnés de cuero, despreocupadamente, cómo sus ojos se detenían descaradamente en su anatomía, provocándole una intensa vergüenza y excitación a la vez.

Lord Teller, se situó tras Laura y colocó el arnés en su cuerpo. Dos aros de cuero, sobre una correa, rodeaban los pechos, haciéndolos sobresalir, abrochado con una fina hebilla en la espalda.

Delicadamente, apoyó sus dedos sobre los pechos, tensándolos en cada aro. Laura jadeó cuando terminó la operación con sendos tironcitos en los pezones..

Le temblaban las rodillas cuando Lord Teller cogió un cinturón que colocó alrededor de sus caderas.

Completó el arreo ajustando una correa entre los pectorales, descendiendo hasta el aro central del cinturón, donde se abría en dos correas un poco más finas que entraban en el pubis separando los labios, a ambos lados del clítoris y la vagina hasta ajustarse con una hebilla en el cinturón, en la espalda. El sexo quedaba abierto, exhibido.

Lord Teller se arrodilló ante Laura y, tomando delicadamente de los gruesos labios externos, los separó. Luego tomó el labio interno y lo hizo pasar por el ojal de la correa. Repitió la operación con los otros labios de forma que se mostraran sometidos y plenamente abiertos, evitando cualquier protección de su sexo.

El ano tampoco quedó cerrado, ya que Lord Teller instaló un anillo separador que ajustó entre ambas correas.

Cada roce, cada tirón, habían arrancado gemidos a Laura que se esforzaba por ahogar, provocando la humedad en su sexo ahora abierto.

– Ahora vistes como una amazona –Dijo Lord Teller- y aprenderás a montar como las amazonas.

Dicho esto, soltó sus pantalones, dejándolos caer hasta las altas botas de montar, ofreciendo una hermosa erección y se sentó sobre un fardo de paja, cubierto por una gruesa manta, frente a ella.

– Ven a montar –Sonrió seductor.-

Dócilmente se acercó hasta quedarse frente a él, esperando instrucciones.

– Separa las piernas y siéntate sobre mi –Indicó Lord Teller-

Laura lo hizo, hicándose en la espada del noble. Éste, tomó firmemente los pezones entre sus dedos, tirando con fuerza hacia abajo, lo que hizo q Laura se ensartara profundamente en la verga.

Lord Taller estaba recostado sobre otro fardo y sus manos en los pezones, ensayaban gestos, tirones y caricias dirigiendo cada movimiento de Laura.

– Estas son las bridas en la cabalgada, Sta. Laura –Dijo estrujando los pezones con los dedos.
– Sí Sr. –Jadeó Laura-
– Yo conduzco el movimiento, la intensidad y el modo con ellas.

Tiraba de los pezones hacia arriba y el cuerpo de Laura los seguía, hasta que el glande salía y rozaba el borde de su coño.

Ahí, mantenía la presión y los retorcía a un lado y a otro, hasta q conseguía que Laura balanceara sus caderas, sobre la verga, en la dirección indicada, cada vez.

Luego, un tirón seco hacia abajo, hacía que Laura se clavara en la polla, cortándole la respiración.

Agarraba las tetas con toda la mano, amasándolas, permitiendo descansar los pezones y el coño hambriento succionaba la carne ardiente.

Cada vez que Laura se detenía, sus pezones recibían un severo castigo, lo que la obligaba a seguir los tirones con todo su cuerpo, arriba y abajo, adelante y atrás. Una yegua bien domada, obedeciendo la mano firme en la brida.

Lord Teller alcanzó una fusta que reposaba sobre la manta y Laura tembló, imaginando lo que pudiera hacer con ella.

Un firme tirón de los pezones, hicieron que Laura se acercara al pecho de Lord Teller, deslizándose la verga hasta que apenas rozaran los labios el glande.

Mantuvo la presión en los pezones y, con la otra mano, fustigó suavemente las nalgas, el coño y su propia polla, lo que empujó a Laura a un frenético movimiento, liberándose de las manos de Lord Teller, que los condujo a un violento orgasmo.

Lord Teller cerró sol ojos cuando se vació dentro de Laura. Bien, Sta. Laura, es Vd. Rápida aprendiendo a montar. Veamos cómo sabe llevar las riendas

Dicho esto, acarició delicadamente sus pechos y levantándole las nalgas, la obligó a separarse de él.

– Quítame las botas –Ordenó levantando la pierna izquierda.- ¿Sabrás hacerlo?
– Laura permanecía inmóvil ante él. Sonrió
– Date la vuelta y ponte de espaldas a mí. Abre las piernas a ambos lados de las mías. Ahora inclínate sin doblar las rodillas y coge la bota apoyando tus manos una en la puntera y la otra en el tacón.

Obedecío, avergonzada por la postura que adoptaba, ya que el arnés que lucía la abría completamente, para disfrute del Lord.

Lord Teller apoyó su bota en el culo de Laura y empujó con fuerza, descalzándose de la bota, que quedó sobre las manos de Laura, entre carcajadas.

Repitieron a operación con la otra bota y Lord Teller se desnudó rápidamente, dejando su ropa junto a la de Laura.

Cogió de la pared un juego de correas que se la ofreció a Laura, sonriendo maliciosamente.

Eran dos correas que se cerraban en sendas anillas, algo más pequeñas que las de los pectorales.

– Toma. Colócalas donde te imaginas –Dijo ofreciéndoselas.-

Laura cogió las correas y las manos de Lord Teller, se apoyaron en sus hombros, presionando hasta que se arrodilló ante él. Soltó las hebillas para ajustar las cinchas en el escroto, separando los huevos que tensaban la piel brillante y rasurada.

