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Relatos eróticos caracterizados por relaciones de dominación ejercidas por mujeres.

Academia

Rosa

Rosa tenía 40 años y un cuerpo perfecto. Era musa de los sueños de todos los hombres que había conocido y sabía que ocupaba ese lugar en su reposo, al que se llega para refugiarse de la cotidianeidad. Lo sabía y se sentía halagada por ello.

Había experimentado la sumisión como una forma de satisfacción sexual sorprendente, por cuanto significaba dar rienda suelta a emociones en circunstancias en otras situaciones imposibles. Sentirse desposeída, entregada, prestada.

Situaciones irracionales, mudas, que simplemente suceden. Situaciones en donde los sentimientos no cuentan. Donde el poder se ejercía porque sí, porque es poder. Su cuerpo había sido excitado y satisfecho en el olvido.

Había conocido los sentimientos, la entrega y el dolor del silencio, la angustia de la sensación de vacío y de pérdida.

Había conocido la entrega en todo su esplendor.

De pronto empezó a encontrarse con seres que deseaban someterse, que necesitaban salirse de ellos mismos y entregarse, sentirse propiedad de alguien que les redimiese de su aburrimiento, pero que carecían del mínimo conocimiento, de ellos mismos, de sus posibilidades. De sus capacidades y de sus objetivos.

La feminidad asustaba y eso hacia que fuera relegada, usada y humillada a caricaturas y situaciones grotescas, cuando no crueles.

Así que decidió crear “La Academia” Un rincón donde poder enseñar a sentir aquella parte de sí mismo ajena a la racionalidad, que vive en cada ser humano, a ser lo que realmente decidían ser todos aquellos que buscando ser sometidos.

El sueño de su vida, un viejo chalet en la zona residencial más exclusiva de la ciudad, rodeado de un cuidado jardín diseñado con arbustos aromáticos y altos castaños, que aislaba la casa totalmente del exterior. El interior ofrecía todo el confort y calidez que necesitaba para su trabajo de escribir y servía de refugio para sus fantasías.

Sus alumnos eran recomendados, nada al azar. Y, el proceso de aprendizaje variaba, según cada alumno, unos apenas sobrepasaban un par de sesiones, reconociendo que su propia naturaleza les impedía continuar. Sin embargo, había quien, tras, el periodo de aprendizaje se había decantado como excelentes especialistas, compitiendo en los mejores circuitos.

La incapacidad desesperaba a Rosa, que los despedía rigurosamente. El ritual de la presentación, le proporcionaba una información vital de cada candidato, su actitud. Y, la mayor parte de las veces, no necesitaba ni realizar otras pruebas, sabiendo de antemano la naturaleza de cada aspirante.

Su información era valiosa y sólo estaba al alcance de personas capaces de apreciarla y asimilaría.

Eduard

Un día, recibió la visita de Eduard. Alguien muy especial, compañero y confidente habían compartido experiencias y largas botellas de Malta en horas de complicidad. Se sabían de lágrimas y desvelos, de alegrías y fantasías, de amores y desamores. Sus cuerpos se habían poseído con pasión y con ternura y entre ellos existía un vínculo especial, ajeno a las relaciones habituales.

Eduard le habló de Daniel, colega de búsquedas y del que sabia que estaba muy interesado en la sumisión. Daniel era un fotógrafo, con el que había confianza y que compartían su pasión por ejercer el Dominio sobre cuerpos y mentes de sumisas.

Sin embargo, una tarde de bolos y cervezas, Daniel le había confiado su secreto deseo de probar el lado oscuro, el otro lado del espejo. Para eso había investigado en las páginas de los periódicos y estaba desesperado. No soportaba las profesionales, existía demasiado formalismo para que pudiera implicarse. Las Amas reproducían la estética hasta el infinito, sin embargo su actitud era de cartón piedra y no llegaba a emocionarle. Eso, sin contar la sordidez de ciertos lugares, la frialdad, la rutina.

- Y no conocía a nadie que pudiera iniciarle en ese mundo. – Así que le hablé de ti. – Dijo Eduard- Y no me disculpo por el atrevimiento. – Continuó riéndose.-
- Vaya, vaya – respondió Rosa regocijada- menos mal que has tenido la delicadeza de decírmelo al menos, todo un detalle por tu parte, no hay duda.
- Vamos, merece la pena intentarlo, es un buen tipo.
- La verdad es que me pones en un compromiso -sonrió Rosa- sabes que mis alumnos son sumisos, jamás he sometido a ningún Amo.
- Eh!, ¿Te olvidas de mí?
- Tu no cuentas. Tu eres mi amigo y eres muy especial. No tiene nada que ver una cosa con otra.
- ¿Estás segura? Yo creo que tu eres la única persona, que conozco, capaz de mostrar a un Amo los caminos de la sumisión.
- Está bien, – dijo ella, tras sorber un poco de dorado néctar- acepto el reto, pero las condiciones serán las mías y serán las mismas que las del resto de mis alumnos.
- Sabía que podía contar contigo Rosa, eres un encanto. Le diré que te llame.
- De todas formas, antes debo verlo, espero que por lo menos hayas traído una foto suya
- Ja ja ja ja claro -la risa fuerte de Eduard se extendió entre ambos- mira te he traido estas, las hicimos en la bolera ayer.
- Estás en todo ¿eh?, cuando te propones algo, eres cuidadoso -sonrió Rosa-

Un satisfecho rostro moreno, de ojos oscuros miraba desde el papel. En la siguiente estaba lanzando una bola y su rostro concentrado volvió a colarse dentro de Rosa. Era un atractivo varón, que tenía algo que le atraía, sin poderlo describir.

Dejó las fotos sobre la mesa y siguieron hablando de sus cosas, del pasado y del futuro, como siempre, hasta que al salir Eduard sintió sobre sí el manto de los altos árboles del jardín, que amortiguaba los ruidos de la ciudad. Y con él la placentera sensación de reparadora tranquilidad que siempre le invadía tras haber pasado un rato con Rosa. Su Rosa, su confidente, ella.

Al día siguiente: Daniel

Con el sonido de la radio, acudió a su mente la cita de aquella tarde, y con ella, un ligero pellizco de nerviosismo. Al fin conocería el otro lado. Eso esperaba. Eduard le había hablado de Rosa y deseaba conocerla, ansiaba encontrarse con ella. Sabía que no sería fácil, pero lo deseaba tan intensamente. Se levantó tarde, acabó el articulo que tenía entre manos y lo mandó al e-mail. Salió a hacer las compras y comer, tenía que regresar temprano para prepararse para la entrevista. A medida que pasaban las horas, se sentía cada vez más inquieto e impaciente.

Volvió a casa, guardó las compras y se duchó y se afeitó. El cuarto de baño en blanco y negro, mostraba su cuerpo en todos los espejos. Le encantaba mirarse y comprobar que a sus 43 años su cuerpo atlético estaba en plena forma. Un cuerpo que sabia emplear a fondo para satisfacer a sus sumisas. Asomarse al espejo le hacía sonreír de placer al comprobarse tal cual se imaginaba. Pero hoy, había un punto de tensión en su rostro. Sus ojos aparecían preocupados al afeitarse.

Sólo son nervios. –Tranquilo – se dijo a sí mismo.- Te estás comportando como un adolescente en su primera cita. Y una sonrisa iluminó el rostro del espejo.

La elección de la ropa, tampoco fue sencilla, ni demasiado serio, ni demasiado Informal, un toque de distinción. Al final decidió que el toque de distinción lo pondrían la chaqueta Armani y el perfume Loewe, sobre los jeans, la camiseta y los naúticos, todo sobre tonos azules.

Aparcó su coche frente a la verja. A su alrededor, los altos castaños le cobijaban con un cálido tono cobrizo. Llamó a la puerta y al decir su nombre, escuchó el zumbido de la cancela al abrirse. Caminó por el jardín, sintiendo el perfume de los arbustos, que le Iba aislando, hasta llegar a la pequeña puerta lateral cálidamente iluminada, donde una mujer de mediana edad y porte distinguido le franqueó la puerta.

- Buenas tardes Sr. Escudero, pase por favor, le esperan – Dijo la mujer cortésmente-
- Buenas tardes, gracias – Respondió Daniel, un poco tenso. –

Camile condujo a Daniel por un pasillo donde su taconeo quedaba amortiguado por la gruesa alfombra que cubría la parte central de una brillante tarima, hasta una puerta que abrió, indicándole que pasara.

- Buenas tardes Sr. Daniel Escudero, si no me equivoco – dijo una mujer que se levantaba de su escritorio y se acercaba hacia él tendiéndole la mano.

- Buenas tardes ¿Rosa? – Respondió Daniel-
- SI, soy Rosa. Encantada de conocerle – Sonrió estrechándole la mano- ¿Desea tomar algo?
- Un Bourbon, por favor.

Rosa se dirigió hacia una de las vitrinas emplomadas y sacó dos vasos anchos, de cristal tallado. Depositó una pieza de hielo en uno de los vasos, donde sirvió el Bourbon y ninguna en el vaso donde sirvió un single Malta.

Entregó el vaso con el hielo a Daniel, – que la miró con una mezcla de sorpresa y agradecimiento- a la vez que se sentaba frente a él en el confortable sillón de cuero marrón.

Ella sabía cómo se toma el Bourbon. Ella era alta, delgada en sus pantalones sastre oscuro y la blusa de seda azul realzando su esbeltez, con el único adorno de una gargantilla de perlas blancas y azules. No la imaginaba así, con el cabello recogido y los rizos enmarcando su rostro delicado. Sus ojos dulces y los labios bien dibujados, sin apenas maquillaje. Realmente no sabía cómo imaginarla, pero, desde luego no así.