Su vientre se contrajo y aguantaba la respiración, cada vez que Laura manipulaba su polla, ahora relajada.

Lord Teller ofreció un collar de cuero, que le fue ajustado al cuello y un cinturón, que Laura colocó sobre sus finas caderas.

Luego, colocó dos correas que, desde la argolla central del collar, cruzaban su pecho, resaltando sus pectorales y el vientre plano de Lord Teller, para ajustarse a las hebillas laterales del cinturón.

El arreo se completaba con dos finas correas, como las de Laura, que desde la cincha del escroto, sostenían el anillo que desnudaba el ano y se ataban en la parte trasera del cinturón.

Una vez así dispuesto, Lord Teller sonrió. Tomó entre sus manos las de Laura y besando los nudillos, se arrodilló.

– Sta. Laura, es su turno. Ahora debe demostrar el aprovechamiento de mis clases.
– Creo que sí- Respondió sonriendo Laura y perdiéndose en sus ojos.

Laura cogió la fusta que descansaba sobre la manta, ladeó la cabeza y la miró despacio, haciéndola rodar entre sus dedos.

Decidió que no era adecuada y se paseó por el pabellón, estudiando detenidamente los instrumentos que ornaban las paredes, mientras su cuerpo espléndido era espiado por Lord Teller.

Eligió un látigo, largo y delgado, de los empleados por los cocheros de calesas. También encontró un rollo de cuerda. Decidiendo que lo mejor sería empezar por una sesión de doma clásica con él.

Lord Teller, arrodillado en el centro de la estancia, no perdía de vista a Laura, saboreando anticipadamente nuevos placeres.

Laura se calzó las altas botas de Lord Teller y las cargó un par de pequeñas espuelas de plata, como complemento adecuado, por si fueran necesarias.

Así preparada, se acercó al arrodillado y anudó el extremo de la soga, bajo la garganta, al collar. Desenrolló tres o cuatro metros, alejándose y levantó el látigo, chasqueando apenas sin rozar las nalgas, indicando que se levantara.

Una ondulación de la soga le hizo empezar a caminar en círculo, dirigido por el látigo que manejaba con la otra mano, como había visto hacer en la doma de potros.

Sonrió satisfecha y el extremó del látigo golpeó las nalgas, obligándolo a iniciar un trote corto, con las rodillas bien levantadas.

Su verga se había endurecido. Presentaba una prometedora erección que se balanceaba con el trote.

Un tirón de la cuerda detuvo el trote y Laura se acercó a Lord Teller. Pasó los dedos por su nuca y acarició la espalda, palmeándolo como un pura sangre. Jadeaba sudoroso.

Deslizó un dedo por los pezones, el pecho, el vientre y lo enredó en el rizado pubis, para pasarlo luego por los huevos, brillantes en las cinchas y volver a acariciar sus ingles y su vientre.

La recompensa fue una palpitante erección y el florecer de una gota de humedad en el glande púrpura.

Dos rápidos fustazos en la verga, desanimaron cualquier tentación de placer. Lord Teller ahogó un gemido.

Un rápido tirón hacia debajo de la cuerda hizo q se arrodillara y, al tirar hacia delante, apoyó sus manos en el suelo, dispuesto para ser montado.

Laura dio una vuelta a su alrededor, pasando muy cerca de su cara y disfrutando de su aliento en las rodillas.

Montó sobre Lord Teller al estilo amazona y azotó, con la fusta pequeña sus nalgas, indicándole que iniciara su avance.

Sentía moverse el cuerpo bajo el suyo, el suave ondular de la columna bajo los muslos, comunicándole un excitante vaivén. El sudor de la espalda humedecía su piel.

Una leve flexión de las rodillas hizo que Lord Teller sintiera las espuelas en su vientre, muy cerca de su sexo. A penas un roce en la piel, justo para estremecerse por el agudo metal, animándole a avanzar más deprisa.

En cada vuelta, la entrega se evidenciaba. El corcel parecía cansarse y ser felíz de serlo. Cada músculo se tensaba y se dibujaba bajo la piel.

Un suave tirón detuvo el avance. Laura cambió la postura de amazona por la de jinete, abriendo sus piernas sobre la espalda del corcel y sintiendo en su sexo abierto la húmeda espalda de éste, mezclando fluidos.

Con un gesto de las caderas, Laura reinició la marcha y se acomodó para que el movimiento afectara directamente a su clítoris y prosiguió la marcha por la zona de doma.

Era infinitamente más divertido y excitante de lo que jamás hubiera imaginado. La obediencia absoluta a cada orden por parte del corcel indicaba su impecable disposición, sin restricciones. Aquello estimuló la imaginación de Laura.

Laura miró en torno suyo y descubrió, al fondo del salón, un caballete y un perchero, como un árbol, del que colgaban gran variedad de dildos, anillas, bolas y correas más pequeñas que los adornos de las paredes.

Hacia allí encaminó su corcel y, no necesitó espolearlo para que avivara el paso.

Al llegar, descabalgó y pasó amorosamente su mano por la nuca de su montura, acariciándolo, dejando resbalar suavemente las orejas entre sus dedos.

Tiró del ronzal para que se levantara y le mostró el caballete. Sus ojos la miraron suplicantes, pero la delatora erección demostraba su deseo y su curiosidad.

Laura guió a Lord Teller hasta tumbarlo sobre el caballete, con las piernas abiertas y pasando el índice por su espalda, se situó junto a sus nalgas, abiertas y expuesto su rosado anillo.

Tomó un delgado consolador terminado en una argolla y lo introdujo en al ano palpitante. Lenta y firmemente, hasta sujetarlo con el arnés que separaba sus nalgas, de forma que se introducía más con cada movimiento.

Lord Teller se arqueaba y boqueaba, sintiéndose lleno en cada embestida. Su cuerpo era una constante fuente de placeres y sensaciones que encendían cada poro de su piel.

Así dispuesto, incitaba al castigo. Cuatro fustazos en cada nalga les hicieron jadear. Laura sentía sus flujos resbalar por los muslos y deseaba intensamente aquel bello cuerpo entregado y dispuesto.

Avanzó hasta la cabeza y le indicó que se levantara. Lord Teller de pie y Laura se acercó hasta que sus pezones enhiestos rozaron su pecho. Sentía el cálido aliento sobre sí, provocándola. Contuvo la respiración mientras sus dedos recorrían los brazos, los hombros, el cuello, para deslizarlo luego por la espalda y juguetear con la argolla del dildo, en gesto infinito. Reteniendo el deseo de abrazarlo y unir sus pieles.

Empujó la argolla, atrayéndolo hacia si, en un abrazo que los dejó caer sobre un hato de mantas dobladas, que los acogió sin ruido.

Laura se movió entre los brazos de Lord Teller que la abrazaban, y guió su verga en su cuerpo, que la recibió ansioso.

Las manos sobre la argolla, guiaron la cabalgada, cada vez más frenética, insostenible, acompasando sus alientos, hasta un poderoso éxtasis.

Desde aquella mañana, las clases de equitación se sucedieron día tras día y las memorias del Lord Teller quedaron sin escribir.

Hoy, Laura es Lady Teller, y reparte su ocio cuidando rosales y escribiendo las memorias de su esposo, en el tiempo que les deja su pasión por las equitación.

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Ellos

Hacía calor y aquella terraza, bajo el emparrado conservaba la frescura acogedora que los transeúntes anhelaban. Sergio vestía un vaquero muy corto, ceñido y con varios rotos en la parte trasera que marcaban unas nalgas duras y provocadoras y una descolorida camiseta. Todo su cuerpo era una provocación, un delirio para los sentidos. Un cuerpo de esos que no existen en la realidad. Alto, atlético, bronceado de mucha playa, llamaba la atención de cuantos lo miraban. En la barra, apoyado indolentemente, reía y charlaba con el camarero, pasando la tarde.

Carlos entró y la frescura del ventilador colonial refrescó sus acaloradas mejilla. Estaba fastidiado y un poco aburrido cuando pidió su café con mucho hielo. Con calma, recuperándose, echó el azúcar en la taza, lo removió y lo vertió en el alto vaso lleno de cubitos de hielo, que tomó un atractivo color pardo.

Agitó el vaso y pronto todo el exterior se cubrió de condensación. Dio un pequeño sorbo y apoyó el frío vaso en su enrojecida mejilla. Su mirada se clavó en el camarero que seguía hablando con Sergio y descubrió la mirada de éste, intensa, magnética.

Una oleada recorrió su cuerpo, y sintió como se aceleraban sus latidos. El vaquero se introducía entre las nalgas de aquel tipo, mostrándolas provocadoramente y no sólo no le molestaba, sino que parecía encantarle. Las largas piernas, cubiertas con una pelusa ensortijada, perfilaba cada músculo en agudas líneas. La camiseta tampoco ensombrecía unos brazos torneados y unos hombros rectos. Su verga empezó a palpitar y bebió un poco de café, refrescando su seca garganta.

Estaba hipnotizado por aquel hombre tan deseable que su cuerpo se le rebelaba. El tiempo se había detenido. Sergio seguía hablando y riendo, aparentemente ajeno a los estragos que causaba en Carlos, pero sin perder un detalle, lo que le hacía sonreír sutilmente.

Carlos era joven, grácil y delicado. Su piel morena, cubría unos músculos apenas dibujados pero firmes. Tenía un aire dulce un una boca bien dibujada bajo los alto pómulos. Las bermudas holgadas le daban un aspecto postadolescente que no se molestaba en ocultar.

Cuando Sergio se le acercó, estudiándole con la mirada, supo q descubriría su erección y, con gran esfuerzo, evitó que le temblaran las piernas, deseando pasar sus dedos entre la tela y aquella piel que se prometía cálida y firme.

– Hola princesa. – Su voz grave y firme era un invitación –
– Hola -Respondió Carlos con la boca muy seca. No podía creer que aquella aparición le prestara atención. Su corazón latía con fuerza y tenía la certeza de ser transparente.
– ¿Tomamos algo aquí o nos vamos a dar una vuelta? Sergio sonrió al preguntarlo y sus ojos pasaban de las manos al perfil de Carlos, con un descaro provocador irresistible. Me llamo Sergio.
– Mi nombre es Carlos, -Respondió apurando el café- Y podemos ir a dar una vuelta.

El bochorno los acogió no enfrió sus deseos en la escasa distancia que los separaba de un elegante bar de ambiente, donde ofrecían discretos y cómodos reservados.

La fresca oscuridad los rodeó. Sergio palpó el culo de Carlos que ahogó un gemido al sentir la ardiente caricia, se volvió y sus bocas se encontraron, se exploraron y Carlos sucumbió a aquellos labios carnosos y poderosos que lo rodeaban, a aquella lengua dura que lo penetraba y a la que sólo podía rendirse y acariciar con la suya.

Las manos tenían prisa en desnudar los cuerpos y la polla de Sergio salió disparada cuando Carlos bajó la cremallera. La tomó entre sus manos como un delicado tesoro y empezó a acariciarla en toda su longitud, poderosa y nervuda, palpitaba entre sus dedos.