- Así que Sr. Escudero – Dijo Rosa sonriendo- está Vd. Interesado en conocer el otro lado. – Dijo de sopetón, entrando de lleno en el tema, sin darle vueltas.- ¿Cómo se le ocurrió la idea?
- La verdad, resulta difícil de explicar, – respondió Daniel- Me interesa el tema de la D/s que practico habitualmente, donde mi papel es el de Amo.
- Continúe por favor – Dijo Rosa recostándose sobre el sillón, mientras cruzaba las piernas, permitiendo asomar una delicada cadena de oro en su fino tobillo.-
- Quizás por cansancio, por inquietud de conocer cosas nuevas, pero creo que sobre todo, por saber el sentimiento de mis sumisas, qué sienten, qué piensan qué viven durante la entrega.
- Bien, esa es una curiosidad saludable, pero insuficiente para iniciar este curso, donde se descubren aspectos delicados que requieren una gran fortaleza física y una actitud mental muy equilibrada.

Aquellas palabras prendieron en el cerebro de Daniel, por primera vez las escuchaba en boca de una mujer, de un Ama. Ese era su planteamiento hacia sus sumisas, a las que seleccionaba meticulosamente, despreciando siempre cualquier imperfección, y se dispuso a responder al reto.

- La verdad es que además de sentir curiosidad, creo que hay algo más.
- Sin embargo, su tendencia es la contraria ¿verdad? De Amo. Eso imposibilita que responda adecuadamente a las exigencias del curso.

Bueno -Daniel sentía que se desmoronaba, que la ira prendía en él, estaba punto de renunciar a sus deseos y plantar a esa presuntuosa que se permitía el lujo de despreciarle.

- Supongo que mi deseo es superior a mis tendencias, que lograré controlar, además mi experiencia, me permitirá responder a sus exigencias.
- Ja ja ja ja – Rió Rosa- Me temo que su presunción es aún superior de lo que imaginaba, cuando nuestro amigo común me habló de Vd. Sr. Escudero, como Amo.
- De todos modos, me gustaría conocer la naturaleza del curso, y sus contenidos, estoy seguro de no defraudaría si me admite.
- Eso es seguro, Sr. Escudero, no me defraudará porque no podrá hacerlo. Para realizar el curso hace falta algo más que una curiosidad. Le he recibido por recomendación de nuestro amigo, pero observo que su actitud no es la adecuada en un aspirante así que no le haré perder su valioso tiempo.
- Por favor, por favor, no me eche – Suplicó Daniel, se sentía humillado y atraído por Rosa ¿Qué le estaba pasando?- escúcheme al menos.
- Adelante -La voz de Rosa era ahora fría y distante- le escucho. – Ocasionalmente me ha asaltado la idea de entregarme, – Dijo Daniel suavemente, recogiendo recuerdos- pero jamás encontré persona ni ocasión para ello, por lo que la ausencia de ambos acrecentó mi deseo. Además …
- Continúe, por favor, le escucho ¿Además?
- Además siempre he temido hacerlo, siempre he temido entregarme de verdad, esa es una de las razones por las que asumo el papel de Amo. – dijo en voz baja -.

Daniel se sentía confuso, jugueteando con el hielo, ya casi inexistente de su Bourbon- ¿Cómo podía estar contándole esas cosa a ella? ¿Cómo había conseguido esa altiva mujer ablandarle a él?. Se sentía turbado.

- Eso está mucho mejor Sr. Escudero, aún no es suficiente, pero es un claro avance – Sonrío Rosa- ¿Cree que tiene que decirme alguna otra cosa?

Ahora sintió una gran alegría, había abierto un resquicio en la puerta, se sentía vapuleado, pero las nuevas expectativas le estimulaban y por otro lado se sentía comprendido en sus más secretas inquietudes y temores.

- Creo saber – Titubeó, otra vez resurgieron sus propias barreras- bueno que me entregaré con mis miedos incluidos – sonrió -.
- Entonces Sr. Escudero, ya puedo explicarle la naturaleza del curso, que consiste en una serie de pruebas excluyentes que deberá ir superando.
- Comprendo.
- Por su parte, participará en reuniones donde evaluaremos su situación durante el proceso, cambios que le han podido afectar, etc. No deseamos que tenga ningún problema. – Más adelante, existe una parte de especialización, de la que hablaremos en su momento.
- Y a la que me encantaría llegar – Dijo Daniel sonriendo.
- Entonces, si lo desea, podemos empezar hoy mismo.
- Si – la sonrisa se ensanchó en rostro de Daniel- sería feliz de empezar ahora mismo.

Rosa se levantó, dando por terminada la entrevista, mientras indicaba a Daniel que acompañara a Camile, que ya esperaba, silenciosamente, en la puerta.

- Camile le guiará y le indicará las normas que rigen para los alumnos. – Gracias, si – sonrió Daniel, dejando el vaso sobre la mesita baja que había entre los sofás.-

Camile condujo a Daniel hasta una pequeña habitación, al otro lado de la casa. Un pequeño dormitorio, austeramente amueblado, apenas una celda monacal, decorado en tonos grises, donde una cama y una silla eran sus únicos muebles.

- Desnúdese.
- Si – respondió Daniel confuso.
- Hágalo dignamente, por favor, primero el calzado, luego la camisa y por fin los pantalones y la ropa interior.

Daniel empezaba a sentirse desconcertado, le ordenaban hasta lo más sencillo, su iniciativa quedaba reducida a nada.

- Las normas son las siguientes:
- Si.
- Guardará silencio, a menos que se le pregunte, su mirada estará siempre baja y su erección se valorará positivamente, como deseo y control.

Escuchaba el desgranar de las normas que se afincaban en su mente, neutralizándola. Su deseo le avergonzaba y al oírlo mencionar de forma tan descarnada, se hizo más patente.

- Arrodíllese, ponga las manos detrás de su nuca y sígame.

Daniel asintió con la cabeza y se dispuso a obedecerla, avanzando de rodillas, según lo indicado. La mullida alfombra amortiguaba sus rodillas, pero el roce de la lana, pronto se dejó sentir.

Llegaron hasta el despacho donde había estado. Y Camile le dejó frente a la gran chimenea, sólo, arrodillado. Marchándose sin ruido, como siempre se movía.

Se esforzaba por cumplir cuidadosamente las normas, desconocía la naturaleza de los castigos que podían infligirle, pero de todos, el que más temía era la expulsión. Ahora, arrodillado, veía desde otro ángulo los muebles, la rica decoración de grabados, esculturas y antiguos volúmenes. Sorprendió su reflejo en una de las vitrinas, como en su cuarto de baño, su sexo erguido, deseando y volvió a sonreír satisfecho, lo estaba consiguiendo.

El tiempo se deslizaba y sus ojos se elevaron discretamente, hasta encontrar a Rosa sentada ante su mesa, ocupada revisando unos folios. ¡Está ahí! – pensó Daniel excitado- Su figura se recortaba contra el ventanal que brillaba con las últimas luces de la tarde, que hacían brillar los cabellos sueltos. Su deseó aumentó, parecía frágil en esa postura y tan atractiva que su verga palpitó.

Se perdió en sus ensoñaciones, mirando fijamente a Rosa. Rosa levantó la vista tropezando con la suya y era una mirada dura, insostenible, su rostro se cerró cuando levantó la ceja.

- ¡Dios mío pillado! De repente cayó sobre él el recuerdo de las normas -mirada baja- Lo siento, no debí -farfulló Daniel confundido-
- Segunda norma violada en menos de 15 segundos. Eres rápido.

Rosa lo miraba fijamente, con el rostro muy serio y Daniel estaba confundido, apenas sabía que hacer, rápidamente bajó su vista al suelo y no se movió, aguantando las punzadas que empezaban a darle los músculos, ante la incomodidad de la postura.

- Ven, acércate

Daniel se acercó hasta el ventanal rodeando el escritorio, hasta la butaca donde estaba ella sentada.

Rosa tomó entre sus manos el rostro encendido de Daniel y pasó sus fríos pulgares por las mejillas, observándolo detenidamente. Disfrutando de su temblor y su calor. Era maravilloso sentirlo así. Sintió una punzada de deseo en sus entrañas.

De unos de los cajones, sin volverse, sacó una máscara de cuero que colocó sobre la cara de Daniel, atando, hábilmente los cierres en la nuca.

Daniel sintió el contacto del cuero en su frente y su nariz. El olor al cuero le inundó y las cintas dificultaban su visión.

Rosa volvió a tomar el rostro de Daniel y acercó sus labios entreabierto al orificio de la máscara, en la boca, respirando su aliento y apenas depositó un beso sobre ellos, que estremeció a Daniel, haciendo palpitar su sexo.

- Ponte de pie y camina ante la mesa del despacho, hasta la ventana y vuelve

Se irguió y caminó los 10 pasos que le separaban de la ventana del fondo, giró y regresó, haciendo la primera pasarela de su vida. Al principio turbado, luego, recobrando la confianza, satisfecho. Exhibiéndose.

Rosa estudió el cuerpo detenidamente. Los pies delgados, los músculos de las piernas dibujándose bajo la piel en cada zancada, las nalgas prietas y la espalda bien formada. Los rectos hombros y la orgullosa nuca. El conjunto no desmerecía de la foto que había visto la tarde anterior.

Al girarse, saboreó el suave vaivén de la erección, el vientre liso y el pecho proporcionado. Se detuvo sonriente en el hoyuelo debajo de la nuez, que le provocó una oleada en las entrañas. Merecía la pena intentarlo. – Continúa hasta la pared y apoya tus manos sobre ella.