Tumbados en el ancho sofá, Sergio atrajo hacia su cara el culo de Carlos que empezó a morder las nalgas, mientras las amasa firme y profundamente, abriéndolas, sopesándolas. Su polla erguida frente a la cara de Carlos, era un invitación a la que no se resistió. Comenzó a lamerla largamente, desde su base hasta el glande, mojándola a lengüetazos, hasta que completamente mojada, la engulló controlando una arcada ante su enorme tamaño.

La polla chocaba contra su paladar y acariciaba con la lengua la cabeza del glande, presionando rítmicamente, para dejarse follar en la boca, cuando Sergio empezó a mover las caderas, bombeando acompasadamente.

Su cuerpo empezó a temblar por las caricias de Sergio que mordían las nalgas, primero una y luego otra hasta dejarlas enrojecidas, despacio, abriéndolas cada vez más hasta su prieto anillo rosado y húmedo. El primer contacto, le hico retraerse, pero las firmes manos de Sergio lo evitaron y la lengua siguió su trabajo, lamiendo y presionando, paulatinamente, hasta que el anillo fue cediendo, abriéndose y cerrándose una y otra vez.

La presión de las manos es tan intensa que se siente romper, diluirse, lo que le hace aferrarse a esa polla enorme que satisface su boca llenándola hasta dificultar la respiración. Su excitación es enorme, desea que su polla sea acariciada y la humedad aflora. Carlos, besa la polla de Sergio y desciende hasta los huevos que lame y mordisquea el escroto, mientras acaricia con sus mejillas los muslos duros y ardientes.

Su cuerpo responde sólo a los estímulos de Sergio y su anos se abre y se cierra temblando ansioso, cuando éste toma los huevos con la mano y los amasa suavemente, sujetándolo mientras empieza a empujar con la lengua. se retuerce de placer.

Sergio saborea el gusto de Carlos, lamiendo y empapando, abriendo y ablandando ese anillo que cobra vida propia abriéndose obscenamente para ser follado con la lengua cada vez más profundamente. Carlos resopla en la entrepierna de Sergio, besando, mordiendo y succionando los huevos, para volver a esa polla que lo enloquece. La lame y un gusto dulce y salado le excita aún más, engulléndola y chupándola golosamente.

Carlos empieza a balancear sus caderas, provocadoramente, y Sergio da un fuerte cachete en la nalga y luego otro, y luego otro más, mientras la lengua entra y sale más rápidamente.

– Muévete puta, siente como te follo.
– Si, fóllame soy una perra caliente.

Sergio agarra a Carlos por las caderas, se levanta y le da la vuelta. Se coloca entre sus piernas abierta y empieza a masturbarse frente a él. Carlos enloquece de deseo y de ansiedad ante una imagen tan imponente, pero no le está permitido tocarse.

– Te deseo, fóllame – Articula Carlos entre gemidos.-

Sergio Tira de los pies del tumbado y los coloca sobre sus hombros. Restriega su polla bajo los huevos, deslizándola ardiendo sobre la raja muy húmeda. La polla de Carlos apunta palpitante hacia arriba y brilla de humedad, cuando Sergio presiona sobre su ano, abriéndolo, penetrándolo lenta y profundamente, mientras lo sujeta de las caderas atrayéndolo.

La penetración se hace más intensa y Carlos siente que sus entrañas se abren para acoger tal regalo y se cierran sobre él, como un beso. Sus pensamientos están detenidos y sólo desea complacer y disfrutar, sentir esa verga que lo traspasa haciendo realidad un sueño. Su cuerpo tenso, se balancea haciendo más profunda la penetración. Desliza sus piernas por el cuerpo de Sergio hasta rodearlo por la cintura y apoyar sus talones en las nalgas, presionando para sentir la verga ardiente en sus entrañas, provocando oleadas que lo hacen temblar.

Sergio se abalanza sobre Carlos y comienza a besarlo, lenta y profundamente, mientras pellizca los pezones. la verga de Carlos, aprisionada por los vientres duros y planos está a punto de explotar de placer. Pasa sus manos bajo las nalgas, sujetándolo mientras lo encula sin parar y la boca devora y besa el cuerpo de Carlos, que responde, abriéndose para recibirle.

Carlos se siente follado en la boca por la lengua con sus caricias potentes y profundas y en su culo con la polla poderosa y ardiente que lo traspasa. Se mueve espasmódicamente sin poderse controlar, vaciándose y regando con su leche sus pieles. Sergio, siente las convulsiones de Carlos y sin remedio, lo embiste profundamente para verter su leche llenándole, regándoles. Las manos de Carlos acarician suavemente los huevos de Sergio, aumentando una corrida hasta quedar sudorosos y exhaustos.

Se miran a los ojos, sonriendo, Sergio desliza una mano a los muslos de Carlos, por donde resbala su leche, la extiende en una caricia, empapa sus dedos y los lleva a los labios, donde Carlos los lame con fruición, saboreando sus fluidos, sus aromas y sus sabores, chupando unos dedos, como antes había chupado la polla. Sergio lo acaricia y lo besa.

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En ruta

Susana había terminado el curso. Dejó el bolígrafo sobre la mesa y entregó el examen, recogió sus cosas y salió. El sol la deslumbraba al bajar las escaleras del viejo edificio de la facultad. El perfume del verano la llenó de pronto. Se negó a pensar en las preguntas y dio carpetazo a sus pensamientos. Caminó hacia la carretera de la playa. Pasaría unos días en el apartamento de sus padres.

Hizo ”dedo”. No tardó en detenerse un camión junto a ella. Indicó su destino al conductor, que sonriendo le hizo un gesto con la cabeza para que subiera. Saludos de rigor y unos cigarrillos, entre comentarios del tiempo, del verano y del calor. Ninguno de los dos tenía demasiada prisa.

Se acomodó coquetamente la camiseta de tirantes sobre la falda, esbozando una sonrisa ante el efecto que su cuerpo causaba en el conductor. Se quitó las sandalias y cruzó las piernas en el asiento. Juan se dirigió a un área de descanso.

Se miraron y el deseo les hizo sonreír con complicidad. Juan la abrazó besándola, iniciando una danza exploratoria que los encendía cada vez más.

Las manos recorrían los muslos retirando la ropa, hasta la cálida humedad de las braguitas, donde se detuvieron impregnándose de perfume, pasando y repasando sin parar; arrancando gemidos, antes de buscar los pechos que florecieron bajo la camiseta, endureciéndose los pezones.

Susana recorrió la espalda y buscó la entrepierna dura y palpitante que presionaba sobre la tela. Introdujo su mano en el elástico del pantalón corto y encontró la suave tersura de la verga que comenzó a acariciar, deslizando la piel sobre el tronco, presionando y aflojando hasta que él, cedió a las caricias, bajando el ritmo de las suyas. Entonces se incorporó. Miró pícaramente a Juan a los ojos y de un tirón liberó su sexo, que afloró descarado. Humedeció sus labios con la lengua, provocadoramente y los frunció acercándolos a aquella polla.

Sosteniendo la polla con las manos, la besó y empezó a lamerla, humedeciéndola, hasta dejarla completamente mojada. Entonces la introdujo en su boca y comenzó a succionarla, presionándola entre la lengua y el paladar, frotando el frenillo y jugando con ella en el interior de su boca, disfrutando de su cálida firmeza, hasta que la saliva escurría por la comisura de sus labios. Entonces, retiró sus labios, hasta el glande, y apenas cerrándolos, para aumentar la presión, volvió a introducírsela en la boca, repitiéndolo cada vez más deprisa, hasta que Juan acompañaba sus movimientos con sus caderas, bombeando entre jadeos.

Se detuvo y comenzó a acariciar el glande con la lengua, en el interior de su boca, saboreando las dulces gotas hasta buscarlas en el interior, donde  introducía la punta de su lengua.

Se incorporó y besó los labios entreabierto, que se abalanzaron sobre su boca explorándola y compartiendo sabores, mientras sus manos, bajo la falda, apartaban las braguitas, haciendo caminos para su polla.

Susana adelantó las caderas al sentir la presión en su coño húmedo y gimió al ser penetrada larga y profundamente, en una cabalgada que la hacía olvidar, despertando ríos en sus entrañas y crispando su cuerpo de placer.

Los alientos se aceleraron incontrolables y los dedos de Susana, buscaban la piel de Juan, donde vaciar su tensión. Tiraban y presionaban hasta que se pegó completamente a él, inmóvil mientras se desbordaban sus entrañas y los pulsos se extendían por todo su cuerpo.

Juan, inmovilizado, luchó por volver a moverse, ahora con más ímpetu, hasta vaciarse completamente y acariciar, suavemente la espalda de Susana, recuperando la noción del tiempo y le sentido en su piel.

Unos kilómetros más adelante, Susana bajó del camión y se perdió en el bullicio del atardecer. La tensión de los exámenes había desaparecido y tenía todo el verano por delante.

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Luis

– Toc toc – Llamó suavemente.-

La puerta se abrió y una sonrisa le dio la bienvenida. Los brazos encontraron las cinturas en un cálido saludo cargado de deseo.

– ¿Te apetece tomar algo? – Ofreció Pilar – Hace mucho calor hoy -sonrió-
– Un vaso de agua fresca, por favor. Respondió, mirando a su alrededor, esperando una indicación.
– Siéntate y ponte cómodo, se te ve sofocado, sonrió ofreciéndole la bebida.

Luis se acomodó en el amplio sofá y Pilar lo hizo a su lado, cruzándolas piernas sobre el asiento, sin dejar de mirarle. Hablaron del tráfico y cosas cotidianas. Palabra a palabra, Pilar sentía encenderse un deseo irrefrenable por aquel cuerpo que se le ofrecía. Grande, ancho, poderoso. Con una mirada sincera, invitadora.

Los dedos delgados de Pilar, buscaron los botones de la camisa, soltándolos despacio, hurgando curiosos en aquello que ocultaban. Luis sonrió y jadeó expectante. Al llegar a la cintura del pantalón, Pilar insinuó un roce sobre la cremallera y se recostó en el respaldo. -Será mejor q te desnudes- Afirmó suavemente. Aquello puso fin a la intranscendente conversación.

Mientras Luis se desabrochaba la ropa, las manos de Pilar le sorprendieron descalzándole. Se sonrojó y, un poco aturdido, se liberó él mismo de los náuticos marrones q llevaba.

Pilar, sonrió y se levantó dirigiéndose a la terraza. No hacía falta decir nada más. Su mirada se perdía en el horizonte casi blanco, mientras percibía, amortiguados los movimientos de Luis desnudándose, ordenando sus ropas y adoptando la posición q debía.

Esperó un poco más, aún, y se volvió, para disfrutar del espectáculo. Luis arrodillado sobre el mármol, sentado en los talones, la piel brillante de sudor y la cabeza agachada, mirando frente a él. Sólo la boca, levemente fruncida, denotaba la tensión. Sonrió satisfecha. Entró en la habitación y avanzó hasta que sus pies entraron en su ángulo de visión, cerciorándose de que Luis la seguía con la vista.