Daniel avanzó hasta el lugar indicado y apoyó sus manos, quedando a, escaso, un metro de la pared.

Rosa se levantó y se acercó sin ruído.

Él percibió su aroma, adelantando su llegada. El roce de la seda en su espalda. Agachó la cabeza, ofreciendo su nuca, conteniéndose.

Rosa deslizó un dedo, desde las nalgas hasta el cuello y desde ahí, jugueteando, bajó por el brazo hasta el codo. Hundió su nariz en el hueco del hombro de Daniel y espiró su aroma de Loewe y el propio a macho que exhalaba. Sonrió satisfecha.

Daniel descubrió entonces una mesita auxiliar, en la que no había reparado y, sobre la que reposaban una amplia gama de consoladores, de todas las formas y tamaños. No pudo contener un estremecimiento. Aquello le mostraba un aspecto de Rosa que lo aterrorizó, pero ya no tenía remedio. Se sentía abandonado y su existencia empezaba a perder sentido en el vacío

Rosa tomó uno de ellos y lo deslizó por su espalda, en sentido contrario a la caricia del dedo, deteniéndose en el ano, sobre el que presionó delicadamente. Daniel se arqueó y apenas pudo controlarse, cuando sintió la caricia del dildo entre sus piernas, rozando sus muslos en infinitos trazos ascendentes.

Otra vez la presión en su ano, pero esta vez era insospechadamente firme y sintió abrirse sus entrañas. El miedo al dolor lo paralizó, sin embargo, suaves movimientos giratorios invadieron su cuerpo provocando la ondulación de sus caderas.

El dolor se mezclaba con el placer oscureciendo su mente, apagando sus pensamientos y reactivando una gran erección. La respiración se le entrecortaba con cada avance en su cuerpo, admitiéndolo, disfrutándolo.

Rosa no perdía detalle de los gestos en la cara de Daniel, los ojos cerrados, apretados con la presión y relajados al detenerse, saboreando cada giro, cada vaivén, cada vez más profundo. Estaba valorando las posibilidades de Daniel y estaba muy satisfecha por los resultados.

Acarició delicadamente el pecho, descendiendo hasta el ombligo. Apoyó la palma de su mano en el vientre plano de Daniel, sintiendo su firmeza y las contracciones que estimulaba el consolador. Sus dejos se enredaron en el rizoso pubis y acarició la verga, ya púrpura en su cabeza brillante.

La humedad brotó y la extendió deliciosamente, despertando placeres ignotos. Aspiró fuertemente, llenándose de aromas excitantes y se alejó, dejando a Daniel apoyado sobre la pared, jadeando.

La sintió alejarse y la angustia lo invadió, ¿qué iba a ocurrir entonces? Estaba muy excitado y necesitaba, vivamente vaciarse, pero Ella se había ido y, por primera vez sintió la necesidad de su presencia, que lo mantenía.

Rosa volvió a su mesa de despacho y Camile apareció en el umbral de la puerta.

- Llévalo al baño y que desagüe, no quiero que mañana esté incómodo.

Daniel al oírlo se sintió desfallecer. Su erección se perdió y las lágrimas afloraron a sus ojos. Aquello estaba resultando más duro de lo que había imaginado.

Caminó detrás de Camile hasta un gran cuarto de baño en alabastro rosa.

- Mastúrbese hasta desaguar

La orden, con tal distancia, la frialdad del cuarto de baño, la seca imagen de Camile vigilando y, sobre todo, la ausencia de Rosa evitaban cualquier facilidad lujuriosa. Su erección había desaparecido y el desconcierto progresaba en su corazón. Pero, era una orden y debía cumplirla. Le habían indicado que la erección se valoraría positivamente y ahora era una exigencia a la que no sabía si podría responder.

Empezó a obedecerla despacio, intentando recomponer la imagen de Rosa momentos antes, cuando sentía el roce de la seda en la piel y su aliento húmedo y caliente despertando sus poros. Recordar sus manos recorriéndole el cuerpo, con una dulzura que ya creía olvidada. Su cuerpo reaccionó y consiguió vaciarse. Al contraer las nalgas, recordó la presencia del consolador en su ano y su explosión aumentó en el último instante.

Camile se acercó por detrás y de un tirón retiró el consolador, dejando una terrible sensación de vacío en su cuerpo.

- Dúchese ahora -Ordenó-

Daniel se duchó mecánicamente, tratando de no pensar en nada. Había aceptado y eso era su único punto de apoyo. Su consuelo saber que lo siguiente que haría, sería cumplir una orden de Rosa .

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Roberto

Los sonidos le llegaban amortiguados a través de la máscara. Veía con gran dificultad y la perspectiva se le antojaba vertiginosa. Las patas de los muebles que se alzaban hacia el techo, la colcha de la cama y su figura reflejada en el espejo, irreconocible tras el pvc q lo ocultaba. Un impulso de placer fue detenido por el cruel ingenio que atenazaba su pene.

Se empeñaba en concentrarse en el chapoteo de la ducha, para no sucumbir a sus pensamientos que lo arrastraban en una extraña mezcla, aún no decantada. Ella había entrado en el baño, la había oído alejarse y cerrar la puerta y ahora ….

Empezaba a pesarle la inmovilidad. Agitó los dedos de los pies mientras las ideas se arremolinaban en su cabeza. La había conocido, la había visto cara a cara, más sugestiva, más incitante de lo que nunca había imaginado y a la vez cercana, cotidiana. Le sorprendía ver a la musa de sus sueños tan asequible y tan poderosa. Los gestos más inocentes cobraban un sentido especial, las sonrisas, las miradas, el jugueteo con su pelo que ponía una trama de claroscuros a su cara.

La reconoció al instante. Verla acercarse entre la multitud, le provocó una erección. Alta, delgada hasta la fragilidad, resultaba sensual en su elegante traje de chaqueta. Las finas sandalias de tacón de aguja lo hipnotizaron. Sus ojos dulces y sonrientes le devolvieron a la realidad.

- Hola Roberto ¿Cómo estás?

- Saludó besándole en ambas mejillas -

- Bien, gracias – Respondió, mientras sentía flotar en su perfume

- ¿Y Vd.? ¿Que tal el viaje? ¿Qué desea tomar?

- Perfectamente cielo. Menta helada, por favor. – Dijo encaramándose a la banqueta, balanceando sus pies, ante Roberto que tragó saliva.-

Luego, todo había ocurrido deprisa. La conversación había sido amable y relajada sobre el día a día, el trabajo, los proyectos …. Hasta llegar al hotel, donde sus manos entrelazadas les habían sostenido un instante antes de convertirse en Ama y esclavo.

Cuidadosamente había sacado y ordenado los juguetes que, en las últimas semanas, había ido adquiriendo de mil formas, colocándolos sobre la mesa.

Un gesto de Ella le indicó que se desnudase y lo hizo, postrándose a continuación, temblando de anticipación y deseo. Había sentido sus manos frescas acariciar su piel y, entre caricias, aprisionarle con cada instrumento.     Primero fue el collar, que Ella misma había elaborado con cuero flexible y su nombre grabado, acompañado de un largo y profundo beso. Luego las pinzas de los pezones y sintió los dientes de ella resbalar por el lóbulo de su oreja. Aún sentía la tersura de su piel y el leve roce contra su verga. Luego el anillo de cruelmente sujetaba su polla, impidiendo cualquier erección y sus manos lo torturaron acariciando suavemente sus huevos. Cuando le introdujo el dildo que lo invadía, no pudo evitar sentirse humillado, su deseo palpitó prisionero y empezó a saborear la arrolladora mezcla de dolor y placer. Sólo era el principio.

Ahora, volvía a sentir cada contacto, y había cesado el ruido del agua, apenas distinguía los sonidos. Cada prenda que recibía le hacía sentirse más desnudo, más indefenso, más entregado. Las correas atenazaban sus tobillos y sus muñecas. Surgieron los primeros arrebatos de rebeldía, que sucumbían a la ternura de cada gesto.   La mordaza ahogó un gemido, pero su boca lo llenó de placer, obligándole a  abandonarse, a dejarse hacer, sólo a sentir. Los labios recorrían su rostro, deteniéndose en los párpados, las sienes, mientras los dedos que ajustaban las hebillas, acariciaban su nuca. Tiernamente estaba siendo desposeído. La máscara cubrió su rostro. Sus sentidos se agudizaron y las sensaciones adquirían nueva intensidad y dimensión.

Sintió abrirse una puerta y percibió el sutil y perfumado halo tras la ducha.

-¿Que planes tendría para él?- Confiaba plenamente en ella, habían hablado e imaginado cientos de situaciones excitantes, pero Ella siempre conseguía sorprenderle y ello le fascinaba.

- Espérame gatito – Fue lo último que oyó antes de cerrarse la puerta de la habitación.

La desolación comenzó a invadirle, agudizando su deseo. El tiempo se detuvo y sólo las imágenes de los recuerdos, las voces y las sensaciones lo llenaban. Temía que algún empleado entrase y lo sorprendiese, pero su mayor temor estaba que Ella no volviese. Su erección contenida, se mantenía.

Se concentró en algo que Ella le había dicho y que le hizo sonreír. Debía susurrarle al hablar y el mero hecho de ponerlo en práctica le excitaba.

La puerta se abrió con un chasquido No sabía el tiempo transcurrido, una breve eternidad. Pasos, movimiento a su alrededor que no lograba identificar. Unos dedos ágiles liberaron sus pezones y los masajearon reanimándolos. Al soltar la anilla de su polla, ésta palpitó llenándose de inmediato. Sintió una boca que lo lamía y succionaba, acariciándole hasta hacerle arder. Se contuvo, pero no pudo evitar alzar las caderas, a pesar del la tensión de sus hombros.