– Tengo una pequeña sorpresa para ti, perrito. – Tomó una delgada correa de exhibición y regresó frente a Luis. Sonriendo la ajustó a su cuello y con un leve tirón le hizo apoyar las manos en el suelo y avanzar detrás de ella, paseando en torno a la habitación.

Orgullosa, lo condujo hasta el cuarto de baño, donde le mostró la ducha. Deseaba tomar posesión de aquel cuerpo en su totalidad, así que abrió los grifos y dejó que el agua cayera, arrastrando el calor del día, desnudando el deseo. Luis, inclinó la cabeza y se dejaba hacer. Las manos le exploraban y las sentía en los rincones más insospechados, unas veces acariciantes, otras firmes y severas, siempre eficaces. Le ofreció una toalla y acercó su cara a aquella piel, lamiendo y aspirando su aroma. Aún quedaban restos del caro perfume, atenuados por el agua.

Pilar se despojó de su falda recta, quedando apenas vestida con un diminuto tanga blanco y el ajustado top que realzaba su silueta, contrastando con el bronceado de su piel. Avanzó felinamente, erguida, hasta los pies de la cama, donde se sentó y con un gesto le indicó a Luis que se acercara.

Una cálida atmósfera de sensualidad y deseo los envolvía, cuando Pilar sintió la húmeda caricia entre los dedos de sus pies. Estiró sus largas piernas, invitando el avance, saboreando las oleadas de placer que recorrían su cuerpo.

Se contrajo al sentir los labios ardientes en sus muslos, que separó un poco, mostrando su rosado secreto. Gimió cuando Luis, sabiamente, comenzó a lamerlo, saboreando cada gota que destilaba sin cesar. Ingrávida, sólo las cálidas manos de Luis la sostenían en un éxtasis palpitante eterno. sus piernas temblaban de placer y sus manos buscaban ansiosas, asirse a las sábanas.

Pilar, enredó sus dedos en la cabeza de Luis, guiándolo en su goce, hasta que tiró de ella, obligándolo a incorporarse. Le indicó que se tumbara en la cama y avanzó sobre él hasta sentarse sobre su vientre, dejando una perfumada huella que lo hizo estremecer.

Cuidadosamente medidas las distancias, para que los roces apenas provocaran el deseo, Pilar ató las muñecas de Luis al cabecero y se concentró en encenderlo, despertando cada poro de su piel. Mordisqueaba las orejas y succionaba el cuello, desde la nuca a la garganta. Cuando los labios de Luis se secaban, ella los humedecía sin detenerse demasiado y volvía a los pezones que sujetaba entre sus dientes dejándolos resbalar, provocando gruñidos contenidos.

Luis se dejaba hacer en manos de la que se había entregado, saboreando anhelos y deseos satisfechos. La cera cubrió sus pezones y su cara se contrajo de dolor. Pilar volvió a acariciarlos, rescatándolos en su boca, que inició una búsqueda, mordiendo y lamiendo hasta encontrar la polla que buscaba.

Inmóvil, se contraía y agitaba. Aquella boca lo absorbía alternando el rítmico movimiento con suaves presiones y gestos con la lengua que le hacía difícil contenerse. Las manos lo acariciaban y deseaba abalanzarse sobre ese cuerpo delicioso que lo enloquecía.

Pilar levantó la cabeza y gateó sobre Luis, hasta liberarlo de sus ataduras, susurrándole -Puedes abrazarme- Sus miembros liberados, recorrieron ansiosos el cuerpo de su Ama, estrechándolo y reconociendo cada milímetro de su piel. Ahora, los besos se hicieron largos y profundos, las bocas se buscaban anhelantes tras cada gesto y cuando Ella enroscó sus piernas en tono a uno de sus muslos, presionó su cadera contra su verga aprisionándola y la sintió palpitar y estremecerse hasta quedar exhausta sobre él, que la acaricia despacio.

– Ven, vamos a seguir jugando.

Dócilmente, Luis se dejó guiar a la habitación contigua. Su deseo era evidente y ansiaba el permiso para vaciarse.

Pilar con un gesto, le mostró el sofá para que se arrodillara y tomó la fusta. Se acercó y con una presión firme en su hombro, le obligó a apoyar la cara en el asiento, dejando sus caderas elevadas, sus nalgas abiertas, mostraban desprotegido el rosado anillo. Su polla palpitó y no pudo evitar abrir y contraer su ano, cuando los primeros azotes sonrojaron su piel.

El pulso acelerado por el esfuerzo y el deseo, marcaba el “Gracias Ama” que seguía a cada azote. Su polla palpitaba recuperándose tras cada estallido. Ella acusaba el esfuerzo y sus entrañas volvían a destilar néctar de deseo. Se colocó frente a Luis, le alzó la barbilla y adelantó sus caderas, acercándoselas al rostro, que inundó de aromas. Frenético, Luis se hundió en ese coño que se le acercaba, lamiendo, saciando su sed.

Cuando Pilar se sintió satisfecha, se sentó frente a Luis y tomó la polla entre las manos, acariciándole los huevos, deslizando un dedo hasta el ano, donde se introdujo.

– Mastúrbate y córrete en mis manos.- Fue una orden corta, que provocó un respingo en Luis.

Pilar, descubrió el gesto q iluminó la cara de Luis, sin saber si obedecía a la orden o a la sensación de sus dedos en las entrañas. Cualquiera de ellos la excitaba.

Luis se crispó, adelantó las caderas contrayéndose y explotó. Ella sintió el líquido caliente salpicando sus manos y su mirada se perdía en la mueca de placer del rostro de su perro. Cuando abrió los ojos, se encontró con la mirada sonriente de su Ama. Aún jadeaba, cuando le fueron ofrecidas las manos de Ella, que contenían su leche. No necesitó ninguna orden para lamer hasta la última gota de sus manos.

Pilar se alzó y tomó las mejillas de Luis, cariñosamente. Acercó sus labios y lo besó despacio, saboreando la excitante mezcla de aromas y sabores, desde el dulce al saldo y el indescriptible de la entrega. Le respondió un cálido y profundo beso.

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Penitencia

Ella entra en la capilla, no hay casi nadie. Aprovechará para confesarse. Se acerca al confesionario, donde se arrodilla y empieza a confesarse.

El cura la va dirigiendo hacia los temas de sexo, que realmente le interesa, haciéndole preguntas cada vez más escabrosas.

El cura, silenciosamente, abre la rejilla y, sacando su mano, empieza a manosear el pecho de ella

Ella jadea, conteniéndose. Intentando mantener la compostura.

El cura continuaba tocando y manoseando por encima de la blusa de verano su escote

Soltó un botón y accedió a sus pechos, haciendo que se contrajeran sus pezones

Cada vez que ella callaba o erraba en una respuesta, él pellizcaba firmemente un pezón y ella gemía, por lo que volvía a pellizcárselo con más fuerza, indicándola silencio.

El cura continuaba hablando, como si en realidad no estuviera manoseándola. Hablaba de los pecados y de la penitencia, así que cuando llegó el momento de la penitencia le dijo que no iba a ser algo habitual, que ella merecía otra cosa y le indicó que fuera a la sacristía, que se arrodillara en el reclinatorio y se quitara las bragas.

Ella, se levantó confusa y aturdida, asustada y excitada ¡Sus bragas estaban empapadas!

Entró en la sacristía, se quitó avergonzada sus bragas, y se arrodilló, en el reclinatorio, como le habían indicado. Y estuvo así, desnuda por dentro, sintiendo cómo aumentaba su humedad y resbalaba por sus muslos, a pesar del frío que hacía y del olor a moho que impregnaba la estancia durante una eternidad

Oyó el chirrido de la puerta cuando empezaban a dolerle las rodillas. Alguien levantó su falda, mostrando sus nalgas

Tembló

Unas manos elevaron sus caderas, obligándola a apoyarse sobre los pies, mientras permanecía inclinada, de forma que su sexo esta abierto y accesible. Brillaba sonrosado bajo las nalgas, con las piernas abiertas

Empezó a recibir azotes en sus nalgas que estallaban en su cerebro en una extraña mezcla de dolor y placer. Había sido azotada y estaba excitada

Unas manos acariciaron sus nalgas enrojecidas provocándole un gemido. Ahora sintió como le manoseaban su sexo, tirando de sus labios mojados y retorciéndoselos, yendo adelante y atrás. Tropezando con su vulva y dejándola.

Ella, perdía el control de su cuerpo y balanceaba sus caderas, sin querer, buscando el contacto.

Unos dedos hurgaron en sus entrañas, donde se movieron con fuerza

Ella sintió un vació y la necesidad de juntar sus piernas, apretar y liberar la tensión que tenía su cuerpo, pero la mano que la controlaba se endureció, sin permitírselo

Ahora otra mano tocaba sus pechos con fuerza, casi le dolía, – pero estaba demasiado excitada para ello.

De pronto su sexo quedó vacío y palpitante

Una verga dura y poderosa ocupó el lugar de la mano, embistiendo con fuerza una y otra vez, mientras las manos tironeaban de los maltratados pechos, alternando con agarrones y palmadas en las enrojecidas nalgas

Su respiración era una serie de gemidos, acompasados a las embestidas, una y otra vez; cada vez más profundos; cada vez más firmes; cada vez más largos y más rápidos.

Ella cruzó las piernas, sintiendo con más fuerza la carne en su interior. Se paralizó un instante, justo antes de convulsionar sobre el sexo que tenía dentro.

Su sexo palpitó y sus caderas se balancearon con suave cadencia

Él sintió la explosión en su verga y fue succionado por las entrañas de la penitente que palpitaban en un violento orgasmo.

Sintió como era absorbido y se dejó llevar, explotando en su interior, vaciándose completamente

– Ahora, vete y no peques más le dijo y no vuelvas la cabeza o te pesará

Ella, se incorporó y salió de la sacristía. Allí quedaron sus bragas, aún húmedas.

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Media hora, larga.

Martes 20:38

Una dura jornada, extraordinaria, de tensión y cálculos urgentes, al fin acaba. Recoge los documentos, apaga los equipos y da las últimas instrucciones.

Marca un número de teléfono y la voz sonriente le saluda. Nota que está cansado, trepidante y que la adrenalina corre por sus venas.

Una avalancha de noticias se desploma entre risas y comentarios. La conversación salta de tema a tema.

– Un momento, suena el otro teléfono, -Indica él.-
– Ok , sin problemas. -Responde Ella-
– .. ¿Qué alguien trae un confidencial urgente para el técnico de guardia? ..

El vigilante, solicita instrucciones al respecto.

– Si señor, le indico el despacho.

No dejaba de oír la suave risa de ella al otro lado del auricular y ello le producía una indescriptible irritación.