¿Su Ama? ¿En manos de quien estaba? A penas encontraba respuesta a sus dudas, pues las sensaciones le llegaban sin interrupción, arrastrándole en un torbellino de placer.

Unos dedos soltaron los cierres de la máscara, liberándole. Abrió los ojos y la vio, desnuda sobre él, sonriente y sonrió reconfortado. Era ella quien lo abrazaba. Nunca la había visto así, sus pechos pequeños de pezones prominentes y oscuros, los huesos dibujándose bajo la piel, la cintura cimbreante y el ombligo sobre su vientre plano. La misma sensación de poder y fragilidad, despertaba sus deseos más profundo. Su polla palpitó y sintió la calidez de las nalgas de ella, aprisionándola.

Liberó sus extremidades y lo ayudó a incorporarse. Se puso detrás de él y lo abrazó, amasando los maltrechos pezones, perfilando los bien dibujados músculos de su pecho, mientras besuqueaba su cuello y susurraba al oído   – Serás mi pony, querido -

Aumentó la presión del dildo al sentarse, pero no se atrevió a moverse, estando entre los brazos de su amazona. Sus gemidos quedaban ahogados por la mordaza y sólo podía expresarse con miradas que captaban la atención de Ella.

A cuatro patas, se miró de reojo en el gran espejo. la mordaza sujetaba las bridas que portaba su Ama. La vio alzar la pierna y al sentarse en su espalda.

- Vamos cielo, ¡Arre! – Ordenó en un susurro, mientras los tacones de sus sandalias aguijoneaban sus nalgas.     Roberto no se pudo contener e inició un suave caminar, con un ondulante contoneo que se transmitía al cuerpo de su Dueña.

La cabeza erguida por la brida sujeta a su mordaza, le otorgaba una dignidad inaudita en un siervo, que satisfacía plenamente a su dueña. a juzgar por la sonrisa que lucía en el reflejo de los espejos que decoraban la habitación.

Se sintió feliz y continuó con el paseo, obedeciendo ciegamente y excitado por ello. Un tirón de las riendas lo hizo detenerse. Ella descendió y lo liberó de la mordaza.

- Te mereces un premio.

Roberto era feliz al oírlo y, cuando fue liberado, abrazó a su Dueña tiernamente, besándola apasionadamente, sintiendo sus menudos pechos apretados contra él, las caderas contra su vientre, acariciando su piel, impregnándose de ese cuerpo ondulante que tanto deseaba y que respondía a sus gestos y caricias acoplándose en cada curva, en cada balanceo con una coordinación sorprendente.

Las manos recorrían la espalda hasta encontrar las nalgas que aprisionaban y atraían contra sí. Su verga acariciada por los muslos, insinuante preludio de oscuras humedades palpitaba deseosa. Las bocas se buscaban sintió su cuerpo abrazado por las piernas de ella que lo ceñían, dirigiendo su polla, desde el vientre al húmedo sexo donde se hundió irremediablemente.

Embistió como si de ello dependiera su vida y respiraban el mismo aire, alientos perfumados de deseo y jadeos. Ella se balanceaba recibiéndole, llenándose e instándole a seguir sin pausa. Ritmo frenético que los arrastraba. Las pieles brillantes y el crescendo los llevó a la entrega mutua, al éxtasis palpitante.

Recuperaron el aliento y la consciencia despacio, sin osar separarse, entre gemidos hasta que pudieron verse los ojos y sonreír.

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En Barcelona

 

Cara de mujer pensativa

Justo antes de empezar

Ultimaba los preparativos para la fiesta a la que había sido invitada. Un grupo selecto de amigos, tras la cena de rigor, se retirarían a un local cerrado en exclusiva para ellos.

 

Disfrutaba de la pequeña provocación que suponían esas reuniones, cuando los veían vestidos de riguroso negro y espiaban las chocantes actitudes en situaciones cotidianas. Era una etiqueta diferente, apenas distinguible en la discreta elegancia de los practicantes, sugestiva para los no iniciados y con claves propias. Resultaba divertido y muy estimulante ese doble lenguaje, en apariencia normal y cargado de sentidos, donde las personas seguían siendo personas y todas sus pasiones estaban presentes.

El escotado vestido negro sobre la cama, quizás algo llamativo, sería compensado por el austero abrigo de gasa negra que aportaría veladas transparencias. el pañuelo de encaje, también negro, dispuesto para ser anudado en su muñeca izquierda indicaría su condición en la D/s. Sonrió pensando en las dudas que provocaría y y las miradas de complicidad que atraería.

La ropa interior, las medias de cristal, rematadas en blonda. Sólo el calzado sugería dudas ¿Las altas botas de fino cuero negro con tacón de aguja y pulsera en el tobillo o los elegantes botines terminados en fino pelo negro? Las botas, sin duda eran más sugestivas y causarían estragos entre los eternos enamorados de sus pies, sin embargo los botines, además de más cómodos eran tan originales que causarían impresión.

Se decidió por los botines. Sólo quedaba elegir el perfume y estaría lista para prepararse y esperar a su esclavo. Sería su presentación oficial. Había ideado algo y deseaba que fuera todo un éxito. Deseaba impresionar y estaba segura de conseguirlo. Su afición al gimnasio y su dulzura despertarían afectos en cuantos lo viesen; perfectamente educado y con un cuerpo tan atractivo que los enloquecería

Un par de golpecitos en la puerta le indicaron q Roberto estaba allí. Se le veía tenso. Un brillo en los ojos demostraba su deseo y su sonrisa era tan resplandeciente como siempre.

- Hola cielo ¿Cómo estás? – Saludó besándole muy cerca de la boca.
- Bien, gracias. – Respondió abrazándola -
- ¿Preocupado?
- Un Poco.
- Tranquilo, ven – Dijo Pilar deslizando su brazo por la cintura – Te reservo una sorpresa.

Roberto se dejó hacer. sentía la seda de la bata de Pilar, que lo envolvía y se perdía sonriente en los ojos de su Ama. Saber que sería presentado, le llenaba de inquietud y esperaba impaciente la sorpresa que le reservaba.

Vio la ropa extendida sobre la cama y su verga palpitó excitada. Pilar lo abrazó con fuerza y pudo sentirla, desnuda bajo la bata. Se besaron deseoso y sintió la mano fresca deslizarse por su vientre, hasta acariciar su polla endurecida. Sus huevos se contrajeron y un firme tirón de su pezón le aguijoneó.

Empujado sobre el otro lado de la cama, cayó de espaldas y fue cubierto por Pilar que lo arrastró en un torbellino de deseo cabalgando frenética sobre él. Entre besos, ella le susurraba dulces palabras al oído que le extasiaban, disolvían sus dudas y le embrujaban sin remedio, respondiendo apasionadamente.

Saciados, entre besos, recuperaron los alientos.

- Ahora gatito, vamos a la ducha, que aún no has visto la sorpresa -Informó Pilar con un guiño malicioso-

En la ducha, acariciar el cuerpo de su Dueña y sentir mimado el suyo volvió a excitarle. Los abundantes chorros de agua caliente y el suave perfume del jabón les aislaban en un paraíso de húmedas caricias donde vaciarse palpitando otra vez.

Satisfechos, terminaron los higiénicos enjuagues, listos para prepararse y afrontar la estimulante prueba de la fiesta de presentación.

Desnudo, ayudó a vestir a su Dueña, controlando el temblor de manos que amenazaba su eficacia en las situaciones mas delicadas. La blonda de las medias era un auténtico suplicio, pues se resistía a enderezarse, mientras sus sentidos se llenaban de los secretos aroma de Pilar. Ya le estaba vedado cualquier placer fuera del servicio y ello le excitaba.

Elegante, austera, con el cabello recogido y algunos mechones sueltos enmarcando su rostro, le miró sonriente.

- Ahora te toca a ti cielo.

La puerta del armario ocultaba una camisa negra, pantalón del mismo color, zapatos y un largo abrigo. En lugar de ropa interior, había un complejo cinturón de castidad, que evitaba la erección porque ceñía la verga y tenía un dildo que penetraría su ano. La cincha de cuero que ceñía la verga, disponía de una argolla superior.  Un fino collar de cuero negro, con una chapa grabada con su nombre y una argolla, así como dos cadenas completaban el ajuar. Echó de menos los calcetines.

Pilar dispuso las prendas en su cuerpo, ajustando delicadamente las hebillas, sonriendo. El dildo, convenientemente lubricado, se deslizó en su interior sin dolor, provocando una extraña sensación de placer y humillación. La erección fue abortada por el cinturón y se sintió muy desnudo. Luego, ella tomó una de las cadenas y ajustó los mosquetones a las argollas del cinturón y del collar. Roberto se estremeció al sentir la frialdad del metal

- Termina de vestirte, cielo -Ordenó Pilar.-

Roberto obedeció. Sentía el roce de la ropa sobre su piel. Estaba irresistible cuando, ya vestido, sostuvo el largo abrigo negro en el que se introdujo Pilar con un revuelo de perfume y gasa que le devolvió a la normalidad.

Descaradamente, Pilar se guardó la otra cadena en el bolsillo y miró maliciosamente a Roberto, que sonrió compungido y excitado.

Salieron del hotel y el viento hacía volar los largos abrigos. Largas zancadas los acercaron al borde de la acera, donde Roberto paró un taxi que los condujo al restaurante.

Muchos invitados ya habían llegado y era la hora de las presentaciones. Nadie conocía a Roberto y estaban ansiosos de hacerlo. Las presentaciones cordiales, sostenían agudos juegos de miradas escrutadoras, valorativas. Secretos retos sin declarar, bajo sonrisas y agudos comentarios incluso cercanos a las mordacidad.

Roberto se desenvolvía con naturalidad y su espontánea amabilidad y carácter abierto lo convirtió en el centro de atención. Sus ojos verdes, brillaban en el rostro moreno, enmarcado por por rubios mechones que le daban un aire aniñado y dulce.  No perdía detalle del seductor despliegue que, en torno a él, sutilmente se tramaba. Su atractivo era innegable y se esforzaba por compaginar la devoción por su Dueña y agradar a los asistentes.

La cena se desarrolló con tranquilidad entre conversaciones y chistes, referidos tanto a los comensales, como a alguno de los camareros que se prestó seducido por las insinuaciones de alguna de ellos. La argolla de su verga le recordaba constantemente su situación y era un dulce suplicio al q no se resistía.

La despedida de los no asistentes a la fiesta fue breve y, cuando abordaron el taxi que los condujo al local de la fiesta, una íntima complicidad le unió a su Dueña.

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Merienda

Regresé a casa, tras una dura y agotadora jornada de trabajo. Pedro, en el jardín, me preparaba un refrescante cóctel. Sus anchas espaldas, su esplendoroso cuerpo, se recortaban contra el horizonte, mientras agitaba el hielo. Se volvió al escuchar mis pasos por el salón, sonriente ofreciéndome un copa cónica.

- Hola cielo ¿Cómo estás? –Saludé-
- Bien mi AMA, gracias

Le miré intensamente, por encima de la copa. Saboreando el brillo de su piel, la proporción de sus curvas. Su cuerpo. Descalzo, vestía una faldilla de algodón plisado, sujeta con un cinturón de cuero, que apenas ocultaba su erección, a partir de su anillo. Una promesa para los sentidos.

Levanté su faldilla, sonriendo ante sus nalgas sonrosadas. Había sido convenientemente preparado y mi gesto le sonrojó, excitándole a la vez.

Un sorbo a la copa mientras me acercaba y secaba, luego, mis labios en sus hombros. Tan próxima a su cuerpo que sentí su palpitar.

- Hoy tenemos una invitada muy especial a merendar –Informé-
- Si mi Ama –Respondió algo sorprendido-
- Vendrá enseguida, así que será mejor que me acompañes.

Deposité la copa en la barra del bar y entré por el gran ventanal del dormitorio que se abría al jardín, seguida de Pedro. Quería estar preparada para recibir a mi buena amiga Rosa.

Había previsto una tarde muy femenina, pero con ella no valía la pena hacer planes. Seguro que improvisaríamos algo.

Pedro recogió la ropa mientras me duchaba y me esperaba con una gruesa toalla cuando abrí la mampara, envolviéndome cariñosamente.

Sus manos recorrieron mi cuerpo secándolo y acariciándolo discretamente y en sus ojos se leía toda la devoción que podía esperar.

Me senté frente al tocador y dejé caer la toalla en torno a la silla. Pedro tomó un cepillo y comenzó a peinar la cabellera que acababa de soltar.

Su vientre junto a mi cara era una tentación, que no puede resistir. Mis mejillas en su piel cálida y perfumada y deslicé mi mano entre sus muslos, acariciándolos hasta llegar a sus huevos contraídos y su verga vigorosa, apenas separada de mi rostro por la faldilla que vestía. Gimió.

Recogí el pelo en lo alto de la cabeza, dejando algunos rizos sueltos y me puse un cómodo vestido liso. Estaba lista para recibir a mi amiga.

En ese momento sonó el timbre. Ya estaba. Su puntualidad era indiscutible.

- Quítate la ropa –Ordené a Pedro que me miró suplicante-
- Si mi Ama, ahora mismo –Respondió haciéndolo-
- Espera que se te avise –Indiqué pasando un dedo por el anillo que adornaba la base de su verga-
- Si –Asintió, tragando saliva-

Salí a recibir a Rosa que Esteban había acompañado hasta el salón. Elegante, como siempre, sonrió cuando nos abrazamos.

- ¡Clara! –Exclamó- ¡Qué ganas tenía de verte!
- ¡Y yo a ti, compañera! –Respondí besándola en ambas mejillas- ¿Qué tal el viaje?
- Estás preciosa –Comentó alabando el sencillo vestido- ¿Cómo te ha ido esta temporada? Ya te contaré mi viaje.
- Muy bien. Quiero que conozcas a alguien muy especial que me ha ganado.
- ¿Te has enamorado? ¡No fastidies!
- ¡Pero que cosas dices! Sólo he encontrado un juguete nuevo y maravilloso. Encantador y adorable.
- ¿Qué compartirás conmigo? Se te ve entusiasmada
- ¡Claro que lo estoy, mujer! Eres mi mejor amiga. Además –cuchicheé- ya está casi entrenado.
- ¿Lo conoces hace mucho? No demasiado, pero ya había sido adiestrado, así que sólo he tenido que “personalizar” su devoción Ja ja ja
- Eres un demonio. ¡Venga! Estoy impaciente por conocerlo.
- Tranquila, será todo para ti Ja ja ja. Ven, vamos a sentarnos –Invité a Rosa -.

Nos sentamos en un velador del jardín. Esteban, solícito separó la silla, acomodándola ante la mesa ya dispuesta para la merienda.

Bajo el emparrado y rodeadas de bustos y estatuas romanas, el tiempo se detenía en el espeso cesped, arrullado por la cascada de la piscina.

- Esteban, cielo ¡Cuento tiempo sin verte! ¿Cómo te trata Clara? Ya sabes que las puertas de mi casa están siempre abiertas para ti –Bromeó Clara-
- Buenas tardes Doña Rosa –Saludó respetuosamente- Encantado de saludarla, pero me temo que debo declinar su invitación, Gracias.
- La merienda, por favor, Esteban –Indiqué sonriendo-
- Si señora, enseguida.

Esteban sirvió canapés y emparedados, acompañando un perfumado té helado, mientras nos relajábamos. Continuamos bromeando y hablando del viaje de Rosa, sus impresiones, experiencias, nuevos amigos etc

Pedro entró desnudo, adornado con su anillo. Un poco tímido, aunque sin poder precisar si se debía a cortedad o al ritual.

Se me acercó y arrodillándose, tomó mis pies descalzos, los besó devotamente. Para regocijo de Rosa que no le quitaba los ojos de encima, lanzándome miradas de aprobación y sonrisas cómplices.

- Así que ¿Esta es la sorpresa?
- Ya verás, curiosa –sonreí- Baila para nosotras –Ordené a Pedro-.

Sorprendido por la orden, se levantó y se dirigió al equipo, donde empezó a sonar la cálida música caribeña.

Tímidamente inició unos pasos de baile.

- No, así no. Baila merengue –Amonesté.

Sonrojado de vergüenza, Pedro empezó a moverse, ondulando insinuantemente las caderas, hasta que fue arrastrado por ritmo hasta un frenético vaivén.

Su escultural cuerpo moreno se movía sin cesar con la cálida música. Vuelta tras vuelta, su piel canela brillaba a la luz de la tarde, como bronce bruñido, dibujándose bajo ella todos los músculos. Sus largas piernas, el vientre plano, las nalgas menudas y duras que se contraían como una promesa. Su polla dura se balanceaba rítmicamente y los brazos alargándose y recogiéndose era una invitación.

- Sólo sabe bailar? –Preguntó Rosa divertida-
- Observa y verás –Respondí riéndome- Pedro, termina de servir tu la merienda, por favor.
- Si mi Ama –dijo-

Pedro se acercó y su piel brillante de sudor nos inundó con una dulce fragancia almizcleña a macho que arrasaba nuestros sentidos.

Sirvió una copa de helado a Rosa, por su derecha, como un perfecto camarero.

Cuando se volvió para tomar la salsa de chocolate, Rosa se giró y, pícaramente, acercó su nariz a la parte alta de sus nalgas (justo donde ponen las inyecciones) donde olisqueó y resopló suavemente erizando todos los poros de la espalda de Pedro que ahogó un sonido.

Al ofrecer la salsera de chocolate a Rosa, tenía las mejillas arreboladas y una intensa erección, que ponía color púrpura el glande.

Rosa tomó la cucharilla de servir y cogió un poco de helado de su copa. Lanzó una mirada de reojo a Pedro y, sonriendo, depositó suavemente el helado sobre la polla, que palpitó al contacto.

El helado se derritió y resbaló hasta el pubis, dejando un rastro de vainilla. Pedro contuvo gemido.

Ahora, hundió la cucharilla en la salsa de chocolate caliente, que a penas titilaba con el temblor de la mano de Pedro y tomó un poco, que depositó sobre las bolas de helado de su copa. Repitió la operación, decorando ahora el glande de Pedro, cuyo temblor resultaba muy apreciable.

- Adoro el helado con salsa de chocolate –Confesó Rosa sonriendo-
- Lo sé cielo, por eso lo he preparados para merendar –Sonreí-

Rosa, tras esta confesión, tomó delicadamente la polla de Pedro y empezó a lamer, golosamente, el helado con el chocolate, desde el glande hasta el pubis. Disfrutando en cada lamida todas las sensaciones que le producía, hasta que al terminar con el helado, succionó el glande.

Pedro, mirando al fijamente al frente aguantaba la respiración. Apenas movía un músculo en su dulce suplicio y yo me sentía muy satisfecha de su buen comportamiento. Mis entrañas se contraían de placer.

Mi helado permanecía aún sin servir y no estaba dispuesta a perderme el espectáculo, ni a privar a Rosa de su diversión.