– Un momento cielo, -Habló al auricular de las risas-. Ahora estoy contigo princesa.
– No lo sabes tu bien corazón. -respondió la voz, desconcertando a su interlocutor el cambio de registro-

El miraba hacia la puerta, esperando la aparición del mensajero, cuando descubrió que el vigilante estaba acompañado de una elegante mujer, vestida con un discreto traje chaqueta en tonos grises, que portaba un maletín en una mano y en la otra sostenía el móvil con el que hablaba.

Agradeció al vigilante su atención, despidiéndolo, antes de dirigirse hacia aquella mujer, vagamente familiar, que hacía saltar todas sus alarmas y sus sospechas, despertando sus ilusiones.

Ella sonrió y colgó elocuentemente, el teléfono móvil

– Creo que será mejor que cuelgues tu también. Roberto -Dijo.-
– ¡Pero qué haces Aquí! ¿?
– ¿Crees que podrán pasar sin ti 30minutos? – Le preguntó. –

Las preguntas le estallaban en el cerebro, cómo, cuando, porqué, era una sorpresa, él no sabía nada.

– ¡Esto es una locura! – Exclamó él, sintiendo un agradable calor en su entrepierna, prometedor. – De todos modos, rió él,- yo terminaba ahora.
– Entonces, quizás siga libre ese despacho de la otra planta que me mostraste en ‘la bañera’. -Respondió ella con una sonrisa y un guiño aludiendo a viejos secretos y cerciorándose de que estaban completamente solos.-
– Vamos, -dijo cerrando el portafolios. Una oleada de emociones recorrió su cuerpo al recordarlo sonriente-

Se dirigieron hacia los ascensores, sintiendo un trepidante ardor en sus venas. No se atrevían ni a mirarse, pero no podían evitar espiar cada movimiento de ese ser tan excitante.

El despacho estaba oscuro, y el gran ventanal asomaba las luces de la calle.

– Mi Ama. -Dijo él cayendo a sus pies.-

Ella desabrochó la chaqueta y la falda, que cayeron sobre la cabeza de su siervo, inundándolo de su aroma de hembra y de su perfume exclusivo.

Salió de la ropa, mientras él hundía en ella sus sentidos, agudizando su deseo y su necesidad de entregarse a su Ama que lo enloquecía.

Quedó de pié, erguida y provocadora, saboreando de antemano el placer.

– Ahora te toca a ti cielo -oyó que decía susurrante.-

Recogió la ropa, depositándola sobre una de las butacas y comenzó a desabrocharse la camisa, despacio, mostrando su pecho desnudo.

Sus manos juguetearon con la cintura del vaquero antes de soltar el botón. Ambos conocían el secreto y eso les estimulaba.

Apenas había soltado la bragueta, cuando su miembro afloró potente.

La boca entreabierta, casi temblando, ella lo rodeó, empujándolo sobre una de las sillas del despacho.

Sentado, no perdía detalle de los movimientos felinos de su Ama: Como abría su portafolios, sacando una mordaza de bola y una fusta, que le mostró sonriente.

Tembló, las sensaciones explotaban en su interior, los recuerdos del día y la clandestinidad del encuentro, todo ello potenciaba su deseo.

Sintió la fusta recorrer su pecho, suavemente, apenas un roce, antes de que la depositara sobre sus muslos.

La mordaza en su boca entró casi sin darse cuenta y sintió el calor de sus pechos en la cara, cuando se la ajustó.

Se perdía en aquellos senos pequeños y turgentes bajo la blonda bordada del sujetador, que los mostraba, adornándolos.

La húmeda caricia en su oreja y la obligación de silencio, era más de lo que podía soportar. Sólo el dolor de las uñas en su pecho le mantenía en el mundo real.

Atado, con su propia camisa, no intentó ni moverse, cuando los labios comenzaron a besar lentamente su verga, ya púrpura, cuando la lengua lamió su glande empapándolo y cuando una boca lo rodeó succionando. Sólo se abandonó al placer.

Las caricias avanzaron, por su vientre y su pecho, hasta que los labios se apoyaron en los suyos y sintió sobre su piel el roce ardiente de otra.

Ella, continuó su avance sobre el cuerpo de su siervo, dejando un rastro de humedad y de su aroma sobre él, hasta que la boca estuvo a la altura de su vientre.

Introdujo sus dedos bajo el tanga, liberando su sexo, que mostró, rasurado y jugoso bajo la mata esponjosa y rizada.

Balanceó sus caderas, sintiendo el aliento cálido y ansioso del amordazado, que pugnaba por saciar su sed en aquellas fuentes.

Retiró la mordaza y acercó su sexo, que fue acariciado hasta que las rodillas comenzaron a temblar.

Entonces se sentó, sintiendo como entraba profundamente aquella verga que la llenaba. La acomodó en sus entrañas e inició una larga cabalgada sobre ese potro hermoso, fuerte y caprichoso, que les llevó a desbordarse sin remedio entre jadeos.

Apoyó su cabeza en el hombro moreno, resoplando mientras recuperaban el aliento y el pulso. El la abrazaba, sin dejar de acariciar la suave piel de la espalda, mientras la besaba dulcemente.

– ¡¡Dios mio!!

Se separaron casi dolorosamente y asearon sus humedades.

Casi no podían hablar de tanto como deseaban decirse.

– No, no digas nada, -sonrió ella- Ambos tenemos muchas cosas que hacer.
– Hasta pronto princesa.

Se besaron apasionadamente, y sus cuerpo se entregaron olvidando el tiempo, palmo a palmo, hasta dolerles la piel de deseo, contenido por volver a empezar.

Salieron del edificio, tensos y deseos de robar otro instante al tiempo. Eran las 21:15 cuando ella se perdió entre la multitud que paseaba el anochecer de la ciudad.

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