Cuando Rosa terminó Pedro, confundido, me miró esperando una orden o señal que le indicara lo que se esperaba de él. Estaba muy excitado.

- Ven, siéntate –Le indiqué, mostrándole una silla entre nosotras-

Se sentó, con las piernas abiertas a la anchura de las caderas, como se le había enseñado y dejando sus manos colgando del reposabrazos. Rosa me lanzó una mirada interrogativa.

- Esteban, el hielo por favor. –Sonreí a Rosa-

Esteban me entregó la hielera, de donde tomé un cubito, con las pinzas, y volviéndome a Pedro, lo apoyé sobre su pezón izquierdo, acariciándolo, hasta que gotas de agua corrieron por su costado y su vientre, por su piel ardiente.

Hice lo mismo con el otro pezón hasta que se contrajo, yendo de un pezón al otro hasta que estuvieron perfectamente contraídos, arrugados y endurecidos, Su polla palpitaba en cada contacto.

Entonces tomé una de las velas que decoraban la mesa y Rosa, al ver el gesto, tomó la otra.

Dejamos caer cera derretida sobre los duros pezones, hasta cubrirlos completamente con una gruesa capa que lo dejó azules.

Deposité la vela sobre la mesa y con un par de suaves golpecitos comprobé que el grado de enfriamiento de la cera era el adecuado.

Introduje una uña entre la costra de cera y la piel, ahuecándola hasta despegarla por completo. Retiré un molde perfecto del pezón izquierdo, que deposité sobre una bandeja de plata.

Repetí la operación con el pezón derecho y le entregué la bandeja con ambos moldes a Rosa, que la aceptó alborozada. Ella conocía el significado de este ritual. Ahora, Pedro sería suyo, sería el regalo hospitalario de la anfitriona a su huésped.

Yo me había excitado mucho con la merienda, así que recogí la falda sobre mis muslos y comencé a masturbarme lentamente, mostrando mi sexo rosado y brillante.

Rosa se levantó y se me acercó, depositando un cálido beso en mis labios, un aleteo de aliento encendido que saboreé gustosa.

Tomó del brazo a Pedro, haciendo que se levantara y apoyara sus brazos sobre la mesa, frente a mí.

Con un golpecito de sus sandalias le indicó que abriera las piernas. Tomó una fusta que adornaba el emparrado y comenzó a azotar sus nalgas.

Su cara estaba tan cerca de mi sexo, que casi sentía en él sus jadeos a cada impacto y mis pezones florecieron de placer.

Esteban se situó detrás de mí. Tomé su mano que guié hasta mis pechos, los cuales empezó a acariciar y tironear sabiamente, conduciéndome a la cumbre del placer una y otra vez.

Los pechos de Rosa bailaban bajo la blusa con cada impacto, y algunos rizos colgaban sueltos de su recogido, enmarcando su arrebolado rostro. Sus ojos brillaban.

Cuando rosa se detuvo, indicó a Pedro que se arrodillara ante ella, que se había sentado, con las piernas entreabiertas.

Empujó la cabeza de Pedro hasta su bien arreglado coño, indicando que se lo lamiera, en un solo gesto.

La eficacia de Pedro no quedó en entredicho, al alcanzar Rosa el primero de varios orgasmos

Rosa se incorporó y apoyó sus manos en los hombros de Pedro, empujando hasta hacerlo caer sobre el mullido césped, donde quedó tumbado boca arriba, siendo montado por Rosa, de inmediato, que lo cabalgó lenta y profundamente.

Yo estiré mis brazos, buscando liberar el sexo de mi fiel Esteban, que ya estaba dispuesto.

Me volví y le miré sonriendo. Sus ojos brillaron ocultando una delatora sonrisa, cuando le solté el pantalón que cayó con apenas un crujido.

Tomé su verga entre mis manos y lamí ávidamente su glande, empapándolo y jugueteando con el frenillo, mientras sus manos continuaban acariciando suavemente mis pezones.

Me levanté y me dirigí hacia una de las cómodas tumbonas, donde me dejé caer entre sus brazos amorosos.

Su polla presionó sobre mi coño, sin llegar a entrar, moviéndose y extendiendo mis jugos. Haciendo que la ansiedad me hiciera elevar mis caderas y hacerlo resbalar en la profunda sima.

Mi boca en su cuello y la suya en mi pelo nos enervaba en un incontrolable vaivén, frenético por momentos.

Busqué sus labios para saciar mi ardor y me hundí en su boca, cuando sus dientes resbalaban sobre mis labios.

Su pericia llevaba mi cuerpo de clímax en clímax, disminuyendo el ritmo y aumentándolo para hacer infinito el placer.

La respiración al unísono, acompasada por cada golpe se hizo más rápida.

Sus nalgas se endurecieron, penetrándome profundamente y manteniendo la presión hasta que mi cuerpo se desbordó sobre su carne, presionando y succionando. Palpitando y absorbiendo ansioso su licor, como la tierra el agua.

Se apartó despacito, abrazándome y acariciando mi piel con gestos delicados. Cientos de besos mientras nos recuperábamos.

Sus ojos eran pozos sin fondo en los que perderse cuando me ayudó a incorporarme

Lo besé brevemente y me dirigí hacia Rosa, que saboreaba satisfecha una nueva copa de helado, de la que me ofreció una cuhcarada que paladeé encantada.

- Maravilloso –Sonrió- Simplemente delicioso. Es un placer venir a esta casa.
- No exageres –Respondí encantada sentándome a su lado para saborear el helado.-

Retomamos la conversación del viaje, las experiencias y los recuerdos, mientras la tarde caía sobre la ciudad. Un jardín colgante, en un ático, tiene muchas ventajas, decidimos entre carcajadas.

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Carlos

Me llamo Carlos, tengo 34 años y soy sumiso de Clara. Dicho así parece la presentación en una reunión de desintoxicación. Sin embargo, lo reconozco, estoy enganchado, pero no deseo dejarlo.

Clara es mi Ama, una mujer excepcional. Ejecutiva brillante, atractiva y con un poder irresistible. Jamás conocí a nadie como ella, dulce y perversa, sensual y excitante. Rigurosa hasta la crueldad y exigente hasta le exasperación.

La conocí cuando me compró en Roma. Una subasta exclusiva para socios. La organización había reservado la planta superior del Hotel Plaza. En varias habitaciones comunicadas, había dispuesto los stands de exposición. Otras servían de camerinos y por fin estaban las dedicadas a despachos y negocios. Todo con un aspecto extraordinariamente funcional y operativo. Cualquier curioso hubiera imaginado la presentación de un inocente producto, sin llegar ni siquiera a soñar q el objeto de promoción éramos nosotros.

Habíamos llegado por la mañana, siendo recibidos por empleados que nos facilitaron nuestras acreditaciones y programa de actividades, indicándonos los lugares que debíamos ocupar.

Digo habíamos, porque a mí me llevó Misstres Latina mi entrenadora. Un Ama profesional que durante 6 meses me había iniciado en los secretos de la sumisión. Y, consideraba la subasta como prueba definitiva de capacitación e introducción en los círculos habituales. Habíamos planteado la presencia sólo a efectos de participación y, ni remotamente, plateamos la posibilidad de una transmisión. Ella sabía que no me atrevía a dar el paso, aunque estuviera preparado.

Tras recoger la documentación, Misstres Latina me llevó hasta el camerino, donde nos preparamos para la exposición y presencia en el stand asignado, que era uno de carácter general, un poco apartado de los específicos que ocupaban los profesionales del sector.

En el stand, para unos éramos obras de arte, para otros sólo ganado, vestidos con nuestros collares, frente al terciopelo de las cortinas del fondo. Parecíamos esculturas en un museo.

Algunos de mis compañeros temblaban, otros gemían y… Desfallecían ante el apremio de los entrenadores que se esforzaban por mantener una presencia atractiva.

Nuestros Amos dirigían la coreografía de poses q debíamos adoptar para agradar al público. La ficha de cada uno con características y fotos ilustrativas, expuesta junto a él, era consultada continuamente.

Oía el murmullos de los visitantes, sus comentarios y sus risas cuando se acercaban a cada uno de nosotros. La piel, sus posibilidades, su estructura, características. Algunos tocaban, otros deseaban demostraciones de capacidades.

Yo me sentía… Me resulta difícil describir como me sentía. Por un lado terriblemente avergonzado al ser tratado como un objeto, humillado, perdido. Por otro me sentía bello y hermoso, admirado y orgulloso. Satisfecho del prestigio de mi entrenadora.

Una sumisa, junto a mí, comenzó a gimotear desconsolada, hasta que fue azotada por su entrenador. En ese momento, el júbilo enardecido de un grupo de visitantes la hizo callar. Su irritada piel fue tocada y pellizcada sin piedad por manos y guantes. Sus gemidos se convirtieron en suspiros de deseo.

Entonces la vi. Su llegada causó un pequeño revuelo entre los asistentes, que la saludaban respetuosamente como a una querida y distante amiga. Vestía un impecable traje de chaqueta sobre una blusa de seda. Las manos enguantadas  sostenían el catálogo.

Paseó por los diversos stands, saludando a unos y a otros, hasta que llegó al que yo me encontraba.

Sentí su mirada firme y penetrante, que inmediatamente hizo que bajara la mía, confundido y aterrado por el error cometido. Su mirada había sido distante, calculadora. Me subyugó de inmediato. Ahora mi piel ardía. Misstres Latina no había sido ajena al cruce de miradas y me ordenó que ejecutase una serie de posturas de exhibición, mostrando mi cuerpo y mi entrenamiento. Me concentré en el ejercicio, tratando de olvidar aquellos ojos y de hacerlo perfecto, para redimir, en lo que pudiera mi terrible falta.

Misstres Latina me ordenó que colocara las manos en la nuca y que girara sobre mí, con la cabeza ligeramente ladeada, mientras dibujaba mis músculos con su fusta.

Ahora, de espaldas al público, hizo que flexionara mi cintura, mostrando mi ano y mis genitales depilados, que sin ningún decoro presionó para mi vergüenza ante todo el público que se regocijó cuando probó la flexibilidad de mi ano con su fusta y yo di un respingo que fue rápidamente castigado con dos fustazos

El grupo de visitantes se concentró en otro esclavo que estaba amordazado y colgado por las muñecas de una cruz de San Andrés, muy aguda, con los arneses de cuero tachonado.

Al ver desplazarse al grupo, me sentía aliviado, sin embargo, la sensación de bienestar pronto fue sustituida por la de soledad y angustia, ante el examen.

Fuimos llamados para la subasta y nuestros entrenadores pasaron a sentarse entre el público, en los espacios que tenían reservados. Nos hicieron formar dos filas. Erguidos y con las manos en la nuca, marchábamos hacia la pasarela, donde ya estaba el presentador saludando al público, que acogió con entusiasmo nuestra llegada.

Estaba abrumado por las dudas. Habíamos quedado, en retirarnos tras la exposición, sin embargo, cuando llamaron para la subasta, mi entrenadora me ordenó que continuara. No entendía nada, pero no podía sino obedecerla. La angustia de agobiaba.

Entonces las vi, estaban sentadas en una de las mesas redondas del fondo Misstres Latina y la desconocida cuya mirada me había subyugado.

El normal desarrollo de la subasta iba asignando cada esclavo o lote de ellos a su nuevo poseedor. En la palestra volvían a ser mostrados y exhibidos, mientras el subastador contaba sus características, durante la puja. Se había creado un clima de excitación general que en nosotros era muy evidente.

Algunos esclavos, recién adquiridos eran revisados allí mismo, para su humillación, tanto por su propietario como por los invitados que lo desearan. La asequibilidad resultaba emocionante.

Cuando llegó mi turno, mi corazón se aceleró y mis rodillas temblaron. Tuve que hacer un gran esfuerzo. Todas las miradas se clavaron en mí y mi cuerpo reaccionó excitado, mostrando una buena erección.

La puja empezó entre un caballero de sienes plateadas y … ¿Quien competía con él? No lograba descubrirlo. Fuí adjudicado al socio nº 5734 como lote único, por una elevada cantidad.

Al descender del estrado, me llevaron hasta una de los despachos, donde se encontraba la mujer que me había entrenado, sentada en una mesa redonda, sobre la que descansaba el contrato que en su día firmamos. Parecía satisfecha y me miró sonriente.

¡Bravo!, Lo has conseguido – Me felicitó sonriéndome a la vez que aplaudía quedamente. –
- Señora, el mérito ha sido todo suyo – Respondí -.
- Claro que lo ha sido – Contestó ampliando su sonrisa – Son los frutos de tu aplicación. Acabas de ser adquirido por una propietaria particular.

Ante mi mirada de profundo asombro continuó:

-Te cuento todo esto porque aquí finaliza ti contrato de entrenamiento y no estás obligado a aceptar la transmisión, dado que no consta en dicho contrato.
-Me encontraba desconcertado y gratamente sorprendido. Aquello iba más allá de lo que nunca imaginé, poder ser adquirido en una subasta.

Por un lado lamentaba perder a mi entrenadora, que había llegado a conocerme casi mejor que yo mismo y que me había abierto un mundo infinitamente más sugerente que el de las relaciones esporádicas. Me había mostrado la puerta de la Entrega como acceso a un nuevo placer muy superior a cuanto había conocido hasta entonces

Por otro me ofrecía la posibilidad de aceptar la adquisición realizada por el socio nº 5734. Alguien desconocido con quien debía firmar un contrato temporal, inicialmente y luego, revisable.

-Me gustaría saber algo de mi nuevo propietario, sexo, edad … -Respondí bastante confuso -.
-Sabes, que eso no es posible, querido – Ronroneó mi entrenadora – Tu condición de esclavo no te permite seleccionar a tus Amos.
-¡Oh! Si, lo sé. – En ese momento me di cuenta de quien era, de mi desnudez y sentí un escalofrío, un vértigo y un terrible vacío en mi- Lo siento. Por favor, perdone mi torpeza.
-Tranquilízate, estás a tiempo de no aceptar, dado la irregularidad en la que hemos caído al presentarte a una subasta, sólo bajo un contrato de entrenamiento.
-Entiendo y Acepto la transmisión.

En ese momento se diluyeron todas mis dudas, me sentí propiedad de un desconocido y una gran felicidad brotaba de mi. No lo podía creer, pero había aceptado.

Aquí me despido Carlos. Ha sido una placer haberte entrenado. Diciendo esto abandonó la sala y quedé sólo y desnudo. Me sentí perdido, pero la angustia no volvió a invadirme.

Entró uno de los empleados de la organización empujando un carrito en el que había una bandeja con refrescos y algunos canapés y en la parte baja estaban mis ropas de calle, que depositó sobre la mesa. Sin hablar retiró mi collar y mis muñequeras, indicándome con un gesto la ropa para que me vistiera. Cuando me hube vestido salió, llevándose las correas y me invitó a servirme de la bandeja.

Al quedarme solo, me senté y morsdisqueé uno de los canapés. Sentía la ropa sobre mi piel como una carga, después de todo el día desnudo. Descubrí lo hambriento que estaba a medida que reponía mis fuerzas. Regresó el empleado que retiró el carrito y volví a quedarme solo.

La puerta se abrió y entró Ella, aquella cuya mirada me había subyugado. Me levanté para recibirla y acerqué una silla para que se sentara.

-Buenas Tardes – Saludó depositando el Acta de adquisición sobre la mesa-. Soy tu nueva propietaria.
Buenas tardes ¿Ama? ¿Señora? Disculpe mi torpeza, más cómo debería dirigirme a Vd.?
-No debes hacerlo. Te informaré de las condiciones básicas del contrato – continuó fríamente – Tiene carácter temporal, al final del cual lo estudiaremos de nuevo.

Ella seguía hablando pero mi devoción por ella había prendido con tanta fuerza que podría decirme que fuera al mismísimo infierno para traerle unos tizones, que lo haría sin dudar. Sus palabras resbalaban en mis oídos que no podía hacer otra cosa que sentir levemente con la cabeza mientras mi mente soñaba con ella ¿internado? ¿De que está hablando?

-Entonces quedas informado, ¿Aceptas?.

¡Dios mío! -Pensé- no me he enterado de anda, absolutamente de nada de lo que me ha dicho, ¡estoy perdido!

-Acepto -Respondió mi voz sin ninguna duda-

Aquello iba más rápido y más lejos de lo que quisiera. Las dudas me asaltaban pero se quedaban ahí, frenéticas ante el deseo que las apartaba.

-Entonces vámonos -Dijo levantándose, antes de que pudiera retirar su silla y saliendo por la puerta.

No respondí, me limité a seguirla hasta la puerta del Hotel, allí la suave brisa me despejó un poco. El empleado estacionó un coche ante nosotros y dudó a quien entregaba las llaves, que mi nueva Ama retiró de sus dedos.

Antes de que pudiera darme cuenta, me abrió la puerta del acompañante, indicándome con un gesto que montara. Cerró y entró por la otra puerta decididamente, arrancó el motor y salió a gran velocidad del allí.

No hablaba. Y yo no me atrevía a hacerlo, así que condujo hasta un céntrico edificio, donde paró el coche y entregó las llaves al empleado que le abrió la puerta. Su nuca erguida y el taconeo de sus zapatos me guiaban. La seguí hasta el ascensor, donde el ascensorista pulsó al ático, sin formular pregunta alguna.

Abrió la puerta un hombre maduro, de sienes plateadas, vestido con levita negra que nos franqueó la entrada, con una leve reverencia.

-Esteban, este es mi esclavo carlos. Prepáralo para la cena.Si Señora. -Respondió el aludido- Por aquí, por favor. -Me indicó señalándome un largo pasillo de servicio, me pareció -.

Tuve que hacer un esfuerzo conteniendo la risa, por un momento me había sentido como el plato fuerte de una cena caníbal. Bajé los ojos a suelo y caminé detrás de Esteban, hasta un amplio baño, decorado en mármol blanco.

-Vaya desnudándose esclavo carlos -Me ordenó suave pero firmemente –
-Si señor. -Las palabras acudían a mi boca con facilidad, sin pensar, salían solas.-

Esteban salió del baño y yo me desnudé espiando mi cuerpo en los espejos. Me gustaba verme desnudo, me sentía bien, atractivo. No podía remediarlo. El clima de la casa me excitaba, me sentía en un sueño de verano. Había tomado unos días de vacaciones para asistir a la subasta, con la esperanza de pasar unos días fuera de mi ciudad, pero no imaginaba que la primera noche sería fuera de mi hotel.

Entraron en el baño dos criados, una mujer y un hombre, vestían delantales de goma hasta los pies y botas también de goma. Me alarmó bastante su forma de entrar, La resolución con la que me colocaron en el centro de la ducha y comenzaron a enjabonarme y a frotarme, sin mucho miramiento.

Hablaban entre ellos ajenos a mi existencia y no atrevía a hablarles, hasta que me dijeron que me arrodillara y apoyara mi cara en el suelo reluciente de la ducha.

Lo hice, quedando completamente a su merced.

En ese momento, una cánula se deslizó dentro de mi ano y, tras ella, 2 litros de agua templada que me llenó completamente. Sentía entrar el agua en mi cuerpo, lenta e inexorablemente. Me iba invadiendo despacio, moviéndome las entrañas. La vergüenza y la impotencia hicieron que se me llenaran los ojos de lágrimas. Apreté los dientes y aguanté. Ella lo deseaba así. Si no, no estaría siendo sometido a este suplicio por dos desconocidos.

Me incorporaron y me indicaron que aguantara, mientras se dedicaban a asearme los dedos de las manos y de los pies, minuciosamente. Con un cepillo los frotaban y los pulían, retirando las cutículas, dejándolos suaves y agradables. Mis entrañas me apretaban y apenas podía respirar cómodamente.

Cuando ya no podía aguantar más se lo indiqué, cosa que les hizo mucha gracia. Pero no se apuraron por ello. Me sentía humillado y maltratado, como jamás lo había estado. Poseído como nunca lo había sido. Ahora quieren higienizarme por dentro y .. No puedo aguantar más y no deseo vaciarme ante nadie, era algo demasiado personal.

Pero ellos me llevaron hasta el centro de la ducha y abrieron la tapa del desagüe redondo, donde me obligaron a abrir las piernas y a doblar levemente las rodillas.

Mi esfínter no pudo más y liberó toda la retención que cayó, mezclada con los fuertes chorros de la ducha a la que estaban sometiéndome.

Las lágrimas asomaban a mis ojos, estaba vacío, desnudo, no era nada, mi ser se diluía entre el perfume del jabón que ahora me estaban aplicando y los fuertes chorros de agua.

Delicadamente me asearon y perfumaron. Me envolvieron en una gruesa toalla y me afeitaron, la cara, las ingles y los huevos.

Yo sólo podía dejarles hacer. Mi cuerpo ya no me pertenecía y nada podía hacer sino obedecer. Ese pensamiento me provocó una fuerte erección, por la que me felicitaron al observarla.

Quedé desnudo en el cuarto de baño, cuando marcharon los criados y sólo tuve fuerzas para esperar. Ni tan siquiera podía pensar, mi cuerpo estaba tembloroso de cansancio y excitación y, habían conseguido, limpiamente, rebasar un límite que ni siquiera sabia que tenía. Me sentía propiedad de alguien, de Ella la desconocida. Entregado y sabiéndome suyo, mucho más de cómo lo había sido en mis entrenamientos.

Esteban abrió la puerta, sacándome de mis pensamientos.

-Venga conmigo, por favor
-Si señor – respondí, iniciando la marcha detrás de él.

Me guió hasta un espacioso dormitorio, con una austera decoración japonesa en tonos blancos y negros, salvo la tarima del suelo en color caramelo.

-La señora vendrá enseguida.

Le obedecí sin rechistar, desconocía las normas de esta casa y no me atrevía a preguntarlas, así que me dispuse a esperar la llegada de mi nueva Ama.

Estaba sentado sobre los talones, con las manos en las rodillas, como me había dejado Esteban. Cabeceaba de puro agotamiento.

El enema me había producido un extraño efecto estimulante, que impedía que me durmiera y que hacía que mi verga estuviera dura, a pesar del cansancio.

La puerta se abrió y entró Ella

Un diminuto camisón de seda bordada, bajo una larga bata transparente, hacía juego con la cinta gris que sujetaba su melena y con las altas chinelas gris acero. Las uñas de sus pies brillaban como joyas

Al verla mi excitación aumentó. Vestida estaba muy bien, pero así … era irresistible

Se acercó y tomó mi cara entre sus manos, acariciándome suavemente, mientras sus ojos me inspeccionaban. Apenas podía sostener su firme mirada, así bajé la mía aturdido, mientras me invadía un hondo bienestar al abandonarme a sus caricias.

Cada gesto, cada roce de sus dedos, era una descarga que recorría mi piel, arrastrándome al abandono. – ¡Diossss mio!, mi voluntad se evaporaba en cada caricia –

Sus dedos dibujaron la línea de mi pelo. Peinaban mis cabellos hasta la nuca y sobaban suavemente mis orejas. Me transportaba a … ¿la infancia? ¿al vacío? ¿al paraíso?.

Su vientre, a la altura de mi cara me estaba volviendo loco y sólo deseaba ser suyo, entregarme.

Ató una pequeña correa a la argolla del collar y dijo:

- Ven – Acompañándolo de un pequeño tirón que me obligó a avanzar a 4 patas junto a su rodilla. Mi mirada estaba fija en sus chinelas. Me condujo hasta una pequeña mesita, donde me dijo: sube.

Las uñas pintadas de rojo-negro guiaban mis ojos, y el sonido del taconeo retumbaba en mi cerebro, marcando el ritmo de mis latidos.

Subí a la mesita y colgó la correa de una percha. Allí quedé amarrado y arrodillado sobre la mesa. Sentía una terrible vergüenza por mi miembro expuesto, Mientras Ella recorría mi cuerpo con la vista y con las manos, haciéndome arder

Palpó mi espalda. Sentía una humillación difícil de expresar. Recorrió mis brazos, presionando sobre mis músculos y tironeando suavemente de la piel. Me levantó una mano y acarició mis dedos, desde las uñas hasta los nudillos.

Giró mi mano acercándola hasta su rostro de piel elástica y perfumada.

La olió largamente, besándola en la palma. ¡Su aliento! Me sentía como un animal, como un ser inferior, sin embargo, me sentía valioso.

Sus manos recorrieron mis brazos y me alegré de las horas de gimnasio que los habían moldeado

La excitación aumentaba al contacto de sus dedos.

Sentí su aliento en mi sobaco y sus manos palparon mis pectorales haciéndome gemir.

El suplicio no había hecho más que empezar. Su exploración despertaba sensaciones contradictorias. Jamás nadie me había mirado, olido ni tratado así.

La vergüenza y la excitación pugnaban por dominarme y sólo el saber que Ella estaba ahí me mantenía

Mi deseo se hizo irreprimible cuando tomó mis pezones y los retorció con fuerza, tironeando, luego suavemente de ellos. Gotas de sudor perlaban mi frente y sentí un disparo de dolor.

Grité por unos segundos. Sabia que gritar era inútil, nadie podía socorrerme, estaba a su merced. Ni en sueños había imaginado nada parecido.

-El silencio es una virtud. – Amonestó ella, susurrándome al oído-

El aire caliente enervó todos los pelos de mi cabeza. Sentí el desagrado del Ama por mi grito y me juré a mí mismo que jamás volvería a ocurrir.

Cada vez sentía un mayor vértigo y sólo su voluntad me mantenía. Mis rodillas temblaban de temor y placer.

La oí alejarse de mí y que caminaba rodeando la mesa. De pronto, su aliento entre mis nalgas y sus manos recorrieron mi vientre, de cadera a cadera, del ombligo al pubis, jugando con mi vello, avivaron mi deseo aumentando mi suplicio

Ella no decía nada. Sólo el suave susurro cuando olfateaba mi piel alteraba el silencio, que no me atrevía a romper con mis gemidos.

Se acercó a mi cabeza, que acarició suavemente, mientras me susurraba al oído.

-Está bien, pero sólo es el principio.

Saboreando a continuación el lóbulo de mi oreja, lo que hizo que estallaran todos los poros de mi piel en una descarga eléctrica.

Ella se separó de mi, no pudiendo verla. La oí moverse por la habitación y regresar, Sentándose ante mi.

No podía dejar de mirarla, saboreando su cuerpo hermoso y perfumado bajo las transparencias.

Al instante se abrió la puerta, entrando Esteban empujando un carrito del que sacó dos escudillas que depositó delante de mí.

Una de las escudillas contenía agua fresca y la otras unas galletas en forma de bolitas fuertemente aromatizadas.

-Come y Bebe. – Ordenó mi Ama – Debes reponer tus fuerzas.

Me incliné sobre el agua y bebí despacio, largamente, refrescando la boca seca del deseo. Luego me incliné sobre la escudilla de galletas y quedé muy sorprendido. Eran bolitas de almendras y piñones, condimentadas con miel, canela y nuez moscada. Mi boca ardía al masticarlas, pero eran tan dulces que resultaban muy excitantes y sentaban bien al cuerpo.

Estaba tan entusiasmado con las galletas, que no la oí acercarse hasta que sentí su mano en mi cabello, tirando suavemente hacia atrás, a la vez que me acercaba una copa de vino dulce a los labios

-Bebe un poco

El vino dulce y perfumado vivificó mi cuerpo, dolorido por la larga jornada y la tensión del riguroso examen al que estaba siendo sometido. Me sentí reconfortado con este refrigerio que calentaba mis venas.

Clara, sentada frente a mí, en la butaca de alto respaldo de mimbre, no dejaba de mirarme. Ningún acto de privacidad me estaba permitido, y empezaba a comprenderlo. Era suyo.

Esteban entró en el dormitorio y retiró el servicio donde había tomado la cena.

-Esteban, conduce a carlos a su dormitorio, mañana dispondré las órdenes para él
-Si señora –Respondió con una leve inclinación-.

Apartó el carrito de servicio y tomó la correa y me guió hasta un pequeño dormitorio, con la cama de sábanas recién planchadas abierta.

-Que descanse esclavo carlos –Se despidió el austero Esteban tras soltar la cuerda de mi collar,
-Gracias –Respondí-

Me acosté y el cansancio invadió mi cuerpo, descubriendo lo agotado que estaba, las sensaciones tan contradictorias y estimulantes que me embargaban.

Era feliz y me esperaban muchos días así.

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